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Reseñas de libros

Teatro, Política, Sociedad

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Autor del libro: Erwin Piscator. (Edición de César de Vicente Hernando y traducción de Cristina Diez Pampliega).
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2013. (Serie: Teoría y práctica del teatro, nº 37). 350 págs.

De Erwin Friedrich Max Piscator (1893-1966) se han publicado varios volúmenes de importancia notable. Más recientemente, entre 2005 y 2011, su correspondencia, que cubre un largo período de su vida, el que va de 1909 a 1966, en siete gruesos volúmenes. En 1929 veía la luz su obra más conocida, Das politische theater, que conocerá varias traducciones al castellano, alguna ya en 1930, como nos recuerda Juan Antonio Hormigón en la presentación de este magnífico volumen.

Luego llegarán otros dos interesantes volúmenes: Theater, Film, Politik. Ausgewählte schriften, en 1980, y Zeittheater. Das politische theater und weitere schriften. 1915–1966, en 1986. Al primero de estos dos pertenece, en su mayoría, la selección de textos que realiza César de Vicente Hernando para ofrecernos aspectos substantivos en el pensamiento de uno de los directores de escena, de los teatrólogos, en suma, más importantes del siglo XX, y cuya influencia se deja sentir en muy diferentes ámbitos de la creación escénica más contemporánea, incluso entre aquellos que jamás han oído su nombre o que incluso reniegan del mismo al hacerlo. Piscator mostró, en efecto, muchos mediterráneos, que parecen haber sido descubiertos tras la peste posmoderna, como el monólogo confesión o el concepto de persona escénica.

Una selección que, sin conocer el original, hemos de admitirlo, se nos antoja de lo más pertinente, pues pertinentes son todos y cada uno de los trabajos que nos propone su editor, sobre todo para mostrar la dimensión más política del trabajo del director alemán, que inicia su peripecia artística en un momento de graves convulsiones sociales y políticas en Alemania, ante las que toma partido, y lo hace, recordando aquel verso de Gabriel Celaya, “hasta mancharse”. César de Vicente Hernando perfila en su excelente introducción aspectos substantivos en la vida de Piscator, refiriendo precisamente su forma de enfrentar la realidad, de posicionarse, de implicarse, ya desde los primeros años con su militancia en el Partido Comunista. También su forma de entender y posicionarse, desde la reflexión y la práctica, ante y con los diferentes movimientos de teatro proletario y de agitación y propaganda que surgen en Europa al calor del ímpetu de diversos movimientos revolucionarios.

Una de las grandes aportaciones de todos esos movimientos, pero en particular de Piscator, a través de sus escenificaciones y escritos, es la consideración de que todo teatro es político, porque en todo teatro hay una tentativa de trasladar una determinada visión del mundo, una “ideología” como diría Terry Eagleton. Por eso su propuesta se orienta a la construcción de un teatro diferente, contrapuesto e incluso beligerante con el teatro burgués, aquél orientado a mantener la dominación, la sumisión, la dependencia. Como señala el profesor De Vicente Hernando, “Un teatro que dispute la hegemonía política e ideológica a la burguesía para construir una sociedad, basada en la comunidad de bienes y en la propiedad colectiva de los medios de producción y de la riqueza producida”, para lo cual el teatro tiene la misión de mostrar y hacer comprender los “procesos históricos constituyentes y no describir solamente los procesos históricos constituidos”. Mostrar el orden social como un orden que se construye diariamente, que no viene dado por una contingencia superior, y que no es, por lo tanto, inamovible.

Recuerda con notable acierto el profesor De Vicente Hernando algunas ideas substantivas del filósofo austriaco Ernst Fischer, en las que el autor del volumen De la necesidad del arte (1959), señalaba cómo toda obra es un “discurso intelectual”, una “configuración simbólica”, que remite de forma ineludible a una “experiencia social”. Por eso toda obra, todo acto, toda acción, tiene una dimensión política. Y en tanto que la tiene todo creador se posiciona políticamente cuando emite un discurso, un símbolo, cuando nos remite a una determinada experiencia. Por eso, incluso renunciando a las autonomías y al pensamiento binario, e instalados pues en la escala de grises, siempre es importante saber dónde estamos, porque siempre ocupamos un espacio en el espectro de las ideas, de las ideologías. Y habremos entonces de considerar si el arte es herramienta de dominación o de emancipación. Nuestra “práctica” acaba por informar de nuestra “teoría”, incluso para contradecirla, cosa que ocurre con enorme frecuencia.

Precisamente por esto último, Piscator, como Stanislavski, como Brecht, en todo momento analiza, crítica y reformula su discurso, y la praxis que se deriva del mismo, o viceversa. La presentación, magnífica, insistimos, de César de Vicente Hernando, junto a la excelente cronología, sirven para tomar conciencia del largo recorrido que va de 1920, año en que Piscator formula sus primeras ideas en torno a un “teatro proletario” ya en curso en diferentes países, o a un teatro social y popular igualmente en marcha (recordemos a Romain Rolland y su Théâtre du peuple, que se comienza a editar en 1902), a 1962, año en que retorna al Volksbühne. Resulta bien interesante, por tanto, la entrevista que en 1962 le realiza la revista francesa Théâtre, en el retorno al teatro que había abandonado en 1926, y que se nos ofrece al final del volumen, como una especie de epílogo conclusivo.

Y entre el prólogo y el epílogo encontramos un conjunto de trabajos que tocan temáticas muy diversas, desde la dirección de escena a la formación teatral, por lo que cada lector o lectora habrá de hacer su propia selección, su propio recorrido. Unos trabajos que se presentan en dos partes para marcar, de forma precisa, el momento en que unos y otros son concebidos y trasladados al papel, pues tras la subida del partido nazi al poder la vida de las personas no afectas al régimen, como en España, corría peligro de muerte. Así, también encontramos en este volumen una referencia al famoso debate que Piscator mantiene con Goebbels en la radio, un encuentro del que nos traslada una idea fundamental que ahora mismo tiene un valor enorme: “y el otro rostro era el rostro de un hombre” (p. 338). En efecto, el mal que asoló Alemania durante años nefastos estaba marcado por la banalidad de los seres que perpetraron los más horrendos crímenes, como señalaba Hannah Arendt en su obra Eichmann en Jerusalén. No eran dioses, ni héroes, ni guerreros llegados de Asgard, sino simples mortales.

Mortales como los que hoy gobiernan el mundo con la finalidad de establecer un nuevo orden mundial bien similar a aquel que soñaran los nacionalsocialistas en Alemania, solo que cambiando los mecanismos y las estrategias de la dominación y la sumisión. Y son estas estrategias las que el teatro de hoy en día debiera desvelar, mostrando las evidencias, los hechos, las catástrofes, las mentiras…, porque no hacerlo así supone, en definitiva colocarse del lado de los opresores, como lo hacían los parroquianos en aquella escena final de la película Cabaret, en la que acaban cantando “Der morgige Tag ist mein” brazo en alto, como lo hacen numerosos grupos de neonazis en toda Europa y en España en estos precisos momentos.

Jamás el teatro de Piscator fue más necesario, más urgente. Por eso hemos de agradecer a los editores, a la propia Asociación de Directores de Escena, y a entidades como AISGE o el Centro de Documentación Crítica, el que hoy podamos disponer de un volumen que tal vez sirva para iluminar un presente teatral marcado por una hermenéutica vacía, autista, crematística, ornamental…, posmoderna.

M.F. Vieites

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