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Reseñas de libros

Diálogos de la herejía / Epitafio para un soñador / Noches de San Juan

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Autor del libro: Agustín Gómez-Arcos / Adolfo Prego de Oliver / Ricardo López Aranda.(Edición de Julio Enrique Checa)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2006. (Serie: Premios Lope de Vega, nº 6). 367 págs.

Llega a nuestras manos una nueva entrega de la serie de los Premios Lope de Vega, en este caso el volumen 6, con edición de Julio Enrique Checa, profesor e investigador de la Universidad Carlos III y docente de la RESAD, que presentaba no hace mucho, con Eduardo Pérez-Rasilla, un interesante estudio sobre la historia y el desarrollo del Premio. Un trabajo publicado por esta casa, que en fechas recientes recibía el Premio “Leandro Fernández de Moratín” para estudios teatrales, que cada año otorga la Asociación de Directores de Escena de España.

Se presentan en este volumen tres textos vinculados a una época especialmente convulsa en la historia del Lope de Vega, la que va de 1961 a 1966. Después de varios avatares padecidos a finales de los cincuenta, el Premio vive una singular peripecia en 1961, se declara desierto en cuatro ocasiones y sólo la edición de 1963 se desarrolla con normalidad. Son años especialmente difíciles para la Dictadura de Francisco Franco, como nos recuerda Gregorio Torres Nebrera en la excelente introducción que acompaña el volumen quinto de la Historia y antología del teatro español de posguerra, editado por Fundamentos bajo el sello de Espiral. Los tres textos también constituyen una muestra significativa de la situación en que se encontraba la literatura dramática española, y por extensión el teatro, en un decenio en que se iniciarán tantas transformaciones y en el que en el horizonte aparecen otros paradigmas para la expresión artística y para la creación dramática y/o teatral. Hay que recordar cómo en 1961 la editorial Seix Barral publicaba Tiempo de silencio, la novela magnífica de Luís Martín Santos, una obra que marcaba una ruptura con el relato realista que dominaba las letras españolas y que mostraba nuevos caminos en la elección y el tratamiento de la materia literaria, una dirección que pronto se dejará sentir en el ámbito de la creación dramática.

Hablamos de un tiempo, de silencio, en el que sin embargo había autores que intentaban mostrar, con denuncias directas o con alegorías veladas, la situación social, cultural, económica o política de la España de la paz y el progreso que ensalzaban los afectos y los adictos a la Dictadura.

Los tres textos que ahora presentamos participan, en mayor o menor medida, de esa filiación realista, incluso socialrealista, con la que se caracteriza una parte de la escritura dramática que se presenta y/o publica en España en los cincuenta, los sesenta y los setenta. Todos muestran una realidad conflictiva en la que la tensión dramática deriva sea de conflictos con la autoridad sea de la situación y las perspectivas vitales de gentes atrapadas en una sociedad detenida. Otra cosa es la mayor o menor dimensión crítica que los autores hayan decidido trasladar a su texto, o la forma de hacerlo. En unos casos esa dimensión se muestra de forma implícita, como en Noches de San Juan, y en otros de forma tanto explícita como implícita, como ocurre en Diálogos de la herejía o Epitafio para un soñador.

En nuestra opinión, en el primero de los textos, obra de Ricardo López Aranda, accésit en 1963, la propia peripecia de los personajes, que tanto nos recuerdan escenas similares en obras de Antonio Buero Vallejo o de Arthur Miller, ya constituye una denuncia de la situación de falta de horizontes y expectativas que afectó a varias generaciones de compatriotas. Los acerados contrastes entre el tiempo de fiesta y sus promesas de amor y felicidad y la tonalidad gris que inunda el presente, el pasado y el futuro de los personajes bastan para ofrecer una imagen sumamente negativa de los primeros sesenta. La acción se sitúa en dos momentos del año en que se prendían hogueras, con la llegada del verano y con la llegada del otoño, y se ubica en el exterior y el interior de una casa de las afueras de una ciudad, por la que transitan jóvenes y adultos, lo que da lugar a diversas escenas simultáneas, y en diferentes planos, a contrapuntos permanentes que sirven para acentuar los contrastes entre el tiempo vivaz de la fiesta y el tiempo mucho más demorado del fracaso.

Más allá de los valores literarios del texto, se trata de una obra sumamente interesante para analizar el juego escénico que se produce cuando en una determinada escena confluyen acciones independientes y simultáneas y en las que se suceden entradas y salidas de personajes. Su lectura nos obliga a una recuperación permanente de nombres y de asociaciones entre grupos, al tiempo que nos exige precisar las diferentes líneas de acción que se inician e interrumpen de forma constante, vinculándolas a personajes y conflictos.

Epitafio para un soñador, escrita por Adolfo Prego de Oliver y ganadora en 1963 del Lope de Vega, plantea un problema que afectó en los años cincuenta y sesenta a no pocas comarcas de todo el territorio español. La construcción de embalses no siempre se realizó atendiendo a criterios racionales y de conservación medioambiental y así se anegaron valles tan hermosos y productivos como el de Castrelo do Miño, en Ourense, ciudad de donde era natural el periodista, crítico y dramaturgo en cuestión. Aquellas situaciones de desamparo de la colectividad frente al poder político, militar y empresarial desatarían pequeñas revueltas populares que normalmente se acallaron a fuerza de traiciones, delaciones, represión, cárcel y multas ejemplares. De todo ello se trata en este texto en el que, con todo, se deja sentir el peso de las medias tintas, aquellas lecturas de la realidad en la que los artistas no se situaban al lado del régimen, pero tampoco en contra. Ricardo, protagonista principal del conflicto entre el poder dominante y los subyugados, acepta ponerse al lado de éstos para encabezar una protesta que quiere ser contundente, y entonces la violencia se desata de forma indiscriminada e irracional. Pero las aguas vuelven a su cauce, los dominados aceptan de buen grado las condiciones de desalojo que antes les parecían inaceptables y Ricardo, como si se tratase de otro enemigo del pueblo, es ajusticiado por aquellos a los que se había comprometido a defender.

El texto, escrito en clave naturalista, con claras reminiscencias del género del western, admite muchas lecturas. Entre ellas cabría considerar aquella que propone respeto por la ley y el orden, que condena las revoluciones, pues siempre acaban mal, y que crítica determinados excesos de personas que se sitúen en la periferia del poder siendo parte del mismo. Un ejemplo de crítica constructiva, dentro del orden de lo permitido, pese a que su autor recibió no pocas reprimendas públicas por las temáticas tratadas. Resulta particularmente interesante para analizar los diversos mensajes que cada texto puede contener, así como las contradicciones que puedan darse entre unos y otros, sin olvidar el estudio de las estrategias con las que cada texto conecta su realidad ficcional con la realidad inmediata de sus lectores o lectoras.

Finalmente nos llega el texto premiado en 1961, Diálogos de la herejía, que luego sería desposeído del galardón, dado que el Jurado, en una segunda reunión, decidió declararlo desierto, seguramente por la visión que ofrecía de la España Imperial que reivindicaba una y otra vez el Régimen dictatorial franquista. Ese hecho sería una de las razones que llevó a su autor, Agustín Gómez-Arcos, a abandonar España e instalarse primero en Inglaterra y después en Francia, donde iniciaría una nueva carrera como escritor en lengua francesa, asuntos de los que informa Julio Enrique Checa en la pertinente introducción. Con todo, jamás dejaría de escribir en castellano, e incluso de revisar sus obras, como la que ahora presentamos, que conoció las ediciones que realiza Primer Acto en 1964 o Fundamentos en 2002. En efecto, el texto que nos ofrece Julio Enrique Checa parte de una copia mecanografiada por el propio autor en 1982 y contiene algunas divergencias en relación a la versión original, que tampoco es la editada en 1964.

En cualquier caso, la peripecia del texto y de sus versiones no impiden llegar a la esencia de una obra que nos muestra algunos de los aspectos más destacados de los conflictos entre el dogma de la Iglesia Católica, mantenido durante siglos por la Inquisición, y los diversos grupos de heterodoxos que en muchos casos acabaron en la hoguera acusados de herejía. Tampoco faltaron conflictos entre la Iglesia, los heterodoxos y los buscavidas que aparentaban trances, iluminaciones, curaciones y otras menudencias para sacar el mayor provecho de cada situación o para vivir del cuento. Esta última es la propuesta que nos presenta Gómez-Arcos, al recrear el revuelo que crea en una pequeña aldea, sometida a la nobleza y al clero, la llegada de un supuesto santo varón. La aldea habitada por mujeres, viudas de soldados que batallan en ultramar para colonizar las Américas para mayor gloria de Dios y para regalía del Rey de España, es un hervidero de tensiones y pasiones. Angustias, continencias, pulsiones y sudores que también afectan a Doña Tristeza de Arcos, la hidalga dueña de todo cuanto abarca la vista en leguas a la redonda, con palacio en la corte y esposa paciente y atormentada. Una mujer casta y fiel, pero, como sabremos en su momento, fatalmente abandonada por un marido que, por servir al Rey, gobierna un virreinato en compañía de su nueva esposa, una nativa de la nobleza local.

La llegada del peregrino iluminado, protegido de la abadesa local y conducido por su maestra de ceremonias, la Madre Asunta, provoca el delirio en la población femenina, pero sobre todo en la hidalga, que espera obtener del santo varón aquello que esperaba recibir de su marido en un matrimonio fallido, pues jamás llegó a consumarse. Y así llegamos a una inmaculada concepción, por medio de la cual el peregrino convierte a Doña Tristeza en madre pura y virginal, lo que provoca, tras algunas idas y venidas, la intervención del tribunal de la Inquisición y la previsible condena de los herejes. La acción es un puro delirio en el que las pasiones, reprimidas o desatadas, afloran con cada gesto y con cada palabra, pero igualmente delirante es el comportamiento de los personajes, cada uno habitante de un mundo cerrado y sin conexión alguna con la realidad objetiva. Tan solo un personaje, la tercera de las mujeres, parece, dentro de su desoladora desesperanza, mantener un cierto grado de cordura. Como en los celebrados martirologios de Roswita de Gardersheim, este texto propone muy diversas lecturas, pero la que más puede interesar, en mi opinión, es aquella que entiende el conflicto como un delirio de cuerpos y mentes encendidas por la pasión y el deseo, y por los diversos mecanismos de sublimación a que puede conducir la represión y la negación del deseo. Es bien difícil ver en Doña Tristeza de Arcos un símbolo de la libertad, de la rebelión o del amor, pues como mucho vendría a ser una víctima más de una sociedad reprimida y represora, dominada por el dogma, la tradición y el poder masculino. Y como telón de fondo, la visión crítica de determinados períodos de la Historia de España, de la Iglesia y de algunas de sus instituciones más funestas como la Inquisición, sin olvidar la denuncia del fanatismo de unos y otros y de la fe que lo sustenta: el fanatismo de los que la defienden y el de los que se iluminan con ella. Un texto tan delirante, en boca de sus personajes, como fascinante, en sus posibilidades analíticas o escénicas. Un lujo que la crítica teatral en su día consideró falto de interés y trasnochado.

Estamos entonces ante tres textos muy diferentes pero interesantes por razones diversas, desde las literarias a las didácticas, que nos llegan convenientemente presentados y editados y que, como se dijo, van acompañados de una documentada introducción con abundantes argumentos en torno a sus autores, a su otra obra y a la suerte escénica de los textos editados.

Manuel F. Vieites

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