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Reseñas de libros

Un otoño en Venecia

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Autor del libro: Juan Antonio Hormigón. (Prólogo de René Andioc)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2009. (Serie: Laberinto de Fortuna, nº 2). 609 págs.

No es muy frecuente encontrar novelas cuyo protagonista es un personaje real. En este momento me vienen a la cabeza especialmente dos. En 1934 el judío alemán Bruno Frank escribió A Man Called Cervantes, “novela histórica” y en 2004 Colm Tóibín, un novelista irlandés, publicó una novela titulada The Master sobre Henry James. La primera novela mencionada, como indica el subtítulo, es más bien histórica y es una biografía novelada de Miguel de Cervantes. La segunda no es una biografía novelada sino una novela que enfoca un período tardío en la vida de Henry James empezando con su fracaso cuando intentó convertirse en autor teatral y termina cuando por fin el novelista se instala en una pequeña ciudad del Reino Unido en casa propia.

Otras novelas sobre escritores conocidos son las de Michael Cunningham sobre Virgina Woolf titulada The Hours; Jay Parini, The Lost Station sobre Tolstoy; Edmund White, Hotel de Dream sobre Stephen Crane con "visitas" de Henry James y de Joseph Conrad; y Sheila Kohler, Becoming Jane Eyre, sobre Charlotte Brontë y sus hermanas Emily y Anne. Según la novelista Joce Carol Oates "En estas ejemplares obras de ficción biográfica es como si el impulso postmodernista de re-escritura y revisión del pasado se hubiese unido a un deseo más Romántico de entrar, renovar y revitalizar el pasado: no para sugerir un distanciamiento irónico de sus habitantes, sino para honrarlos al darles nueva vida incluyendo siempre las dudas, errores y angustias de la vida real..."

La diferencia entre una biografía y una novela sobre personajes reales es que, en la primera, se nos da cuenta de la vida del sujeto “de la cuna a la sepultura”, como diría Quevedo, mientras que en la segunda suele enfocarse sólo un período de la vida del protagonista.

Curiosamente, hay más obras de teatro o filmes dedicados a personajes reales. En España no tenemos que ir más lejos de Buero Vallejo para encontrar ejemplos de las primeras (demasiado conocidas para mencionarlas aquí). En cuanto a filmes, Hollywood nos ha inundado con películas sobre personajes históricos, casi todos protagonizados por Paul Muni. Pero el filme que se me antoja más cercano a la novela que ahora nos ocupa es Shakespeare in Love o Shakespeare enamorado, por razones obvias para el que haya leído esta novela y por razones que verá el curioso lector de esta reseña que no haya leído aún Un otoño en Venecia.

Hormigón ha escogido de protagonista de su novela a Leandro Fernández Moratín. A lo mejor, al lector medio le parecerá rara la escogencia de este relativamente poco conocido autor de finales del XVIII. Moratín no es un personaje demasiado conocido aún de la mayoría de nosotros, más enterados de las personalidades literarias españolas. En realidad, no sabemos mucho sobre Moratín; algo de sus obras (de mí sé decir que interpreté el papel del joven en El sí de las niñas con Glorita García Lorca de “niña” en un montaje de 1959 en Middlebury College, dirigido por Néstor Almendros). En cambio Hormigón sí que le ha estudiado a fondo para dirigir obras suyas y para su espléndida edición de La Mojigata. Entonces Hormigón se aprovecha de nuestra ignorancia y de su sabiduría para escribir una novela sobre Moratín y, así, poder “fantasear” más sobre terreno conocido. Es decir, para convertir en literatura a sus anchas, sus conocimientos sobre Moratín y su época.

Como hizo Tóibín con Henry James, Hormigón ha enfocado sólo un trozo de vida, podríamos decir mejor, un episodio en la vida de nuestro autor: el otoño que pasó en Venecia en el año de 1794, año próximo a la Revolución Francesa, dato importante por las reacciones políticas que esta revolución causó en los países europeos y en casi todo el mundo occidental. Además, este viaje está parcialmente informado por el propio Moratín en su Viaje a Italia, donde Hormigón ha podido documentar, por ejemplo, qué obras de teatro vio en esos meses, qué iglesias y edificios visitó y qué obras de arte contempló. Aunque Hormigón es más prolijo en estos temas que el propio Moratín en su libro del viaje.

Y ¿qué más encontramos en estas seiscientas y pico de páginas? Esta es la mayor sorpresa del lector de esta obra. Como la contraportada del libro nos anticipa, además de “la embriagadora belleza de las callejas, los teatros y el arte de Venecia conformarán la antesala de otros placeres y zozobras, a los que no serán ajenos los encantos de la Embajadora del reino de España y los sensuales saberes de la danzarina Angélica Incontri”. De esto último hay bastante. De hecho, nos preguntamos si, en realidad Moratín era tan “arrecho” como Hormigón nos lo pinta. La respuesta la encontramos en la página 420:

 -Mire usted Eusebio [Ibarreche, un arquitecto vasco amigo de Moratín], el Eros de los antiguos, hablo de los atenienses, usted lo sabe sin duda, era aquello, en cuanto atracción sexual se entiende, que la naturaleza exige, impulsa y determina. Los latinos lo denominaban “pulsiónis sexualis”. Es un hecho irreductible la atracción mutua entre hombres y mujeres.

-¿Y va a decirme que eso lo autoriza a fornicar sin tasa?

-Al menos todo lo que el cuerpo soporte y demande. Sólo que sin forzar, sin ofensa, sin quebranto de nadie.

En efecto, hay bastantes encuentros eróticos descritos con todo detalle pero en un lenguaje tan poco procaz que convierte estos momentos en bella literatura en vez de en pornografía. Por lo demás, el hijo de don Nicolás -autor del Arte de las putas-, y un hombre de treinta y cinco años no podría ser menos al encontrarse en su camino mujeres tan seductoras como Beatriz (la Embajadora) y Angélica (la bailarina).

Pero la curiosidad de Moratín va mucho más allá de la búsqueda de placeres eróticos; hay descripciones prolijas de su interés en los artesanos de la ciudad. En las páginas 255 y siguientes leemos una del arte del grabado con bastantes detalles técnicos. Sus constantes excursiones por las calles de Venecia detalladas con nombres de callejas, puentes y “sotoportegos” por el novelista pueden constituir un obstáculo para algunos lectores, sobre todo los que no han visitado esta ciudad. Para otros, como el que esto escribe, quien se ha “pateado” Venecia en por lo menos cinco ocasiones desde la primera en 1957 hasta la última -por cierto en un otoño de principios de los 90 con marea alta y niebla-, estas detalladas descripciones constituyen el placer de revivir estas experiencias, como son las de las visitas a iglesias, monumentos y la contemplación de obras de arte. Aun más, durante sus periplos por la Serenísima Moratín se topa con escritores del país y editores de periódicos como Antonio Piazza, el diarista, con quien mantiene interesantes conversaciones y quien le lleva a una timba llamada “Bottega al Ponte dell’Anzolo” de donde Moratín salió disparado después de ser testigo de cómo despluman a un caballero. Y el más fortuito encuentro, más bien encontronazo, es con el futuro poeta Ugo Fóscolo, aún adolescente pero ya autor de un sentido poema sobre la muerte de su padre que emociona a nuestro autor al rememorarle la del suyo. También Moratín es testigo de la lectura de la traducción al italiano del Coriolano de Shakespeare, tragedia aun desconocida para él pero que le interesa por su contenido político, tema que tendrá importante resonancia a través de la narración.

Pero, se preguntarán algunos, ¿hay intriga? Sí, habemus intriga. El momento en que Moratín visita Venecia, la inquisición en España (y en Italia) está haciendo sus maquinaciones para contrarrestar y eliminar cualquier pensamiento, acción u obra que en su opinión pueda ir en contra de sus creencias y de su ortodoxia. Y el instrumento de esta intriga es el Secretario de la Embajada de España, el villano de esta novela, Clemente de Campos. Por suerte Moratín encuentra aliados que le ayudan y protegen, como su amigo, el novelista Montengón, el abate Compagnoni, el banquero sefardita Pfauz, y otros más. Un momento de particular zozobra para el comediógrafo es el robo del manuscrito de La Mojigata. Y ahora que menciono esta obra, hay dentro de la novela una lectura de ella ante un grupo de jesuitas mexicanos expulsos, que se encuentran de incógnito en Venecia porque los persigue la Inquisición. La lectura toma lugar en casa del banquero sefardí Pfauz y en presencia también del abate Compagnoni. Una vez terminada la lectura hay una crítica y es esto lo que me importa destacar, pues en ella el autor se entera de que, de acuerdo con el jesuita Márquez, “No siempre somos conscientes de todo lo que decimos en una obra, sobre todo de invención”. Se trata de que Márquez le dice al autor que “En apariencia usted censura la actitud de Clara, la mojigata, víctima de la educación autoritaria de su padre, pero puede también entenderse de otro modo”:

Clara adopta la actitud de falsa devota para rebelarse contra la opresión paterna y huir de su encierro. Muestra un impaciente deseo de libertad, sólo que en las circunstancias actuales, fracasa (276).

Estas páginas nos dan una confrontación entre el autor y su público (en este caso un público inteligente), que ilumina aspectos de los que el escritor mismo no se había dado cuenta. Y hay más sobre esta obra que, por cierto, aunque las bibliografías sitúan a principios del XIX, quizás porque su estreno en edición corregida tuvo lugar el 19 de mayo de 1804, su redacción data de 1791 y es, por consiguiente, anterior al viaje de Moratín. Según Hormigón, Moratín le deja el manuscrito al librero Ambrogio Schiratti. No conozco ninguna edición de esta obra publicada en Venecia, lo cual no importa ya que un novelista puede incluir datos de su propio caletre en su texto e, incluso, trastrocar la cronología de los hechos, como, por ejemplo el mencionar la amistad de Moratín con Goya cuando, en realidad no le conoció sino después de su viaje a Italia. Los lectores de novelas debemos “suspender nuestras dudas” (suspend our disbelief), como aconsejaba Coleridge. Lo importante es que La Mojigata es central en la intriga que Campos, el Secretario de la Embajada, trata de tejer en contra de Moratín.
En la página 460, un nuevo amigo de Moratín, Alvise Cornaro, le muestra a éste unos manuscritos del comediógrafo Angelo Beolco, uno de los cuales, Trese, considera “la más preciosa de las joyas” en su poder. “Es una sátira política fogosa y mordaz”, le dice. Y luego añade:

Una obra en que se apuesta por los derechos ya no del tercer estado, sino del pueblo llano. Además ataca frontalmente el poder terrenal de la Iglesia. Beolco debía estar particularmente enrabietado cuando la compuso, es como una despedida de su tarea de escritor de comedias para ocuparse de reflexionar sobre el mundo y la condición humana (460).

Es éste un tema recurrente en la novela de Hormigón que salta de tanto en tanto en contextos diferentes pero que, inequívocamente está en el centro del propósito del autor al escribir esta novela y al escoger a Moratín. El tema se amplía a partir de la página 502 después del inesperado encuentro de Moratín con el abate Marchena quien le declara:

 -Yo voy a seguir combatiendo por la libertad, la democracia y el libre pensamiento. También contra esa institución infame de la Inquisición, contra la cleriguicia corrupta, contra el fanatismo. La superstición y el absolutismo. Esa es mi vida y mi convicción, Moratín (502).

Unas páginas más tarde Moratín, generalmente reacio a descubrir sus pensamientos más íntimos, se destapa con su amigo:

-Le diré algo Marchena: de lo que yo estoy harto es del fanatismo, de la superstición y de la intolerancia que genera. Parece que estén incrustados en la medula viva de la historia de la humanidad. Y el peor fanático es el de origen religioso, aunque los hay de muchas clases, usted los conoce de sobra. Ni el cristianismo, ni el judaísmo, ni el islamismo dicen serlo en sus intenciones, pero lo llevan en sus entrañas y en cuanto se sienten superiores, cristianos, judíos y musulmanes lo aplican con mayor o menor crueldad. Puede ir desde la tortura o la hoguera, hasta la privación de derechos o los ostracismos solapados. Todos se creen superiores, todos se consideran propietarios de la verdad, todos desprecian a los otros y más aún a quienes no profesan religión alguna o son atheistas… (510).

Es una larga cita pero es importante por su relevancia y, porque de algún modo, nos revela quizás la razón de Hormigón para destacar los personajes que ha utilizado en su novela. Toda esta sección en la que aparece Marchena y que se extiende hasta la página 527 es de suma importancia para el importante trasfondo político de Un otoño en Venecia.

Podría continuar destacando más pasajes de importancia que he ido marcando al compás de mi lectura, pero no deseo abusar de la paciencia del lector de esta reseña ni de su tiempo que estaría mejor empleado en leer la novela misma. Mas no quiero concluir sin antes destacar uno de los aspectos que para mí ha sido más atractivo en esta narración y es el de su plurilingüismo. Porque el lector ha de saber que la novela está escrita no sólo en un castellano impecable que nos da la impresión de estar leyendo un texto dieciochesco (sin forzar la mano), sino también en el italiano que, se supone, los italianos que Moratín encuentra durante su visita deben hablar, e incluso, cuando viene al caso, alguna expresión en el dialecto del Véneto. Además, ha tenido la gentileza de hacer hablar al banquero Pfauz en su natural Ladino, con lo cual destaca la trágica situación de los judíos expulsados de España en 1492. Y, para más “inri”, el mismo Pfauz le muestra a Moratín un texto en el que se indica la enorme contribución de los judíos españoles a la expedición de Colón que culminó en su “descubrimiento” del Nuevo Mundo, lo cual no impidió su expulsión. Este plurilingüismo no es corriente en la ficción pero tiene un importante antecedente en Tolstoy quien en Guerra y paz utiliza el francés y el alemán, además del ruso en que escribe su obra.

Cuarenta páginas antes del fin de la novela, encontramos dos de carácter epilogal en las que se nos da cuenta del futuro que vivirán el abate Compagnoni y el propio Moratín. Y luego retoma el hilo para la triste despedida de sus amigos venecianos y, sobre todo, su abandono de Circe, la bailarina Angélica quien tan generosamente se ha entregado a su amante y a quien verdaderamente ama. Esta huída de Moratín con su abandono del ser amado era parte integral de su vida y no podía haberse escamoteado (fue el caso con Paquita Muñoz de quien estuvo enamorado y mantuvo un idilio, pero rehusó casarse). Todo esto y más encontrará el lector en la enjundiosa novela de Juan Antonio Hormigón, que recomiendo con entusiasmo.

Rodolfo Cardona

 

El viaje de Moratín

 

En los numerosos estudios sobre los viajeros del Grand Tour la ausencia de viajeros españoles resulta clamorosa. 

Los grandes textos relacionados con el viaje a Italia a finales del siglo XVIII y primera parte del XIX al igual que la correspondiente teoría relativa al descubrimiento del mundo clásico y a la formación del nuevo gusto artístico -el llamado "gusto neoclásico"- prescindió, en efecto, de los viajeros españoles hasta hacer dudar incluso de su existencia. El poco documentado viaje de Goya a Italia y el Viage a Italia de Leandro Moratín pueden considerarse excepciones.

Es ahora que Juan Antonio Hormigón, excelente conocedor de la obra de Moratín, recrea en su Un otoño en Venecia, una parte de su viaje, el período que corresponde a los meses de octubre y noviembre de 1794. Se trata de una etapa importante del viaje que Moratín emprendiera en 1792 y que le llevaría por tierras francesas, inglesas e italianas, con la intención primera de "correr cortes" y con la curiosidad de quien se reconocía un hombre de mundo.

Pocas veces las afinidades de encuentran y complementan tan felizmente. La Venecia del Settecento es ante todo una ciudad dominada por el espectáculo y el teatro. Ya Rousseau pocos años antes, secretario de la Embajada de Francia ante la Serenísima, la recordará como la ciudad en el que las costumbres y la historia se daban cita en el espacio distraído de sus teatros. La riqueza acumulada a lo largo de siglos de generosos intercambios comerciales daba ahora paso a un estilo que el arte de Tiepolo, Longhi o Guardi registrarían con feliz invención. El gusto del teatro a la italiana, la autoridad de Goldoni a la hora de describir situaciones asociadas a una sociedad más cercana de los placeres que de las empresas marítimas, hacían de la Venecia a la que llega Leandro Moratín en el otoño de 1794 un lugar idóneo para el cumplimiento de aquellas expectativas que todo viajero ilustrado hacía suyas. No en vano, como dirá Goethe, uno inicia el viaje para hacer frente a una nueva madurez.

En este contexto Hormigón ha sabido construir una trama de situaciones verdaderamente atractiva y en la que se cruzan, como buen maestro de escena, la historia con sus personajes y las circunstancias que van trazando una no menos agitada y sorprendente agenda de acontecimientos. Resultado de los mismos es poder dibujar una personalidad como la de Moratín que se ilumina a partir de este otoño veneciano. El conocimiento detallado de los contextos históricos, los singulares personajes que hacen más real la escena veneciana, los apuntes casi etnográficos que dan al relato una especial verosimilitud, hacen del mismo una pieza admirable y un referente necesario para los estudios sobre nuestros viajeros a Italia a finales del XVIII.

 Francisco Jarauta

 

 

 

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