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Reseñas de libros

Todo por el dinero

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Autor del libro: Antonio Gil y Zárate. (Edición y estudio de Salomé Aguiar, y Notas de dirección de Rosa Briones)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2014. (Serie: Literatura Dramática, nº 85). 225 págs.

Para quienes se hayan asomado a la historia de la educación en España la figura de Antonio Gil y Zárate no les resultará desconocida, como tampoco las de José Manuel Quintana o Ángel María de Saavedra y Ramírez de Baquedano (Duque de Rivas), todos ellos liberales, todos dramaturgos, y todos fuertemente comprometidos con la construcción de un sistema educativo público. Gil de Zárate participó activamente en la elaboración del Plan Pidal de 1845, e intervino en la redacción de la Ley Moyano de 1857. En 1855 publica De la instrucción pública en España, uno de los primeros estudios históricos de la educación en España, en el que se deja sentir la apuesta por la secularización de la enseñanza. Años atrás, en 1837 publicaría un drama, Carlos II el hechizado (1837), con un marcado fondo anticlerical que le traerá a su autor no pocos problemas.

Por eso no debe sorprender que obras como Todo por el dinero tengan ese carácter educativo, moral y ejemplarizante en una época que en tantas cosas se parece a la actual, y por eso sorprende que obras como ésta no tengan un mayor acomodo en los teatros nacionales, si bien no podemos dejar de destacar que al menos se haya realizado una lectura dramatizada a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Teatro Pavón de Madrid el 4 de marzo de 2013 con dirección de Rosa Briones.

Leyendo esta magnífica obra, nos viene a la mente una canción de Presuntos Implicados para decir, sin embargo, “¡qué poco hemos cambiado!”, pues en efecto el texto puede convertirse en un espejo claro y preciso de la España de hoy en tantas y tantas cosas. Así, la escena cuarta del cuarto acto contiene un interesante monólogo de Don Trifón, un rico capitalista con ambiciones políticas, que podríamos poner en boca de muchos de los que a sí mismos se tienen como próceres de la patria, sabiendo que su peripecia pública es una indecible impostura inmunda. Don Trifón, como muchos y muchas de los que a día de hoy integran la casta, aspira a “acrecentar la hucha”, armar “un par de contratitas” y ocupar “la poltrona”, con del fin de arreglar su hacienda. Y para ello urde un curso de acción con el que pretende lograr un Ministerio, y por más señas el de Hacienda, aquel que más se relaciona con los que considera sus legítimos intereses.

Felizmente la ética y la moral triunfan y todo vuelve a su cauce, con la boda de Doña Leonor, hija de Don Trifón, y Don Carlos, un joven poeta que presta su pluma para que el padre de su enamorada pueda lograr el escaño y la merecida fama que le lleven al Ministerio (he ahí “el negro” que todavía se utiliza tanto y tanto y tanto, en política y en literatura). Infelizmente, en aquella época como en ésta, la ética y la moral eran y son conceptos desconocidos, al menos si hablamos de una ética y de una moral republicanas, que se orientan al bien común, que siguen los principios básicos de una Revolución Ilustrada que en España, simplemente, no fue. Leyendo esta obra de Gil y Zárate comprendemos los desvelos de aquellos ilustrados que fueron perseguidos e incluso fusilados por defender ideas liberales, o que hubieron de padecer destierro como el propio Don Antonio.      

Resulta tan interesante como estimulante la presentación de la obra, a cargo de su editora, Salomé Aguiar, que ofrece numerosos caminos para acercarse a la obra dramática e incluso política de un autor fundamental del liberalismo español, y también resultan muy pertinentes las diversas consideraciones de Rosa Briones en su lectura liminar del texto, previa a la lectura dramatizada.

Todo por el dinerodebiera ser lectura obligada para quien en España ejerce o quiera ejercer un cargo público. También debiera ser objeto de una escenificación urgente al más alto nivel institucional, por el bien del país y de las personas que lo habitan, pero ya sabemos que el horno no está para bollos. Es decir, nos quedamos sin pan. 

Manuel Francisco Vieites

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