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Reseñas de libros

El trueno dorado

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Autor del libro: Ramón del Valle-Inclán. (Adaptación de Juan Antonio Hormigón. Artículos de Manuel F. Vieites, Erandi Rubio, Primeroydos, Alegría Martínez y Jaqueline Ramírez)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2016. (Serie: Literatura Dramática Iberoamericana, nº 73). 357 págs.

Esta edición podría subtitularse “Manual de dramaturgia” ya que, además del texto de la adaptación que Juan Antonio montó en México, contiene una “introducción” (7-63)  en la que se da cuenta del largo proceso que antecedió al mencionado montaje y que constituye, en realidad, una descripción minuciosa de cómo se elaboró el texto y de cómo se concibió su realización escénica; es decir, la dramaturgia que debe siempre haber detrás de un montaje serio de un texto teatral. Y, como si fuera poco, el artículo de Manuel F. Vieites, “La vocal que va debajo del punto o de la naturaleza posible de la dramaturgia,” es una verdadera teoría y práctica de este proceso. “La Dramaturgia sería aquella disciplina que se ocupa, entre otros ámbitos, de la preparación del texto de la representación; ese texto que, en tantas y tantas ocasiones, y pese al acoso de la imagen, constituye uno de los elementos centrales de significación de un espectáculo,” escribe Vieites (65), exactamente lo que Hormigón explica en su “introducción.” Pero, además, Vieites nos da una historia del desarrollo de esta práctica, mencionando importantes filólogos y teóricos de la literatura como Roman Jakobson, Victor Shklovski, Boris Eichembaum, Vladimir Prop, Mijail Bajtin, Osip Brik y los “teatristas insignes” que pusieron en práctica sus teorías, como Vsevolod Meyerhold hasta Bertolt Brecht. Y Vieites añade un estudio de la dramaturgia de El trueno dorado que vamos a leer. Todo lo cual, como mencioné, constituye un “Manual de dramaturgia.”

Hacia el comienzo de su “introducción” Hormigón nos da “las fuentes literarias” de su adaptación: el texto que dejó manuscrito junto a su lecho de muerte Don Ramón del Valle-Inclán, que llevaba por título El trueno dorado, “una ampliación del Libro Segundo de La Corte [de los Milagros], el titulado “Ecos de Asmodeo.” También aporta los datos sobre la gestación de esta novelita, tal como se encuentran en varias cartas a amigos que Valle-Inclán escribió durante su enfermedad. Y pasa, inmediatamente, al meollo de su “introducción:” “El trabajo dramatúrgico y la adaptación.”

Generosamente menciona la contribución que en esta gestación aportó Luis de Tavira, director de la Compañía Nacional de Teatro de México, promotor de la idea de que Hormigón hiciera una escenificación para la remodelada institución a cargo suyo. Prefería en lo posible una obra de Valle-Inclán. Y Hormigón escogió El trueno dorado; pero era necesario un contexto histórico para esta “novelita” y escogieron “los acontecimientos previos a la noche de juerga y crimen (que constituye el tema de El trueno), que encontraron en la Corte de los Milagros donde se explicita la situación moral y política de la Corte de Isabel II. Escogieron el libro primero de La Corte, “La rosa de oro” que narra “la entrega de dicha presea pontificia, de los actos, ceremonias y bailes que la jalonaron.” Y así dispusieron los cinco primeros episodios de la adaptación que continuaba con el material procedente de la “novelita” Y, como relata Hormigón, después de estas disposiciones “[N]os encaminamos hacia el final. La última escena escrita por Valle en su novela, corresponde a la discusión entre el forense Rosillo y Fermín Salvochea […] se trata de un diálogo austero, amargo, tenso, de una sequedad extremada. En él se resumen en buena medida las conclusiones ideológicas del escritor.”

No obstante, Luis de Tavira le sugirió un texto de Ecos de Asmodeo que no aparecía en El trueno pero sí en La Corte. Se trata de la visita del Marqués de Torre-Mellada al ministro de la gobernación, González Bravo, en la Presidencia del Consejo, para pedirle que “echara tierra en la causa de esos locos” quienes, impunemente habían gastado una “broma” al guardia Carballo, tirándolo por la ventana en El trueno dorado. Es este acto gratuito de unos jóvenes, “pollos de la goma” lo que da el título a la “novelita” de Don Ramón, porque, según el diccionario de la RAE, “trueno dorado” en lenguaje coloquial, define a jóvenes alborotadores de conducta reprobable. La escena sugerida por Luis propiciaba que el propio Alfonso Bonifaz, “trueno dorado” del crimen y “capricho real,” acompañara al marqués en esa diligencia nocturna. Hormigón, por su parte, aportó una escena de intimidad entre la Marquesa Carolina y Adelardo López de Ayala, el “gallo polainero,” como lo llama Valle-Inclán, a la que se añade después Feliche. Esta escena “recoge cómo en el ámbito familiar y de la alta sociedad, se diluyen las responsabilidades del crimen,” en palabras del propio Hormigón quien añade:

“La traslación de las consecuencias del asesinato del guardia Carballo a estos tres niveles distintos: La más alta instancia del gobierno por orden de la Reina, el medio social de la clase dominante, y la confrontación ideológica entre el forense y Salvochea, conferían una mayor evidencia a los silencios, componendas y ocultamientos de una sociedad en que la justicia no existe o está de parte de los poderosos. En cierto modo se trataba de una conclusión en tres estratos diferentes.” (12)

Hormigón, sin embargo, desde un principio y por muy buenas razones, como veremos, tenía en cuenta que el final de la obra fuera “un gran baile descoyuntado y agónico, en el que intervinieran desde la Reina y Bonifaz hasta los cortesanos, los pollos del trueno, los políticos, los ujieres, etc.,” pero no evidentemente como “final de fiesta” a la antigua, sino más bien como una forma que involucrara a toda la sociedad, de la Reina para abajo, en la corrupción político-social del país y que, además, propusiera “al espectador primarios y míseros latiguillos de actualidad.” Una idea genial, como veremos. Y, como explicita  luego,

“Lo que pretendíamos era construir una parábola que planteara al espectador una lectura analógica. Es decir, que de los acontecimientos escénicos que presencia alcance a extraer sus propias conclusiones referidas a la realidad que habita.” (18)

Y esta realidad es palpable en esta adaptación porque, como Hormigón apunta,

“Con ser abominable el crimen cometido por los pollos del trueno, lo más importante y relevante no es el hecho en sí sino las implicaciones que comporta. La sociedad nobiliaria, la de rancios títulos y poderes económicos, el presidente del Consejo de ministros y hasta la propia Reina, se ven implicados en el asunto por motivos diversos. Todos coinciden en que hay que echar “tierra al asunto” y olvidar. En síntesis, se determina la impunidad sobre el crimen”. (20)

En conclusión, la historia de la adaptación de Hormigón de El trueno dorado de Ramón del Valle-Inclán se inicia con la entrega de La Rosa de Oro otorgada por el Pontífice Pío IX, y concluye con el baile celebratorio durante el cual el Legado pontificio bendice el frenesí erótico de la Reina y Bonifaz. (Es interesante hacer notar aquí que esta bendición final fue sugerida por el actor que hacía el papel del Legado y aceptada por Hormigón.)

El terminar la adaptación con la cópula de “el trueno dorado” con “el trono dorado” es, decir, Bonifaz y la Reina, bendecida por el Legado pontificio, es un gesto genial. Como diría el Borracho en “Luces”, ¡“Cráneo privilegiado”!

El contexto histórico-político en el que Hormigón colocó el texto de la “novelita” de Valle-Inclán, “está ligado por una tonalidad grotesca dominante que es sesgo en que todo se anuda,” en sus propias palabras. Lo cual me sugiere otro posible subtítulo para esta adaptación al sugerido al comienzo de esta reseña y que no dudo en denominar esperpento.

En nuestras dos ediciones de Visión del esperpento, Zahareas y yo hemos destacado el hecho de que el esperpento se relaciona con una perspectiva estética que Valle-Inclán explicó diciendo que la base de los efectos grotescos son el distanciamiento artístico y la enajenación. Fue tal consideración del enajenamiento, según explicó él, “lo que me llevó a dar un cambio en mi literatura y a escribir los esperpentos, el género literario que yo bautizo con el nombre de esperpento.”

Valle-Inclán, con su nueva estética, pretendía construir parábolas que plantearan al espectador una lectura analógica. La adaptación de Hormigón de El trueno dorado la ha logrado sin duda alguna. Y, para probarlo, cito un párrafo del artículo de Erandi Rubio, incluido al final de la presente edición, titulado “El trueno dorado, notas de una espectadora:”

“Con la puesta de El trueno dorado en el otoño de 2010, en mi país, la palabra esperpento ha cobrado un significado esclarecedor. Aunque el esperpento se ha vinculado a lo feo, a lo deformado, éste, más bien, se refiere a lo peor y lo más grotesco que posee el género humano -como me explicaba mi madre- aunque esté revestido de aparente belleza. Ahora, más que nunca, considero que estamos sumidos en lo esperpéntico. Pareciera que el pudor ha desaparecido de nuestro vocabulario y de nuestras acciones. Lo grotesco se ha apoderado de los caminos, de los pueblos, del campo y de los campesinos; de las ciudades, de los automovilistas y de los transeúntes; de los políticos, de las instituciones, de los guardianes del orden y de nosotros mismos.” (337)

Para terminar deseo apuntar que no es accidental la imagen que Hormigón escogió para ilustrar el Preludio: unas marionetas. Cuántas veces Valle-Inclán declaró a sus entrevistadores que los esperpentos que entonces escribía eran un “teatro para muñecos.”

Rodolfo Cardona

Boston, USA

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