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Reseñas de libros

Los negocios son los negocios

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Autor del libro: Octave Mirbeau. (Traducción y edición de Jaume Melendres)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2000. (Serie: Literatura dramática, nº 48). 192 págs.

Aunque les parezca a ustedes mentira, hubo un momento en que el teatro se ocupaba de la realidad social, y no para edulcorarla, sino para trazar de ella un retrato hiriente a fuer de verdadero. Todo esto ocurría en la Francia de finales del XIX; el blanco era el capitalismo salvaje y la estela de corrupción que iba dejando a su paso; el autor, un periodista y escritor de novelas de todo tipo llamado Octave Mirbeau. Como recuerda en su lúcido prólogo Jaume Melendres, es ésta la época de auge del Naturalismo, y Mirbeau fue uno de sus más conspicuos representantes en aquellos años de debate estético e ideológico marcados por el “affaire Dreyfuss”. Sin embargo, a pesar de la fama de novelas como Le journal de une femme de chambre, apenas se conoce nada del teatro de Mirbeau. Con acerada ironía señala Jaume Melendres algunas razones para este olvido (que no es sólo español):

«Ni Los negocios son los negocios ni su autor figuran en el podio del teatro naturalista, ocupado por Strindberg (que nunca lo fue realmente), Ibsen y Chejov: su nombre ni siquiera aparece en la Historia del teatro de Vito Pandolfi. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: a Mirbeau le ha ocurrido lo mismo que a Georges B. Shaw: su sentido del humor y su capacidad para desvelar crudamente los mecanismos de la sociedad capitalista lo excluyeron de una élite que muchos consideraban, y consideran todavía, como el reino de la psicología (y de lo serio) y no como aquello que realmente es: el de la sociología.»

Los negocios son los negocioses, en efecto, un tratado de sociología. En el breve lapso de los tres actos (con unidad de tiempo, menos de veinticuatro horas) comprobamos cómo se ha producido el cambio de clases dirigentes en la sociedad francesa. La nobleza ha tenido que capitular ante el empuje de la nueva clase rectora, una burguesía agresiva, ferozmente productiva, rectora de la máquina del progreso industrial, representada magníficamente por el magnate sin escrúpulos Isidore Lechat. Este Lechat se permite el lujo de tener como intendente a un vizconde arruinado solamente por darse el gustazo de humillarlo constantemente y, en una de las escenas clave de la obra, somete al orgulloso marqués de Porcellet, al que está a punto de hacer su consuegro por negocios.

Lechat es todo un personaje: estafador, venal, tiránico con los suyos, de un orgullo desmedido y sin ningún tipo de escrúpulos ni en lo personal, ni en lo político ni en los negocios. Y, sin embargo, es un águila en los negocios, es de una inteligencia supina para tratar con todo tipo de especuladores y, en estos momentos, posee una soberbia magnífica. El patético final de la obra, muy del gusto melodramático de aquellos años de fin de siglo, nos muestra a un Lechat aparentemente derrotado por el fracaso de todos los planes que tenía para su familia, un Lechat que ha perdido a sus hijos, que ha alcanzado los últimos peldaños de la desgracia. Y, en aquel momento, en un arranque demoledor, aún es capaz de sobreponerse un instante para atender sus negocios e imponer unas condiciones leoninas a los dos “socios” que pretendían sacar partido de la situación.

El drama gira en torno a dos personajes, Lechat y su hija Germaine, contrafigura de su padre. Esta muchacha angelical, en quien podemos ver un precedente de toda la generación de mayo del 68, rebelde contra su padre porque comprende demasiado bien la podredumbre que se esconde tras su vida de éxitos, es quizás hoy lo más flojo de la obra. En su tiempo, nos recuerda Melendres, se la consideró un personaje infame, una mujer “odiosa, dado que, sea como sea el padre, el odio de sus hijos será siempre un sentimiento contra natura.” Hoy día parece más improbable que otra cosa, una piadosa encarnación del deseo del autor de que la nueva generación no fuese tan rastrera como la de sus padres. Sin embargo, con todo ese prurito de moralidad, resulta un personaje fuerte, el único capaz de dar la réplica a su padre y dar sentido a toda la trama de esta auténtica tragedia del capitalismo.

La obra de Mirbeau tuvo un éxito clamoroso a partir de su estreno en 1903. Muy pronto se estrenó en Londres y en Nueva York, y no debió de ser desconocida en España: en Madrid se seguía representando en 1918 y 1920 por la compañía de Francisco Morano. Sin embargo, en la actualidad resultaba una rareza editorial, por no hablar de los escenarios, de donde probablemente quedó desterrada después de la guerra civil. Por ello esta edición resulta una nueva sorpresa que hay que añadir a otros autores y obras recuperadas por la ADE para el repertorio teatral español, como las de Ben Jonson o Griboiédov que la han precedido en los últimos años. Una gratísima sorpresa a la que hay que añadir el hecho de que la introducción y la traducción sean de Jaume Melendres, que nos acaba de regalar en otra de las colecciones de la ADE con su Diccionario mínimo, de lectura obligada para todo aquel que quiera entender algo de teatro. Melendres hace una breve pero enjundiosísima introducción, y anota el texto con una prudencia ejemplar: prácticamente las únicas notas que se permite son las monetarias. Los negocios son los negocios, y el lector tiene que saber de qué cantidades se está hablando en cada momento.

Una sola discrepancia tengo con mi admirado Melendres. Opina él, con irónica modestia, que “traducir a Mirbeau resulta fácil porque la obra está muy bien escrita”. No puedo estar de acuerdo. Puede resultar fácil para quien, como él, traduce muy bien. Pero si bastara que una obra estuviera bien escrita para que resultara fácil traducirla, ¿de dónde habrán salido las ilegibles traducciones que tenemos que soportar a menudo? Como habrán podido comprender, no es éste el caso. Disfruten de la obra y de la traducción y aprendan lo que es la globalización.

 

                                                                                    Fernando Doménech Rico

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