Volver al listado de reseñas

Reseñas de libros

Baltasar / La hija de las flores

Ver la ficha de la publicación

Autor del libro: Gómez de Avellaneda, Gertrudis. (Edición de María Prado Mas)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2000. (Serie: Literatura Dramática, nº 47). 428 págs.

Gertrudis Gómez de Avellaneda ha sido durante mucho tiempo poco más que un nombre en los libros de texto, en la lista de poetas postrománticos, en donde le cabía un lugarcito junto a Carolina Coronado, siempre en letra más pequeña que Rosalía de Castro y Bécquer. Con suerte podía aparecer con Campoamor, Núñez de Arce, Manuel del Palacio, Nicomedes Pastor Díaz o Gabriel García Tassara.

Y sin embargo fue una mujer de avasalladora personalidad, de vida apasionada, escandalosa a los ojos de una sociedad pacata, y cultivadora con esmero y originalidad de todos los géneros literarios de su época. Fue, en efecto, poeta, pero también novelista y autora teatral. A ella se debe Sab, la primera novela antiesclavista de la literatura española y una de las primeras de la literatura universal, ya que fue publicada en 1841, diez años antes que La cabaña del tío Tom. (No está de más recordar que en el antiesclavismo la precedió María Rosa Gálvez, cuyo drama Zinda, ferviente alegato contra la esclavitud, ha publicado la Asociación de Directores de Escena en esta misma colección)

Gertrudis Gómez de Avellaneda fue también autora teatral. La Asociación de Directores de Escena recupera para el lector actual dos de sus obras de teatro, la tragedia Baltasar y la comedia La hija de las flores, que ofrecen un buen muestrario del estilo y la capacidad de la autora.

Baltasar es una tragedia de tema bíblico que recupera el tema clásico de la caída del imperio babilónico profetizada por el profeta Daniel al descifrar la misteriosa inscripción Mane Thecel Phares aparecida en medio del banquete ofrecido por el rey Baltasar, tema que ya había tratado Calderón en uno de sus mejores autos sacramentales, La cena del rey Baltasar.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, sin embargo, no se inspira en Calderón, sino en Sardanápalo, de Byron, de acuerdo con la moda orientalista que el Romanticismo recibe de la Ilustración y que impregna todo el arte europeo del siglo XIX. De acuerdo con esta moda, la ambientación de Baltasar se impregna de sedas, oros, pensiles, harenes, lujo y crueldad oriental, como corresponde a esos mundos ya tan cercanos y tan codiciados por las potencias europeas, que no tardarían en colonizarlos.

Baltasar, con todo, no es un simple despliegue de ornatos orientales ni una mera paráfrasis del texto bíblico. En ella desarrolla la autora una intensa historia de pasión, de violencia, de locura, muerte y destrucción en donde el protagonismo está dividido entre Baltasar, el todopoderoso rey de Babilonia, caprichoso y hastiado a la vez de todos sus caprichos, y la dulce pero firme Elda, joven hebrea, prometida de Rubén, hijo del rey Joaquín de Judá, que, precisamente por su libertad de espíritu, desata los deseos y la pasión del déspota y, posteriormente, la violenta furia del mismo. Rubén es asesinado por las turbas que obedecen a Baltasar; Elda, violada y loca, deambula por el palacio en donde Baltasar ha caído en una melancolía abrumadora de la que sólo despierta para ver el final de su reinado a manos de los persas de Ciro.    

De esta terrible historia destaca con fuerza el carácter de Baltasar, que no es simplemente un déspota oriental al uso, sino un perfecto ejemplo de personaje aquejado del spleen romántico, un auténtico hijo del siglo XIX. Este anacronismo, sin duda buscado por la autora, hace que su personaje sea mucho más interesante que el del simple déspota oriental para convertirse en un carácter conflictivo, desgarrado entre las ansias de infinito y la realidad, entre sus impulsos y su razón. Es, en fin, un retrato del hombre moderno en medio de las sedas y los pensiles. Frente a él, los demás personajes resultan demasiado simples, creados de una pieza, sin relieve. No es extraño que la autora, a pesar de decantarse, como mujer, por Elda, titule su tragedia Baltasar.

Fue éste su mayor triunfo en el teatro. Estrenada el 9 de abril de 1858, su éxito vino a resarcirla del fracaso de una obra anterior, Los tres amores, que fue reventada de forma escandalosa.

Tuvo también éxito La hija de las flores, estrenada en 1852. Esta comedia o drama (de las dos formas la definió la autora) es obra de menor enjundia. Su trama de enredo, bien organizada y desarrollada por Gertrudis Gómez de Avellaneda, resulta en exceso previsible y no es bastante para suplir la falta de un personaje central de mayor interés. Flora, “la hija de las flores”, es un ejemplo de esos personajes femeninos que combinan un atractivo sexual profundo con una ingenuidad imposible, una especie de naturaleza encarnada en un ser ajeno a todo tipo de convenciones sociales, una auténtica niña-mujer con aspecto de florecilla del campo. Resulta chocante en una autora de la personalidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda, aunque no imposible en una época que no consideraba ridículo que Electra, en el drama homónimo de Galdós, saliese a sus dieciocho añitos jugando con muñecas.

Se trata, en todo caso, de una obra bien construida, con unos personajes secundarios bien caracterizados y una trama secundaria encomendada a los labriegos que recuerda las comedias del Siglo de Oro.

Las dos obras vienen acompañadas de prolijas notas que aclaran el texto y precedidas de una introducción, amplia y minuciosa, de María Prado Mas. Lástima que este trabajo esté deslucido por un descuidadísimo análisis métrico, impropio de una publicación de la ADE, que, si bien no está dedicada a especialistas en Filología, debe ofrecer al director de escena y al simple curioso lector un análisis riguroso en todos los aspectos.

 

                                                                                    Fernando Doménech Rico

Volver al listado de reseñas