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Reseñas de libros

Teatro de cada día

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Autor del libro: José Luis Alonso. (Edición de Juan Antonio Hormigón)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1991. (Serie: Teoría y Práctica, nº 4). 670 págs.

La timidez del fuerte. Unos y otros en el libro aluden a ese rasgo de su carácter: era raro, como para adentro, con una sutileza y una elegancia que no suele darse en este país. La elegancia del creador fuera de tiempo que asiste en silencio y como pidiendo disculpas a la ceremonia de la confusión. Autodidacta, nos dijeron. Y ahora con este hermoso libro con las notas y apuntes, las entrevistas y los cuadernos de trabajo descubrimos al otro José Luis, a ese que intuíamos bajo el milagro de sus sorprendentes montajes en tiempos de silencio, aquellos años sesenta de cerrazón y miedo a la aventura. Porque José Luis Alonso era un Director de escena que paradójicamente estaba al tanto de todo lo que se hacía afuera en momentos en que lo que se llevaba era la autosuficiencia cerril y complaciente. "El rinoceronte", "A Electra le sienta bien el luto", "Panorama desde el puente", "Las tres hermanas", "El círculo de tiza caucasiano" o ese "Espectáculo Valle" del 66, donde con lucidez se acerca al mundo difícil y hasta entonces inédito del esperpento.

 

“Mi actitud es en general de cobardía. Me quedo justamente corto en los montajes por haber leído a Grotowsky y a Artaud. A mí me perjudican más que me favorecen porque no quiero caer en ningún mimetismo y no tengo la imaginación creadora para sustituirlos. Me siento coartado por ellos ya que me doy cuenta de que no soy capaz de hacer un Grotowsky o un Artaud a la española. Yo haría muchas cosas a las que enseguida renuncio porque me da miedo que alguien piense que pretendo parecerme a éste o aquél”.

¿Modestia temerosa? Habituados al plagio y a la desverguenza del que mete tijera, plagia, remeda y da como original lo que de otro procede, conmueve esa afirmación de honestidad, que no es moral, sino estética. Sabedor de sus limitaciones y de sus propios logros da una lección de sabiduría escénica y transmite en esas palabras el pálpito del verdadero creador, aquel que utiliza el legado de los demás no como referencia inmediata para copiar sin gracia, sino como acicate que ha de traducirse al propio lenguaje, a los propios medios, a la propia sensibilidad. Lo que no pasa por mi tamiz, no vale. Lo otro conduce siempre a un teatro mimético y a deshora, que se pretende vanguardista y es sólo repetición, sin la savia del que lo ha gestado. Estuvo en París, estudió con Barrault, trató a Cocteau... Leyó mucho y vió mucho teatro, luego tradujo a su propio lenguaje todo ese bagaje y esa experiencia que le convierten en un formidable Director de escena, en una época en que la figura del Director comenzaba a ser respetada y admirada, mientras aquí seguía siendo la de "un montador", un servidor de la letra y de los primeros actores de una compañía.

Poca teoría y poca reflexión sobre el hecho escénico ha habido en nuestro país hasta hace sólo unos años. La oportunidad de una colección, como la que nos brinda la ADE, se reafirma con la edición de este libro “Teatro de cada día”, dedicado a la figura y la obra de José Luis. Porque el libro no es sólo un homenaje -que sería merecido- sino que se convierte en un instrumento de trabajo y de reflexión sobre el hecho escénico y sobre la dirección, a partir de las propias reflexiones de José Luis Alonso y de sus apuntes desordenados a sus diferentes montajes: “Trabajo sobre varias cuerdas simultáneamente, como quien compone música. Se inventan acordes, pero hay que ponerlos cada uno en su sitio y eso es componer. De ahí que yo trabaje sobre categorías musicales y que si algo puedo decir de mis montajes es que buscan, antes que nada, las leyes de la armonía. Luego el trabajo se pule, se acopla, se afina y se representa". Y esa concepción musical, ese concebir la obra como un todo armónico le lleva a entender el teatro como una de las artes, aquella que las integra a todas y de ahí procede su trabajo minucioso con el actor, sus observaciones sobre el espacio y la luz, sobre el tempo, el ritmo y la estructura. Son reveladoras las anotaciones sobre determinados ruidos, portazos, silencios en "El diario de Ana Frank", por ejemplo o sobre la introducción de cada elemento como signo, como símbolo integrado, pero nunca ostentoso, sino cuidadosamente medido para que no desequilibre la armonía del conjunto: el ruido del agua, los pasos, la presencia de un llanto. Y siempre sin renunciar a lo fundamental, al actor y el texto, al que el director debe doblegarse y servir sin que eso anule su grandeza, igual que en la música el Director se somete a la partitura y a partir de ahí se expresa su originalidad, su punto de vista y nos da su "versión" sin traicionar a Bach o a Mahler.

Como si citara a Brook nos cuenta: "Se nos ha olvidado que fue Lope de Vega, que es el primer teórico de teatro moderno, quien dijo que el teatro "consiste en dos actores, una manta y una pasión". Ni más ni menos que eso. Voltaire fue más escueto y lo lamó "un divino pasatiempo", es decir una fiesta. Y las fiestas son actos sencillos. La raiz griega del teatro dice que éste es "ver con admiración". En cambio nos hemos metido en trascendencias y aparatosidades, en exceso de teorías y campanudeces, y la gente ha huído del teatro, lógicamente. En cambio se sale afuera y las cosas cambian. Acabo de volver de Milán, donde he visto el último montaje de Strehler en el Piccolo: Días felices de Beckett, combinada con Acto sin palabras. Es un espectáculo apasionante y realizado con la más absoluta simplicidad, casi con despojamiento total. Ese es el camino".

Lectura envolvente la de este volumen que nos devuelve medio siglo de teatro y de bien hacer, de aciertos y vacilaciones, de dudas y de respuestas encontradas siempre en la intuición que se plasma en la escena. Hay algo mágico en el artista que se suma a sus conocimientos, a su formación y a su visión del mundo. Y es ese "sentido" último que aparece en el momento mismo de la creación, ese don innato para encontrar el signo adecuado, el ritmo adecuado, el color o la forma. Y esas intuiciones, esos destellos son difíciles de traducir previamente en palabras, aparecen como epifanías cuando uno pinta, escribe o compone... o cuando se enfrenta al escenario, a los actores, a la obra -ya previamente estudiada y analizada- para dirigir. El director trabaja directamente en el escenario y sus análisis se plasman después en soluciones que a veces parecen improvisadas pero que son siempre fruto de ese caudal acumulado de experiencias y datos y sólo al final, en su último término, de eso tan poco definible, que es el "genio", el duende, la gracia o comoquiera llamarse. Se tiene o no se tiene. Sabíamos que José Luis Alonso tenía ese genio, ese impulso certero para resolver sobre la escena, sacando de la chistera la solución que podía deslumbrar, pero sabemos ahora también, tras leer las páginas de esta espléndida recopilación, que el genio acudía como culminación de un proceso de reflexión, de conocimiento y de comparación. Conocía el teatro de su época, se había codeado con los grandes y les admiraba con la humildad del igual que respeta y sigue trabajando, encontrando su propia senda. Son admirables por su lucidez sus afirmaciones sobre el teatro de Brecht, por ejemplo, o sus reflexiones sobre el actor: "No puedes imaginar lo difícil que es hoy hacer un reparto coherente. Los viejos actores tienen defectos, pero eran y son mejorables, según la norma de Stanislavski. En cualquier caso saben actuar porque han descubierto por sí mismos el secreto de la actuación, que es un hecho íntimo, intransferible, que no se aprende en un aula. Los actores de los años cuarenta y cincuenta conocen ese secreto, y no sé que va a ocurrir cuando desaparezcan, porque hoy por hoy no tienen relevo. Las nuevas generaciones se han empachado de métodos y han olvidado descubrir por sí mismos cuál es el secreto, estrictamente personal, de estar en escena... Un viejo actor sobre escena, habla y te lo crees. Valora las palabras y las "conecta" con ese secreto de que hablaba. En cambio a los actores jóvenes parece que les rodea un corsé invisible, y ésto se debe a que han aprendido a actuar según un método, cuando un método sólo es eficaz cuando el actor ya existe. El Método no crea al actor, sólo le perfecciona. Pues bien, ahora se tiende a existir como actor a través del Método, y esto es imposible. Ser actor es previo. Hay que serlo para que el Método funcione".

En todas las Escuelas deberían meditarse estas palabras, que proceden del conocimiento profundo del actor, tras un trabajo de casi cincuenta años; José María Pou cuenta en el libro cuál era el Método de trabajo de José Luis con el actor, cómo sabía llevarle, dirigirle hasta conseguir esa unidad que necesitaba para contar lo que pretendía: "José Luis admiraba a los actores imaginativos, capaces de arriesgarse y de aportar diferentes propuestas a cada frase, a cada palabra, a cada situación. Pero no siempre era fácil disponer de ellos... Pero no quería actores miméticos. Huía de ellos como la peste. José Luis sugería, anunciaba, desvelaba, conducía. con tacto preciso hasta colocar al actor en el buen camino, y sabía retirarse a tiempo, justo en el momento en que el actor, con esa guía por norte se sentía capaz de seguir solo la andadura... " Grandes actores, formados en las tablas para un gran director: José María Rodero, Margarita Lozano, María Jesús Valdés, José María Prada, Jesús Puente, Berta Riaza, José Bódalo, María Luisa Ponte; una lista inmensa, que recogería todo lo mejor de la actuación teatral realizada en Madrid durante casi cuatro décadas. Personajes que identificaremos para siempre con un actor como ese magnífico "Alcalde de Zalamea" de Puente o el Bódalo de "Rinoceronte" o la inolvidable "Ana Frank" que nos dio Berta Riaza, o el mismo Pou, en esa delicia escénica que José LuisAlonso nos brindó en uno de sus últimos montajes para ópera: "El dúo de la Africana".

Adentrarse en "El teatro de cada día" es así una aventura para la memoria y para la reflexión. Ha habido y hay todavía poca teoría de Teatro en España. La teoría no hace el Teatro, evidentemente, como muy bien sabía José Luis Alonso, pero ayuda y encarrila, pone orden y, cuando se trata, como en este caso, de la vivencia misma del creador es insustituible para seguir aprendiendo y recordándole.

 

Lourdes Ortiz

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