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Reseñas de libros

El objetor / 11 septiembre 2001

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Autor del libro: Michel Vinaver. (Traducción de Fernando Gómez Grande)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2003. (Serie: Literatura dramática, nº 60). 212 págs.

Da gusto comprobar que Michel Vinaver permanece fiel a sus compromisos adquiridos a lo largo de las últimas décadas con la escena contemporánea, con su propia trayectoria literaria y con la más rabiosa e inquietante actualidad. Dramaturgo francés de primera fila casi desconocido en el circuito del teatro profesional español a pesar de su reconocida valía y de la amplia difusión que su obra ha ido adquiriendo a través de las publicaciones de la ADE (El programa de televisión, King, Nina es diferente, La petición de empleo, Disidente, claro), un espléndido Vinaver creador dramático se muestra en estas dos piezas que constituyen su última aportación.

No con menor placer acogemos un nuevo trabajo de Fernando Gómez Grande, igualmente fiel a sus compromisos con la dramaturgia francesa contemporánea como demuestran su premura y buen criterio en la traducción de 11 septiembre 2001 y su precisa y depurada traducción de El objetor. Tonos, intenciones y sentidos variados que debemos leer entre líneas llegan hasta nosotros con nitidez propia de un original, completando una sobria pero brillante labor que excede el simple esfuerzo de sustituir un término francés por su homólogo castellano.
Las dos obras presentadas difieren bastante en el aspecto formal y abordan temáticas distintas, si bien es cierto que, a causa del entorno bélico en que estamos inmersos, ambas golpean con fuerza semejante en la conciencia del lector.

El objetor es un ejercicio dramatúrgico de dimensiones colosales, con varias decenas de personajes transitando diversos racimos de espacios a lo largo de noventa y nueve fragmentos. Vinaver indica que ha pensado en una representación basada en el teatro de feria, lo que permitiría agilizar los cambios de espacio y de vestuario con un total de once actores, cada uno de los cuales interpretaría entre 4 y 10 personajes. Ejercicio dramatúrgico interesante también porque Vinaver trabaja sobre la novela homónima que él mismo publicó en 1951, trayendo hasta nosotros aquella Francia de 1950 donde los militares seguían manteniendo peso y presencia, el partido comunista se había laureado con los honores de la resistencia antifascista y la sociedad en su conjunto se había polarizado entre el marxismo y el capitalismo hasta encontrarse al borde de un estallido violento, al igual que la sociedad internacional. Un momento extremadamente tenso y delicado donde el orden que algunos pretendían instaurar era casi tan fuerte como el orden que otros querían preservar y donde los actos de un solo individuo podían desencadenar consecuencias insospechadas.

Así ocurre con Julien Bême, el objetor, cuya decisión inesperada y aparentemente injustificada de desertar altera las vidas de una cantidad enorme de personas, desde los miembros de su propia familia hasta un profesor al que hacía años que no veía y que de pronto se convierte en su máximo protector, pasando por muchos otros. La actitud del objetor -o mejor dicho, de los tres distintos objetores que ha creado Vinaver- no responde a una claro activismo político ni a una imperiosa necesidad de atentar contra el orden establecido, sino que posee características muy otras que el autor define al final del texto, en unas Notas tomadas durante el proceso de escritura que constituyen un documento valiosísimo para completar la edición: «Actos próximos a la ausencia de actos, a la abstención, a la incapacidad de. Como estamos en lo inmotivado, en lo injustificable (no hay acontecimientos que esperar), el efecto "desorden" sobre la Sociedad, sobre el Sistema, es más devastador de lo que podría serlo una oposición, una protesta, una rebelión.»

Pero sin duda uno de los elementos más atractivos y singulares de la estructura de El objetor es ese conjunto de veintisiete fragmentos que sirven de intermedios y que nos sitúan cincuenta años después de la acción principal, en el presente, cuando una compañía de teatro está ensayando la representación del texto. Este recurso propicia múltiples situaciones de contraste entre el tiempo pasado y el presente, entre los actores y los personajes. Además, debido a la inteligencia y la sutileza con que Vinaver perfila a los miembros de la compañía (el director, el iluminador, el asesor artístico y literario, etc...), del conjunto se desprende una mirada fresca sobre una profesión teatral que se toma a sí misma demasiado en serio y que genera disparates escénicos y literarios con extrema facilidad. El humor típico de Vinaver aflora en estos momentos con toda su intensidad.

De muy distinta naturaleza es 11 de septiembre 2001, texto que posee, entre otros, el mérito de haber nacido apenas unos meses después de la fecha que lo titula. Vinaver, impresionado como tantos por los históricos acontecimientos de aquella mañana, decidió llevar a los escenarios una realidad que hasta entonces sólo conocíamos a través de los medios audiovisuales. Escrito en forma de cantata, el texto viene a ser la oración que se demandaba tanto desde el lado norteamericano como desde el lado terrorista, y en definitiva la oración por las víctimas. No en vano Vinaver ha decidido preservar el idioma de las víctimas, el idioma en que expresaron sus sentimientos ante la catástrofe, y emplea el idioma local únicamente para las preguntas, para las impresiones externas, para unos mensajes de Bush y Bin Laden que pretenden ser universales. El resultado es un testimonio que no sólo recuerda los acontecimientos y enumera las víctimas: también interroga al hombre y a sus gobernantes, y se pregunta por unos dioses que son permanentemente invocados y en cuyo nombre se cometen las mayores atrocidades.

El presente volumen ofrece interés para lectores muy variados, desde el que desea reencontrarse con la buena literatura (dramática o no) hasta el director ávido de pergeñar y acometer importantes desafíos escénicos, pasando por el interesado en explorar las fronteras de la teatralidad y, por supuesto, el que sigue reclamando del teatro no sólo calidad y talento escénico, sino también una implicación directa y decidida con la sociedad contemporánea y la compleja realidad que nos circunda.

Blanca Baltés

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