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Reseñas de libros

Teatro de mujeres del Barroco

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Autor del libro: María de Zayas, Feliciana Enríquez de Guzmán, Leonor de la Cueva. (Edición de Fernando Doménech y Felicidad González Santamera)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1994. (Serie: Literatura dramática, nº 34). 344 págs.

Es posible que recordemos que España, tras Italia, fue pionera a finales del siglo XVI en la incorporación de la mujer a la escena, con cinco lustros de adelanto sobre Francia, setenta y cinco sobre Inglaterra y más de cien sobre Alemania. Puede incluso, que nos acordemos de algunos nombres de reputadas actrices de nuestro Siglo de Oro: María Calderón, Baltasara de los Reyes, María Riquelme, Jusepa Román... Y habrá quien se haya ya asombrado de saber que hubo entonces hasta algunas pocas empresarias de compañía, como Marina de Vaca o Juana de Espinosa.

¿Escritoras? Teatro de mujeres del barroco nos trae obras de tres de ellas: María de Zayas, Feliciana Enríquez de Guzmán y Leonor de la Cueva. Y, a lo largo de las imprescindibles notas introductorias de -responsables de la edición-,  Felicidad González Santamera y Fernando Doménech, se nos da noticia de varias autoras más: quizás alrededor de una docena en el siglo XVII, unas treinta en el siglo XVIII.

Marina Subirats subraya con atino que la recuperación de las obras de nuestras escritoras clásicas es una cuestión que debe ser planteada, «más allá del agravio comparativo, en un ámbito de riqueza cultural». No se trata probablemente -como se indica en una cita de la especialista Lola Luna- de rastrear en estas obras rasgos de un feminismo que, «strictu sensu», sólo podrá surgir siglos después; ni de un condescendiente acto de reparación. Sino de acceder a unas obras, incorporándolas a la memoria teatral activa, que dan un tratamiento particular a determinados aspectos de la pieza barroca y que, de acuerdo con los especialistas, no están precisamente por debajo, en cuanto a acabado, de tantas obras menores de mediocres escritores barrocos que han gozado siempre de lugar y mención en ensayos, compilaciones y textos académicos.

El lector no va a descubrir seguramente ningún Alcalde de Zalamea en las piezas de este volumen. Por otro lado, y frente a la fiebre prolífica de buena parte de los escritores del barroco español, parecen ser éstas las únicas salidas de la pluma de sus respectivas autoras. Pero sí va a encontrar en las de María de Zayas y Leonor de la Cueva unos curiosos rasgos diferenciales (personajes femeninos activos frente a personajes masculinos pasivos; un gusto inusual por el respeto a las «reglas» clásicas; ciertas peculiaridades en la versificación...). Y, en los breves entreactos en prosa extractados de la de Feliciana Enríquez de Guzmán, una atmósfera grotesca, monstruosa y disparatada tan extremada, que los editores no dudan en traer a colación a Valle-Inclán y Nieva, y en hacerse justas cruces sobre su «arrolladora modernidad».

 

Alberto Fernández Torres

 

María Zayas, Feliciana Enríquez de Guzmán y Leonor de la Cueva son los nombres de las tres escritoras que este libro reúne y que tiene lo que su tema exige: una muy necesaria introducción, una serie de estudios que sirven de cauce a su caudal; que lo iluminan, lo anotan, lo enmarcan. El primero de ellos, Las voces de las madres, es una reflexión de Marina Subirats sobre las difíciles condiciones de lo que llama «la palabra doméstica». El segundo, de Juan Antonio Hormigón, dibuja la historia del papel de la mujer en el teatro: cita la influencia de la Marliani sobre Goldoni, de la Clairon sobre Voltaire, y de la Muñoz sobre Moratín; explica cómo la escritura femenina se hizo, sobre todo, desde el convento que era «garantía de independencia» más que «lugar de reclusión»; y traza una resumida historia desde los orígenes hasta el siglo XX.

Los dos textos citados sirven de preámbulo al compacto estudio en el que Felicidad González Santamera y Fernando Doménech describen la geografía de un no muy transitado territorio y de una no demasiado conocida región: La traición de la amistad de María Zayas, los entreactos de la Tragicomedia de los jardines y Campos Sabeos de Feliciana Enríquez de Guzmán y La firmeza en el ausencia de Leonor de la Cueva y Silva, forman el «corpus» textual que aquí se recupera. La primera, única comedia conservada de su autora, es un «auténtico vodevil barroco», en el que cuatro parejas son base de la intriga tanto como sus encuentros y desencuentros lo son de los azares y caprichos del amor. De gran variedad métrica, incluído el uso del endecasílabo blanco, es una obra imperfecta pero atrevida y novedosa; sin autoridad masculina y con una enorme libertad de acción. Consigue perfilar dos figuras: la del criado León, que parece uno de los esclavos del teatro de Plauto y que aporta una visión humilde de la realidad; y la de Fenisa, voluble y coqueta, que sigue el modelo de conducta impuesto por los hombres, pero al revés. Los sonetos-monólogo de Laura y de Marcia son algo así como un peaje lírico y la obra, con sus constantes ecos de Catulo, abunda en referencias clásicas. «Los amantes, Lucía, han de ser muchos» y «muchos amantes en mi alma caben», afirma Fenisa en lo que parece su apuesta por una nueva educación sentimental, contraria a la del código establecido. Con la inevitable caída en la alegoría cancioneril y en la peligrosa aridez de los conceptos, la jornada tercera ofrece un muy logrado parlamento de León (versos 2.225-2.237) en el lenguaje de la magia. Pero lo que sorprende es su relativismo moral: Fenisa dice que a todos quiere y que a ninguno engaña; y lo mismo repite Belisa: «también los hombres tienen cien mujeres/ sin querer a ninguna».

María de Zayas hace teatro psicológico y preludia posturas feministas: dramatiza una nueva actitud de la mujer. Otro tanto, pero de diferente modo, hace Feliciana Enríquez de Guzmán, cuyos entreactos constituyen y son una absoluta y radical sorpresa. Su mundo de tuertos, contrahechos, corcovados, ciegos y tullidos se inscribe en la tradición del barroco burlesco, y sus creaciones mentales y lingüísticas prefiguran las fantasías de Nieva y la celebración carnavalesca de Valle-Inclán. Definidos como esperpentos en los que triunfa «lo monstruoso, lo disparatado», lo grosero, lo feo y lo vulgar, estos entreactos representan «los contravalores» del ámbito vital de su autora. Y lo que más interesa hoy de ellos es, sobre todo, su orgía verbal.

En el primero «sale un tuerto que se dice Sabá, con una cuchillada de oreja a oreja y una pierna sobre una media muleta, y un báculo, y un ciego que se dice Pancaya, con otra cuchillada y otra pierna sobre otra media muleta y otro báculo, y un perrillo de una cadenilla». Sabá llama a Baco «suegro común de tres y de seis, así por la comunidad de ser suegro de seis yernos, como por la comunidad de ser padre de tres hijas tan comunicables entre sí»; el suegro impone silencio a sus hijas cuando vienen «los torneantes, luchantes y poetizantes»; y les dicen que han merecido «el valor de los ánimos generosos de estos mendigos caballeros.» Con un lenguaje de innovaciones léxicas dictadas por series de palabras en homoioteleuton, Feliciana Enríquez de Guzmán cataliza los efectos cómicos al combinar palabra, parodia y situación. Sus entreactos son el germen de lo que, después, será el teatro del absurdo.

La firmeza en el ausencia de Leonor de la Cueva y Silva, da la impresión de ser una Doña Rosita la soltera al revés: con un final feliz y una solución dentro del orden: «En todo obedeceremos/ tu mandato, pues sabemos/ el mal que trae el desorden.» Con una teoría sobre los límites del poder real, contiene un tono lírico, visible en los sonetos de ausencia de Armesinda y de don Juan, completados por sus contrapuntos: los de Leonor y Tristán, personaje éste que, con sus chascarrillos y opiniones, es continua fuente de comicidad. El tema del inconstante amor y su mudanza es aplicado aquí al carácter y condición del hombre y contrapuesto -en sentido inverso al del tópico- a la firmeza que se supone aquí propia de la mujer.

Este Teatro de mujeres del Barroco apuesta por una literatura otra y propone una visión artística inusual: nos descubre no la otredad de lo lejano, sino la silenciada voz de lo doméstico. Feliciana Enríquez de Guzmán tal vez sea el más interesante de esta barroca tríada de nombres.

 

Jaime Siles

Blanco y negro, 10 de Septiembre de 1995

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