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Reseñas de libros

La caña y el tabaco

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Autor del libro: Concha Méndez. (Edición de Margherita Bernard)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2011. (Serie Literatura dramática iberoamericana, nº 64). 176 págs.

Una trayectoria hacia la independencia, este es el título con el que Margherita Bernard, comienza su espléndida introducción, retratando de una manera sugerente lo que fue el entorno socio cultural y afectivo de Concha Méndez (1898-1986) Mostrándonos el perfil de una luchadora nata que en los albores del s. XX, consiguió zafarse del modelo educativo al que estaba predestinada. Sus viajes y los contactos realizados en ellos –Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Alfonsina Storni…-  su vínculo con la Residencia de Estudiantes, a través de su relación secreta con L. Buñuel, su amistad con la pintora Maruja Mallo, etc., le sirvieron para dar paso a una nueva identidad de mujer libre y emprendedora, que la condujo a hacerse un lugar entre la generación del 27, a la cual apoyó junto con su marido, el poeta Manuel Altolaguirre, con la publicación de sus escritos en la revistas Héroe, 1616 yCaballo verde para la poesía. Bernard también nos narra cómo los sufrimientos y vicisitudes pasados durante la guerra, les llevaron a embarcarse  hacia Méjico 1939. A partir de ahí, dibuja lo que fue su vida en el exilio, su nuevo círculo de amistades –Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Maria Zambrano…-, influencias, su separación afectiva, etc., al mismo tiempo que va señalando su desarrollo como poeta, editora, guionista de cine y dramaturga.

“Atraída por las voces y el folklore americano en mi paso por las Antillas, sentí el deseo de tejer una obra que, sin dejar de estar cimentada en la tradición española, tuviese el saber de las tierras de afuera… Estudié léxico, costumbres, historia, supersticiones y con ello formé una trama que en el decir y en el hacer estuviese orientada además hacia la meta, para mi atrayente, de animar las cosas para darles humanidad, última forma del cine tan llena de poesía.”

 

Así se recoge en el prólogo la justificación de la autora al enfrentarse a la escritura de este texto, cuyo título completo es: Teatro de fantasía. La Cañay el Tabaco. Alegoría antillana. En su páginas, escritas en verso, propios y ajenos –utiliza fragmentos originales de la obra de Shakespeare- entremezcla en el primero de los tres actos, la voz de Romeo y Julieta, con la de los personajes que encarnan los objetos, animales antropomórficos y seres mágicos que se ven envueltos en un argumento que se sustenta en “los celos amorosos, la venganza y la posibilidad de reconciliación”, como también recoge Bernard.

Méndez utiliza el personaje del Destino a modo de maestro de ceremonias, para hacer la presentación de esta historia. Sus acotaciones dejan un claro reflejo del dibujo escénico y la estética que pretendía para la puesta en escena de su texto.

“Levantando el telón, la luz del conjunto se habrá ido atenuando. Mientras, por uno de los pliegues del cortinaje de fondo aparecerá, por la izquierda, el Destino, personaje vestido con larga túnica medieval, anchas mangas judías…”

 

Más de veinte personajes, muchos de ellos agrupados en formaciones corales: Ángeles Confiteros, Cigarrillos, Cocuyos, etc., dan cobertura a este argumento en el que, la historia de amor entre Azúcar (la Caña) y Café, se ve truncada por la aparición de Tabaco, amante olvidado, que al sentirse traicionado por su enamorada, intenta suicidarse entregándose al Fuego. Conmovida por tan gran muestra de amor, y arrepentida de su abandono, Azúcar decide casarse con Tabaco. La aparición de un Brujo, que convence a Café, pone en marcha la estrategia para impedir esta boda, que involucra en su celebración a todas las frutas típicas del caribe: el Ají, el Coco, la Piña, la Guayaba, etc. Pero ni la entrada en escena del Güije (un duende malvado) que intenta hacer creer a Tabaco que su enamorada le ha vuelto a traicionar, ni las argucias del Brujo, que intenta convencer a Café de que acabe con la vida de Tabaco, truncarán el final feliz de esta pieza, al que se sumará el amante desdeñado, a pesar de su tristeza.

Ahora bien, bajo esta aparente sencillez, Méndez introduce reflexiones y sentimientos encontrados entre la ética y el deseo.

Café.-    No sabio, viejo.

               En pocas horas viví

               largos años de existencia

               y en ese tiempo aprendí

               primero: a tener paciencia…

               segundo, a tener valor…

               tercer, a medir el mal…

               ¡Ahora sé que hombre de honor,

               puede cambiarse en chacal!...

 

Son tres los niveles en los que se mueve la trama argumental. Por un lado está el triángulo amoroso; por otro, el amor hacia el que nos vemos impelidos irremediablemente, aunque éste no nos asegura la plenitud:

Azúcar.- No hay felicidad posible

               cuando lo que nos rodea

               tiene una sombra de triste,

               que esa tristeza en el aire

               que respiramos está

               y se nos entra matando

               la propia felicidad.

 

Y por último, la contradicción entre el obrar correctamente oponiéndose al propio deseo:

                                   Café.-    Esto

               que estoy viviendo tal es

               Como la magia de un cuento.

               Entre la sombra y la luz,

               Se está mi vida moviendo,

y por las dos paso y paso

como aspa que mueve el viento,

cuando me he hundido en la sombra,

a la luz salgo de nuevo,

pero no logro encontrarme

en ningún estado de estos…

 

Todo ello bañado del color, juego y ritmo trepidante que proporcionan los personajes típicos de la cultura antillana: el Ron, el Maní, el Pirulí, etc.

También se recoge en el texto una clara proyección de la cultura cristiana, que la autora introduce a través del enfrentamiento entre Diablillos y Ángeles, que abren el segundo acto, creando un equilibrado bloque de opuestos, hacia el bien o mal obrar.

Como apunta Bernard, que acaba su introducción con el estudio métrico de la obra, Méndez adopta una polimetría que ahonda sus raíces en el teatro clásico español. Los personajes alternan del endecasílabo a metros de arte menor como el romance, las cuartetas y las cuartetas asonantadas, las redondillas, los octosílabos pareados, las seguidillas, con una evidente preferencia por los metros de origen popular...

Todo este juego de combinaciones y sincretismo da como resultado una estructura de cuento fantástico sustentado, en todo momento, por el empeño de combinar dos culturas, dos mundos que se ven involucrados y partícipes de en una historia tan clásica como universal, el amor y los celos.

                                   Maní.-    Vengo dispuesto a bailar,

                                  hasta que el viento me lleve,

                                  que he venido a daros gusto,

   y el daros gusto me mueve.

   Y el Ají viene conmigo,

   ¡Miradle por donde viene!

   Tan picantillo por dentro;

   con su trajecito verde.

 

Si tenemos en cuenta que este texto se público en 1943, que lo contemplan casi 70 años, no nos deja de admirar el ejercicio de arrojo y libertad con el que Méndez se enfrentó a su escritura.

Rosa Briones

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