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Reseñas de libros

Mujeres solas / Sol en la arena

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Autor del libro: Elena Arcediano. (Edición de Patricia Trapero)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2007. (Serie: Literatura dramática iberoamericana, nº 54). 134 págs.

Pocas veces la edición de un libro merecerá tanto ser calificada como de auténtica recuperación teatral. Casi nada sabemos de Elena Arcediano. En su minucioso estudio preliminar a este volumen, Patricia Trapero hace un trabajo casi detectivesco, tratando de rastrear las escasas huellas que se conservan de esta autora, castellana de nacimiento y valenciana de adopción, quien, al parecer, desarrolló una significativa labor como articulista y autora de teatro en los años 20 y 30 del pasado siglo.

Escasas son las referencias que se conservan de ella: colaboraciones en el diario republicano El Mercantil Valenciano, un comentario del poeta Maximiliano Thous, dos colaboraciones teatrales con el padre de éste y las dos obras que se incluyen en esta edición de la ADE. Y no es que éstas pasaran totalmente desapercibidas; Mujeres solas y Sol en la arena fueron estrenadas en un local importante –el Teatro Eslava de Valencia- en 1934 y 1938, respectivamente, por compañías de reconocido prestigio y adscripción republicana -la López Heredia-Asquerino y la Soler Marí-Leal-, y ambas resultaron también publicadas.

Estas dos piezas constituyen un testimonio de extraordinario interés para comprender cómo eran entendidos el teatro y el feminismo por parte de un buen número de intelectuales republicanos en el primer tercio del pasado siglo. En ellas, muy diferentes entre sí, Elena Arcediano se revela como una escritora que conoce muy bien los recursos y códigos teatrales propios de los géneros por los que opta para su desarrollo.

Tiene razón Patricia Trapero cuando subraya que Mujeres solas huye de la tentación costumbrista, tan marcada en aquella época, y se aproxima a los esquemas de la alta comedia. Pero hay más en la obra, pues en ella se propone una curiosa mezcla de géneros en la que se manifiestan no sólo dosis de alta comedia, especialmente en su estructura, sino también del sainete y aun del melodrama, especialmente en el propio tratamiento textual. La autora posee una clara habilidad para el diálogo y para la “carpintería teatral”, por más que a veces resulte poco contenida; y por más que los momentos en los que se precipitan los conflictos se desaten de manera un tanto brusca y se resuelvan de manera previsible.

Más curioso aún es cómo se introduce de manera expresa un “mensaje” declaradamente feminista en una obra plagada de convenciones de género, consiguiendo que sean los comportamientos de los personajes, y no sus declaraciones verbales, los que soporten ese “mensaje”.

Sol en la arenapropone una vía diferente. No hay en ella mezcla de géneros, sino un continuo empleo de los recursos propios del drama rural. En la obra se perciben, como Patricia Trapero indica, ecos de La casa de Bernarda Alba, no sólo por el predominio de los personajes femeninos y por la autoridad que sobre ellos ejerce el que cumple la función principal, sino por el tratamiento literario, que opta por un elevado tono poético trufado de referencias populares, incluido el uso sistemático de coplas.

Nuevamente, y de manera aun más clara que en Mujeres solas, el sentido feminista del drama queda en manos del comportamiento de los personajes, y no de sus intervenciones orales, si bien la continua exposición de ese comportamiento hace el desarrollo dramático un tanto reiterativo.

El sentido feminista de estas dos obras no reside en una proclamación explícita de los derechos de la mujer o en una explicación de los mecanismos sociales por los que ésta se halla sojuzgada, sino que trata de mostrar que su liberación pasa por el ejercicio de valores muy propios del pensamiento cívico y republicano de aquel momento: la educación y la independencia económica (Mujeres solas) y la capacidad de optar y decidir sobre el propio destino (Sol en la arena).

Por otro lado, este sentido feminista tiene su claro correlato en la propia estructura de ambas piezas, ya que, desde el punto de vista dramático, los personajes “fuertes” son femeninos y los personajes “débiles” son masculinos, no tanto o no sólo porque lo sean sus respectivos caracteres, sino por el papel que unos y otros tienen asignados en la génesis, desarrollo y resolución de los conflictos expuestos.

Alberto Fernández Torres

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