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Reseñas de libros

Los días de los Turbín

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Autor del libro: Mijail A. Bulgákov. (Edición de Jorge Saura)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2002. (Serie: Literatura dramática, nº 59). 235 págs.

Para quienes estén especialmente interesados por las cuestiones relacionadas con la recepción de la obra dramática -es decir, con el cómo y por qué una determinada pieza es entendida y valorada de maneras diferentes en épocas y ámbitos diferentes-, la lectura de esta edición de Los días de los Turbín será una experiencia francamente estimulante.

Como se señala en la abundante, cuidada e imprescindible documentación que se incluye en el volumen -qué excelente trabajo del editor, Jorge Saura-, la obra fue escrita por Bulgákov a mediados de 1925 como adaptación teatral de La guardia blanca, una novela del propio autor, ambientada en el sangriento y confuso conflicto civil que asoló Ucrania en 1918-19, que había empezado a ser publicada por partes a comienzos de ese mismo año en la revista Rossía .

Conviene subrayar las fechas, pues indican que Bulgákov abordaba en ella sucesos militares, políticos y sociales que habían tenido lugar apenas seis años antes. En ellos, habían estado implicados el ejército contrarrevolucionario ruso, los nacionalistas ucranianos, el ejército alemán, el ejército bolchevique, destacamentos de cosacos y los Gobiernos de Francia e Italia. En menos de un año, la ciudad de Kiev, lugar en el que transcurre la acción, fue ocupada militarmente por unos u otros hasta cinco veces.

Así pues, el autor se enfrentaba a acontecimientos muy graves, muy cercanos en el tiempo y, en consecuencia, muy presentes en la memoria de la sociedad y, sobre todo, de la clase intelectual y política rusa de la época.

Bulgákov decidió narrarlos primero, y teatralizarlos después, desde el punto de vista de una familia de clase media alta, estrechamente vinculada al ejército “blanco”, es decir, al ejército contrarrevolucionario ruso. Y lo hizo evitando cuidadosamente la aplicación de un tratamiento maniqueo. Una audacia que contribuyó a que la pieza fuera acogida con extrema hostilidad, nutrida en ocasiones de un risible dogmatismo que debe ser también situado en su contexto, por buena parte de los sectores oficiales bolcheviques.

¿Por qué puede tener atractivo hoy la lectura de un texto tan apegado al momento en el que fue concebido y escrito? Desde luego, no por su análisis de unos determinados sucesos históricos. Incluso para un lector que posea una información sobre la Revolución bolchevique superior a la media, la lectura de La guardia blanca resulta en ocasiones particularmente trabajosa. Bulgákov no trata de hacer inteligibles los acontecimientos que se hallan en el sustrato de la novela. El lector de la época los conoce suficientemente, puesto que le son muy cercanos, y el autor, en consecuencia, los da por supuestos. Mucho más aún en la pieza teatral, puesto que ésta carece lógicamente narrador. En Los días de los Turbín, los hechos históricos son un ruido externo -en ocasiones, “strictu sensu”- del cual conocemos únicamente sus ecos eficaces: cómo influyen y cómo son interpretados por el pequeño grupo social y familiar que se debate en escena.

Pienso que es esto último lo que hace de Los días de Turbín unalectura actual. Con notable inteligencia, una fuerte economía de medios expresivos y recursos teatrales nada sofisticados, casi transparentes, Bulgákov consigue dramatizar cómo una crisis social y política perturba de manera radical la dinámica y las relaciones de un determinado colectivo, y hace asumir a sus miembros unas nuevas creencias y unas nuevas expectativas que contribuirán a hacer posible que ese conflicto se solucione en una determinada dirección.

Aun cuando no sea esencial para justificar la modernidad de esta pieza, los violentos conflictos nacionalistas, cada día menos lejanos, que salpican intermitentemente a la vieja Europa serían suficientes para considerar que las propuestas y reflexiones de Bulgákov no nos son del todo ajenas en la actualidad.

Para conseguir su propósito, el autor tuvo que adoptar una decisión o, si se prefiere, una solución específicamente teatral. Como él mismo explicó en 1927, durante una intervención realizada en medio de un debate público que se reproduce en este volumen, la vía más eficaz para teatralizar la victoria final de los bolcheviques era, paradójicamente, eliminarla del desarrollo de la acción dramática; en sus propias palabras, la mejor manera de hacer una buena obra de teatro sobre el conflicto “consistía en mostrar únicamente un choque: el de los guardias blancos con los petliurovianos (nacionalistas ucranianos) y nada más”. De alguna manera, el propio Alekséi Turbín lo refleja indirectamente en un breve parlamento hacia la mitad del primer acto, en el que expone su opinión sobre el conflicto, y vuelve a hacerlo en la arenga a los cadetes al comienzo del tercero.

Esta opción, que tantas censuras despertó entre los críticos oficiales, íntimamente desazonados por un texto en el que no sólo no se veían bolcheviques, sino ni tan siquiera mayordomos o criados, da a la pieza una fuerte tensión y permite dramatizar de manera convincente cómo el sucesivo descalabro de guardias blancos y petliurovianos va modificando las percepciones de los derrotados Turbín, hasta el punto de que la llegada final de los bolcheviques (“¡qué vienen los rojos!”, grita Myshlayévsky con sarcástica alarma), a los ecos lejanos de la Internacional, parecería haber sido convocada por su propia convicción colectiva de estar asistiendo “al epílogo de una época”.

Cosa diferente es que ese ruido de fondo que cataliza la acción dramática pueda ser inteligible para el lector sin la información que aportan la documentación y las notas explicativas añadidas al texto. Pero el hecho es que en este volumen lo están. Y, por lo que se refiere a una hipotética y seguramente improbable puesta en escena del mismo, no será éste el problema más grave que haya tenido que solventar una buena labor de dramaturgia.

Alberto Fernández Torres

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