Volver al listado de reseñas

Reseñas de libros

Safo / Zinda / La familia a la moda

Ver la ficha de la publicación

Autor del libro: María Rosa Gálvez. (Edición de Fernando Doménech)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1995. (Serie: Literatura dramática, nº 38). 267 págs.

 La publicación de tres obras de María Rosa Gálvez bien puede saludarse como un acontecimiento. No sólo por el hecho de incorporar a nuestras posibilidades de lectura una dramaturga olvidada, ni porque entre en la necesaria recuperación de escritoras que, de un tiempo a esta parte (y en especial por la ADE en lo que se refiere a autoras de teatro), viene haciéndose, sino porque tiene un interés propio nada desdeñable.

 La obra de María Rosa Gálvez se desarrolla en los primeros años del siglo XIX y, aunque consiga estrenar, ni siquiera sus mejores amigos aprueban plenamente que una mujer se dedique a la literatura. La Ilustración española no llega a admitir la participación de las mujeres en la vida pública literaria, pese al ejemplo francés. Fernando Doménech, pulcro editor de este volumen, da cuenta en su exacto prólogo de ayudas y problemas, incluso de las contradicciones en las que ella misma cae. Por ello no sobraría insistir en cómo la Gálvez es producto de su tiempo hispánico hasta el punto de admitir una estética nueva pero no así el concepto del mundo correspondiente. Su obra La familia a la moda sólo ofrece como ruptura del sistema que pone la defensa de la razón en boca y actos de una mujer de cierta edad; pero la razón es, no la ilustrada y afrancesada, sino la tradicional española. Hubiera venido bien citar algunas líneas del autoprólogo al tomo II de sus Obras poéticas de 1804, en las que, después de lamentar que la crítica elogie más las traducciones, aunque lo sean de obras mediocres, que los dramas originales de autores españoles, alude continuamente a su sexo para hacer perdonar los defectos que sus producciones personales contengan, en vez de defender el evidente derecho a ser considerada igual a los escritores masculinos: "En ellas faltará mucho para la perfección; pero el sexo y las continuas ocupaciones, y no vulgares penas que acompañan mi situación, no me han permitido limarlas con más escrupulosidad. [ ... No] puedo resolverme a creer tanta injusticia en mis compatriotas que dejen de tolerar los defectos que haya en mis composiciones con la prodecencia que juzgo merece mi sexo», etc...

Las mujeres, al ser su educación menor y menos sistemática, no se sentían sometidas a las reglas retóricas con tanta rigidez como los varones, por ello consiguen una producción literaria más libre y personal que, hoy, nos atrae. Pero, probablemente también por ello, María Rosa Gálvez nunca alcanzó prestigio, aunque aparezca citado su nombre en muchos manuales. Observa Emilio Palacios (en el volumen II de la Historia del teatro en España, publicada por la editorial Taurus en 1988) que abundan en su teatro personajes grotescos, caricaturas, rupturas del realismo y un tratamiento cómico que se sobrepone a lo didáctico, lo que se juzgó inconveniente en su tiempo. De todo ello son buena muestra las tres obras recogidas en el presente volumen.

Safo (1804), drama trágico en un acto, es ya original por esto mismo: un acto sólo era habitual para las piezas cómicas. Aunque tenga versos logrados y denote un claro esfuerzo por conseguir un personaje creíble y modélico, no alcanza el simbolismo que pudiera pretender y acaba imponiéndose el género lacrimoso (bien que María Jesús García Garrosa ni siquiera cite a la Gálvez en su libro de 1990 sobre la comedia sentimental española). Es otra buena prueba del error que cometen Russel Sebold y otros hispanistas anglosajones (obsesionados como están, desde Allison Peers por entender toda la cultura española como romántica) al considerar románticos ciertos sentimientos y oscuridades que se repiten tópicamente a lo largo de todo el siglo XVIII, como continuación de nuestra literatura barroca, que determinadas corrientes europeas del siglo refuerzan.  Porque María Rosa Gálvez no avanza ni un centímetro más de lo que es la estética dieciochesca; lo que puede insinuarse como novedad no es tal, sino mirada hacia atrás, hacia el teatro español clásico.  Pese a todo ello, Safo es la obra más atractiva de las que recoge el volumen, capaz de interesar una nueva puesta en escena que subraye los aspectos poéticos del texto y destaque el destino trágico de los personajes, arrastrados a la muerte por los propios avatares de la vida.

El caso de Zinda (1804) es distinto. No llega a ser una obra antiesclavista, como las habrá años más tarde, pero sí expresión del sentimiento de la libertad como algo natural al ser humano, tal vez por influencia del pensamiento liberal. El texto circula bien y las coincidencias propias de la estructura habitual en el teatro de la época no sorprenden en exceso a un lector moderno, por lo que no resultan inconvenientes. Gálvez busca hacer culpables de la trata de negros no a los portugueses -ibéricos y católicos al fin y al cabo-, como debería ser normal dado el tema y la geografía en la que se sitúa la acción, sino a un protestante holandés, mercenario y traidor: «Escucha la traición que ha cometido / Vínter, ese malvado que de Holanda se vino a la colonia portuguesa / prófugo y desterrado de su patria / [.../de Vínter la creencia / a ese Dios de bondad tiene ofendido, / y niega a los misterios más sagrados / de nuestra religión...» Nada tiene de particular porque el tráfico de esclavos fue, sobre todo, holandés, pero ocurre que Vínter es la maldad personificada, el malvado sin paliativos: no católico, irreligioso, cruel, traidor, mentiroso, ávido sin freno de riquezas, déspota, asesino y extranjero.

Ya me he referido a La familia a la moda (1 805), nunca impresa hasta ahora. Es una comedia de costumbres, crítica del afrancesamiento y las nuevas costumbres que, sin embargo, no fue bien entendida por los censores y sufrió prohibiciones. No es ni mejor ni peor que tantas otras de corte moratiniano y presenta algunos errores de versificación que merecerían haber sido anotados.  También podrían haberse anotado los rasgos de afrancesamiento en la lengua de los personajes, porque debieron constituir los mayores rasgos de comicidad en la época.

Sin embargo, el trabajo de editor que hace Fernando Doménech es sabio, exacto y discreto, y el prólogo aporta numerosas noticias sobre la autora, apuntando caminos por donde seguir en análisis posteriores. Es digna de toda alabanza su intención de recuperar una dramaturga para la historia, labor que, pese a posibles trabajos académicos universitarios, no ha tenido luz hasta que se iniciara esta empresa fundamental de ediciones que ha emprendido -y hay que resaltarlo sin sonrojo- nuestra Asociación de Directores de Escena.

Jorge Urrutia

Volver al listado de reseñas