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Reseñas de libros

El loro de Carlos V / Escorial / La escuela de los bufones / El sol se pone...

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Autor del libro: Michel de Ghelderode. (Traducción de María Jesús Pacheco. Introducción de Ana González Salvador)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2002. (Serie: Literatura dramática, nº 55). 197 págs.

España está en deuda con Ghelderode. Es difícil que haya en toda la historia del teatro mundial un personaje que no sea español y que haya odiado España con tanto fervor, que haya dedicado tanto de su talento dramático a la labor de exorcizar los negros demonios de esta tierra como este escritor belga con ribetes de filonazi que gozó de enorme fama internacional a raíz del estreno de Escorial en París en 1948.

España es, para Ghelderode, sobre todo el mundo del catolicismo inquisitorial, tierra de fanáticos que sólo encuentran el placer en la muerte y la humillación de todo lo que represente la vida. Frente a él se levanta la imagen de Flandes, tierra de todos los placeres terrenales, de una concepción de la vida pagana y tolerante, amante de la buena mesa y de la buena cama, cuando no del revolcón en el pajar, patria de la risotada y la francachela, del buen humor y la cerveza.

La Historia le ofrece a Ghelderode los mejores ejemplos para esta concepción dual de la vida, como si la realidad se hubiese ordenado de acuerdo con sus deseos. Por un lado está Carlos V, el Kaizer Karel de los flamencos, natural de Gante y dado, por tanto, a todos los placeres de la vida, buen gobernante, duro cuando lo requieren los tiempos, pero clemente y justiciero cuando es posible. Es, además, un personaje entrañable, aficionado a comer, a beber y a gozar, cariñoso con sus bufones, sus loros y sus gatos, coleccionista de relojes y de maravillas mecánicas. Frente a él, su propio hijo Felipe II, el rey que nunca se rió, fanático insensible capaz de enterrar en vida a su padre si eso se ajusta a sus mezquinos planes de dominio. Es la figura del tirano inmisericorde, de un espectral sadismo, encerrado entre las escorias de un mundo deforme y sanguinario donde está prohibido cualquier atisbo de goce.

Es cierto que nada de esto se corresponde con la verdad histórica. La prologuista del libro, Ana González Salvador, lo recalca en varias ocasiones: “No parece importarle a Ghelderode la objetividad histórica, sino más bien el mito por él construido: España como símbolo carcelario.” (p. 32) Tiene toda la razón, pero ya Aristóteles afirmaba que la tragedia no cuenta los hechos que han sucedido, sino los que pueden suceder. Ghelderode crea un mundo de perfecta coherencia en donde todo sucede de acuerdo con la lógica interna de una visión desoladora del mundo, y es ahí donde los personajes viven, tanto si corresponden a un personaje histórico como si responden a un personaje literario, como Thyl Ulenspiegel, o son pura invención del autor.

El mundo de Ghelderode es, como se ha dicho, desolador. En las cuatro obras publicadas por la ADE, todas ellas dedicadas a la dinastía de los Austrias, a Carlos V y a Felipe II, solamente la primera, El loro de Carlos V, tiene un carácter amable, ya que se trata de la dramatización de un relato popular, uno de los cuentos en donde se narra con regocijo el triunfo de la astucia del campesino enfrentado a los prepotentes guardias de palacio. Pero es que la obra recrea ese mundo paradisíaco de Carlos V en Flandes, el emperador unido a su pueblo que está detrás de todas la fantasías utópicas de Ghelderode.

Las otras tres obras recrean el ominoso mundo de la corte española bajo Felipe II, el tirano inmóvil dentro de su celda-monasterio y poseído de una soberbia demoníaca, capaz de todas las sevicias y todas las crueldades. En este personaje se ven reflejados todos los odios del escritor, pero también se puede apreciar una atracción insuperable y morbosa hacia el infame monarca. Porque Ghelderode, como Artaud, considera la crueldad como el gran secreto del teatro, tal como aparece en La escuela de los bufones. Así, el tirano es también imagen del bufón y ambos son imagen del creador.

Ghelderode había desaparecido del mundo editorial español, a pesar de que es una de las referencias insoslayables del teatro europeo del siglo XX. Las cuatro obras publicadas por las ADE forman un curioso y bonito retablo de la historia española. De todas ellas, la más lograda sigue siendo Escorial, farsa delirante de gran austeridad en donde dos personajes, el rey y el bufón, entablan una lucha sin cuartel, intercambian papeles y acaban revelándonos su cara más secreta en una de las primeras y más eficaces formulaciones de la dialéctica del amo y el esclavo que después de Ghelderode ha sido tan utilizada por otros creadores, desde Genet y Arrabal hasta Luis Riaza. Escorial, en su escueta formulación, sigue siendo una obra de impresionante factura, una tragedia moderna vestida a la moda del siglo XVI.

Las otras obras enmarcan perfectamente la tabla central de este barroco retablo de ánimas en pena, con su insistencia en el mundo de los bufones y de los reyes, con sus referencias a Flandes y España, y ofrecen una visión más amplia de las obsesiones y procedimientos narrativos de Ghelderode.

La traducción, por otra parte, es excelente, así como la introducción, que da una información amplia y muy clara de la vida y obra del paradójico escritor belga.

Sea, pues, bienvenido de nuevo Ghelderode a España, este lugar al que tanto odió pero del que no pudo librarse en sus morbosas y magníficas obsesiones. 

Fernando Doménech Rico

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