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Reseñas de libros

¡Cómicos! / ¡Máquinas!

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Autor del libro: Orriols, Álvaro de. (Edición de Antonio Espejo Trenas).
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2017. (Serie: Literatura Dramática Iberoamericana, nº 79). 376 págs.

Aquellos que únicamente conocían a Orriols de oídas y no de leídas –como es mi caso– están de enhorabuena porque ahora ya pueden valorar parte de su teatro en esta estupenda edición de Antonio Espejo. El teatro de Orriols, y el de algún otro autor, denominado “teatro de masas”, “teatro proletario”, “teatro de resistencia”, etc., fue una experiencia incipiente, mínima, muy ceñida al contexto y eclipsada por la urgencia con que se desarrollaron los acontecimientos y el fatídico desenlace de la Guerra Civil. Ni tuvo recorrido de larga duración ni tiempo para ver lo que hubiera dado de sí al ser contrastada con otras líneas europeas de acción que iban en la misma dirección. La inminente Segunda Guerra Mundial supuso incorporar al género un nuevo paradigma y nuevas perspectivas. No conviene olvidar, como se hace constar en el prólogo donde se señala un comentario de Aznar Soler, que el teatro español durante la República, salvo honradas excepciones, fue un teatro de “insuficiencias y miserias…, mediocridad y chabacanería”. Y que será precisamente desde esa misma desventura desde donde Orriols esgrime la dignidad y defensa de un teatro que, en el caso de ¡Cómicos!, conlleva la heroicidad y defensa de una causa perdida cuyo reflejo simbólico no es otro que el de la propia República.

Las dos piezas que contiene el libro comparten la contundencia exclamativa en el título y un elemento melodramático que incide en las tramas de la misma manera. Pero más allá de estas coincidencias, los textos en nada se parecen. ¡Cómicos! presenta la crisis y pauperización del sector teatral en los años 30, con algunas situaciones que son exportables a nuestra realidad, y ¡Máquinas! una tesis que liga la mecanización del trabajo con el apocalipsis –muy de su época y muy de siempre– y con la lucha de clases. Una mecanización irreversible que ya el marxismo entendía como liberadora y necesaria para alcanzar la justicia social en un mundo sin esclavitud que vive en armonía, aunque a Orriols quepa el reconocerle la premonición de una guerra mundial “mecanizada” que fue el verdadero horror de toda la historia de la humanidad, con cuarenta millones de muertos y dos bombas atómicas.

¡Cómicos!, que inexplicablemente permanecía inédita, es una pieza excelente que convendría poner en escena para revelar su vigencia. Son muchos los valores que presenta por encima de las obras que se escribían entonces. Como es teatro dentro del teatro y contiene reflexiones metateatrales, para las gentes del gremio su argumento posee un doble encanto: se trata de una compañía dispuesta a estrenar Fuente Ovejuna que ve abortado el proyecto ante la ineficacia empresarial y el auge del cine sonoro. Aunque Orriols plantea en el texto varios planos de exposición cabe destacar como méritos principales la calidad de su escritura, la honestidad intelectual, el esfuerzo por entender la complejidad en que se inscribe la crisis teatral, la lucha y competencia entre lo viejo y lo nuevo, el testimonio explícito que muestra la precariedad de la vida de los cómicos, y un costumbrismo crítico, romántico, hojaldrado, de humor fino y alejado del dogma y el panfleto. Es cierto que la pieza tiene algo de lastre melodramático y mucho tremendismo, pero es precisamente la crudeza de ese patetismo lo que hace de ¡Cómicos! un grito desesperanzado, la reivindicación radical y amarga de un arte en vivo que agoniza ante la invasión de los nuevos Jinetes del Armagedón: la radio, el deporte, la comedia insulsa, los impuestos abusivos, la conversión del templo de Talía en un mercado, y sobre todo el pueblo, es decir, la masa que se vende a los encantamientos y frivolidades del cinematógrafo. En fin, el testimonio de una transformación social a modo de réquiem o Yo acuso –las palabras con las que se cierra la obra–, que nos conmueve porque contiene la verdad de un ideal que no ha podido realizarse.

Otra cosa bien distinta es ¡Máquinas!, teatro en verso al servicio de una ideología, cuyo objetivo es la concienciación de clase para alcanzar la revolución. Pieza pacifista sobre la industrialización, que trata de demostrar cómo las máquinas al servicio del capital generan guerras y miseria al proletariado. Una idea que fue muy extendida y que, sin ser completamente falsa en todos sus postulados, porque el paro obrero a consecuencia de la mecanización existió y fue una realidad vivida por muchos trabajadores, yerra al esgrimir un planteamiento maniqueo que idealiza la vida de la aldea frente al infierno que supone la industrialización, al modo de “civilización o barbarie”, tal como hizo Palacio Valdés en La aldea perdida para combatir a Marx, que decía justo lo contrario. ¡Máquinas! es el ejemplo del teatro de acción y propaganda de nuestra Guerra Civil, en gran formato, que se toma en serio las representaciones y tiene ambición escenográfica.

El libro, al cuidado y mimo de Antonio Espejo, contiene también unas importantes páginas de introducción con información sobre las piezas y una cronología y bibliografía esencial del autor. Una publicación muy necesaria para recuperar un apartado de la historia de nuestro teatro que desconocíamos.

Roberto Corte

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