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Reseñas de libros

Diálogos con el dolor

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Autor del libro: Oyarzábal de Palencia, Isabel. (Edición de Carlos Rodríguez Alonso)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1999. (Serie: Literatura Dramática Iberoamericana, nº 26). 168 págs.

Extraer de la memoria, rescatar del olvido las voces femeninas, es uno de los objetivos que desde hace años, la editorial de la Asociación de Directores de Escena viene persiguiendo. Gracias a este trabajo ya pudimos acercarnos a Isabel Oyarzábal (seudónimo: Beatriz Galindo) en el II volumen de “Autoras en la Historia del Teatro Español”. No obstante, en esta ocasión tenemos la oportunidad de aproximarnos directamente a su obra, que si es cierto, que no goza de una gran diversidad en cuanto a elementos dramatúrgicos, si podemos decir, por el contrario, que está adornada de un exquisito cuidado por la palabra.

La  minuciosa y cuidada aproximación que Carlos Rodríguez  hace en su estudio preliminar, nos permite asomarnos al perfil de una escritora comprometida con su época, que utilizaba la palabra: periodista, ensayista, autora teatral etc., como arma para volcar y comunicar sus ideales e inquietudes sociales. 

Casi cien años (1878-1974) dibujan la silueta de esta mujer, que como tantas otras, voces anónimas de nuestra historia, dejó su huella en la España que perdió las colonias y se enfrentó en guerra civil. Peleando desde dentro por cuestiones como la consecución del voto femenino, o desde fuera, buscando aliados, como embajadora de la república durante la guerra civil española.

Nueve son los ensayos dramáticos, según subtitula la autora,  que se recogen bajo el título de Diálogos con el dolor. Se le suma una breve introducción, "Palabras iniciales", que gira  alrededor de la aceptación del dolor como parte vital de nuestra existencia. Oyarzábal apoya la fuerza de su creación teatral en un contenido de carácter didáctico y reflexivo, que prima de forma sobresaliente sobre la estructura dramática y los personajes. Su obra tiene un fuerte componente poético y un cuidadoso gusto por la palabra, que predomina sobre el dibujo de situaciones, en su mayoría de gran sencillez.

La figura de la mujer ocupa un papel fundamental en sus obras. En algunas de ellas se convierte en protagonista absoluta, así ocurre en: “La mujer que no conoció el amor”, “La mujer que dejó de amar” y “La cruz del camino”. Bajo el carisma de la eterna luchadora, deambulan estas heroínas, a las que acecha constantemente el miedo y el dolor por lo que nunca tuvieron o por la pérdida de lo querido: “La que más amó” y “Madre nuestra”. No deja de llamar la atención que, a pesar de ser considerada en su época como una mujer progresista y feminista, ni sus mujeres protagonistas, ni los temas, estén impregnados de esas características. Sus  heroínas son de corte tradicional y ,en la mayoría de los textos, el valor femenino que se ensalza y prima es el de la maternidad. Incluso cuando éste se encuentra con la fronteras yermas de la esterilidad, la autora convierte esa carencia, en fuente del amor solidario hacia el prójimo. Así lo hace en el primero de los textos citados, en el que la mujer soltera permanece, impasible y sorda frente a la llamada de ayuda, hasta escuchar decir a la Tierra: «... Hay muchas maneras de ser madre y tú podrás serlo si en lugar de escucharte a ti misma, pones tus manos sobre el corazón del mundo para sentir sus latidos». También en “Madre nuestra” una de las piezas más dramática y lírica de estos diálogos, Oyarzábal enfrenta el dolor por la pérdida del hijo y el vacío  que éste origina, a la posibilidad de trasladar ese amor al padre:

«Padre.- ...el cerco de tus brazos se cerró ha tiempo para mí. Todo él está ocupado por (indicando al niño) él.

Mujer.- Es mi niño. Padre.

Padre (interrumpiéndola).- ¿Tu niño? (Mirándose a sí mismo) ¿y yo? (suplicando) También lo soy.»

Los ecos de la guerra, aparecen reflejados con gran crudeza en “La cruz del camino”. Tres mujeres son las protagonistas de ésta pieza, que se desarrolla en cuatro escenas. La autora establece un claro paralelismo entre las protagonistas y las tres mujeres que asistieron a la muerte de Cristo. Utiliza recursos como el llamar a las tres María u otorgarles alguna analogía, como es el caso de Mª Gracia, la joven enamorada, a la que atribuye un pasado oscuro a semejanza de Mª Magdalena.

El miedo”  y “Gestas, el mal ladrón”  son creadas a partir de pasajes de los Evangelios. El pensamiento cristiano de la autora está muy presente en toda la obra, de él  extrae sus aspectos de justicia y solidaridad hacia los más desprotegidos. Rodríguez lo explica diciendo que: «No es tanto una invocación de fe, en el sentido devoto, como una defensa de ideas fundamentales, de carácter progresista, que encuentran su apoyo en la ideología cristiana.»

Los espacios donde transcurren las piezas -salvo en “La ceguera” y “La que más amó” que se desarrollan dentro de una habitación- son  exteriores descritos cuidadosamente: «Un  jardín donde los árboles se deshojan lentamente a impulsos de una suave brisa otoñal». En ocasiones, utiliza la proximidad a la naturaleza, la tierra, para acentuar de forma más extrema, la fortaleza y fecundidad femenina, estableciendo paralelismo entre ambas como ya expusimos al hablar de “La mujer que no conoció el amor”. En "La Vejez”, donde se nos presenta una dura visión de esta última etapa de la vida, la autora establece una transparente significación entre el espacio en el que se desarrolla la acción (un valle sombrío entre dos montañas muy altas) y el conflicto de la pieza: la imposibilidad del anciano protagonista para acceder a las cimas bañadas en sol.

A pesar de su brevedad, la mayoría apenas sobrepasan las cuatro páginas, cada obra se  configura como una pequeña historia a modo de fábula, que conforma una parte necesaria de la geografía del ser humano, según la autora: la del dolor intrínsecamente unido a nuestra existencia.

 

                                                                                                       Rosa Briones

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