Volver al listado de reseñas

Reseñas de libros

Lástima que sea una puta

Ver la ficha de la publicación

Autor del libro: John Ford. (Edición de Antonio Ballesteros González)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2001. (Serie: Literatura dramática, nº 52). 220 págs.

¿A quién no le llamaría la atención una obra que lleva un título tan escabroso y que, para mayor asombro, está escrita por un tal John Ford? Y sin embargo, las sorpresas no han hecho más que empezar. Una vez que se sabe que John Ford no es el cineasta tuerto de Fort Apache, sino un dramaturgo de la época isabelina, que publicó esta tragedia en 1633; una vez que se descubre que el título tiene muy poco que ver con el contenido de la obra, que es solamente el exabrupto de un cardenal corrupto que pretende así cerrar con una sentencia la ola de salvaje violencia a que ha asistido el espectador en las horas precedentes; una vez, insisto, en que tales reclamos han caído y el lector se enfrenta a la obra, la curiosidad deja paso a un asombro maravillado que no tiene otro nombre que el de fascinación.

Lástima que sea una putaes una de las tragedias más hermosas y más sobrecogedoras que se haya escrito nunca. John Ford se atrevió a llevar a la escena el tabú por excelencia de la civilización occidental: el incesto entre hermanos. Y lo hizo con una asombrosa falta de prejuicios al enfocar esas relaciones incestuosas. Giovanni y Anabella, los protagonistas de esta intensa tragedia, se aman con una singular falta de escrúpulos y ninguna sombra de culpabilidad cristiana. Son jóvenes, hermosos y libres como seres paradisíacos que viven su placer con una alegría incontenible. El descubrimiento del amor se hace con pasmosa naturalidad, y la desfloración de la hermana da pie a Giovanni solamente a admirarse de que alguien dé tanta importancia a la virginidad. El mundo en que viven los hermanos es un huerto cerrado, un jardín de placer y amor en donde no hay lugar para el remordimiento.

Pero la sociedad exterior existe. Y a su alrededor se cierne todo un mundo de intrigas, de mezquinos compromisos en donde la mujer es el objeto de venta. Un mundo de traiciones, de odios y venganzas que poco a poco va atrapando a los ingenuos amantes hasta que los lleva a su destrucción. El final, de una incomparable truculencia, es una auténtica orgía de sangre. Sólo los más corruptos, los más cínicos, como los representantes de la Iglesia, quedan para restablecer un orden ilusorio y para sacar tajada de la locura. Y, como se podía esperar de un poder tan misógino, se atribuirá la culpa de todo a la mujer. De ahí el título de la obra, que no es completamente ajeno a la acción, pero que la cierra como un broche de feroz ironía.

Lástima que sea una putase integra en toda la serie de tragedias de venganza que inundaron los escenarios isabelinos, desde La tragedia española de Kyd a La Duquesa de Malfi de Webster, pasando por muchas de las obras maestras de Shakespeare. El público, pues, estaba acostumbrado a este tipo de historias en donde la venganza cruenta y los finales sangrientos adornaban unas tramas complejas llenas de traiciones y golpes de efecto. De todo ello hay abundantes muestras en Lástima que sea una puta, pero no es eso lo que da carácter a la obra, a pesar de que el ambiente de corrupción está espléndidamente reflejado. Tampoco la complicada trama, que, como señala Antonio Ballesteros, recuerda a menudo Romeo y Julieta. Lo fundamental de la tragedia de John Ford está en la intensidad con que retrata la pasión amorosa de dos seres inocentes, y la destrucción a que los vemos abocarse sin remedio, pero con toda la serenidad de quien ha alcanzado el punto más alto de la propia vida.

Todo ello sería imposible de apreciar si la obra no estuviera bien traducida, porque la misma truculencia de la acción se presta a convertirla en un melodrama en donde los personajes lanzasen al aire tremendas tiradas de insufrible cursilería. Nada de eso ocurre, porque estamos ante una traducción magnífica, hecha por una persona que conoce a fondo el idioma que traduce y que tiene sensibilidad para escribir en castellano. Antonio Ballesteros ha mantenido el uso del verso cuando éste aparece en el original inglés, aunque no ha tratado de hacer endecasílabos castellanos para verter el blank verse inglés, sino que ha optado por el verso libre, más cercano al alejandrino, que le permite mayor fidelidad al texto original. En todo caso, como advierte en su introducción, “mi intención ha sido la de componer una traducción que utilizara en la medida de lo posible la dicción del teatro español del Siglo de Oro, pues se me antoja que éste es el modelo más inmediato y analógico que podemos encontrar para verter en nuestra lengua el teatro británico renacentista”. La intención del profesor Ballesteros se ha cumplido a la perfección, y tenemos ante nosotros un texto de enorme lirismo, de lenguaje refinado que tiene, no obstante, la llaneza de un clásico.

Antonio Ballesteros ha escrito, además, un estudio preliminar en donde encuadra la obra de Ford dentro del teatro renacentista inglés, estudio que es un espléndido resumen de los aspectos teatrales (no sólo literarios) de aquel movimiento del que suele conocerse en España solamente a Shakespeare, pero que, como señala el autor, fue mucho más complejo y amplio. El análisis de Lástima que sea una puta está hecho con la misma apasionada precisión que se ha puesto en la traducción.

Lo dicho. Una joya. Un libro que valora él solo una colección que ya nos ha dado muy agradables sorpresas.

Fernando Doménech Rico

Volver al listado de reseñas