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Reseñas de libros

Teatro holandés contemporáneo

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Autor del libro: G. Rijnders / K. Woudstra / A. De Bont.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1994. (Serie: Literatura dramática, nº 35). 257 págs.

Ocasionalmente, unos pocos espectáculos de compañías holandesas de vanguardia han tenido oportunidad de acceder a los escenarios españoles. A pesar de la lejanía que impone el idioma, se ha podido apreciar en algunos de ellos no sólo interesantes soluciones visuales e interpretati­vas, sino también intuir un intento por dar a la palabra una funciona­lidad en la puesta en escena bien alejada de la que suele tener asignada en el teatro convencional. Recientes, aunque escasas, versiones españolas de algunos de los últimos textos generados por autores holandeses han confirmado esa intuición.

Teatro holandés contemporáneo reúne tres obras de otros tantos escritores neerlandeses actuales: Cóctel, de Gerardjan Rijnders, presentada pocos meses atrás en Madrid bajo dirección de María Ruiz, y de quien no hace mucho se ha podido también contemplar su fortísima Amador, publicada en castellano en el nº 29 de la revista ADE-Teatro; Mirad, un chico de Bosnia, de Ad de Bont, estrenada hace poco en Madrid y Barcelona; y Siniestro total, de Karst Woudstra.

Al margen de que sea de por sí interesante la información que este volumen proporciona sobre los territorios en los que exploran los autores holandeses de hoy, dos rasgos, a mi juicio aún más importantes, le otorgan un atractivo especial.

El primero es que, como señala el periodista teatral neerlandés Ronald Ockhuysen en su breve, pero imprescindible, introducción a estas tres obras, éstas pertenecen a una amplia corriente de textos escritos por actores y directo­res de escena holandeses que decidieron en un momento dado asumir tareas de autoría ante la imposibilidad de encontrar en la literatura dramática moderna de su país el tipo de textos que precisaban para el desarrollo de sus opciones estéticas. Son, pues, obras pensadas desde las tablas, concebidas desde el inicio para ser montadas casi de inmediato, por lo que en ellas la palabra reclama de manera urgente su inserción en la puesta en escena. Permiten comprobar así, implícitamente, cómo un director moderno concibe el diseño de un texto que, desde su mismo nacimiento, se encuentra inmerso en un proyecto escénico.

El segundo es que, por esto mismo, su lectura se convierte en un auténtico reto. Un reto, eso sí, productivo. Si, en el fondo, toda lectura de un texto dramático exige que el lector se convierta en imaginario director de escena, ideando la materiali­dad escénica que reclaman las palabras de la obra -y, más que sus palabras, sus vacíos-, en estas tres piezas tal exigencia es casi agobiante.

La adecuada lectura de un texto dramático proporciona un placer, un trabajo, sólo en parte emparentado con el estrictamen­te literario. Teatro holandés contemporáneo es buena prueba de ello. Se puede pasar en él de la ardua tarea, casi hostil, que supone enfrentar­se a la difícil pieza de Gerardjan Rijnders, a la gratifi­cante lectura de la de Karst Woudstra o al auténtico ejercicio de creación que exige la de Ad de Bont.

                                      

Alberto Fernández Torres

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