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Reseñas de libros

El padre de familia / De la poesía dramática

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Autor del libro: Denis Diderot. (Edición y traducción de Francisco Lafarga)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2009. (Serie: Literatura dramática, nº 77). 251 págs.

No cabe duda alguna que la Asociaciónde Directores de Escena y Francisco Lafarga han llenado finalmente una de las lagunas más importantes que padecía nuestra bibliografía dramática. Con la publicación de El hijo natural y El padre de familia, por un lado, y de Conversaciones sobre El hijo natural y De la poesía dramática, por otro, se cubre ese vacío enorme en relación con un autor fundamental en el ámbito de los estudios teatrales, si bien no deja de ser cierto que todavía carecemos de una buena versión en castellano de Le paradoxe sur le comédien, otro texto fundamental en la teoría y la historia de la interpretación.

El padre de familia, como recordaba Marvin Carlson en su magnífica obra Theories of the Theatre, supone la confirmación de un modelo de creación dramática que domina, desde entonces, la escena occidental, en tanto confirma eso que ahora conocemos como drama y como burgués. En efecto, el profesor Carlson comenta el impacto que van a tener en Europa algunos trabajos teóricos o dramáticos de autores como Richard Steele, editor de The Tatler, o George Lillo, autor de The London Merchant, tentativa clara de promover una comedia doméstica que se ocupase de las personas del común (burgués), aquellas en las que el espectador habitual se podría reconocer sin mayor problema. Ahí tenemos algunas de las fuentes en las que bebe Diderot.

Además de esa querencia por las cosas cotidianas, propias de las familias burguesas, en el siglo XVIII también se desarrolla una decidida apuesta por la dimensión moral de la obra literaria, especialmente importante en la dramática, en tanto pretexto fundamental en la creación escénica. Autores como Nericault Destouches ya proclamaban la necesidad de corregir las costumbres, mostrar lo ridículo, condenar el vicio y exaltar la virtud, un programa regenerador que también está en la base de aquel sensacional trabajo que D’Alembert publica en la Enciclopediasobre la necesidad de establecer un teatro en Ginebra y que provocará la ira desenfrenada de Rousseau, seguidor de Platón en su condena del teatro. De alguna forma, el Discurso sobre la poesía dramática no deja de ser una respuesta ante el frenético, desmedido y poco justificado asalto de Rousseau, en el que Diderot muestra como en la poesía dramática existen diferentes géneros y entre ellos destaca el que denomina comédie sérieuse llamada a desvelar vicios, desdichas y catástrofes domésticas.   

Existían, entonces, antecedentes precisos de lo que será la comedia lacrimógena y el drama burgués, dos modelos próximos que Diderot recrea en los dos textos dramáticos antes comentados. Pero Diderot ejercerá una influencia importante en otros autores, como Beaumarchais, Mercier, Jovellanos o Moratín hijo, que tanta importancia habrían de tener en el desarrollo posterior del drama, que pasa a ser género casi universal.

El padre de familia, publicado en 1758 y estrenado en 1761 muestra situaciones y conflictos que habrán de ser recreados cientos de veces en textos y espectáculos de todo el mundo, particularmente en el género del melodrama. Muestra cómo un amor imposible, que amenaza con provocar la ruina moral de una familia, se hace finalmente realidad cuando las identidades se desvelan, los sentimientos se muestran con sinceridad y los prejuicios se dejan a un lado. El salón se convierte en el lugar de tránsito de todos los personajes, lo que permite, entre otras cosas, dar cumplimiento a criterios de verosimilitud y observancia de algunas reglas, como las de acción, tiempo y lugar, aunque en esto siempre hubo una cierta laxitud. Al final, la obra no deja de ser una especie de consideración moral sobre la educación de los hijos, como manifiesta el propio autor en la “Epístola a su Alteza Serenísima la Señora Princesade Nassau Saarbruck”, aristócrata ilustrada, y que sitúa como prólogo necesario a la comedia.

Como decíamos, el volumen se completa con el ensayo tantas veces citado, De la poesía dramática, autojustificación concebida como una especie de curso de escritura dramática, en el que Diderot formula una poética adaptada a los tiempos nuevos que se anunciaban desde la Enciclopediay en el movimiento ilustrado. Con todo, no faltan consideraciones relativas a la manera en que las nuevas obras se habrían de representar, y así afirma que “la comedia tiene que ser representada en ropa de casa”, toda una declaración de principios vinculada con la verosimilitud y la centralidad de salón burgués. Particular interés tienen las consideraciones que hace sobre la “pantomima” y que cabría entender como la importancia de reforzar la cinética del actor a través de un juego de acción y reacción, lo que en suma implica que el texto ya no se recita sino que se actúa, se traslada al cuerpo y al espacio, a la relación con los otros. El cuerpo acompaña la palabra, y los actores y actrices se acompañan entre sí con sus palabras, con sus cuerpos y sus movimientos, en un espacio que por fin se descubre. Por encima de todo, destaca una visión de la poesía dramática vinculada con el momento social y político que se vivía, con lo que el teatro se convierte en elemento de intervención e incluso de revolución (la burguesa).

De nuevo, nuestra enhorabuena a la editorial y al editor / traductor por la iniciativa y el trabajo magnífico que nos brindan.

 Manuel F. Vieites

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