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Reseñas de libros

Tango

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Autor del libro: Slawomir Mrozek. (Traducción de Jaroslaw Bielski. Introducción de Maria Debicz)
Madrid: Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España, 2004. (Serie: Literatura dramática, nº 65). 163 págs.

Hoy día, y desde hace años, es difícil ver una obra de Mrozek en los escenarios españoles. Si no me es infiel la memoria, la última fue precisamente Tango, dirigida por Jaroslaw Bielski, el responsable de la traducción y edición que comentamos.

No fue siempre así. Mrozek fue un autor imprescindible en los años 60 y 70, y no sólo en España, sino dentro del contexto del teatro europeo. Como nos recuerda María Debicz, citando al propio autor, “cuando [en 1965] Erwin Axer dirigió en Dusseldorf Tango, fue un éxito tan grande que de una tacada abrió ante mí la conquista de la mayoría de los teatros extranjeros de una cierta importancia” [p. 11].

Este éxito se repitió en 1974, con Los emigrantes, cuyo estreno mundial tuvo lugar en el Theatre d’Orsay de París (Slawomir Mrozek llevaba varios años viviendo en dicha ciudad), y que a partir de dicha fecha se representó en casi todo el mundo, incluida España, donde incluso se vio en televisión cuando ésta emitía programas dramáticos. Yo recuerdo haberla visto, hace muchos años, con José María Rodero en uno de los papeles protagonistas, el emigrante económico, el obrero que ha llegado a la opulenta Europa para hacer dinero.

Este éxito internacional y este conocimiento del público español de hace unas décadas contrastan con la situación actual de práctico olvido. Y es una lástima, porque las obras de Mrozek son un hito fundamental dentro del teatro europeo del siglo XX, en ese preciso momento en que el “teatro del absurdo” derivaba hacia una poética que, sin renunciar a la libertad de formas conseguida, incorporaba elementos del realismo más tradicional y una carga crítica hasta entonces limitada a la rama brechtiana del teatro contemporáneo. Y es precisamente esta combinación de libertad constructiva y fondo crítico lo que da un carácter a la dramaturgia de Mrozek y hace que sus obras sean de una actualidad desconcertante.

Dejando a un lado Los emigrantes, cuya situación no puede ser más actual -y no tiene visos de dejar de serlo en muchos años- esta comedia que hoy comentamos es un buen ejemplo de ello. La superficie nos ofrece un mundo absurdo típico del teatro de Ionesco o de Arrabal, con sus juegos de lenguaje, sus convenciones teatrales y sociales vueltas del revés y convertidas en normas de un mundo desconcertante, Tango es, en realidad, la radiografía del estado moral de la Europa de los años 60, aquélla en que todavía no se habían producido las revueltas del 68 y donde todavía se vivía en toda su virulencia la guerra fría sobre las cicatrices de la II Guerra Mundial.

Stomil y Eleonor, los padres, son el retrato (deformado por espejos cóncavos) de una generación que quiso fundar un nuevo mundo sobre la destrucción de todas las normas anteriores y se vio abocado al fracaso más estrepitoso. Frente a ellos se alza Arturo, el hijo que pide orden, la vuelta de la antigua seguridad, de las jerarquías descabaladas por sus mayores. Alrededor de ellos la generación de los abuelos, Eugenia y Eugenio, Ada, la prima y novia de Arturo, y el criado Edek que, de ser considerado un cero a la izquierda, termina siendo el asesino de Arturo y convirtiéndose en el dueño de la situación. Con todos estos elementos va creando Mrozek una fábula llena de incidentes, golpes de efecto y sorpresas del mejor estilo cómico que, en el fondo, van dibujando una amarga historia pautada por la música de La cumparsita, el tango por excelencia.

Publicar Tango es un acierto. Uno más de los muchos que ya lleva atesorados la ADE en sus colecciones, gracias a las cuales se ponen a disposición del público lector (y esperamos que alguna vez a disposición del espectador) obras fundamentales de la dramaturgia española y universal que habían desaparecido de las librerías. Tango, además, está excelentemente traducida. No es posible encontrar en la versión de Jaroslaw Bielski ni rastro de esos dejes “de traductor” que aparecen a menudo en las obras vertidas al castellano. La traducción de Bielski está hecha en un castellano preciso, transparente. Y suena bien para ser dicho en escena, no con el engolamiento literario que no pocas veces encontramos. Otro acierto que hay que añadir a la oportunidad de la publicación.

 Fernando Doménech

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