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Artículos y noticias

La legislatura fenecida

01 de Enero de 2008

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Parece que casi todo el mundo ha estado de acuerdo a la hora de buscar un calificativo a la pasada legislatura: ¡¡¡Horrible!!! Lo hemos escuchado repetido una y otra vez por parte de sus protagonistas y de la ciudadanía. Los diputados y periodistas ante todo, que se han visto implicados en este clima de reyerta y desdoro, parece que hablen de algo que no va con ellos, que ha sido inducido por algunos entes malignos y perversos.

I

Efectivamente la legislatura ha sido horrible en todos los sentidos y podríamos decir que ridícula de no ser porque nos referimos a un asunto de extrema importancia en la vida española: el funcionamiento del poder legislativo. Desde la primera convocatoria electiva de Cortes en 1810, cada periodo democrático se ha visto clausurado por la fuerza de las armas junto a la intriga civil, o desfigurado por usos reprobables de fraudes electivos, cortapisas al voto o la representación, limitaciones legislativas debido a las prerrogativas reales, etc.

En cada una de estas ocasiones en que parecía que España podía ensanchar sus horizontes y avanzar por el camino del progreso, aparecían diputados capaces de interpretar con brillantez, competencia y resolución las contradicciones de su presente y así mismo generar proyectos transformadores. Desde aquellos fundadores del constitucionalismo español como Argüelles, Muñoz Torrero, el tempranamente malogrado Mejía Lequerica, Toreno, Manuel José Quintana, Canga Argüelles, Alcalá Galiano, Miguel Antonio Zumalacárregui, Antillón, Juan Nicasio Gallego, Calatrava y tantos más, podemos establecer una extensa nómina de diputados ilustres e ilustrados. Algunos de sus discursos son de una estimable calidad literaria y expresan un elevado pensamiento político.

No importa que sus propuestas fueran derrotadas no pocas veces, como fue el caso del proyecto de reforma agraria expuesto por Flórez Estrada en 1836 frente al defendido por Mendizábal, que no tuvo más apoyo en el Congreso que el del diputado Pepe Espronceda. Todo ello constituye la constatación de que los diputados fundamentaban su acción en sus convicciones y saberes, y tenían la gallardía de defenderlos aunque ello les condujera al abandono y la amargura. Gracias a ello podemos colegir que quizás España hubiera sido un país distinto de haber salido triunfantes no pocas de las propuestas que sucumbieron en la cámara.

La pobreza de formulaciones, de tono, de actitudes de que han hecho gala la mayoría de los componentes de la Cámara Legislativa en la pasada legislatura, han sido poco edificantes sin duda. El clima de reyerta tabernaria que han tenido no pocas veces los debates, por llamarlos de  algún modo, han sido palmariamente demostrativos. En esto han sido partícipes casi todos los grupos pero se han distinguido en la zafiedaz los del Partido Popular y Esquerra Republicana y alguno en menor medida del PSOE.

Si lo lleváramos a nuestro terreno, aquella intervención de la vicepresidenta de la Comisión de Cultura, Carmen Juanes, en un debate en Comisión sobre la proposición de los Populares para que el Gobierno presentara a la Cámara un Proyecto de Ley del Teatro, pasará a los anales del debate cultural parlamentario como una suma de inexactitudes, desconocimientos y notorio cinismo político. Poco importa que la triste diputada por Salamanca redujera su participación a la lectura del papel que le pasaron quienes entonces desgobernaban el Ministerio de Cultura. En nuestra condición de ciudadanos podemos exigir a los diputados la formación y el discernimiento necesarios para ocupar dignamente su escaño.

II

No obstante, todo esto ha sucedido con un Presidente de las Cortes como Manuel Marín, un político ilustrado, de mucha experiencia, ponderado y ecuánime. Su labor ha sido cualquier cosa menos fácil y bien podíamos la ciudadanía reconocerle su áspera y no pocas veces desazonada entrega. Ha tenido roces incluso con el PSOE, grupo político al que pertenece. En su discurso de despedida expresó su disgusto por el tono de la legislatura fenecida a la que calificó de “dura”, reclamando para el futuro “más consenso y sentido del límite”.

Marín se define a sí mismo como una persona muy cartesiana, que cree en el orden y en el método, así como alguien que mantiene la independencia de criterio. Tal vez por ello su frustración era grande: tenía encomendada la tarea de reformar el Reglamento de la Cámara Baja y no lo ha conseguido, o más bien se lo han escamoteado.  Sin ninguna ironía, en su intervención del 6 de diciembre con motivo del aniversario de la Constitución, deseó que en la próxima legislatura se “vuelva a la política con mayúscula”. No me resisto a señalar que a este acto no asistieron representantes de los partidos ERC, PNV, BNG, EA y NB por su desacuerdo o quizás rechazo, de la Constitución. Esta actitud es reveladora igualmente de actitudes bastante cínicas, dado que sí parecen estarlo en la percepción de sus elevados emolumentos que la Constitución contempla y el erario público sufraga.

Isabel Kreisler resumía así la cuestión: “Manuel Marín lleva cuatro años apelando al respeto a los ciudadanos para evitar que las imágenes que prevalezcan de esta legislatura sean la de Solbes desgranando los Presupuestos ante un hemiciclo estrepitosamente vacío, o la de Pujalte insultándonos a todos. No es seguro que lo haya conseguido, pero su empeño en dignificar el debate parlamentario y desasilvestrar a sus señorías no ha pasado desapercibido. Gracias.” (El País, 20/1/2008).

Es evidente que nuestro país precisa reformas urgentes en este terreno. La primera de todas la de la Ley Electoral, que todos sabemos por qué se formuló como está pero que no sirve actualmente para reflejar con cierta justicia las opciones políticas de los españoles. Igualmente el Reglamento de las Cortes, para que se incentiven debates más vitales y participativos, como fueron antaño o lo son en otros países. En tiempos pasados se censuró y señaló con encono al diputado absentista. Hoy sería higiénico tender a la desaparición del diputado borreguil. Me refiero al que asiste a los plenos, vota aburrido lo que le marca con el dedo el portavoz como si estuviera en primaria, atiende a sus asuntos, mantiene el móvil abierto, envía o recibe mensajes, obedece a quien orquesta los abucheos, no escucha los argumentos sino que actúa con la fanática obcecación de un hincha de fútbol, y con igual énfasis siempre está de acuerdo con lo que le ordenan y a eso se reduce su acción parlamentaria.

III

Todo lo anterior no ha dejado de ser sino el corolario de las actitudes mantenidas durante los últimos cuatro años por el Gobierno y la oposición. Tras las últimas elecciones de marzo de 2004 que dieron la mayoría relativa al PSOE y, en consecuencia, la posibilidad de formar gobierno, una parte del PP indujo el diseño de una estrategia de confrontación. Extendieron la especie de que los votantes habían sido manipulados y aquel triunfo era fruto de aquello. En cierto modo carecía según ellos de legitimidad. A lo largo de toda la legislatura aunque de forma más acusada en los dos primeros años, se percibía el latido de esta recriminación en la conducta de este grupo y en sus acciones e intervenciones.

Todo ello se ha traducido en una larga e incontenible serie de reproches, descalificaciones, acusaciones e insultos si al caso venía. En líneas generales sin presentar pruebas ni establecer los límites que exige la confrontación política civilizada y aún más el buen gusto. Todo ello unido a una obsesión que se diría enfermiza por culpar de todo lo acontecido, fuera lo que fuera, al Presidente del Gobierno, Sin embargo no parece que hubiera ninguna pasión patológica en tamaño proceder, sino diseño táctico que reinterpretaba aquel “¡Váyase, señor González!” que Pedro Arriola ideó para Aznar.

Por lo que al Gobierno toca, cumplió adecuadamente con el retorno de las tropas de Irak -hubiera sido impensable no hacerlo-. Se aprobaron algunas leyes de diverso calado que había propuesto el PSOE en su campaña. Pero cayó igualmente en trampas que hoy sus adictos califican de ingenuidades, pero que parecen algo más preocupante.

Las cuestiones más delicadas y en las que se ha mostrado mayor debilidad han sido ante todo aquellas que se relacionaron con los nacionalismos. En primer lugar por su deseo justificado de acabar con el terrorismo, lo que le llevó a sucumbir a la ambigüedad y hacer cálculos erróneos respecto a con quién se jugaba los cuartos. En segundo por las alianzas que tuvo que establecer. No basta con que un partido sea legal para convertirlo en socio o sustentador de un gobierno. Parece necesario que haya coincidencias notorias, coherencia en la lealtad y límites en las exigencias para que un acuerdo de ese calado prospere. De no ser así se pueden producir situaciones equívocas e incluso chantajes, y el Gobierno los padeció sobre todo en los dos primeros años de legislatura.

Nada de lo acontecido debería ser olvidado. Ese clima de confrontación irrefrenable, de martilleo continuo de consignas que eran enunciadas desde la cúpula del PP y eran repetidas hasta la saciedad por los periodistas afines, la destemplanza frecuente de no pocas intervenciones socialistas que caían en otra trampa: la de meterse en la refriega, todo son baldones a lo que debiera ser una actividad política propia de un país dotado de una democracia madura. He tenido frecuentemente la certidumbre de que todo gira obcecadamente más en torno a la cuestión del poder y lo que conlleva, clientelismo incluido, que al desarrollo de proyectos que emanan de nociones y convicciones respecto a la condición humana o a la idea de sociedad.

Gobernar debiera ser esto último y no dedicarse tan sólo a la simple satisfacción de los gustos de la plebe creyendo que en ello consiste ser popular o socialista. La propia idea de pueblo no es tan sólo el enunciado de una suma de individuos, sino de una colectividad que posee nervio cívico y horizonte de superación y desarrollo. En España existe, pero se obstinan en ocultarlo para que el populacho se enseñoree de la apariencia.

IV

Al arriscado y bronco devenir de la pasada legislatura, ha contribuido de modo ostensible la actuación de determinados personajes en los medios de comunicación, tanto en la prensa como en la radio y la televisión. Algunos programas y tertulias, incluso aquellas planteadas con cierto rigor y buscando el equilibrio de opiniones y tendencias, se han visto con frecuencia desbordadas por cierta gente que con absoluta desvergüenza se han dedicado a propalar hechos carentes de fundamentación o inicuas falsedades. No pocas veces han sido simples portavoces de consignas de partido. En general la extrema derecha mediática ha aprovechado la menor posibilidad para hacerlo así, pero también otros afines al Gobierno han repetido como papagayos afirmaciones elaboradas directamente en los despachos o criptas oficiales.

En la estrategia de la tensión generada por parte de algunos “rapsodas de la demagogia” para provocar una cierta desestabilización social, cuanto más agria y levantisca mejor, estos individuos han jugado un papel relevante. Para conseguirlo, no se han parado en barras y no han tenido freno ni por la responsabilidad de su oficio ni por el buen gusto exigible. Han procedido sin medida a insultos, descalificaciones, contundentes afirmaciones carentes de prueba fundamentada, magnificación de cualquier indicio como si de algo cierto se tratara, etc.

En estos casos, la simple opinión aunque sea un disparate o fraseología contumaz con añoranzas del antiguo régimen, se ha pretendido presentar como información. Esta presión mediática golpeando tenazmente un segmento de la ciudadanía, ha conseguido que éste se incline hacia las más perversas y reprobables incitaciones que pueden darse en democracia. Su banalidad sin límites, sus calificativos desconsiderados e infundamentados se lanzan al ruedo y jamás se retiran, aunque la realidad demuestre lo contrario. Recoger el rosario de necedades y estupideces que han salido de sus bocas o sus manos, ofrecería un prontuario de lo que es la extrema derecha española en la actualidad.

Sin embargo este tipo de actuación no se realiza de forma benemérita, como proyección de un fanatismo irreductible. Es un negocio. Muchos de estos “comunicadores” perciben emolumentos millonarios. Los asistentes a las tertulias perciben jugosas compensaciones. Las audiencias se fidelizan mediante dichos procedimientos lo cual redunda en beneficio de los medios en que colaboran y que, lógicamente, actúan con notoria complicidad.

Todas sus intervenciones tienen un nexo común. Un hecho determinado motiva una nómina de respuestas en la que se repite la misma opinión, sólo varía la dimensión de los calificativos. Es fácil percibir que existe una estrategia de coordinación entre ellos. ¿De dónde sale? Imagino reuniones tempranas en las que se lanzan las consignas que deben propalarse, pero quizás todo quede reducido a mensajes de móvil o a la obediencia de un jefecillo que marca el rumbo a seguir. Esta estrategia tensional lesiona gravemente en cualquier caso, tanto el sosiego institucional y el quehacer democrático, como la convivencia entre los españoles. Ni el trabajo de la oposición ni el ejercicio de la crítica que se atribuyen como derecho ontológico, son eso.                                                      

V

Al iniciarse el periodo previo a la campaña electoral “oficial”, el panorama ha cambiado radicalmente. Una catarata de promesas ha caído sobre la ciudadanía. Unos devuelven dinero de los impuestos, otros hablan de cientos de miles de nuevas guarderías y millones de puestos de trabajo, además de las variadas menudencias que les vienen a mano. La hosquedad sórdida del oprobio deja paso a la locuacidad de la quimera. Nadie va a responsabilizarse plenamente de lo que dice y lo que es peor, en la barahúnda mediática que les rodea los ciudadanos olvidarán pronto todo esto y volverán a caer en la trampa de idénticos despropósitos dentro de cuatro años. Puede que fuera suficiente exigir al político que así hace que explique cómo y selle un compromiso.

No deja de ser revelador que el aspirante a la nominación demócrata en Estados Unidos, Barak Obama, diga a sus partidarios que propone un cambio profundo en la sociedad americana y que por tanto éste no será ni fácil ni rápido. Es una demostración de sensatez. Aquí nos hace falta mucha sensatez y ponderación, pero cuando lo que domina es lo sensacionalista sobre la verdad, lo fullero sobre lo responsable, lo fantasioso sobre lo cierto, la pirotecnia sobre el trabajo serio, los discursos argumentados tienen poco crédito y no lo tendrán hasta que los ciudadanos no los reclamen y exijan otra forma de hacer política.

No esperamos mucho por lo que respecta a la cultura y menos al teatro. Silencio tras silencio. Quizás algún partido se decida a incluir en su programa alguna de las iniciativas de fondo que tan urgentes son en el campo de las artes escénicas. De lo escuchado hasta la fecha no se deduce que sea así. Pero cuando menos, las gentes de la cultura debían reclamar en quién piensa el candidato para ocupar el Ministerio de Cultura, a fin de evitar desagradables sorpresas como la que nos dio el Presidente del Gobierno al elaborar su primer Consejo. Todavía sigue sin dar una explicación convincente del por qué de aquello.

Cada cual vote según crea o entienda o que lo haga en blanco, pero que vote como ciudadano y como tal no se conforme tan sólo con echar una papeleta, sino que se proponga impedir que nadie pueda ejercer sus responsabilidades con impunidad. ¿Cómo hacerlo? Puede que haya que reformar más cosas en nuestra democracia.

 

Revista ADE-Teatro nº 119 (Enero-Marzo 2008)

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