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Reseñas de libros

Primavera inútil / Casandra o La llave sin puerta / Los años de prueba

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Autor del libro: María Luisa Algarra. (Edición de Luis de Tavira)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2003. (Serie: Literatura dramática iberoamericana, nº 40). 351 págs.

Dentro de la línea de recuperación de autoras dramáticas españolas iniciada por la ADE y el Instituto de la Mujer hace ya varios años, la publicación de estas tres obras de María Luisa Algarra suponen para el público español un hecho cercano al descubrimiento. Como ya ocurriera con algunos de los nombres rescatados anteriormente, entre los que podrían citarse a Carlota O'Neill y Luisa Carnés entre otras, esta edición constituye no sólo el regreso del exilio de María Luisa Algarra, casi medio siglo después de su muerte, sino la presencia insoslayable de una autora de enorme nivel literiodramático. Y aunque, según indica Luis de Tavira en su introducción, la mayor parte de la obra de María Luisa Algarra pueda inscribirse coherentemente en el contexto del teatro mexicano, que la acogió y reconoció como una de sus más relevantes dramaturgas, no está de más recordar que toda ella se presenta marcada por su experiencia personal, nutrida por sus orígenes y sus raíces ideológicas y literarias provenientes de la República española.

Nacida en Barcelona en 1916, María Luisa Algarra comenzó su carrera teatral en 1935, al ganar el Concurso de Teatro Universitario de Cataluña con su obra Judith, escrita en catalán y estrenada al año siguiente en el teatro Poliorama de la ciudad condal por la Compañía de Enrique Borrás. La guerra civil supuso para la escritora, recién licenciada en Derecho, una brecha en su actividad y la reafirmación de su militancia republicana, que la llevaría a huir a Francia tras la caída de Barcelona en 1939. Allí fue hecha prisionera, recluida en cárceles y en el campo de concentración de Vernet, de donde logró escapar y unirse a la resistencia francesa. A finales de 1942 consiguió asilo político en México, donde pronto se integraría en la primera línea de la vida cultural del país. Casada con el pintor y escenógrafo José Reyes Meza, desarrolló una intensa labor como escritora profesional, no sólo en teatro sino también en radio, televisión, cine y publicaciones de diversa índole, hasta su fallecimiento súbito acaecido en 1957, en circunstancias nunca definitivamente aclaradas.

Luis de Tavira ha realizado la edición de estos tres títulos, de los seis que configuran la obra dramática conocida de María Luisa Algarra. Ha escrito para ello una muy inspirada introducción en la que, además de explorar las características de las obras incluidas en este volumen, aborda su escritura desde la múltiple condición de exilio contenida en tantos sentidos en la autora.  Tavira incluye también un breve pero imprescindible itinerario por el teatro mexicano de la primera mitad del siglo XX. En sus realidades y su evolución encuentran buen acomodo los estrenos que de estas obras realizó María Luisa Algarra de 1944 a 1954.

La edición ha seguido  un orden cronológico, lo que permite entre otras cosas apreciar una suave e interesante modificación lingüística en los respectivos personajes, que evolucionan desde formas de habla más europeas a la incorporación de los usos y modismos del español mexicano. Pero tal influencia no se detiene en los ámbitos formales y puede detectarse también tanto en los temas como, por supuesto, en el retrato de la sociedad en la que se inscriben. Algarra es una escritora comprometida con sus tiempos y lugares, los de su memoria y su ahora cambiante. Ello convierte sus textos no sólo en un testimonio de su época sino en una constante reflexión sobre nuestra contemporaneidad.

La primera de las obras contenidas en este volumen es también la que supuso la presentación de María Luisa Algarra en México. Escrita probablemente en el paso del refugio francés al exilio mexicano, Primavera inútil es una obra coral, en la que es posible adivinar algunas experiencias autobiográficas de la autora. Se trata de una obra que, como señala Luis de Tavira, "implica [para Algarra] varias transiciones". La acción se sitúa en Francia, en los meses previos a la segunda guerra mundial y los primeros de su estallido, y presenta a un grupo de personas refugiadas en un castillo en ruinas, a la espera de conseguir un visado que les pueda conducir a América. Entre ellas destaca Irma, la única de todos con valor para enfrentarse a las adversidades. Su voluntad, su capacidad de renuncia y trabajo se dedicarán a Walter, otro de los jóvenes refugiados, vencido por la apatía y dominado por la voluntad de Max, el hombre que se hizo cargo de él cuando era niño y que lo ha educado. Irma lucha por cambiar su carácter y liberarlo de la férula de su acompañante, y llega incluso a renunciar al visado para quedarse con él y mantener su protección. Se tratará, como el título anuncia, de una "primavera inútil" ya que una vez empezada la guerra, Walter, dependiente ahora de Irma como antes de Max, se verá incapaz de afrontar su fragilidad vital y decidirá suicidarse. Eso abrirá la puerta para la partida de Irma.

Es éste un texto en el que, como es característica general de la dramaturgia de María Luisa Algarra, domina la construcción del diálogo sobre la acción, centrado especialmente en un debate de conciencia interior. Aquí el discurso ideológico se somete, en palabras de Tavira, "a la crisis de tensión radical entre la razón colectiva llevada al límite que supone la guerra, y la razón del destino existencial del sujeto individual que ha de enfrentar como dilema trágico las contradicciones de su situación".

Un discurso ideológico que está presente asimismo en Casandra o La llave sin puerta, sustentado en este caso por una estructura dramática más sólida y a la vez más clásica. Algarra ofrece una ilustración de la descomposición interna de una familia de la alta burguesía radicada "en cualquier ciudad industrial, de cualquier país, antes de estallar la revolución obrera. El tercer acto en plena revolución". Y lo hace valiéndose de un esquema de presentación-nudo-desenlace y un ambiente realista que encuentra su contrapunto en la dimensión mitológica del personaje de Juana, la joven que, como la sibila Casandra, es capaz de predecir el futuro y está condenada a que nadie la crea. Relegada por todos los miembros de su propia familia, enzarzados en sus intereses mezquinos y sus rencillas internas, Juana ve cernirse la catástrofe sobre ellos, pero será incapaz de modificar sus actitudes, culpable también ella de su propia indolencia. La autora construye un drama marcado por los determinantes sociológicos en el que la malvada clase burguesa, ciega para percibir las consecuencias de su explotación, se ve derrocada por la masa proletaria. Y aunque quizá los personajes no contengan la hondura psicológica del título anterior, la obra presenta momentos de una espléndida teatralidad que la sitúan sin duda entre las más relevantes de la producción teatral española del exilio.

Por último, Los años de prueba es, según expresa Tavira, "una obra plenamente mexicana, inscrita en la naciente corriente del nuevo realismo mexicano propugnado por Rodolfo Usigli". Algarra afronta de nuevo una obra coral, constituida en esta ocasión por un grupo de jóvenes dramaturgos y actores: "Se trata del drama de la formación del dramaturgo y los dilemas de su identidad artística, frente a las contradicciones de su formación humana". En ella se intuye de nuevo la cercanía de lo vivido, pero esta vez Algarra toma como clave un personaje masculino, al que dota de complejidad y contradicciones, rodeado por su grupo generacional, en el que lo personal y lo artístico se mezclan y enfrentan, se superponen y soslayan. Emilio y Diana, la pareja protagonista, vivirá ciertamente el tiempo del amor, de la creatividad, del desencuentro, en lo que ha de ser un momento decisivo en la configuración de sus vidas posteriores. Los años de prueba es sin duda el texto de mayor complejidad de los tres incluidos en el volumen, no sólo desde el punto de vista estructural sino también por lo que respecta a la construcción de los caracteres. Y es que, como advierte Luis de Tavira, "el drama ya no sucede en la superficie del diálogo, sino justamente en lo no dicho en lo dicho". Con él descubrimos a una Algarra plena de modernidad, en la que no es difícil percibir los aromas del neorrealismo, dotado aquí de una sutileza tanto para el planteamiento de situaciones, -incluso cuando no siempre encuentren su mejor resolución-, como para la construcción de acciones que impregnan de sentido la escena.

En suma, esta edición viene a establecer la sorprendente y ya imprescindible presencia entre nosotros de la obra de María Luisa Algarra, una obra llena de fuerza y rotundidad que reclama por derecho propio su lugar en la historia de nuestra literatura dramática.

Alejandro Alonso

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