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Reseñas de libros

Los Cuervos

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Autor del libro: Henry Becque. (Edición y traducción de Jaume Melendres)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2002. (Serie: Literatura dramática, nº 56). 191 págs.

Los cuervos es una de las dos obras imperecederas de Henry Becque. Tras ocho años de vagar de mano en mano y de teatro en teatro, el manuscrito recaló en los despachos de la Casa de Molière. Su estreno en la Comédie-Française, en 1882, fue valorado por sus contemporáneos como el inicio de una nueva edad dramática, la de un naturalismo exacerbado, aunque su reposición en el mismo escenario cien años después, a cargo de Jean-Pierre Vincent, descubrió a un Becque creador de hondura y capacidad evocadora no siempre reconocidas, tal como indica Jaume Melendres. Su prólogo, en efecto, nos adentra en la vida y obra de un gran desconocido que pasa por ser el autor teatral vivo o muerto que peor suerte ha corrido en su lucha por el éxito vital y profesional. No en vano recibió el título y los honores de “príncipe de la amargura”. Melendres nos adentra también de forma inmediata en la polémica generada en torno a Becque, un autor naturalista francamente denostado en determinados círculos, sometido al implacable juicio de un Strindberg que si bien le concede gran capacidad para trasladar la realidad al escenario, le niega cualquier habilidad expresiva.

En la misma línea estableció su juicio Louis Jouvet, como queda explicitado en otro documento incluido en el volumen y que por su interés y su momento histórico (1940) realza el valor del conjunto: aporta datos biográficos sumamente reveladores que a ningún lector dejarán indiferente, enjuicia globalmente la obra del autor, insertando Los cuervos en un contexto personal e histórico preciso y, por último, suscita una irresistible curiosidad al lector. Esto se debe precisamente a que Jouvet no desarrolla su análisis a partir de una admiración o inquietud personal en la figura y la obra de Becque, sino a partir de todo lo contrario: Jouvet parte de que no le gusta Becque, y lo afirma categóricamente, y alega todo tipo de razones. Como suele suceder ante cualquier negación o rechazo taxativo, el lector cede sin oponer resistencia al profundo deseo de llevarle la contraria, aunque sólo sea por solidaridad con el agredido. Y se sumerge de lleno en la lectura de Los cuervos.

El primero de los cuatro actos de esta comedia, traducida de forma brillante, elegante y eficaz por el mismo Jaume Melendres, nos presenta la dulce vida de la simpática familia Vigneron, acomodada en el París del último tercio del siglo XIX. El primer cuadro es extremadamente cotidiano y privado: el señor y la señora Vigneron, en compañía de sus tres hijas, ultiman los preparativos del matrimonio de la menor. La señora Vigneron ofrecerá una cena esa misma noche para cerrar el trato. Ellos son felices y sus hijas también. El señor Vigneron es un honrado trabajador que halló la oportunidad de su vida al asociarse con un rentista para sacar adelante una fábrica, y lo consiguió. Y tuvo ocasión de invertir en tierras, y de construir. Quiere a su familia; su familia le respeta, le obedece y le admira. La señora Vigneron es una madre y esposa como debe ser, toda una señora. La hija mayor toca el piano y compone melodías, la segunda es inteligente y la tercera es hermosa. Alguna sombra de inquietud procede del único hijo varón, un auténtico “balaperdida”. Pero después de todo el muchacho es tan simpático, tan cariñoso, tan divertido... La familia Vigneron es una familia feliz. Auguste es un mayordomo estupendo que nunca se queja de serlo, y Rosalie no es una simple criada, es la tata de los niños, compañera de toda la vida. Forma parte de la familia.

Poco a poco van llegando los invitados a la cena. Por supuesto la señora Saint-Genis, madre del futuro esposo, elegante y correcta futura consuegra; Bourdon, el notario de la familia, no podía faltar a esta cita tan especial, y menos estando en lid una dote sustanciosa; Teissier, el socio del señor Vigneron; incluso Merckens, el profesor de música de la mayor. Todo está dispuesto, y Becque se encarga de que todo esté claro: el conflicto arranca de la ausencia del novio y, lógicamente, del descarado interés de su madre en la cuestión económica. Sin embargo todo cobra un giro inesperado cuando Becque mete en escena a un médico que certifica la muerte del señor Vigneron. Fin del primer acto. Comienzo de la merienda de cuervos.

Los tres actos siguientes podrían constituir en sí mismos una obra completamente distinta, si no fuera porque son la triste y lógica consecuencia de un acto primero que los personajes nunca podrán olvidar. Presentan la lucha de la señora Vigneron y sus hijas por mantenerse unidas, salir adelante y conservar el status adquirido. Becque las deja completamente solas: el hijo varón, sin mediar palabra, se ha enrolado en el ejército. Cuatro mujeres solas y una sabrosa herencia constituyen un cebo irresistible para los cuervos, que empiezan a revolotear alrededor de su presa. La señora Saint-Genis, que demuestra un olfato inefable, intenta advertir a la señora Vigneron con el único objeto de garantizar la dote para la boda de su hijo, pero es inútil. La señora Vigneron y sus hijas desconocían las actividades de su padre, y cualquier parisino tiene ocasión de reclamar una factura cualquiera por un servicio cualquiera: la modista, el arquitecto, el sombrerero... Todos quieren saldar sus créditos. Las Vigneron se ven agobiadas por la falta de liquidez y cobra importancia la figura de Teissier, proporcionando ayuda económica inmediata. Y junto a él Bourdon, el notario, quien hace mejor negocio con la muerte de su cliente que con su vida.  Los cuervos desfilan uno tras otro: «sólo dejan lo que no pueden llevarse». Las mujeres aguantan cuanto pueden, reflexionan, no se dejan convencer a la primera, toman decisiones democráticamente, se informan, buscan trabajo... Las mujeres buscan toda clase de salidas, pero Becque les niega cualquier oportunidad de salvación. El acto cuarto contiene una escena totalmente muda -para disgusto de algún director poco inclinado a la capacidad de creación del autor en sus acotaciones- pero sumamente elocuente: la madre y las dos hijas mayores toman una triste merienda en un no menos triste nuevo hogar. Las acompañan Rosalie, incombustible, y la hija menor, quien ha perdido el juicio al perder su compromiso. Su silencio anuncia un final también tristemente inevitable. Esa tristeza y esa ausencia de “misterio”, es decir, esas vidas abocadas a una existencia amarga y carente de héroes o golpes de fortuna, son los elementos que menos gustaban a Jouvet. Son también los más característicos de un autor tremendamente cáustico y falto de piedad para con sus personajes, pero tremendamente sensible a las miserias, mezquindades y manipulaciones del ser humano para con sus semejantes.

Lo más repugnante y sucio de la condición humana impregna el texto de Becque. Lo menos ejemplar para la sociedad y a buen seguro lo menos deseable. Pero el tratamiento de los diálogos, llenos de ingenio y verdades insólitas e inesperadas, el retrato de los personajes en su condición social y un sentido del humor que pasa por encima de las risas hacen de Los cuervos una formidable lectura y una atrevida propuesta escénica. Jaume Melendres encuentra en Becque resonancias primigenias de las Tres hermanas de Chéjov y la Madre coraje de Brecht, en un llamativo enfoque de la dramaturgia contemporánea. Por la procacidad de los personajes y la sátira no despiadada pero sí descarnada de un grupo social, bien podríamos juzgar también a estos cuervos herederos de la más cruda comedia aristofánica.

Blanca Baltés

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