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Reseñas de libros

Dos luces en la espesura

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Autor del libro: Hormigón, Juan Antonio.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2015. (Serie: Laberinto de Fortuna, nº 8). 108 págs.

De Juan Antonio Hormigón puede esperarse cualquier cosa. Incluso, como ocurre ahora, un libro de poemas deslavazadamente íntimo. Juan Antonio aprovecha muy bien la excusa de los suyos –sobre todo de dos de las suyas– para andarse por los senderos de la ternura, los hoyuelos del corazón, los estremecimientos que se sienten, la esperanza en los tiempos que deberían ser y no están siendo, y hasta los deseos y las razones para que sean. A lo mejor es verdad que no hay nada que nos haga más reales que los sentimientos, y que de ellos nacen las verdades, los trabajos y los días, y hasta las revoluciones.

La hija –Laura– y la nieta –Vera– son las dos primeras excusas de estas Dos luces en la espesura de Juan Antonio Hormigón que publica la serie Laberinto de Fortuna de la Asociación de Directores de Escena de España. Dos excusas (a lo mejor él dice razones) para hacer un recorrido por los amores (y la luz) y de paso para ir advirtiendo de los riesgos (de la espesura). Porque guardar los amores “en la isla ignorada / donde nadie nos pueda robar nuestro tesoro” acaba siendo consustancial a tener que pensar que nuestro mundo hermoso “es obligación de todos conservarlo”. Mundo interior, personal, sentido, crecido en uno mismo, que necesita de ese otro donde bebe el futuro su esperanza y su batalla. Mundo propio, pero espacio colectivo; mundo particular, pero sitio compartido. Laura y Vera, parte del poeta, parte de él, sí, pero también expresión incontestable del futuro.

Esta parte del libro –el libro tiene tres partes– está llena de pequeños encuentros (manos, risas, ojos, palabras desconocidas…), de verdades interiores (Vera es, de pronto, más que Vera, es verdadera), de escenas cotidianas (los gatos, que ya amaba Lenin, y Newton y Lord Byron y Victor Hugo y Allan Poe…, los juegos, el xilofón y la ocarina…), de mundos cargados de hermosura (“defender la belleza que este mundo atesora”), de recuerdos que llegan desde lejos… Se trata de esa parte del poeta que naciendo en sus dos grandes excusas, crece y vive alrededor de los sentimientos, de los encuentros, de las sorpresas y, nadie lo olvide, de las advertencias.

La segunda parte –dedicada a los padres del poeta, ambos fallecidos– es la parte del contraste (“nacemos inocentes y después / poco a poco / nuestra vida se llena de cadáveres”). El recuerdo como contrapunto de la esperanza. El pasado, incluso la despedida, como nostalgia, pero también fondo de luces que deja la siembra del futuro.

Y de pronto una tercera parte, poemas que no son recientes, paisajes de 1979 a 1987, donde la diferencia entre el campo y la ciudad acaban desapareciendo, donde los espacios, amplios en la Mancha o en el Pirineo, y estrechos y vallados en las plazas, terminan coincidiendo, donde unos y otros no son sino barbechos, y da igual que sean entre muros, no siempre amigos entrañables, o entre espacios abiertos, no siempre florecidos (“Vivir es caminar entre barbechos / y ser feliz haberlo comprendido”).

Los poemas –donde se suceden los amores presentes, los recuerdos pasados y los lugares, por eso llamé antes deslavazado al libro– están escritos con la sabiduría de quien conoce lo que tiene entre las manos. No son renglones echados al viento y que el viento los devuelva. Son poemas donde las palabras y la ternura, las evocaciones o los paisajes están siempre unidas a la música, la imagen, la referencia y el hallazgo. Nunca estridentes, siempre hechas con la punta del alma, coronadas de sensaciones. No es extraño encontrar, a la vuelta de un poema, la sombra de don Antonio Machado, la mirada de los grandes de la generación del 50 (no sé por qué José Luis Prado Nogueira me guiña a veces un ojo, seguramente sin que Juan Antonio se lo proponga), o el ritmo de Federico García Lorca en su “Son de negros en Cuba” en ese mediodía en La Habana. Y no quiero terminar sin destacar los sonetos, que cuando tienen calidad, siempre dejan un poso de agradecimiento.

Hablando de personas (de luces), Juan Antonio ya sabe que echo en falta a alguna. Pero eso no es motivo de crítica literaria y se queda entre nosotros.

Adolfo Burriel

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