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Reseñas de libros

El flamenco español / La farsa de la vaca

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Autor del libro: G. A. Brederode. (Traducción de Ronald Brouwer e Ignacio García May. Introducción de Ronald Brouwer)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1998. (Serie Literatura dramática, nº 43). 184 págs.

Si es ya norma de la casa ofrecer auténticas sorpresas al lector español, hay que reconocer que en esta ocasión la ADE ha alcanzado un hito difícilmente superable. La obra de Gerbrand Adriaansz Brederode era prácticamente desconocida en España, como lo es, en general, todo el teatro holandés anterior a nuestro siglo. No hay duda de que este desconocimiento nace de la separación entre la cultura holandesa y la española producida durante las guerras de independencia de las Provincias Unidas y la enemistad de siglos entre ambas naciones después de la paz de Westfalia, en 1648.

Y es una lástima, porque la obra de Brederode muestra cómo en una fecha como 1617 aún se mantenían los lazos entre ambas culturas, a pesar de los años de guerra transcurridos. Brederode no tenía muy buena opinión de los españoles (altaneros de nacimiento, sin dotes para la actividad espiritual...), como corresponde a un holandés de aquellos momentos. Pero admira una obra española, el Lazarillo de Tormes, hasta el punto de inspirarse en ella para escribir su comedia Spaanchen Brabander,  que Brouwer y García May traducen en este libro como El Flamenco Español.

La comedia, en efecto, dramatiza el episodio del Escudero de Toledo, narrado por Lázaro en el Tratado Tercero de la novela, transformando al hidalgo arruinado en un natural del Brabante, un flamenco con ínfulas de noble que desprecia todo lo que ve en Amsterdam y a todos lo holandeses como palurdos y poca cosa en comparación con su ciudad de Amberes. Los episodios, sin embargo, son fácilmente reconocibles: el encuentro del fatuo hidalgo con el muchacho que busca amo, en esta ocasión llamado Robbeknol, la mendicidad del criado, el hambre del amo, el susto del muchacho cuando cree que llevan un muerto a su casa, etc., hasta el final, en que el criado es abandonado por su amo en manos de la justicia y es rescatado por una vecinas que convencen a la autoridad de que «éste es un niño inocente».

La trama, por tanto, sigue fielmente la del Lazarillo. Pero el tono es muy distinto. El humor de Brederode no es el finamente psicológico del desconocido autor de la novela. Es un humor franco, directo, bronco, nacido de una visión regocijada del mundo. Un humor grueso, lleno de procacidades e insultos, de alusiones personales a personajes y situaciones de su época y su ciudad. Un humor que parece nacido de tremendas francachelas en la taberna, en medio de un grupo de alegres bebedores que trasiegan vaso tras vaso de cerveza mientras palpan con fruición las redondas nalgas de alguna rubicunda ninfa del arroyo.

Alrededor de los protagonistas bulle todo un gentío de vecinas bullangueras, dicharacheras pilinguis, viejos carcamales, alegres bebedores, autoridades, gentes que pasan... Todo un mundo abigarrado, lleno de viveza y colorido que recuerda los cuadros de Jan Steen, de Teniers y de otros costumbristas flamencos que evocaba Manuel Machado:

 

          «Ya está aquí el pueblo, el de la ruda mano

          y el abundante corazón sencillo

          con su música alegre de organillo

          y su reír descomedido y sano.

 

          Teniers lo amaba y lo pintó el primero

          a las luces de antorchas macilentas

          en orgías alegres y violentas

          o en sus fiestas de albogue y de pandero...

 

          Y helo aquí que se atraca y refocila

          y en pintorescos ágapes desfila

          por tabernas, posadas y figones...

 

          Grita furioso, ríe a plena boca,

          ansioso bebe y come y gusta y toca

          y hace cosas de perro en los rincones.»

 

Un mundo muy semejante es el que aparece en La farsa de la vaca, que, sin embargo, responde más a la tradición farsesca del último Medievo, tradición que se mantiene viva en autores como Hans Sachs bien entrado el Renacimiento y que Brederode lleva hasta el siglo XVII. La vieja historia del campesino engañado que vende su propia vaca en beneficio del engañador está aquí desarrollada con la desmesura verbal propia del autor holandés, que vuelve a ofrecernos un vívido cuadro de costumbres (malas, por supuesto) del campo holandés de los alrededores de Amsterdam. (Lo cual no lleva, por otra parte, a poner en duda el tópico de que las sociedades protestantes se hicieron muy puritanas en contraste con las católicas, dogmáticas, pero de costumbres más libres.)

Las dos obras, de construcción un tanto tosca, lastradas por parlamentos excesivos y por las alusiones de raíz aristofánica a la actualidad del momento, imposibles de comprender hoy, se mantienen por una poderosísima inventiva verbal, verborreica pero ingeniosísima, popular, descarada, un auténtico torrente de palabras de absoluta brillantez en donde cabe todo: el lenguaje culto y el soez, el refrán y la sátira de los pedantes. Todo ello, además, en verso.

Las dificultades para traducir una obra así son evidentes. Brouwer y García May han conseguido algo aparentemente imposible: en lugar de verter en una prosa correcta los versos del original, han trasladado a versos castellanos las dos obras. Y lo han hecho con un lenguaje vivísimo, un castellano transparente y retrechero, sensual y desvergonzado. Un lenguaje que debe tanto a Brederode como al Arcipreste de Hita.

Una gozada. No se la pierdan.

                                                                                      Fernando Doménech

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