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Reseñas de libros

La actriz

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Autor del libro: Antonio Piazza. (Introducción de Roberta Turchi. Traducción de Juan Carlos Postigo Ríos)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2014. (Serie: Laberinto de Fortuna, nº 7). 309 págs.

El título original de la obra fue Il Teatro, ovvero fatti di una veneziana che lo fanno conoscere. Los editores han preferido alterarlo para resaltar tanto el género como la profesión de la autora implícita de esta novela mantenido, como subtítulo, el original de Antonio Piazza: “El teatro, o bien episodios de una veneciana que lo dan a conocer”.

La edición incluye una excelente “Introducción” de Roberta Turchi cuya primera sección enfoca las circunstancias en las que Piazza llegó a familiarizarse con el teatro tal y como funcionaba entonces y cómo llegó a escribir novelas como la presente. Como el lector verá, su opinión es muy negativa sobre las prácticas en el teatro de la época en diversas regiones de la que más tarde sería Italia. En la segunda parte de la “Introducción” enfoca las circunstancias que llevaron a Rosina, la protagonista de esta novela, a “abandonar las murallas familiares” y dedicarse al teatro. Y una tercera parte nos da a conocer datos sobre el autor y el libro.

Antes de entrar en materia es preciso felicitar al traductor, Juan Carlos Postigo Ríos, por un texto que se lee como si hubiera sido escrito originalmente en castellano, la mejor indicación de que es una excelente traducción.1 Además, sus notas al pie que aclaran toda referencia geográfica, cronológica y cultural, son indispensables y, aunque el texto puede leerse sin mirar las notas, aconsejo a los lectores de esta novela que no se las salten porque enriquecen enormemente el trasfondo del ambiente en que se mueve la protagonista además de darnos, en algunos casos, una idea más precisa de su no poca cultura.

Los sucesos que esta joven protagonista transcribe fielmente podrían interpretarse como los de una novela picaresca o, como dice Roberta Turchi, “los de algunas heroínas inglesas y francesas, de Defoe y de Marivaux,” pero el comportamiento de Rosina, aun en sus peores momentos, “se mantendrán siempre honrados”. De hecho, creo que las circunstancias mismas de su deambular por diversas regiones de la península italiana son muy distintas de las de los o las pícaras. Los protagonistas de las narraciones picarescas suelen venir de clases muy bajas y su decisión de lanzarse al mundo en busca de una supervivencia es una necesidad apremiante. Su afán de mejorar su condición les hace ignorar todo precepto moral.

El caso de Rosina es muy distinto. Ella pertenece a lo que hoy día llamaríamos una “clase media”, incluso, una “clase media alta,” aunque su padre es un tirano ignorante de los aires que ya circulaban por Europa entre las mujeres más ilustradas. Su padre desea casarla con un paleto rico y de apariencia desagradable y trata de imponerle este deseo a su hija a toda costa. Al leer esta sección de la novela uno no puede menos de pensar en la pintura de Goya titulada La Boda en la que proyectamos lo que hubiera sido la boda de Rosina con el paleto escogido por su padre. Por suerte para Rosina, su padre se había ausentado una temporada por causa de sus negocios, dejándola en manos de su madre, quien de muchas formas había tratado de estimular los deseos de su hija de ilustrarse y le había proporcionado libros que leer. Durante estas “vacaciones” su madre y un tío de Rosina la llevan al teatro y a la ópera que fascinan a la joven. Estas escapadas la ponen en contacto con un joven quien parece, además de apuesto, una persona decente. Cuando su padre regresa y apremia a Rosina para la boda que ha concertado, ésta se rebela pero sin poder convencer al tirano. Como último recurso decide abandonar el hogar y con una promesa de matrimonio, irse con el joven que la acechaba. Y es así que comienzan sus desventuras, ya que el joven, lejos de ser una persona decente, es un vil seductor quien la abandona después de que, con un falso matrimonio, logra seducir a la joven. Como puede verse, nada más distinto de una narración picaresca. Podría decirse que Rosina se convierte en “La Actriz” del título malgré elle.

Sus escapadas al teatro y a la ópera con su madre y su tío le habían abierto una posible puerta para poder subsistir sin la ayuda de ningún protector, como le sugieren los empresarios con los que ella ha tratado. Rosina, a pesar del engaño sufrido, es dueña de su propio cuerpo y no se doblega ante las embestidas de los hombres que, en el ambiente del teatro, creen que todas las actrices o bailarinas  son “ligeras de cascos”. Su mismo padre quería disponer de su cuerpo dándole un marido repelente para ella. Este es un tema que no sólo atañe al momento cronológico de la obra, sino que tiene resonancias para nosotros hoy día. Aun hay muchos hombres que se creen dueños de forzar su atención sobre una joven y, si es posible, seducirla o algo peor; y hay leyes que impiden a las mujeres disponer de si quieren o no tener un bebé que, en la mayoría de los casos, ha sido concebido sin su avenencia. Esta lectura, perfectamente posible dentro del texto de Piazza, enriquece su obra.

La primera parte de la novela contiene muchas coincidencias y anagnórisis tanto positivas como negativas. En Milán, en casa de su amiga Eufrosia, encuentra a una mujer muerta a quien reconoce como su madre quien, en efecto, había dejado Venecia para buscar a su hija. En Florencia, visitando, como suele, sitios importantes, un día pasó por delante del famoso hospital de Santa Maria Nuova. Quiso verlo todo y en su visita, un enfermo saluda a su acompañante; cuando se entera de que el enfermo es veneciano, se acerca a él y reconoce nada menos que a su seductor Alberto. Se reconocen y el seductor “declaró ser el hombre más indigno” y sus lágrimas le impidieron añadir más. Rosina decide cuidarle y con su poco dinero ayuda a que Alberto se reestablezca hasta poder salir del hospital. Una vez terminada su obra de caridad, Rosina le envía una carta con veinte escudos, pidiéndole que no se deje ver más y recomendándole que regrese a Venecia (posiblemente con la esperanza de que allí se una de nuevo con su legítima esposa a quien también había abandonado). En Florencia, también, conoce a una famosa joven livornesa de gran talento poético e histriónico de la que se hace amiga. La joven la lleva a una de las Academias donde ha sido invitada a competir en música y en poesía. Mientras deambulan por los salones y la joven le presenta a Rosina a muchos de los distinguidos invitados, ven a un joven solitario retirado del conjunto y desconocido para la joven. Curiosas, se acercan al joven a quien Rosina reconoce como al que había sido su protector en Génova y presunto marido hasta que un equívoco causado por milord D da al traste con el matrimonio. Más tarde, estando en París se encontró con el milord quien le explicó su equivocación. Rosina había sido acusada de haber sido la querida del milord en Milán, por lo cual el joven protector la había despreciado insultándola incluso. Ahora arrepentido y más enamorado que nunca, desea reparar su conducta y de nuevo hablan de matrimonio. Así las cosas, sucede otra falsa anagnórisis al confundir a Rosina con la misma “doble” que le había causado su primer rompimiento con su protector. Ya a punto de culminar sus desventuras con el matrimonio, entra un alguacil quien cortésmente le reclamó la orden de ir inmediatamente con él. La encerraron en una prisión sin que ella supiera por qué. Y así termina la Primera Parte de la obra.

Es interesante notar que el comportamiento noble y moral de Rosina no parece estar apoyado en ninguna creencia religiosa. De hecho, la novela no menciona en ningún momento nada que tenga que ver con “religión,” lo cual nos hace creer que el comportamiento moral y las buenas obras de Rosina se deben a su propia convicción ético-moral y no a ninguna fe religiosa, lo que nos recuerda las palabras de Albert Camus que decía que es posible una existencia dentro de los más rigurosos cánones de lo ético y lo moral sin el apoyo de ninguna religión.

La Segunda Parte se inicia con su prisión en Florencia, que sólo duró tres días, más su traslado a una ciudad importante que ella no nombra pero que el traductor en una nota afirma que es Turín. Allí toma lugar el juicio; los testigos logran por fin aclarar que se trata de otro equívoco, que la persona buscada por el gobierno es otra que se parece a ella y, como dice Rosina, “Mi desgracia por parecerme a ella fue su salvación” porque la culpable logró huir. Además, “¿Cómo dudar que no fuera aquella misma a la que milord D… había conocido en Milán…?” y que había causado la primera ruptura con su prometido. Por segunda vez el matrimonio con su protector se esfuma, pero en esta ocasión con resultados aparentemente trágicos, porque las indagaciones que lleva a cabo Rosina para encontrar a su prometido le traen la terrible noticia de que su amante caballero “se había lanzado al Arno durante la noche dejando sus ropas en el Puente delle Grazie, del que se tiró”. No se halló su cadáver.

De nuevo Rosina se encuentra en la situación de ganarse la vida y busca empleo como actriz o baiarina. Este nuevo contacto con el teatro de la época la da una nueva y más vitriólica oportunidad a Antonio Piazza para que la pluma de Rosina recargue las tintas en su opinión sobre la práctica de este arte. Como apunta Roberta Turchi en su “Introducción”:

«Cesare D’Arbes, Maddalena Marliani, Caterina Manzoni, entre los actores, y Carlo Battaglia y Gaetano Florio, entre los empresarios, eran excepciones que no podían modificar la negatividad de su opinión sobre la gente de teatro».

Como escribió en su Introduzione a Commedie, renunciaba a relacionarse con “esta clase de personas […] salidas del fango”. Y, también citado por Turchi y pensando en la suerte que corrió Goldoni, “Bien conozco las amargas píldoras que le han hecho tragar esos que ganaron fama y ganancia con sus composiciones”. Con tales sentimientos expresados en su Commedie, no era posible que su portavoz en esta novela tuviera otra opinión sobre el teatro que la que ella experimentaba directamente como actriz.

Sin embargo, Piazza no desea confiar toda su crítica sobre el teatro a la joven actriz e inventa un subterfugio para introducirse directamente en la narración como el “doctor R. S”. compañero de viaje de Rosina cuando esta marcha hacia Alemania donde tiene un contrato en una compañía de teatro. Como resultado, tenemos seis “Diálogos” entre Rosina y el doctor que versan sobre los siguientes temas: tres “Sobre la comedia,” uno “Sobre la tragedia,” uno “Sobre la música,” y el último “Sobre el baile”. Pero entre diálogo y diálogo hay acción que continúa las desventuras de Rosina.

Para retomar su vida después de su prisión, Rosina indaga sobre el paradero de su protector y amante cuyo resultado la deprime al enterarse de su supuesto suicidio al tirarse al Arno. Permanece en la ciudad donde la habían llevado para el juicio y después de poco tiempo llega la compañía de teatro del boloñés L… de la que hace su debida crítica mencionando a cada uno de sus integrantes. A pesar de la poca probabilidad de conseguir empleo en esa compañía donde ya había tantas mujeres, la enfermedad de una de ellas la favorece. La paga es insignificante, pero es todo lo que puede recibir del avaro empresario.

En esa compañía conoció al que dirigía la inspección de los bailes. “No he visto nunca en un cuerpo noble un alma más dulce que aquella,” nos dice. Sintiéndose “viuda” de su protector y amante, y rechazando todo avance de parte de este individuo del que estaba “enamorada hasta las trancas,” el bailarín, un francés, por fin le ofrenda su mano. El matrimonio parecía, para todos, una unión feliz. Pero, como dice Rosina, “[L]a alegría […] era demasiado grande para perdurar”. Un buen día aparece su supuesto y “muerto” protector y amante con el antiguo criado de Rosina, Battistone. Una enorme sorpresa para ambos pues él no esperaba verla desposada. Largas confesiones mutuas: la del amante, quien cuenta los esfuerzos que hizo por liberarla cuando fue arrestada y, más tarde, por dar con ella. Pero lo que más le sorprende es que ella se haya entregado a este tipo de marido, “[…] un jugador vicioso capaz de apostaros a vos misma si os dejarais jugar”. Y, en efecto, es lo que le sucede a la pobre Rosina cuando su marido la entrega, por dinero, al milord de marras. Y es cuando la pobre mujer se dice “[…] en manos de quién estoy?” Ante la negativa de Rosina a entregarse al inglés y explicándole a éste su problema, el milord se marcha jurando vengarse.

Continúa Rosina en la compañía con su marido a pesar suyo pues le ama aun con todos sus defectos. En Dresde y en Berlín tuvieron mucho éxito a pesar de lo cual Rosina se ve hundida en una melancolía que la mantiene un día en casa sin ir al teatro. Estando allí y esperando el regreso de su marido ya mediada la noche, mandó a su lacayo en su búsqueda, pero antes de que éste pudiera salir entró un hombre con una espada manchada de sangre. Se trataba del milord quien le dice que ha matado a un hombre en defensa propia. Pero el hombre muerto resulta ser su marido. Después de escuchar las explicaciones del inglés decide protegerlo de la justicia dejándolo que permaneciera en su cuarto.

Al día siguiente recibió una carta del milord en la que le declara su estima y la recompensa con mil libras esterlinas y la anima para que continúe siendo virtuosa. Este regalo le da cierta libertad para escoger y acepta un acuerdo para trabajar en una corte de Alemania en calidad de bailarina. Se prepara para el viaje y tiene la suerte de tener como compañero al doctor R.S. “…hombre erudito, brillante, sabio y honesto”. Y es con este doctor (que no es otro que el autor Piazza) con quien mantiene los seis diálogos, antes mencionados, sobre todos los aspectos vinculados con el teatro.

La crítica del teatro que había hecho Rosina estaba basada en sus experiencias personales con diversas compañías y gentes vinculadas con éstas (empresarios, actores y actrices, bailarines, etc.). En los Diálogos con “el doctor R.S”. entramos en una crítica menos subjetiva y basada en una larga experiencia de este frustrado autor de comedias. No hay espacio en esta reseña para tocar en todos y cada una de sus inteligentes críticas pero se puede espigar de ellas algunas que tocan muy directamente problemas actuales. Se compara la situación del teatro en la península italiana con la de Inglaterra y Francia. Por ejemplo, el doctor menciona que “En Inglaterra y en Francia, a los comediantes se les paga, en Italia ganan menos que los cocineros y esto ocurre porque en la puerta sólo se paga medio paolo”. Sin embargo, la situación en Italia no siempre fue tan pobre; como dice el doctor, “En los tiempos de la casa Médicis, de la casa Farnesio, de la casa Este, de León X, Italia era la maestra de las otras naciones y los genios florecían bajo las influencias de su generosidad”. Y añade algo que no puede menos de sorprendernos por su exacta descripción de lo que sucede hoy día: “Ahora se estudia una economía de doncella interesada, cuando se trata de premiar a un genio que honra su rostro a la patria y se derrochan luego tesoros en tantos ministros inútiles esponjas de los estados, que consumen ese carácter nutritivo que debería alimentar a la virtud desconsolada”.

Al terminar el viaje en Alemania, Rosina se ve bien recibida, hospedada en una vivienda “magnífica y bonita” con lo que se dio cuenta de que estaba al servicio de una corte.

Todo lo que ve le parece espléndido: “La compañía de bailes no podía ser mejor”. Pero piensa que es posible que su fortuna durara poco, como en efecto sucede.

Pero antes de entrar en sus infortunios, en Alemania sucedió otro inesperado encuentro con Alberto, su original seductor. El doctor y Rosina se enteran de que habrá una boda de un veneciano con una francesa. Curiosos de saber quién es el veneciano, van a visitar a la pareja de prometidos y se encuentran nada menos que con Alberto. Por supuesto, se ven obligados a comunicarle a la novia que su presunto marido tiene una esposa. Él declara que es viudo, pero Rosina desengaña a la novia quien, muy agradecida por haberla salvado de un falso matrimonio, vuelve a Francia.

Rosina, en su nueva ocupación en la compañía alemana, encuentra dificultades con el encargado de los bailes quien la amenaza con colocarla en el puesto de última figurante. Pero, de pronto, “de un brinco se puso en pie el barón D. R”. quien, violentamente,  defiende a Rosina y amenaza con su bastón la cabeza del maestro. Cuando acabaron los ensayos el barón, haciendo de sirviente, la obligó a sentarse en su carroza. Ella creyó que la iba a llevar a su casa, pero el barón la llevó a la suya. Ella trata de escaparse pero, a la fuerza, el barón la mete en su casa y en una habitación “completamente pintada al fresco con pinturas obscenas” que hacen ruborizarse a Rosina. Para resumir, el barón con la ayuda de dos sirvientes moros, hacen de las suyas con la pobre Rosina quien sólo escribe: “Que permanezca en silencio el fin del suceso que mancillaría mi historia”. Sus esfuerzos por exponer el comportamiento del barón son inútiles ya que todos le aconsejan que sólo redundarían en su perjuicio. Recurrió al soberano que tanta bondad le había demostrado, pero éste le dice que “Si, en lugar del barón, se tratase de cualquier otro, podría vengaros con el castigo que merece su prepotencia”. En vez, le ofrece la posibilidad de que se le imponga una pena monetaria, lo que ella rehúsa como un ultraje a su honradez. Decide entonces marcharse de esa ciudad y después de un acuerdo con el empresario, salieron dos días después. El capítulo termina con esta promesa: “Prepárese quien lee para un gran cambio de escena en el que parece que mi destino ha querido marcar el fin de mi albur”.

Con tanta coincidencia y reaparición de Alberto durante esta narración, el lector espera que, de algún modo Rosina y su fiel protector y amante se reunirán, ahora que ella ha enviudado y se podrán casar. Pero sería cruel de mi parte anticipar el final de las andanzas de esta joven actriz. Sólo mencionaré las circunstancias que llevaron a Rosina a escribir la segunda parte de sus memorias. Menciona que, una vez terminada la primera parte, se la enseñó a un amigo para que la leyera y le dijese si la consideraba digna de ser impresa. Él  me dio su opinión “presentándome impreso el libro que le confié manuscrito”. La portada del libro impreso aseguraba que la obra da a conocer el teatro. Pero Rosina se dice a sí misma: “qué presunción es la vuestra […] creyendo que basta con todo lo que te sucedió para darlo a conocer?” Y, por eso, para enmendar su error, promete escribir una segunda parte “más corregida, enmendada, escrita con mayor precisión y con un nuevo método que le será, tal vez, más grato”. De ahí que Piazza no sólo recargue esta segunda parte, como hice notar más arriba, con más crítica sobre el teatro en todas sus formas, sino que, por conducto de ese doctor R.S. pueda expresar, con mayor experiencia que Rosina, más datos concretos sobre las prácticas del teatro en su época, además de dar a conocer el teatro visto por un empresario en el capítulo XII.

Pero la última palabra está en boca de Rosina y es una apología de los actores: “Qué condición es más dura que la de cautivar con el canto, o con el baile, o la de hacer reír en comedias, algunas noches, cuando no les queda aliento para estar de pie, cuando retienen a duras penas las lágrimas; cuando su corazón combate contra su interno afán? ¡Pobre de ellas! Si su alma estuviese abierta a los ojos de la audiencia, ¡cuánto más serían aplaudidas o despreciadas!”

Es este un motivo clásico de la condición difícil del actor que inmortalizó Ruggero Leoncavallo en el aria “Vesti la giuba” de su opera I Pagliaci popularizado más tarde con la frase “The show must go on”.

Rodolfo Cardona

 

Nota:

1El que esto escribe sabe, por larga experiencia, conocer una excelente traducción ya que en 1978 fundó un Seminario sobre Traducción Literaria que dirigió durante doce años pero que aun se programa cada semestre de primavera en la Universidad de Boston. A este seminario han sido invitados los más destacados traductores de obras en los más diversos idiomas y, también, destacados teóricos sobre el arte de traducir. Menciono esto no como “auto bombo” sino para destacar que mi opinión está valorada por una larga experiencia.

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