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Reseñas de libros

El Príncipe travestido / La falsa doncella

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Autor del libro: Pierre C. C. de Marivaux. (Edición de Lydia Vázquez)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2013. (Serie: Literatura Dramática, nº 81). 222 págs.

Marivaux, dramaturgo moderno y subversivo, así titula Lydia Vázquez una interesante introducción, en la que podemos encontrar un buen caudal de referentes bibliográficos sobre este autor, que señala como controvertido y crítico, a la vez que cómplice y victima de la sociedad de su época (1688-1763). Este “espectador francés” e “indigente filósofo” como él mismo se nombra en sus escritos, se muestra como un fino analista del alma humana que concilia el estilo frívolo y lúdico, con las técnicas más avanzadas del teatro profesional italiano de la época, con el fin de provocar la desestabilización estética del teatro francés.

Su obra, señala  Vázquez, se sitúa en  la intersección de dos corrientesartísticas que nunca antes se habían encontrado en un escenario: la farsa italiana y la conversación galante, nacida en los salones del siglo XVII. De la primera retoma algunos de sus personajes, de la segunda adquiere un magistral juego de palabras y dobles sentidos que le llevan a demostrar cómo el lenguaje se convierte en arma de manipuladores y eterna fuente de conflictos.

Los dos textos que aparecen en esta publicación fueron llevados a escena en 1724, ambos escritos en prosa y divididos en tres actos. El príncipe travestido o el ilustre aventurero, toma como referente geográfico Barcelona. Marivaux desarrolla en él tramas paralelas, utilizando la ocultación como base del conflicto dramático, este juego de falsa identidad de los personajes, le permite realizar una doble pirueta al volcar en sus diálogos, lo real-fingido de sentimientos y estrategias de acción del personaje, y desde ahí,  aventurarse al juego del teatro dentro del teatro

Marivaux desarrolla con maestría el encaje de la diversidad de estilos expresivos, en los parlamentos de sus personajes, por un lado podemos encontrar los  artificiosos, casi absurdos y enloquecidos diálogos de Arlequino, quien se encarga de mover vertiginosamente el ritmo de la comedia,

ARLEQUÍN.- No, la verdad es que no sé nada. Me encontré con él según salía de una contienda; tuve un detalle con él que le complació y me dio las gracias. Decía que habían matado a su gente; le respondí que qué se le iba a hacer. Me dijo: me agradas, ¿quieres venirte conmigo? Le dije: chocad esos cinco, sí que quiero. Dicho y hecho. Cogió a algún criado más, y emprendió camino hacia aquí, y yo con él. Así que nos vamos, y nos ponemos en marcha, y corre que te corre en el coche de posta, que es el del diablo porque, respetuosamente hablando, he estado casi un mes sin poder sentarme. ¡Ay! ¡Qué caballos más malos!

mezclados con los que nos muestran abiertamente, lo indigno del ser humano cuando se trata de obtener el beneficio de un cargo  político, o con otros diálogos más de corte sentimental, en ocasiones frívolos, herencia de los salones de Las preciosas, que consiguen un interesante pulso con aquellos, que parecen querer asomarse a los umbrales de la tragedia.

El núcleo de convicción dramática se presenta de la mano del azar, que lleva a Hortensia, ahora viuda, al palacio de su amiga la princesa de Barcelona; ésta anda debatiéndose por la conveniencia o no, del amor que siente hacia el joven Lelio, soldado valeroso, al que supone inferior y a quien no se rinde por orgullo. Para incrementar esta tensión aparece el embajador del rey de Castilla, que viene a solicitar su mano con el fin de acabar con los enfrentamientos entre ambos reinos. El encuentro casual entre Lelio y Hortensia, a los que el destino ya había separado en el pasado, pone en funcionamiento todo el engranaje de la comedia, también dirigido hacia la instigación política, al entrar en juego el personaje de Federico, cuya falta de escrúpulos y ambición por obtener el cargo de primer secretario, le hace tejer una tela de araña que termina enredando a todos los personajes.

El conflicto, ya en desarrollo desde el comienzo de la comedia, se sustenta constantemente en la evolución de las emociones que atrapan a los protagonistas; sus   diálogos nos permiten hacer una inmersión total en el juego y transformación de sentimientos por los que van fluyendo, mostrándonos una forma de expresar la emoción inusual en los personajes de la comedia francesa de la época.

En La falsa doncella o el bribón castigado, el segundo de los textos que aparece en esta edición, tenemos como protagonista a una joven parisina, “dueña de sí misma”, que ocasionalmente conoce en una fiesta de disfraces a Lelio, perfecto desconocido al que el marido de su hermana le ha prometido. La joven disfrazada de Caballero, e intrigada por la simpatía que su éste muestra hacia La Condesa, decide seguir con la farsa y hacerse cómplice de su prometido, quien sin sospechar nada, enseguida le toma como confidente y le hace cómplice de su situación actual. Lelio desea a romper el compromiso adquirido con la Condesa, porque ha encontrado uno que le reporta el doble de ganancias. Para ello es necesario que el joven Caballero se preste al juego de enamorar a la Condesa, ya que de esa manera conseguirá librarse de cierto pagaré firmado entre ambos para formalizar su compromiso.

Resulta interesante el juego del autor, que  nos introduce de lleno en un terreno amoroso, como si estuviéramos hablando de un producto sometido al alza o la baja del mercado, donde no asoma en ningún personaje un rastro de sentimiento si no va ligado a un interés crematístico. Como dice Vázquez, “esta comedia de apariencias costumbristas es un ataque feroz al sentimiento amoroso que va a ser diseccionado como un cadáver… Una vez más el arte de Marivaux reside en manejar el lenguaje al servicio de su denuncia de la mezquindad humana…”

En el primer acto, nos encontramos con una amplía presentación de Trivelín, personaje próximo a la picaresca, medio filósofo, medio bufón, capaz de mimetizarse con su entorno sea cual sea, siempre que ello le reporte un beneficio. Marivaux utiliza este personaje para proyectar el conflicto que entre “lo antiguo y lo moderno” existía en los escritores de su época. Trivelín, ahora sin un duro, le viene al pelo a su viejo amigo Frontín, sirviente de la joven, incapaz de guardar un secreto, que debe encontrar un criado que le sustituya, pues marcha a París a notificar lo descubierto. Este acto, al igual que el tercero, acaba con un divertimento que introduce un “Branle”, canto y danza procedente del renacimiento francés

La aparición de Arlequín, criado de Lelio y su hermanamiento con Trivelín dan cobertura a una de las más dislocadas escenas de la obra, siempre arropadas con la fisicidad que encierran las palabras de Arlequín, cuya “cándida inocencia” acabará descubriendo a Lelio el engaño del que está siendo víctima. Mientras, la trama va dando fruto y la Condesa acaba cayendo en las redes del perfecto y elaborado arte de seducción de El Caballero, en el que Marivaux, se deleita como buen conocedor de los gustos de la época, al poner a dos mujeres en lances amorosos.

EL CABALLERO.- Si sigue ofreciéndoos la mano, todo lo que se me ocurre es que le digáis que os casaréis con ella, aunque ya no la amáis. Soltadle esa impertinencia cortésmente; añadid que, si así ya no le interesa, la retractación corre de su cuenta.

LELIO.- Tu propuesta suena muy extraña.

EL CABALLERO.- ¡Extraña! ¿Desde cuándo sois tan delicado? ¿Acaso vais a echaros atrás por una maniobra rastrera más que está salvándoos diez mil escudos? No os amo, señora, sin embargo quiero casarme con vos; ¿no queréis? Pagad la retractación; dadme vuestra mano o el dinero. Eso es todo.

De esta manera, entre intrigas que cada vez suman capa sobre capa al engaño,  llegamos al final prometido en el sobretítulo, con la conciencia de haber transitado por unos paisajes del alma humana un tanto desolados, desde los que Marivaux lanza su crítica a una sociedad anclada en falsas convenciones que parece, querer hacer estallar por los aires.

Rosa Briones

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