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Reseñas de libros

La Margarita del Tajo que dio nombre a Santarén / El muerto disimulado

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Autor del libro: Ángela de Azevedo. (Edición, introducción y notas de Fernando Doménech)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1999. (Serie: Literatura dramática, nº 44). 347 págs.

La ADE continúa la recuperación de textos teatrales escritos por mujeres. Se trata siempre de textos cuyo papel  en la historia de la escena, de las ideas o de las costumbres no es nunca desdeñable y, sin embargo, con demasiada frecuencia han caído en el olvido, como consecuencia de la incuria que aqueja a tantas facetas de la investigación teatral española.  Por otro lado, la lectura y el estudio de los textos y las biografías de sus autoras descubre y reivindica las figuras de muchas mujeres, más de las que  a veces se piensa, que han realizado notables aportaciones, no sólo al teatro sino a la cultura en general, en los diferentes períodos históricos.

A los nombres de las autoras españolas editadas hasta el momento, se suma ahora el de una mujer portuguesa que escribe en castellano, Ángela de Azevedo, sobre cuya biografía tenemos pocos datos. Parece que fue dama en la corte de la reina Isabel de Borbón -esposa de Felipe IV-, que se casó con el portugués Francisco de Anciaês y a la muerte de su marido se recogió en un convento junto con su hija. No conocemos demasiado sobre su formación cultural, aunque de la lectura de sus textos podemos inducir que era bilingüe, que conocía bien los mecanismos del teatro barroco español y que se había documentado minuciosamente sobre la leyenda portuguesa que le sirve como punto de partida para una de sus comedias.

Se conocen tres textos compuestos por la autora, dos de los cuales se editan en este volumen: La margarita del Tajo que dio nombre a Santarén y El muerto disimulado. Además compuso una Dicha y desdicha del juego y devoción de la Virgen, las tres en castellano. La edición de los textos que aquí se publican, la introducción y las notas corren a cargo de Fernando Doménech, uno de los más interesantes especialistas en el teatro del Siglo de Oro. Como es habitual en sus trabajos, destacan el rigor y la minuciosidad, que se muestran a través de una exposición clara y amena, no exenta de humor y hasta de ironía cuando es preciso recurrir a ella. Se ha respetado el texto original, aunque se ha modernizado la ortografía y se han corregido las erratas evidentes, correcciones sobre las que se avisa en nota a pie de página. Las notas -abundantes y precisas- proporcionan también aclaraciones léxicas, explicaciones de las referencias y citas cultas, costumbres populares, etc. La introducción incluye además un completo estudio sobre la métrica, lo que permite también extraer conclusiones sobre las influencias formales recibidas.

La redacción de los textos, que no habían sido editados desde el siglo XVII, se sitúa en torno a la fecha de la independencia portuguesa, a juzgar por el espíritu nacionalista que los impregna, lo cual no es obstáculo para que estén escritos en castellano, como ocurre con la obra de otros autores y autoras portuguesas en épocas anteriores y posteriores a la independencia. Esta circunstancia prueba, en opinión del editor, que las relaciones culturales continuaron a pesar de la separación política y las compañías españolas siguieron representando en el corral de comedias lisboeta, lo cual abre una interesante y poco conocida perspectiva desde la que puede  estudiarse el teatro del siglo de Oro. Doménech llega incluso a analizar con  precisión y agudeza algunos rasgos de la composición de las comedias en función del espacio a que estaba destinada, sobre todo en La margarita del Tajo.

Las obras de Azevedo responden a dos modelos frecuentes en el teatro áureo: la comedia de santos y la de capa y espada. La margarita del Tajo que dio nombre a Santarén es una típica comedia de santos, dedicada a Santa Irene -de la que, en efecto, toma el nombre la ciudad de Santarén- inspirada en una leyenda medieval muy del gusto barroco por su grandiosidad y efectismo. Un caballero, Britaldo, se enamora de una religiosa -Irene-, pero ésta consigue disuadirlo con la promesa de que no se entregará a ningún otro hombre. Sin embargo, Irene -una suerte de Lulú muy anterior a la imaginada por Wedekind, como señala agudamente Fernando Doménech- enamora a cuantos hombres se cruzan en su camino, y no se libra de ese hechizo ni siquiera el monje Remigio, su maestro. Irene lo rechaza también, pero el monje, despechado, proporciona a la  muchacha un bebedizo que la hace aparecer preñada. Britaldo, creyendo que no ha cumplido su promesa, manda matarla, y su cadáver es arrojado al río. Sin embargo, las aguas del Tajo se retirarán para mostrar un impresionante sepulcro que guarda el cuerpo de la santa. Azevedo utilizará esta leyenda con ligeras variantes que acentúan ese tono excesivo a que son tan aficionados los dramaturgos del barroco. Así, el caballero Britaldo no es soltero, como sugería la leyenda, sino que está casado con una bella dama, lo que subraya el carácter apasionado y accidental del amor, según exige el modelo teatral de la época. El gusto por la desmesura encuentra en una historia como ésta un ámbito ideal para el desarrollo escénico. Doménech apunta que el modelo de la comedia de santos es el idóneo para cobijar estas indagaciones sobre el lado oscuro del ser humano: violencia, amores prohibidos, omnipresencia del sexo -que  se ve a la vez como algo irresistible y destructor-, etc. En cualquier caso son elementos de indudable dramaticidad, pese a que la trama resulte para el espectador o para el lector de hoy excesivamente truculenta.

El muerto disimuladoes una comedia de enredo o de capa y espada  con un magnífico planteamiento, aunque su resolución no sea del todo satisfactoria, como bien subraya el editor, pues tal complejidad y riqueza de elementos requería un maestro del género. Disfraces, fingidos cambios de sexo, muertos que no lo son, equívocos, contradicciones en los sentimientos de los personajes, etc., constituyen algunos de los ingredientes seleccionados con acierto por parte de la dramaturga. Entre todos ellos destaca por su audacia -aunque no sea el único ejemplo conocido- la imagen del varón disfrazado de mujer. La trama se basa en la sugestiva situación de una dama que se disfraza de hombre para vengar la muerte de su hermano y se enamora perdidamente de su matador, contradicción muy querida por los poetas barrocos, pero que en este caso revela una cierta inconsistencia en el diseño de los personajes por parte de la dramaturga. No es, desde luego, un texto plenamente logrado, pero no debe pasar inadvertida la frescura de algunos de sus lances.

En conjunto, ha de valorarse la importancia de la edición que recupera dos textos que cabe calificar al menos  de curiosos histórica y dramáticamente, y la calidad de la introducción y las notas.

 

                                                                                    Eduardo Pérez-Rasilla

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