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Reseñas de libros

El mal de la juventud

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Autor del libro: Ferdinand Bruckner. (Traducción y prólogo de Miguel Sáenz)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2015. (Serie: Literatura Dramática, nº 88). 146 págs.

Estrenada en 1926 en Berlín, El mal de la juventud ha gozado desde entonces de una poderosa atracción para los artistas escénicos. Sus representaciones, multiplicadas por  todo el mundo en numerosos idiomas, han hecho de ella un título emblemático, un clásico del teatro occidental. Por ello resulta cuando menos sorprendente que nunca hubiese sido traducida y publicada en España, aunque sí hayan existido con anterioridad versiones en el ámbito latinoamericano que la dieron a conocer al público hispanohablante. Llega ahora al papel impreso de la inmejorable mano de Miguel Sáenz, que la tradujo en 2010 para el Teatro de la Abadía, si bien permanecía inédita hasta el momento. Es pues motivo de enhorabuena la difusión de este texto, como decimos, fundamental en la dramaturgia contemporánea, que realiza la Asociación de Directores de Escena.

El mal de la juventud (o como señala su traductor La enfermedad de la juventud, en su traslación más literal) es una obra llena de magnetismo, quizá por la desnuda crueldad y perversión que exhalan algunos de sus personajes. Su argumento se sustenta en las relaciones de éstos –fundamentalmente, un grupo compuesto de mujeres y hombres jóvenes, estudiantes y recientes doctores en medicina-, que se miden como rivales, se desean sin tapujos, se odian o se abandonan a sus impulsos, a veces sin transiciones aparentes.

El éxito y el escándalo acompañaron este drama desde el primer momento, lo que supuso la consagración de su autor como escritor teatral, aunque esa misma circunstancia haya eclipsado casi todo el resto de su producción dramática e incluso su propia biografía y actividad. Ferdinand Bruckner fue el seudónimo de Theodor Tagger, nombre que acabaría cambiando oficialmente por el que le dio fama literaria. Nació en 1891 en Bulgaria, de padre austriaco y madre francesa. Dedicado profesionalmente a la dirección, en 1922 fundó en Berlín el Renaissance Theatre. Tras el triunfo de Krakheit del Jugend (El mal de la juventud) se convirtió en uno de los escritores más reputados de la República de Weimar, con obras de tipo histórico pero de temática actual como Die Verbrecher (Los criminales) y Elizabeth von England (Isabel de Inglaterra). La llegada del nazismo en 1933 le empujó a emigrar a diferentes países y recaló en Estados Unidos, donde escribió obras de corte antifascista y antinazi, como Napoleon der Erste (1937) y Heroische komöedie (1942). Tras la guerra regresó a Alemania en 1951, donde continuó desarrollando su trabajo como dramaturgo en el Schiller Theater de Berlín occidental y donde murió en 1958.

La historia del drama que nos ocupa se ambienta en una pensión vienesa, en 1923, tras la derrota de Austria en la Gran Guerra. Bruckner sitúa concretamente la acción en la habitación de Marie, una joven doctoranda, que es contigua a la de su aristocrática amiga Desirée, quien también cursa estudios de medicina. Por ese espacio, convertido en lugar de encuentro, de refugio y confesiones pero también de encierro, pasan todos los jóvenes que componen este microcosmos, incluida la criada Lucy, enamorada, seducida y empujada a la prostitución por Freder, antiguo amante de Desirée ahora interesado en Marie.

A lo largo de los tres actos en que se estructura la obra, Bruckner presenta una descarnada radiografía generacional, de tintes expresionistas. Los contrastes sociales y las relaciones de un poder que se trasluce en el sometimiento o el deseo de muerte, son algunas de las marcas que subyacen en las relaciones del conjunto de los personajes. Irene, otra de las muchachas de la historia, cuyo instinto de salvación la llevará hacia la adaptación a las normas de la burguesía, aun a costa de arrebatarle su pareja, Petrell, a Marie, explicita una de las claves del texto: “Una juventud despierta que no ha encontrado su lugar está en peligro mortal latente. Una juventud sin objetivo como la nuestra después de la guerra... La juventud misma se convierte en enfermedad.”

Hay en todos estos jóvenes un sentimiento de hastío, de desesperación nihilista, que los empuja a la promiscuidad, al consumo de drogas, a la vehemente búsqueda del placer o de la anestesia ante el dolor del vacío: “Yo nunca he creído en los otros. Qué torpeza es dedicarse a los otros. Aunque se mitiguen sus dolores, ellos preferirían estar solos.”, dice Desirée en el acto tercero. Otros, como Freder, parecen buscar su destrucción en la degradación moral de quienes le rodean, como un vampiro anímico que evoca la figura de Valmont.

El autor maneja con maestría las escenas de conjunto y las conversaciones cruzadas que, como si de una cámara de cine se tratara, centran alternativamente la atención en unos u otros. Sus diálogos son secos, directos, en ocasiones tan explícitos que sorprende la naturalidad con la que golpean. Y la traducción de Miguel Sáenz llena de magnitud y precisión esta dureza.

Cabe señalar también que, en la búsqueda de esa sencillez brutal, Bruckner modificó el final de la obra tras las primeras representaciones, con una escena más breve y mucho menos evidente que la original, pero sin duda aún más intranquilizante. Para satisfacción del lector, la edición recoge ambas redacciones que permiten el cotejo y, en el caso de una puesta en escena, la elección.

“Bruckner no se molesta en dar explicaciones, se limita a sembrar pistas y deja el trabajo a los adaptadores. ¿Por qué no ofrece más alternativa que el aburguesamiento o el suicidio?”, apunta Sáenz en su prólogo. Y en esta pregunta, en este desconcierto ante la falta de respuestas, reside seguramente uno de los mayores atractivos de este texto, de una profunda modernidad por su planteamiento y sus temáticas, que permanece abierto a las interpretaciones.

Federico Martínez-Moll

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