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Reseñas de libros

Una noche de tertulia / Mi retrato y el de mi compadre

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Autor del libro: Francisca Navarro. (Edición de Eduardo Pérez-Rasilla)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1995. (Serie: Literatura dramática, nº 37). 202 págs.

Cualquier estudioso de la historia de nuestro teatro sabe bien que hay miles de obras y cientos de autores -no exagero- de los que no tenemos ningún dato: escribieron muchas comedias, las estrenaron con mayor o menor éxito, las publicaron... y cayeron en el olvido. A nadie se le ha ocurrido leerlas de nuevo, publicar algún estudio sobre ellas; mucho menos, intentar representarlas de nuevo.

Cuando contamos esta historia, nos suelen preguntar:

- Y estas obras, ¿son buenas?

La respuesta es obvia:

- Hasta que no las lea alguien, con criterio actual, no podemos saberlo. Lo más probable es que no sean obras geniales. En todo caso, su valor histórico y social será indudable.

Por eso, todo lo que suponga recuperar una isla del gran océano de olvidos en que cayó nuestro teatro me parece empresa loable.

Ese olvido se ha multiplicado, además, en el caso de las escritoras (tanto de teatro como de novela, poesía o ensayo). Una serie de investigaciones recientes están dando un vuelco en este panorama, con el lógico afán feminista de reparar una injusticia.

Apoyada por el Instituto de la Mujer y por el INAEM, la Asociación de Directores de escena ha emprendido esta tarea -indudablemente positiva- de rescatar autoras dramáticas olvidadas. Para mí -lo confieso paladinamente- lo era esta Francisca Navarro, de la que no he hallado mención ni siquiera en el «Espasa grande», que ilumina tantas biografías del siglo pasado.

El autor de la edición, Eduardo Pérez-Rasilla, más los dos artículos introductorios de Juan Antonio Hormigón e Inmaculada Alvear, aportan los datos precisos: una escritora moratiniana, que publica sus obras entre 1828 y 1829; a partir de esta fecha nada sabemos de ella. Además de escritora, debió de ser actriz: hay datos de que actuó de dama joven en el estreno de su obra La tonta (1827) y eso explicaría el conocimiento del mundo teatral que muestran sus comedias. El editor de este volumen la sitúa dentro de la comedia satírico-moral, centrada muchas veces en los problemas derivados de la relación de pareja; formalmente, mantiene siempre las tres unidades y el decoro. Se trata, por supuesto, de comedias urbanas y situadas en el presente (igual que Moratín), que utilizan tanto la prosa como el verso más sencillo, el romance.

Dos motivos atraen especialmente la atención del lector actual, supongo: las proclamas en defensa de la mujer y las críticas al mundo teatral.

Incluye esta edición dos comedias. La primera, un enredo ligero, censura así la murmuración de las tertulias:

«...Por lo regular en las más de ellas se habla mucho, y se dice poco, y donde no se juega al tresillo, que esto al menos distrae, y a nadie ofende, se entretienen en destrozarse mutuamente... Los asuntos más interesantes e instructivos que regularmente se tratan, son las modas, sin olvidar otras cosillas, que sería pesado referir, y que son no sólo inútiles, sino perjudiciales a todos, y particularmente a la juventud.»

Me parece ver en ese moralismo bienintencionado un eco dieciochesco, que se refuerza en la declaración final:

«Por fin mi señora doña Blasa oye la voz de la razón...».

Mucho más atractivo posee la segunda comedia publicada, Mi retrato y el de mi compadre, al centrarse en la sátira del mundo teatral. Aparecen aquí la ignorancia de los críticos:«Si no sabe donde están las faltas, o es que no las hay, o es que no las conoce: y en el primer caso hace muy mal de llamar mala una cosa que no lo es; y en el segundo hace peor de hablar de lo que no entiende.»

La sátira de los cómicos perezosos:

«El estudio me molesta mucho.»

El sometimiento al dinero:

«El asunto es vender ejemplares (...) si después algunos, que seguramente no lo entienden, quedan descontentos de leerla o verla en la escena, poco importa: vale más quedar bien con el bolsillo que con el público.»

La sátira de las malas comedias, a las que califica de mamarrachos:

«Tiene muy poco argumento, menos naturalidad, ninguna gracia (...) pero está bien provista de vasos y platos rotos: tiene también un caballero que barre y tropieza a cada instante, una señora que se va a casar a las veinte horas de viudedad, una mesa que deja caer el eterno tropezante, una cena que se quedó en la fonda, un marido que, en lugar de haberse muerto, vive porque le conviene más...»

El editor y adaptador cree ver atisbos pre-románticos en la defensa reiterada de la naturaleza por encima del arte. Me inclinaría yo a situar esto en la evolución natural del racionalismo ilustrado, que aquí aparece muchas veces: el teatro posee un valor educativo; el modelo es «La ilustrada Francia»; lo que no sirve para una buena comedia podrá producir, en todo caso, un mal sainete.

Varios párrafos de la obra parecen responder a una experiencia autobiográfica. Ante todo, la advertencia escéptica sobre el posible estreno de la obra: «Si alguna vez la representan, que regularmente será, o muy lejos del punto donde resida su Autora, o cuando ya no exista...»

Defiende la posibilidad de que escriba una mujer, con frases que suenan a problema vivido, no teórico:

«- ...una señora no puede tener tanto conocimiento de las cosas...

   - Como un hombre.»

La protagonista posee gran facilidad para escribir y se ríe de los poetas malos y trabajosos:

  «Yo, que tengo otra instrucción que esa, he necesitado estar tres días sin levantar cabeza con toda la casa en silencio para escribir este anuncio.»

Ya Cervantes se burlaba del poeta que, «al hacer sus versos, sude e hipe.»

La burla se extiende, en general, a los hombres tontos y vanidosos:

«¡Oh!, ¿cómo quieres tú comparar sus luces con las nuestras: nuestra vasta instrucción... y nuestro despejado talento?»

Al final, el «corazón sensible» (para Meléndez Valdés, un «don tan funesto») de la protagonista autobiográfica le lleva a disculpar al infeliz seductor y hasta a «sentir ternura» por él. Pero luego aparece su ironía:

«Tiene la desgracia de ser muy tonto y este es un mal que no tiene cura.»

Sin duda, esta mujer inteligente tuvo que conocer y aguantar a no pocos tontos. Detrás de estas frases asoma el rostro irónico de esta Francisca Navarro a la que ahora hemos tenido el placer de conocer.

 

Andrés Amorós

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