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Reseñas de libros

Teatro ruso contemporáneo

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Autor del libro: AA.VV. (Traducción y notas de Jorge Saura. Prólogo de Tatiana Pigariova)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1996. (Serie: Literatura Dramática, nº 40). 322 págs.

A los románticos les gustaban las ruinas, los cementerios, las criptas o los riscos. El drama burgués necesita de saloncitos donde tomar el té y organizar bailes de pedida. ¿Qué sería del sainete madrileño si no hubieran existido las casas de vecindad? ¿A qué se habrían dedicado los Quintero si las ordenanzas municipales de Sevilla hubiesen prohibido los patios?

Y es que el lugar donde suceden las obras de teatro marca más de lo que estamos acostumbrados a reconocer. Hay, especialmente, lugares que simbolizan toda una época, toda una visión del mundo.

Las cuatro obras que publica la ADE, una magnífica muestra del teatro ruso más actual (la más antigua, La aldeana prodigiosa, es de 1984; la más moderna, El jardincito de los cerezos, de 1994) pueden ser buena muestra de ello.

En las obras de Nina Sadur hay una visión metafísica, casi onírica, de la estepa rusa, de horizontes inmensos, vacíos, el dominio de la tierra y el cielo, de una naturaleza áspera e inhumana, en donde irrumpe un intruso, un representante de la ciudad, del Estado (entonces el estado soviético) sólo para no comprender nada y para ser absorbido o rechazado. Hay mucho de los espacios desnudos de Beckett en estas obras de angustia metafísica, pero también de la eterna oposición entre la ciudad y la tierra, entre el campo y el burócrata, que llena la litratura rusa del XIX y el XX.

Yeroféyev es menos sutil. Para retratar la sociedad soviética a punto de desvanecerse echa mano del más utilizado de los símbolos: el manicomio en donde los locos, martirizados por unos enfermeros de un increíble sadismo (la autoridad, el Estado), reproducen magnificándolas hasta el absurdo las conductas y las obsesiones de toda la soceidad. No puede ser casual la semejanza entre La noche de Walpurgis y aquella mediocre pero certera película de Carles Mira, Que nos quiten lo bailao, donde el manicomio reproducía aquella casa de locos que era el franquismo agonizante.

Pero la más significativa, en este sentido, es El jardincito de los cerezos, de Aleksei Slapovsky. Y no sólo porque utiliza el más significativo de los lugares del teatro ruso, el jardín de los cerezos de Chéjov, como irónico referente, sino porque las dimensiones simbólicas del espacio están especialmente cuidadas. El lugar de la acción es un desván. ¿Qué tienen los desvanes que aparecen tanto en las obras de teatro contemporáneas?  ¿Por qué sucede Nus, de Joan Casas, en un desván? ¿Por qué se esconde una Trampa para pájaros de José Luis Alonso de Santos en un desván?

El desván de Slapovsky está, además, en una casa en ruinas, que, después de haber cobijado a varias generaciones, después de haber sido testigo de las ilusiones y esperanzas de los protagonistas, está vacía, abandonada a su propia degradación para ser derribada o para ser rehabilitada como hotel para turistas. Los antiguos idealistas son ahora nuevos empresarios, «tiburones» de la especulación inmobiliaria que, cómo no, están asesorados por un americano sonriente y algo lelo que al final ni siquiera lo es.

Por este espacio del pasado deambulan los personajes de Chéjov (no sólo los de El jardín de los cerezos: también el tío Vania, convertido en inofensivo e inútil jardinero...) con la misma sensación de fracaso, de hastío, de incapacidad de hacer nada para evitar que su mundo se hunda sin remedio. Queda, eso sí, el jardín de los cerezos. Pero el jardín es un simple cerezo silvestre que ha crecido entre las grietas de la pared ruinosa de la casa. Quizás con los huesos de los cerezos se pueda sembrar otro jardín, pero será en otro lugar, tal vez en otro tiempo...

Las obras reunidas en el volumen son una muestra de la gran vitalidad del teatro ruso de nuestros días. Cada una de forma muy distinta, con estéticas diversas, con planteamientos escénicos y lingüísticos extremos, consiguen dar cuenta de una realidad social cambiante, la de la Rusia actual, en tránsito de una sociedad anquilosada a un futuro incierto.

La traducción de Jorge Saura es, como siempre, muy expresiva y suena perfectamente en castellano. Es especialmente meritoria en La noche de Walpurgis, obra de puro juego lingüístico, que utiliza el disparate como sistema para ridiculizar toda la vida soviética, por lo que la obra está repleta de frases hechas, chistes rusos, alusiones a personajes del momento, etc., dificilísimos de traducir. A pesar de ello, el traductor sale airoso de la tarea y consigue transmitir el alucinado maremagnum en que consiste la obra.

Fernando Doménech Rico

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