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Reseñas de libros

Un teatro necesario. Escritos sobre el teatro

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Autor del libro: Adolfo Marsillach. (Edición de Juan Antonio Hormigón)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2003. ( Serie: Teoría y práctica del teatro, nº 20). 760 págs.

Se publican ahora, después de una laboriosa tarea de recopilación  de materiales, estos escritos sobre teatro de Adolfo Marsillach. La ADE se ha hecho cargo de la tarea en colaboración con la Fundación AISGE y el CDN. Juan Antonio Hormigón se responsabiliza de una edición en la que colaboran además Juan Lorente, Carlos Rodríguez y Blanca Baltés. Como ya se hiciera con otros ilustres directores de escena, pertenecientes a la Asociación y con una trayectoria profesional relevante, tales como José Luis Alonso Mañes o Fabià Puigserver, se ha pretendido no sólo un homenaje a la persona de un ilustre director fallecido, sino también, o quizás ante todo, preservar su memoria. Un país tan reacio a ejercitar esta facultad, en el que hasta sus gobernantes califican despectivamente de vuelta al pasado cualquier reflexión histórica o cualquier exigencia de responsabilidades, necesita, más que otros, estas afirmaciones explícitas de su propia tradición intelectual. Han sido demasiadas las empresas truncadas por el olvido, la desidia o la represión como para que podamos permitirnos el despilfarro de arrojar por la borda nuestra herencia cultural. De ahí la actitud militante que parece adoptar la ADE ante lo que representa el acervo teatral, máxime si éste se relaciona directamente con la propia existencia de la Asociación. 

Un teatro necesario recoge abundantes y dispares textos escritos por Adolfo Marsillach, desperdigados hasta ahora en publicaciones diversas o sencillamente inéditos. Notas de dirección o comentarios personales, escritos para programas de mano, artículos publicados en la prensa (ABC, donde colaboró con asiduidad durante sus últimos años, Interviú, etc.), colaboraciones para revistas especializadas (Primer acto, donde colaboró en fechas muy tempranas, o ADE-Teatro), entrevistas concedidas a distintos medios, conferencias e intervenciones en congresos, fragmentos de sus memorias (Tan lejos, tan cerca), etc., se aprietan a lo largo de estas setecientas sesenta páginas, que incluyen también un prolijo índice onomástico y de títulos.  Nos encontramos así ante una muy amplia producción escrita por un director, actor, dramaturgo, guionista y gestor teatral que no dejó una obra teórica sistemática -si excluimos las voluminosas memorias, que constituyen una aguda revisión personal de su trayectoria, pero no estrictamente un tratado sobre el arte escénico, aunque no falten los comentarios sobre el trabajo del director o la labor del actor- en la que formule los principios de su quehacer profesional, pero sí ha dejado esta gavilla de reflexiones a través de las cuales el lector podrá conocer su manera de entender el teatro. El genio de Marsillach, parece más inclinado a lo diverso y a lo plural que a la ordenación uniforme de sus ideas.

El libro comienza con una semblanza muy personal de Marsillach, trazada por Juan Antonio Hormigón, titulada “El laberinto del recuerdo”, en la que recorre, con estilo entrañable, algunos hitos de la relación de amistad que ambos mantuvieron a lo largo de muchos años. No oculta Hormigón la admiración que sintió siempre hacia el personaje recordado, ni pretende  tampoco obviar la simpatía que se profesaron mutuamente ni la complicidad que habitualmente consiguieron. Nada de esto impide, sin embargo, que se aporten algunas informaciones que amplían nuestro conocimiento del personaje y también algunas circunstancias precisas relativas a la historia del teatro español reciente.

Sigue a esta semblanza una rigurosa cronología, teatro-grafía y filmografía, (se añade al final del libro otra teatro-grafía que incluye las fichas completas de los espectáculos en los que intervino) y, a continuación figuran los materiales del propio Marsillach, ordenados en trece capítulos, titulados “En primera persona“, “Sentido del teatro“, “En torno a los clásicos“, “El arte del director de escena“, “El oficio del actor“, “Compañeros y amigos“, “Notas de dirección“, “Memoria del teatro“, “Sobre la ADE“, “Cine y televisión”, “Comentarios dispares”, “Las cartas locas y otros recuerdos” y “Viajes y conmemoraciones”.

Naturalmente no todos los capítulos -y dentro de ellos todos los trabajos- tienen la misma densidad, ni tampoco el mismo tono. Muchos de ellos constituyen comentarios humorísticos, habitualmente agudos, sobre cuestiones más o menos trascendentes o sobre personalidades públicas. Es bien conocido que Marsillach se mueve a gusto en el terreno de la sátira y en el de la polémica, como se refleja en muchas de las páginas de este libro, y alcanza momentos de brillantez en su escritura, impregnada siempre por la inteligencia y la ironía. Otros pasajes recogen recuerdos emocionados de personas o situaciones con las que se sintió su autor especialmente implicado y muestra así su faceta más entrañable. En muchos de estos textos, y en otros, advertimos el carácter de ejercicio de estilo, que revela al escritor profesional, o el gusto por el guiño y por el juego. Todos ellos contribuyen a dibujar un perfil del personaje, cuyo  confesado y singular escepticismo se combina con una no menos singular pasión por la vida y la creación estética, con un desenfadado epicureísmo pleno de humor o con su inequívoco compromiso, político y profesional, asumido en ocasiones desde posiciones muy personales. 

Pero interesan especialmente aquellos trabajos en los que, de una manera o de otra, se reflexiona sobre el hecho teatral. En ocasiones son apuntes precisos sobre un espectáculo; otras veces se plantean cuestiones de carácter general. Respecto a las primeras no es necesario llamar la atención sobre la muy abundante teatrografía de Marsillach, que abarca géneros y estilos muy diferentes, desde la alta comedia hasta el drama comprometido, desde los clásicos del XVII hasta los espectáculos construidos a partir de los textos de Valle-Inclán o de Peter Weiss, por no citar sino algunos ejemplos. Sus notas constituyen entonces un imprescindible testimonio de la historia de nuestro teatro reciente. Posiblemente, y dada su condición de fundador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y de director de la misma que más tiempo ha ejercido el cargo, sus ideas sobre el tratamiento moderno de los clásicos del siglo de Oro, expuestas de manera fragmentaria hasta el momento y recogidas ahora de forma sistemática en el volumen, de manera que pueden analizarse y confrontarse, configuran, en este aspecto, uno de los  capítulos más rotundos del libro.

Y si nos remitimos a los que podríamos calificar de consideraciones generales, constatamos en ellas la insistencia en una serie de ideas constitutivas del pensamiento de Marsillach en materia teatral. A veces nos sorprende con  opiniones tal vez provocativas o que, al menos, relativizan postulados generalmente admitidos. Por ejemplo, sus ideas críticas respecto a los actores españoles, a los que considera poco preparados, o su posición ante las escuelas de teatro, a las que no juzga imprescindibles para la formación de los actores, aunque tampoco las desdeñe. (En consecuencia, tampoco es partidario de exigir que los directores hayan pasado por ellas, lo que contrasta precisamente con esa exigencia de preparación y profesionalidad). Ciertamente esas ideas tienen siempre su contrapunto, por ejemplo, en el elogio hacia determinados actores, en la apología del oficio o en su insistencia respecto a la importancia de un trabajo planificado, riguroso y constante, lo que impide que sus apreciaciones se interpreten como un elogio a la improvisación o a la aventura irresponsable. Como buen polemista, expone en primer término las conclusiones más radicales de sus puntos de vista, para proceder después a los matices o a las excepciones.

También es recurrente su reticencia ante la crítica, aunque una cierta cautela lleve a Marsillach a dejar siempre abierta la posibilidad de una crítica útil, de la que él pueda aprender. Pero, en líneas generales, le resulta prepotente, arbitraria, desconocedora de los procesos de escenificación. Sin embargo, hombre leal a sus convicciones y a sus amistades, deja constancia de una salvedad que verbaliza en el elogio limpio y decidido a Enrique Centeno (págs. 629-30). Y, cuando habla de política teatral, se muestra precavido y reticente al tratar sobre las subvenciones al teatro por parte de los poderes públicos -quizás desde su condición de gestor y hombre político, que constituía también un segmento de su personalidad profesional-, asunto que argumenta con contundencia y con sutileza, a la vez, aunque sus opiniones desagradarán posiblemente a algunos.

Otras actitudes resultan sumamente lúcidas y estimulantes, y perfilan su pensamiento sobre la materia. Por ejemplo, las que muestran a Marsillach como un apasionado del teatro, como forma de comunicación estética y como oficio y modo de vida. Y, desde ahí, como un acérrimo defensor la tarea del director de escena, al que considera responsable de la positiva transformación del teatro español durante el siglo XX. Insiste Marsillach en el cambio radical que experimentó el teatro desde que el director de escena se hizo cargo del espectáculo y sustituyó al primer actor o primera actriz, que ordenaban el tráfico escénico. Parco en elogios respecto a sus contemporáneos, expresa con sencillez, pero de manera inequívoca, su reconocimiento a Luis Escobar, como uno de los padres de la dirección escénica en España, y también a Cayetano Luca de Tena, y a José Luis Alonso, después. Menciona también con respeto a sus precursores, Adrià Gual, Martínez Sierra, Rivas Cherif o Lorca.

Resulta singularmente interesante su discurso sobre el actor, terreno en el que se muestra muy crítico con los proceso psicologistas que conducen a la identificación emocional, tal como han postulado algunas versiones americanas del método. Y, en este aspecto, ha mantenido una posición coherente a lo largo de su dilatada trayectoria teatral. A algunos les llamará la atención constatar cómo ya en 1957, en un artículo publicado en Primer acto, explicaba: Cuando yo digo que un actor vive su papel, no quiero decir con Stanislavsky que lo siente, lo sufre y lo padece, sino que el público  es capaz de creerlo así. El actor está siempre por encima de lo que interpreta. (pág. 255).

No quiero terminar estas breves notas sin hacer referencia a algunas entrevistas singularmente precisas, como las realizadas por Moisés Pérez Coterillo (publicada en Reseña), Gonzalo Pérez de Olaguer (publicada en Yorick), José Luis Vicente Mosquete (recogida en El Público), Ana Munguía (publicada en El socialista), Carlos Rodríguez (editada en ADE-Teatro), o la mesa redonda, celebrada en la sede de la ADE en enero de 1999, y que había publicado ya la revista, en la que intervinieron Adolfo Marsillach, Juan Antonio Hormigón, Ignacio Amestoy, Carlos Rodríguez, Eduardo Vasco y Yolanda Pallín (y que transcribió esta última).

En conclusión, Un teatro necesario. Escritos sobre el teatro de Adolfo Marsillach se suma a la colección de libros, a veces misceláneos, otras monográficos, que recogen el pensamiento escénico de algunos de los principales directores españoles. Con su publicación la ADE cumple uno de sus más irrenunciables objetivos.

 Eduardo Pérez-Rasilla

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