LA MATONERÍA COMO EXPRESIÓN DEL IMPERIALISMO
por Juan Antonio Hormigón
Puede que nunca, incluso en las épocas más negras por las que ha atravesado la humanidad, se hayan vivido situaciones de cinismo y desfachatez tan acusadas como las presentes. No se trata ni tan siquiera de una controversia ideológica o de un debate político, sino de que la observación objetiva de los hechos contrasta violentamente con la actitud verbal y gestual que adoptan ciertos políticos, dispuestos a situarse siempre por encima de los acontecimientos como si no fuera con ellos.
1
Un día malhadado, frente a las costas de Galicia, tras un curioso e inexplicable periplo, se hundió un petrolero que ha provocado un desastre en todo el litoral atlántico y cántabro, sus ecosistemas, sus producciones y el ánimo de las gentes que las habitan. Todos recordamos las primeras declaraciones de los responsables públicos, negando que el problema fuera de magnitud preocupante. Sabemos también que la movilización de los marineros con utensilios rudimentarios para enfrentarse a la marea negra y la llegada masiva de voluntarios, fue durante veinte días la única respuesta eficaz. Somos conscientes de que hasta el vigésimo primer día tras la catástrofe no llegaron las primeras unidades del ejército, que es allí donde deben cumplir ahora su desempeño profesional y patriótico. Después se sucedieron las llamadas a la beneficencia pública, con algún programa televisivo en particular de sonrojante recuerdo.
Nos preguntábamos con lógica angustia: ¿Pero no existen barcos succionadores? ¿No tiene nuestro país tan moderno y un tanto presuntuoso de su bienestar, unos servicios adecuados de protección de costas, siendo tan enorme nuestro litoral? No, no los teníamos. Apenas se ha insistido sobre la cuestión, pero lo que sucedía es que dicho servicio, también éste, se había privatizado y en consecuencia adoptaba un mero carácter decorativo. Estábamos indefensos y había que contratar más empresas privadas para que hicieran la faena.
Lógicamente nos hallamos ante un problema que afecta al sentido del Estado. Es absurdo que todas las Comunidades Autónomas costeras posean servicios de estas características y dimensiones. Un servicio de protección adecuado permite mover los recursos allá donde sean necesarios. Pero quienes hacen bandera del adelgazamiento de las estructuras estatales acaban dejando en la indefensión a la ciudadanía. En ocasiones, tanto retrato de la señora Thatcher enmarcado en la pared desemboca en dolorosos quebrantos para el bien común.
Los datos recogidos hasta aquí son estrictamente objetivos y podría añadir muchos otros de iguales características. No es eso lo que me inquieta ahora sino la actitud de algunos de nuestros gobernantes. Soy un ciudadano que desea que nuestro país tenga un buen funcionamiento de sus servicios educativos, sanitarios, culturales, de protección civil, que produzca riqueza y bienestar, que tenga un justo reparto de los recursos, que sea solidario, etc. Me hubiera satisfecho sobremanera que nuestro gobierno hubiera estado a la altura de las circunstancias, porque nos encontrábamos ante una emergencia nacional. No ha sido así. Pero lo más escandaloso es que las declaraciones de varios de sus responsables son ofensivas para los ciudadanos que tienen un poco de juicio y de criterio. Como charlatenes de feria, repiten unas cuantas frases hechas, cocinadas por algún experto en publicidad, como si de vender algo se tratara, creyendo al parecer que la ciudadanía se lo cree todo y que es imbécil. Resulta lacerante que visto lo visto, sopesado lo sucedido, se nos intenten colar esas rudimentarias y altisonantes argumentaciones para idiotas o pedir a voces que dimita la oposición. Siento sonrojo cuando quisiera sentirme orgulloso de la capacidad técnica y de gestión de los responsables de estas áreas.
Lo más valioso, e incluso para mí y para muchos emocionante, de esta triste experiencia, ha sido la reacción de la ciudadanía española y muy especialmente del voluntariado, que se ha hecho presente en la costa gallega para trabajar duramente contra el desastre. Después de tantos esfuerzos desde tantos enclaves dirigidos a deconstruir nuestro país y reducirlo a un mapa de localismos carentes de nervio y nexo común, la actuación de los voluntarios, la respuesta de la ciudadanía, han sido una demostración palpable de que existimos. Diré más: existimos para todos. He pensado mucho estos días en lo que dirá ahora aquel profesor de un instituto gallego, que irrumpió en el aula de un colega que cometía el atroz delito de ensayar con sus alumnos Bodas de sangre de García Lorca, y tras llamarle "españoleiro da merda" expulsó a todos de la sala. Me pregunto qué les dirá ahora a los voluntarios que han llegado de toda España, porque la solidaridad no se negocia y está por encima de los nacionalismos reductores.
2
El Presidente del gobierno español ha insistido con tenacidad en sus intervenciones que se combatirá al terrorismo con toda contundencia, pero siempre dentro del marco establecido por las leyes del Estado de derecho. Surgieron los GAL, se les desmontó y se les juzgó. Se siguen escrupulosamente los pasos jurídicos en el proceso de ilegalización de Herri Batasuna. Siempre hemos pensado que en ello reside la fuerza de la democracia, en respetar las leyes. Igualmente existe un derecho internacional e instituciones para regularlo, no sólo las Naciones Unidas (ONU). Su atropello en el pasado por parte de la Alemania nazi provocó una guerra atroz. No ha sido la única ocasión en que algo así se ha dado, pero sí la más llamativa.
No han faltado después resoluciones de Naciones Unidas contra abusos y vulneraciones del derecho internacional. Desde hace quince años al menos, sólo se han aplicado aquellas que coincidían con los intereses de los USA y se hacía caso omiso de las otras: las que afectan al Estado de Israel son un ejemplo palpable e hiriente. Europa ha callado ante atropellos inicuos y ha colaborado, silenciosa y sumisa, en agresiones que nada tenían que ver con sus intereses ni con los de la población del planeta, sino únicamente con los de quienes pretenden detentar el poder absoluto sobre el conjunto de la humanidad.
Pues bien, el señor Bush como cabeza visible del gobierno USA ha diseñado un programa de persecución a supuestos delincuentes (también, de paso, de compra de periodistas), según dictamen establecido por sus servicios secretos y su corte de belicistas petroleros y armamentistas. Sin juicio alguno, con desprecio del marco legal estadounidense o de cualquier Estado derecho, de toda ética positiva, en aras de su exclusivo deseo, decide que una serie de individuos sean localizados y ejecutados estén donde estén. Este monstruoso GAL a escala planetaria no ha parecido conmover a ciertos próceres de nuestro entorno con la misma intensidad de que hicieron gala en el pasado.
Quiero ante todo que quienes dirigen el país en que nací, en el que vivo y trabajo, mantengan incólume su dignidad porque representan justamente a ese país. Podré o no estar de acuerdo con ellos, tener opiniones diferentes o proyectos de vida opuestos, son cuestiones que pertenecen al saludable debate político en democracia, pero sí es exigible en todos los casos un comportamiento digno cuando se está representando a España y los españoles.
Personalmente, como ciudadano español, he sentido bochorno al observar como el Presidente del gobierno de mi país ha ido a rendir pleitesía al jefe planetario de los GAL, haciendo caso omiso de aquello que predica en sus discursos respecto a la persecución de los terroristas. A estas alturas debería ser evidente que el respeto a las alianzas, por muy discutibles que éstas sean, concluye cuando su cumplimiento vulnera las leyes nacionales o internacionales y las normas éticas más elementales. De igual modo habría que discernir entre lo que es una alianza y una tosca sumisión servil a alguien que se considera más fuerte por las armas que posee, no por su inteligencia ni por su virtud. Con alianzas de este jaez el servil puede acabar convirtiéndose en esbirro.
3
¿Quién se ha creído que es Bush y su harka de belicistas que lo rodean? El adagio antiguo que afirma: tener la fuerza no es tener la razón, es la mejor respuesta.
A pesar de la desfachatez de que han hecho gala habitualmente los Estados Unidos de América del Norte en cuanto a su política exterior, era difícil prever que se pudiera llegar tan lejos. Deciden un objetivo: apoderarse del petróleo irakí; precisan la eliminación de su gobierno, del partido que lo sustenta y de unos cientos de miles de ciudadanos tirando por lo corto: plantean una guerra; urge un control posterior: pondrán un general estadounidense como virrey. ¿Pasa algo?... ¿Razones?: no son necesarias. Basta con "la convicción moral" respecto a la culpabilidad del acusado, un recurso del que hizo largo empleo justificativo la Inquisición y las policías políticas contemporáneas, la franquista en particular: a mí me lo dijeron.
Este es el esquema, lo demás palabrería. Afirman Bush y su corte petroleroarmamentista que Irak posee armas de destrucción masiva; investigan los inspectores de la ONU y de la Agencia Nuclear, los iraquíes deben soportar actitudes vejatorias para su dignidad nacional y lo hacen: nadie descubre nada. Lógicamente Irak no tiene armas de destrucción masiva porque si las tuviera, el gobierno estadounidense no tramaría una agresión militar. Todo es como una maligna representación de los antecedentes de un crimen.
Hoy sabemos incluso (El País, 9-I-), porque lo ha revelado quien urdió la frase -David Frum, ex-escritor de discursos para Bush-, que el famoso "eje del mal" fue una pura veleidad publicitaria. Le encargaron un eslogan que vinculara a Irak con Al Qaeda para incluirla en el discurso presidencial sobre el estado de la nación. Estos políticos mediocres, impregnados de ese fanatismo dogmático y pueril del calvinismo estadounidense, la manipularon y elevaron a categoría. La expresión irritó en su momento al propio secretario de Estado, Colin Powell. Quizás tenga razón David Frum, que lo conoce bien, y "sólo se pueda entender al actual presidente de EEUU si se tiene muy en cuenta su lucha contra el alcoholismo".
"Se agota el tiempo" repiten una vez y otra Bush y sus secuaces. ¿Quién ha establecido los plazos y respecto a qué? Si exigiésemos, que lo hacemos, que los Estados Unidos se desarmaran, la lógica sería implacable. Es el país con mayor cantidad de armas de destrucción convencional y masiva, nucleares, químicas o bacteriológicas, que existe en la tierra. ¿Qué fuerza moral puede tener alguien que así hace respecto a los otros?: sólo la que emana de la propia fuerza, de la convicción de que los ciudadanos del mundo son desdeñables si se oponen a sus intereses, que matar a unos cientos de miles de seres humanos no tiene demasiada importancia si es el camino para buenos negocios, etc. Al final siempre puede concluirse con el "que Dios les bendiga", con que cierra sus discursos, al igual que los que le precedieron en el cargo; implantando una oración antes de las reuniones del gobierno o haciendo que sus ayudantes dediquen cada día un tiempo al estudio de la Biblia. Quienes creen verdaderamente en un ser supremo, ¿no sienten repugnancia de que un sujeto como este y lo que representa, invoque su nombre tan en vano?
Escribo estas páginas con la declaración de que ni ONU, ni informe de inspectores, ni negativas expresas a participar por parte de Francia y Alemania, ni el posible veto de Rusia y China, va a impedirles hacer su guerra. Lo harán de forma unilateral, porque les da la gana y es lo que quieren. El derecho internacional está a punto de fenecer.
En estas circunstancias, ante la gravedad de los hechos, no es comprensible que un gobierno democrático y su presidente, posterguen su comparecencia en el Parlamento, o eludan que sus ministros y altos cargos se personen en las comisiones de investigación constituidas para investigar graves problemas que afectan a la ciudadanía, o impidan que se creen. ¿Estamos en la antesala de un gobierno de facto? ¿Pueden vulnerarse los artículos de nuestra Constitución que contemplan la participación de España en guerras? ¿Puede hacerse oídos sordos a la opinión aplastantemente mayoritaria de nuestro país que se manifiesta en contra de la agresión militar estadounidense contra Irak, sea cual sea la resolución de la ONU?
Al antiguo pivot de baloncesto Fernando Romay, le preguntaron no hace mucho en una breve entrevista televisiva qué opinaba de las diferencias entre el bien y el mal. Su respuesta fue concluyente: "si se trata de Bush, será entre lo malo y lo peor". El número de españoles que piensan lo mismo es muy elevado, pero también ya el de europeos, asiáticos, africanos y de Oceanía. Quizás resistir al imperio sea una cuestión compleja pero supone un deber de humanidad.
4
¿Qué piensan de todo esto los españoles y qué piensan de ellos quienes gobiernan?
Puede que entre los primeros muchos estén contra la guerra de forma ingenua, derivada de nuestros deseos espontáneos de paz, pero no traduzcan su actitud consecuentemente en acciones cívicas o a la hora de votar. Sus pequeños intereses inmediatos priman no pocas veces respecto a lo que es justo y necesario. No obstante, es posible que cause sorpresa a los agentes del imperio observar unas posiciones tan contundentes de los españoles, tras haber sometido a la población a un arma de destrucción masiva de las neuronas cerebrales y de la concreción de criterios personalizados, tan poderosa y ruin como la televisión basura. Llevan años con ello y aún no han conseguido acabar con todo. Es esperanzador.
Sin embargo el bien cultivado apoliticismo, el desdoro pertinaz de la política a lo que tanto contribuyen muchos de sus protagonistas, saben que juega a su favor. Hay muchas formas de comprar votos y una de ellas es canalizar los recursos públicos en una sola vía, para ocultar la gestión deplorable de un conflicto, de una catástrofe. Hay estratos de la ciudadanía que no se interrogan sobre las causas y sucumben a la limosna inmediata. Evidentemente cuenta mucho el mapa político existente. Cuando unos cantan sus glorias perpetuas y otros las desmienten sin presentar proyectos específicos a la ciudadanía, no puede extrañarnos que se genere la desmovilización, el abandono y el abstencionismo. Ese es el partido que vence siempre en Estados Unidos y aquí hay quien parece que busca ponerse pronto a la altura de la metrópoli.
Lo más grave de todo esto es que nuestra propia democracia se ve sometida a un deterioro constante de su sentido y su desarrollo. Corremos el riesgo evidente de sucumbir a un reductor electoralismo que genere gobiernos de fuerza, ajenos a un control parlamentario real: simples vasallos del imperio sin personalidad ninguna ni impulso patriótico real. Falta un tris para que aquellos que quieren ejercitar su propio criterio a la hora de calificar los hechos, sean otra vez acusados de la "antiEspaña", aunque sean justamente los intereses reales de España lo que les motiva. A punto hemos estado de oírlo en algún discurso, o se ha dicho ya de forma elíptica. ¡Bastante tuvimos que soportar lo de antiEspaña aplicado a los demócratas durante la denigrante dictadura franquista, como para tener que soportarlo de nuevo en nombre de un supuesto liberalismo a mayor gloria del imperio!
5
Un clamor mundial contra el belicismo de Bush y sus secuaces petroleros y armamentistas, se deja oír desde hace tiempo. En la vieja Europa -¡ojalá no deje de serlo nunca para no dejar de ser!- ha crecido en poco tiempo una negativa firme a toda acción militar contra Irak, porque vulnera los principios en que se asienta nuestra democracia. Incluso Blair, el inaudito Blair, se tienta la ropa cada día que pasa debido a la oposición de los ciudadanos británicos a la guerra. En las últimas semanas, manifestaciones masivas han recorrido las calles desde Londres, París o Berlín hasta Tokio, Moscú o Ankara. Los pueblos quieren dejar oír sus voces.
Las masas crecientes de ciudadanos estadounidenses que salen a la calle en Washington y otras importantes ciudades norteamericanas, constituyen hoy la gran esperanza de millones de gentes a lo largo y ancho del planeta. Van a ser insultados y vilipendiados, la extrema derecha que usurpa el gobierno y los medios de comunicación a su servicio, los tildará de antipatriotas. Si resisten y logran transmitir sus impulsos a segmentos más amplios de su país, harán un gran servicio a la causa de la humanidad. Es emocionante comprobar cómo entre sus peticiones figura la destrucción de las diez mil armas nucleares que su país posee. Ellos saben muy bien de lo que hablan y quiénes son sus gobernantes. Pero al mismo tiempo importantes grupos de empresarios que nada tienen que ver con el filón petrolero o armamentista, que saben el quebranto económico que supondrá la agresión contra Irak, se manifiestan en campañas televisivas contra la guerra.
Las movilizaciones que se han producido en el mundo sólo podrán detener a los matones belicistas si logran incrementar las que se producen en Estados Unidos, si consiguen que un número cada vez mayor de quienes habitan aquel país recuperen su condición de ciudadanos y su sentido democrático. Muchos pensarán que no hay nada que hacer dado el marasmo alienatorio que padece la mayoría, que en las últimas elecciones triunfó una vez más la extrema derecha de Bush, pero quienes agitaron aquí en sus titulares lo de "Gran victoria" y "Tremenda derrota", olvidaron decir que los republicanos tan sólo tuvieron ochenta mil votos más que los demócratas. Puede que todo sea una cuestión de sistemas electorales.
Un ruego final: que no se le ocurra a nadie asegurar que todos los españoles estamos de acuerdo con la barbarie imperial. A mí que me borren de esa lista, no la de los españoles sino la de los bárbaros, aclaro. Confío en que muchos más hagan lo mismo.
