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Reseñas de libros

La mujer silenciosa / El demonio es un asno

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Autor del libro: Ben Jonson. (Traducción y Edición de María Martínez Sierra)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1999. (Serie: Literatura dramática, nº 45). 350 págs.

Benjamín Jonson fue un personaje singular, incluso dentro de un mundo tan singular como el del teatro isabelino. Como esos novelistas norteamericanos que antes de escribir una línea han sido conductores de autobús, recogedores de basura, buscadores de oro, proxenetas, profesores de aerobic y fontaneros, Ben Jonson, hijo póstumo de un predicador, fue albañil y soldado en la guerra de Flandes contra los españoles hasta que se instaló en Londres hacia 1597 como actor y dramaturgo. Pasó en varias ocasiones por la cárcel, en una ocasión por matar en duelo al actor Grabriel Spencer, en otras a consecuencia de sus comedias, que se consideraron ofensivas para las clases altas, e incluso para el rey: parece ser que en la obra perdida Eastward Ho! se burlaba del acento escocés de Jacobo I.

Su primera comedia conservada, Every man in his humor, representada en 1598 por la compañía de Shakespeare, fue un éxito notable. Con ella creó el paradigma de la “comedia de carácter”, que ejerció una influencia duradera en el teatro inglés hasta nuestros días. Jonson, hombre de buena formación clásica, sigue en este tipo de comedias los modelos creados por Teofrasto que alcanzaron difusión europea al ser traducidos por La Bruyere, que se apoyaba también en la teoría de los humores (sangre, cólera, bilis y flema) de tradición hipocrática. Los caracteres, según esta línea de análisis de la personalidad, son tipos marcados por una forma de ser que llega a la manía sin ingresar en la locura. El fingidor, el adulador, el charlatán, el rústico, el oficioso... son algunos de los caracteres descritos por Teofrasto en su obra, que desde entonces ofrece una animada galería de personajes a los dramaturgos que quisieran aprovecharla. Ben Jonson fue uno de ellos y sin duda uno de los más aventajados.

En La mujer silenciosa tenemos el ejemplo de este tipo de comedia. Su “carácter” es Moroso, “caballero a quien no le gusta el ruido”, que es la forma suave con que se describe su personalidad en la nómina de personajes. Moroso es, en realidad, un maniático peligroso, un tipo obsesionado por el ruido hasta extremos enfermizos en los que se recrea el ánimo sarcástico del autor. Se hace servir por criados que no abren la boca y le responden solamente por señas, conducta que él considera la única apropiada:

«El gran Turco en su divina disciplina es admirable, y excede a todos los potentados de la tierra. Siempre se hace servir por mudos; y todas sus órdenes se ejecutan; sí, hasta en la guerra, según he oído, y en sus marchas la mayor parte de sus órdenes y direcciones se dan por señas y en silencio, ¡arte exquisito!» (p. 62)

En El demonio es un asno la galería de imbéciles es más amplia, aunque Ben Jonson se ceba más que en los demás en Fabián Fitzdottrel, el crédulo hacendado dispuesto a creer todas las supercherías del mundo con tal de conseguir el título de Duque de unas marismas irrecuperables, y en Meercraft, el arbitrista, el hombre capaz de hacer negocio con las ideas más peregrinas. Es cierto que en el caso de Meercraft, más que una manía, lo que tenemos es el retrato del embaucador, el engañabobos, el que se hace arbitrista por astucia más que por convicción, lo que lo aleja del concepto de “carácter” tal como aparece en otras obras de Jonson y lo acerca más al mundo de los pícaros y tracistas que aparecen en las obras españolas del Siglo de Oro, y especialmente en los entremeses.

Lo cierto es que estas obras de Ben Jonson tienen más de un punto de contacto con el mundo entremesil. Su jovialidad, su visión carnavalesca del mundo, su sátira implacable de los defectos humanos y de las modas ridículas de sus contemporáneos son aspectos que se pueden encontrar en las obras cortas españolas más que en las decorosas comedias en tres actos. No se trata de influencia, por supuesto, ya que los lazos entre Inglaterra y España estaban rotos en aquel momento, sino de la común herencia grecolatina que dio lugar a obras tan diferentes y tan semejantes a la vez.

Porque el elemento que emparenta definitivamente a unas obras y otras es el mecanismo del engaño, sobre el que están creadas unas y otras. El viejo Moroso, que ha desheredado a su sobrino Delfín, se ve cruelmente burlado por éste y sus amigos Clerimont y Truewitt, quienes le llenan la casa de ruidosísimas fiestas que acaban en más ruidosas disputas. La más cruel de las burlas es la boda que hace con Epicena, joven con fama de callada y que, nada más casarse, empieza a hablar sin parar con la consiguiente desesperación del amante del silencio. Una última vuelta de tuerca (anunciada, sin embargo, por el nombre de la dama) resolverá el enredo: Epicena es, en realidad, un mozalbete disfrazado de mujer. La herencia volverá al injustamente desheredado Delfín, y Moroso se retira para disfrutar, quizá, de un momento de silencio.

El demonio es un asnomultiplica las tramas del engaño porque todos los personajes engañan a todos excepto el archibobo Fitzdottrel. El laberinto de engaños, trapacerías y deshonestidades es tal que marean al infeliz diablo Pug, el demonio chico que disfrutaba de un permiso de un día en la tierra para tratar de hacer todo el mal posible y no consigue otra cosa que recibir unas cuantas palizas y convencerse de que el mundo está tan lleno de maldad que el diablo no puede hacer nada por empeorarlo.

Ben Jonson era un satírico de primer orden. Sus comedias son largas diatribas contra todo bicho viviente en su época. Su incontenible verborrea se explaya en escenas llenas de intención satírica, descripciones de costumbres ridículas, de modas disparatadas. Es un teatro de la desmesura, lleno de una vitalidad que desborda los límites de lo dramático y se acerca al informe mundo de la sátira menipea. Sus diálogos satíricos, a menudo tan ajenos a la trama de la comedia que constituyen pequeñas obritas dentro de la obra, están cerca de los diálogos lucianescos.

Tampoco la trama parece preocuparle mucho a Jonson, que esboza una simple historia de engaño y la va llenando de personajes pintorescos, de escenas hilarantes sin relación con la acción principal y que van formando un mundo de enorme potencia verbal y de fuerte comicidad, pero informe, casi caótico, con algo de la discontinuidad que pedía Brecht para el teatro épico.

Sus obras tienen, por eso, una sorprendente modernidad. Difíciles, porque el mundo tan caricaturescamente reflejado en sus obras ha desaparecido y sólo nos quedan las sombras y los colores de chafarrinón que nos ha dejado en sus comedias, tienen, sin embargo, el mérito de querer encerrar todo un mundo dentro de sus diálogos.

Ben Jonson tuvo en su época un éxito superior al de Shakespeare, al que sobrevivió veintiún años. Posteriormente no ha dejado de ser considerado una de las grandes figuras del teatro inglés. Su comedia Volpone es uno de los clásicos universales y ha sido llevada al cine en la deliciosa Mujeres en Venecia de Mankiewicz. Sin embargo, la presencia de Ben Jonson es España es muy reducida. Como recordaba María Martínez Sierra en 1956, apenas se conocía en el ámbito hispanohablante (ella escribía en Buenos Aires) poco más que Volpone y El Alquimista. En realidad, pasados casi cincuenta años, seguimos en la misma situación. Por eso debe darse la bienvenida a esta nueva edición de la traducción que hizo María de la O Lejárraga (o María Martínez Sierra, como se quiera) en aquellos años. Es de esperar que no sean las únicas y que la ADE siga recuperando para el teatro español autores y obras como éstas para regocijo de unos cuantos y pasmo de los más.

 

                                                                                            Fernando Doménech

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