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Reseñas de libros

Lucha a muerte del zorro y el tigre. (Premio Lázaro Carreter, 2006)

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Autor del libro: Alfonso Plou.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2006. (Serie: Literatura dramática iberoamericana, nº 48). 134 págs.

“Singular, compleja, ambiciosa”, califica Juan Antonio Hormigón a esta obra de Alfonso Plou en su presentación. Y Guillermo Heras, en su excelente prólogo, subraya la “valentía, honestidad y capacidad artística” de la apuesta “a contracorriente” realizada por el autor.

En efecto, este excelente texto corre el riesgo de verse sepultado por el carácter inusual, insólito, atípico de su planteamiento. Nada menos que la dramatización del complejo juego de tramas conspirativas que se dieron a comienzos de los años 70 en torno a la defenestración y muerte del Vicepresidente del Partido Comunista de la República Popular China, Lin Piao - “el tigre”- a manos de Mao Tse-tung -“el zorro”- y sus partidarios.

Si sorprendente es que un autor español utilice este asunto en el año 2006 -la verdad, en cualquier año- como materia prima de una pieza dramática, tanto o más lo es el tratamiento textual que le aplica. Para escenificar un complicado juego de intereses y luchas por el poder protagonizado por personajes históricos, trufado de traiciones y corrupciones varias, Alfonso Plou elige una estructura de pequeñas unidades escénicas, enlazadas por acertadas elipsis, y un texto basado en frases muy cortas y réplicas concisas en el que se combinan con acierto el estilo propio de la traducción habitual al español de la literatura política de inspiración maoísta y lo que nuestro imaginario colectivo considera propio de la expresión poética oriental.

De esta forma, en “Lucha a muerte del zorro y el tigre” -versión resumida del texto extenso e “in extenso” elegido por el autor: “Lin o la desconocida pero significativa historia de la conspiración y muerte de Lin Piao, Mariscal de China y sucesor oficial de Mao Tse-tung”- se dan cita como referentes -nunca como mera parodia o sucedáneo- los ecos de determinadas obras de Peter Weiss, Bertold Brecht y, como acertadamente señala Guillermo Heras en el prólogo citado, hasta de las piezas de Shakespeare que abordan conflictos por el poder. Unos referentes nuevamente a contracorriente de lo que suele admitir en este momento -la verdad, casi en cualquier momento- el mercado teatral español.

Pero, insisto, la naturaleza excepcional que se deriva del tema, del tratamiento dramático y de los referentes teatrales de esta obra corre el riesgo de ocultar lo esencial: que es un texto de una calidad también excepcional, tanto desde el punto de vista literario como escénico.

En lo literario, porque Plou acierta al elaborar su cuidadosa mezcla de terminología maoísta y expresiones líricas, hasta lograr que la primera termine por “sonar” poética y que las segundas acaben por encerrar un doble sentido estético y político. En lo escénico, porque la estructura elegida le permite dar lugar a una obra -perdón por la redundancia- “escenificable”. Ciertamente, no por cualquier institución o empresa, como bien advierte Guillermo Heras, pero sí por un buen número de ellas, porque el desarrollo realizado por el autor genera una pieza de duración estándar, con un número de personajes asumible y que permite que varios puedan ser encarnados por un único intérprete, y en la que un estudiado conjunto de recursos escenográficos puede solventar con inteligencia el elevado número de espacios y el adecuado ritmo de sucesión de las breves unidades escénicas.

Más difícil se antoja el propio trabajo de interpretación, tanto individual como coral, que se deriva de un texto muy exigente y preciso, y en el que un error o diferencia de tono puede convertir una frase bella e intencionada en un mero pastiche.

Para completar el racimo de rasgos insólitos que se producen en torno a este texto, conviene subrayar que ha recibido el Premio Internacional de Literatura Dramática Lázaro Carreter 2006, instituido por el Centro Dramático de Aragón, lo que obliga, a su vez, a subrayar el acierto y la osadía del jurado que así lo ha acordado.

Como agradecimiento merece el apoyo que Eva Almunia, Consejera de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno Aragonés, ofrece a esta obra y al teatro de esa Comunidad Autónoma en su breve y honesta introducción a esta edición. Hay que aplaudir sin reservas que defina en ella al teatro aragonés, con plena corrección, como “el que hace la gente del sector de las artes escénicas de Aragón” y que asuma que, por ello, “es necesario que los poderes públicos velen por su buen estado”. Todo un ejemplo de compromiso político que nos gustaría ver reproducido en otras latitudes.

Más criticable es que caiga en la tentación de apuntar que un teatro “netamente aragonés” exija “propuestas escénicas que reflejen la visión que del mundo tenemos a través de nuestro prisma”. El texto que con tanta valentía ha premiado el Centro Dramático de Aragón, que ella misma preside, expresa una visión universal, progresista y contemporánea de la lucha por el poder político, ajena a cualquier punto de vista localista. Si considera que la ausencia de este último elemento es una laguna, malo. Por el contrario, si tal es el “prisma” propio al que alude, entonces bienvenido sea.

 Alberto Fernández Torres

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