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Reseñas de libros

Don Quijote

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Autor del libro: Bulgákov, Mijail. (Traducción de Jorge Saura)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1992. (Serie: Literatura Dramática, nº 23). 182 págs.

Reseña de los Quijotes de Rafael Azcona, Mijail Bulgákov y Orson Welles

Tres Quijotes, tres. No es mala cosecha para un año que no parece especialmente cervatino: en 1592 Cervantes fue encarcelado durante poco tiempo en Castro del Río y suscribió un contrato con un autor (director de compañía) sevillano por el que se comprometía a escribir seis comedias. Sucesos ambos que, pese a su relación con el mundo del teatro (el segundo de ellos) no han dado lugar a fastos y efemérides.

Pero es éste un año hispánico, y no está mal que, en medio de tanta celebración de dudosas glorias, haya un huequecito para una de las creaciones verdaderamente universales que se han producido en este país.

Que la novela de Cervantes fue comprendida y celebrada en Inglaterra y Francia antes que en España es de sobra conocido. Según parece, esta fascinación se sigue dando hoy día: de los tres libros que comentamos, uno de ellos recoge la adaptación de un autor ruso de los años 30, otro recoge fragmentos del guión de la película de un cineasta anglo-americano, y el tercero, si bien está escrito por un español, tiene previsto su estreno en Nueva York de la mano de un director italiano. Don Quijote, por lo visto, sigue cabalgando libremente fuera de nuestras fronteras.

La aportación de la ADE al publicar estas tres obras es importante, porque el campo de las adaptaciones teatrales o cinematográficas de la novela cervantina en España está bastante yermo. Y la categoría de los autores hace que, consideradas aisladamente, cada una de las obras se pueda considerar excepcional.

 Mijail Bulgákov (Kiev, 1981 - Moscú, 1940) está hoy día considerado como uno de los más grandes novelistas soviéticos (hoy ¿ruso? ¿ucraniano?, ¿quién sabe?) del siglo, especialmente tras la publicación póstuma de su obra maestra, El maestro y Margarita, convertida en un clásico de la literatura mundial. Pero la dedicación literaria más constante de este médico metido a escribir (como Chejov, como Baroja) fue el teatro, al que estuvo ligado sobre todo por su colaboración con el Teatro de Arte de Stanislavski durante los años 20 y 30. Precisamente para el Teatro del Arte Bulgákov realizó la adaptación de tres grandes novelas (grandes y largas, largísimas): Guerra y paz, de Tolstoi, Las almas muertas de Gogól, y el Quijote, en 1932.

La adaptación de Bulgákov, muy hábilmente realizada, da como resultado una comedia de corte clásico, en cuatro actos y nueve cuadros. La obligada concentración de sucesos y personajes está conseguida mediante la unidad de ambientación de cada acto: así el primero concentra las aventuras de don Quijote y Sancho en campo abierto; el segundo junta todas la ventas de la novela en una sola, la de Palomeque el zurdo; el tercero reúne todas las aventuras del palacio de los Duques y el cuarto es un epílogo que cuenta la derrota, vuelta y muerte del hidalgo.

Hay en esta versión, que a veces se aleja del original cervantino, momentos de comicidad muy teatral, ribetes de crítica social y hasta una historia sentimental entre Sansón Carrasco y la sobrina de don Quijote digna de la más típica comedia burguesa. Pero el conjunto mantiene una fidelidad esencial a la novela. Resulta una visión distinta, original y por ello valiosa de la historia de Cervantes.

Orson Welles dedicó muchos años a idear, rodar y montar su Don Quijote. Comenzó en los años 50 y a su muerte, en 1985, la película aún estaba inacabada. Ese mismo año se pudieron ver fragmentos de ella en Cannes y en Barcelona, y se anuncia la proyección de otros fragmentos durante este año mirífico de 1992. La película, sin embargo, no se podrá ver nunca como la hubiera querido hacer su director.

Los trozos del guión publicados ahora por la ADE tampoco nos dan idea completa de cómo fuese el resultado final, pero de esos fragmentos y de los artículos de Juan Cobos y Esteve Riambau se puede sacar más de una conclusión.

Orson Welles quiso colocar a don Quijote y Sancho en la época actual, manteniendo el anacronismo de sus monturas, su vestimenta y armadura. Así, don Quijote no pelearía contra molinos, sino contra máquinas más complicadas, el retablo de maese Pedro se convierte en un cine, etc... En principio pensó que toda la historia se la contaría el mismo Welles a una niña de doce años, Dulcie, inocente trasposición de Dulcinea del Toboso. Aunque luego abandonó la idea de la narración a la niña por considerarla una concesión al público, Dulcie se mantiene siempre como personaje.

La devoción de Welles por España le hace introducir escenas como la de Sancho en los Sanfermines, aunque la mayor parte del material está rodado en México e Italia. El actor que dio rostro a Don Quijote, sin embargo, era un español, el exiliado Francisco Reiguera, mientras que Sancho era el ruso afincado en EEUU Akim Tamiroff.

Orson Welles siempre pensó en Don Quijote como su obra más personal, la que sería menos comprendida del público. Su perfeccionismo, su agitada vida profesional y personal nos han privado de ella. Podemos, sin embargo, imaginar lo que podían haber sido las potentes imágenes de este gran cineasta a través de huellas como las de este libro.

También relacionado con el cine (es el mejor guionista del cine español) Rafael Azcona asume en el tercero de los libros que comentamos, una tarea específicamente teatral. Y lo hace tan bien como en el cine.

Su Quijote es el más fiel al espíritu e incluso al texto cervantino, a la vez que a las convenciones dramática de nuestro tiempo. Es de resaltar lo de "nuestro tiempo", porque la obra de Azcona es mucho más moderna de concepto que la de Bulgákov, de la que no en vano la separan más de cincuenta años.

Azcona ha trasladado todas las aventuras de don Quijote y Sancho al campo de la escena, y todos los personajes, excepto ellos dos, se han convertido en cómicos, que representan con y para ellos sus propias aventuras. Viajeros inmóviles, don Quijote y Sancho pueden así recorrer los caminos de España, pasar los días y los meses sin apenas moverse, girando alrededor de ese centro que constituye la relación humana de los dos personajes.

Tres versiones, pues, muy distintas que demuestran la vitalidad del hidalgo manchego en el campo, tan poco transitado por él, del teatro y el cine.

 

Fernando Doménech

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