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Reseñas de libros

Misterio y Festival

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Autor del libro: Francisco Nieva.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2005. (Serie: Literatura dramática iberoamericana, nº 42). 248 págs.

Siempre es una magnífica noticia que se encuentren dos líneas de calidad. En este caso, Francisco Nieva y el sello editorial de la Asociación de Directores de Escena de España, que viene manteniendo una coherencia e interés que han marcado todas sus colecciones. Desde 1971, fecha en la que el autor publica su primera obra, Es bueno no tener cabeza, en las páginas de Primer Acto, Nieva se ha convertido en un nombre insoslayable del teatro español, tanto por su singularidad como por la calidad de sus textos. Pronto, obras como Pelo de Tormenta, Coronada y el toro, las recogidas en Teatro furioso y Teatro de farsa y calamidad, etc., le convierten en uno de los referentes más originales y arriesgados de la escena española. Ha de recordarse que su teatro fue acogido con sorpresa inicial, con recelo muchas veces, pero que siempre gozó del aprecio de los críticos más abiertos a las novedades. Curiosamente, Nieva se vería pronto estudiado como un clásico por las aulas universitarias españolas y extranjeras. Hasta el punto de que, en algún momento de su trayectoria, sus éxitos académicos superaron a los del público. Desde el principio se le vio como una recuperación de lo mejor del teatro español del siglo XX: la lección de dramaturgia que se encerraba en la obra de Valle-Inclán. Para la crítica especializada, Nieva se convirtió, pues, en el heredero de una línea estética que no debería haberse truncado, con el barroco al fondo.

Nieva, que es un inteligente analista de su propia obra y de su lugar en la historia del teatro español, ha elaborado sabiamente su concepto de postmodernidad, en la que subyace, como sabio elemento nutritivo, este fondo que está directamente implicado en Valle, pero que también bebe con anhelo y distanciamiento inteligentes de toda la vanguardia española y se remonta a la estética barroca de Calderón, de Quevedo, de la picaresca, etc. Todo ello sin renunciar a las formas más novedosas del teatro contemporáneo europeo que tuvo la suerte de conocer de primera mano en ocasiones: Artaud, Brecht, Beckett, Ionesco... De la mezcla explosiva de todas estas fuentes de inspiración han nacido las obras más interesantes de Nieva. Sin embargo, la lista no estaría completa sin hacer mención de algo que le obsesiona desde hace tiempo al autor y a lo que ha dedicado páginas de estudio en volúmenes y artículos de prensa periódica, además de varios textos de creación. Me refiero al impacto que recibe, posiblemente también a partir de Valle, de los géneros menores. Es conocido su aprecio por el teatro menor español, esas piececitas que ayudan a vertebrar la función desde el inicio de nuestro teatro moderno en el siglo XVI, es decir, desde Lope de Rueda, y que llegan sin decaer hasta el siglo XX, en que la simplificación del espectáculo teatral ha venido a desgastar en gran medida su finalidad escénica sin conseguir su desaparición definitiva, como demuestra la moda del monólogo o de la función de piezas, pero sí reduciendo notablemente su número y presencia en los escenarios. Lo curioso de Nieva es que, nutriéndose sobre todo del teatro menor de la vanguardia, no ha renunciado a la tradición, incluso contradictoria estéticamente en inicio, integrando en su propia dramaturgia elementos que por igual provienen de los géneros menores del barroco, hallazgos del sainete del siglo XVIII y situaciones propias de las piezas, juguetes y divertimentos del siglo XIX. Esta capacidad de integración, eco viejo del barroco, es parte de lo que los teóricos modernos han definido como estética postmoderna de la que es claro exponente Nieva. En este autor los géneros menores tradicionales adquieren, a través de la parodia y la voluntad de estilo (vienen a ser igual ambos términos), nuevas fronteras que son el sello más patente de la originalidad.

Es en esta última línea de géneros menores en la que se inscriben los textos recogidos en esta teatralogía satírica titulada Misterio y Festival. En ellos no encontrará el lector o espectador habitual de Nieva nada distinto a lo conocido, pero tampoco encontrará nada que le defraude. Para el que le desconozca, puede ser un buen lugar de iniciación. El autor, en el Prefacio, manifiesta su miedo al amaneramiento o estancamiento de estilo puesto que sabe que estas nuevas obras coinciden con la línea abierta en La Carroza de plomo candente o en El combate de Ópalos y Tasía. También, sin duda, por el hecho de que estas producciones partan del hallazgo mítico de su novela El viaje a Pantaélica. No caben para este volumen ninguno de estos miedos, puesto que se trata de adentrarse en el mundo propio creado por Nieva con rigurosa fidelidad a sí mismo. Hubo un tiempo en que los autores (se) mataban por la novedad, otro por el estilo. En estas piezas, Nieva, siendo fiel a su estilo más significado, profundiza en aspectos de ese mundo propio, construido a partir de torrenteras de diferentes orígenes (por igual lo biográfico y lo leído, lo soñado y lo real) y cristalizado en un espacio sin dimensiones y sin tiempo que le permiten ir buscando aspectos nuevos. No creo que Nieva pretenda que un espectador se siente a ver toda su producción seguida ni un lector a leer toda su obra dramática de un tirón. No hay ningún escritor que resista esta prueba. Nieva tampoco, pero eso sería, en su caso, más fruto del cansancio lógico producto del hartazgo que del amaneramiento del estilo.

Todos los textos parten de un mismo mundo mítico, el de Pantaélica y en todos ellos encontraremos las mismas claves: espacio y tiempo distorsionados en una óptica que permite la fusión en un presente atemporal y mítico; personajes tratados con fórmulas que proceden del mejor Quevedo pasado por el esperpento de Valle y que los animalizan o cosifican pero siempre los des-realizan para que se vea, precisamente sus lados más reales, más concretos, a través de la hipérbole; sátira de las fórmulas sociales sometidas con frecuencia al juego de la inversión; procedimientos dramáticos propios de la farsa barroca por los cuales podemos tener en un mismo plano elementos procedentes de mundos dispares y hasta opuestos; fusión de surrealismo, absurdo y expresionismo realista; óptica paródica extremada. Todo ello envuelto con una de las armas más presentes en el estilo de Nieva, el uso de la lengua en el que conviven por igual la retórica más cultista y preciosista con el coloquialismo más al uso y vulgar en diferentes épocas históricas, incluido el presente. En este lenguaje típico y arriesgado de Nieva está una de las claves de su personalidad como escritor. Sustentándose en el barroco -de nuevo, Quevedo-, Valle, Ramón, pero también en el teatro poético o en el lírico, Nieva ha labrado un estilo reconocible. Como se verá, nada de lo dicho es nuevo, pero tampoco viejo.

En el volumen se publican dos bloques de textos. El primero y más extenso es Misterio y festival, cuatro piezas pertenecientes a esos géneros menores de los que hablábamos: La visita del catecúmeno, En casa de Timoleón, el antiguo, Las tinieblas de Egipto y Día de capuchinos. Todas ellas están protagonizadas por el mismo personaje, Cambricio de Santiago, joven rico con ansias de experimentar y conocer, sobre todo a través de los placeres, que por su falta de principios éticos sólidos y su capacidad de encontrarse siempre en el lugar menos conveniente se ve enfrentado así a la sociedad bienpensante, plagada de principios anquilosados y hasta contradictorios e infectada por la hipocresía. Asistimos en las cuatro a diferentes niveles de este enfrentamiento basado en la exageración de rasgos, la caricatura, el buscar el punto extremo y la desconexión lógica. En la primera de las piezas, se introduce Nieva en el género del terror a partir de alguna de sus claves más manidas: la irrupción inesperada e inquietante de dos muertos en la vida, ya de por sí alucinada, de Cambricio. Es quizá la obra menos lograda del volumen, puesto que la primera parte (hasta el descubrimiento de la condición de muertos de los visitantes) resulta algo dispersa y larga. En la parte final, la obra adquiere un tono lucianesco de gran vigor dramático. La “tragedia didáctica”, como la define el autor, En casa de Timoleón, el antiguo, es una distorsión paródica de la tragedia griega en la que se invierte el valor de la herencia de la antigüedad a través de su enfrentamiento con los valores democráticos. La muerte de Timoleón y el personaje de Armadijo son dos grandes logros escénicos. Las Tinieblas de Egipto, tormenta de salón es la mejor de la tetralogía, la más arriesgada y crítica y a su vez la que más profundiza en una de las claves del mundo mítico de Nieva, el personaje de “la madre cenagosa”, representada aquí por la reliquia católica de las tinieblas de Egipto que resultan ser una peculiar Nefertiti. En ella se acelera y caotiza el espacio-tiempo para enfrentar a un descreído Cambricio con la sociedad hipócrita y cotilla reunida en lugares típicos como salones y palcos de teatro. Día de capuchinos, delirio romántico es una alucinada y divertida pieza en la que unos frailes capuchinos habitan en los techos de un palacio y confeccionan vestidos de alta costura a las momias de las familias pudientes, que llegan a arruinarse en este excesivo culto de la moda. Completan el cuadro un bandido que termina siendo el demonio seductor y una bailarina de boleros.

El segundo bloque corresponde a tres espléndidos Monólogos perversos publicados casi como apéndice pero que merecen ser tenidos en consideración puesto que superan en interés, a mi juicio, a las cuatro piezas anteriores: El muchacho perdido, una violenta presentación de la pulsión sexual y la hipocresía social; El dragón líquido, el mejor y más difícil de ellos, en el que a través de la seducción de la palabra se profundiza en el viejo mito de la doncella y el agua;  y Monólogo sin hueso, con la alucinada confusión de tiempos, y que debe considerarse como una interesante propuesta de ejercicio actoral.

Precede a las obras una adecuada introducción de Juan Antonio Hormigón informando del proceso de edición del libro. Se incluyen también dos textos aclaratorios de Nieva: un Prefacio a la tetralogía y una Nota a los monólogos, en los que, como es habitual en el autor, se subraya su propia visión de las obras y se da cuenta de algunas particularidades del proceso de escritura.

Buena oportunidad de profundizar en el conocimiento de Francisco Nieva o de iniciarse en su lectura. Feliz encuentro entre las Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena y uno de los mejores dramaturgos contemporáneos.

Pedro Ojeda

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