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Zahra, favorita de Al-Andalus.
Bueno, Antonia
Madrid: CAM-AAT, 2002. 142 páginas.
Comentario:
Antonia Bueno (1952) es sobradamente conocida en el ámbito teatral. Su dilatada carrera como directora, actriz, dramaturga y productora, su trabajo en el grupo Guirigai, del que fue fundadora en 1979, y su labor como promotora de actividades teatrales múltiples avalan su prestigio como mujer de teatro.
Entre sus últimos proyectos destaca el de la escritura, la producción y la puesta en escena de una Trilogía de mujeres medievales. Cada una de las entregas se ocupa de una figura femenina perteneciente a las culturas cristiana, musulmana y judía, respectivamente. De esta trilogía han aparecido hasta ahora las dedicadas a la mujer cristiana -Sancha, reina de la Hispania, estrenada en el claustro de la Catedral de León, exhibida en otros escenarios diversos, y que ahora se publica en este mismo número de la ADE- y la mujer musulmana -Zahra, favorita de Al-Andalus-. Está pendiente el dedicado a la mujer judía, que llevará el título de Raquel, hija de Sefarad.
El segundo de estos textos se publica ahora en la colección que dirige Jesús Campos y editan la Asociación de Autores de Teatro y la Comunidad de Madrid. Encabezan el libro un sugestivo prólogo de Itziar Pascual, que trata de situar la pieza de Bueno en las categorías establecidas por Kott para el teatro histórico, y una breve introducción de la propia autora, en la que adscribe su obra al teatro comprometido y contemporáneo de carácter dialéctico.
Zahra, favorita de Al-Andalus es también heredera de la tradición personal de la dramaturga y se nos presenta con algunas de la características del teatro de calle. Así, se imagina el vestíbulo del teatro como un zoco marroquí, con un narrador que recibe a los espectadores y que conducirá el relato según el uso de los contadores de cuentos de algunas tradiciones árabes y orientales. La apelación continua a los espectadores, agresiva en ocasiones, entrañable en otras, e impregnada siempre de un cierto tono filosófico y moralizante prologan este juego inicial, al que se sumaría la continua transformación de los objetos por la magia de la fantasía y de la palabra.
Situados en el terreno de la fantasía que proporcionan el estilo de la narración y los conceptos dialécticos del teatro, es posible combinar dos historias separadas por el tiempo, pero próximas por la afinidad de algunas situaciones o por la analogía -tal vez más simbólica que histórica- entre sus dos protagonistas. Las dos llevan el mismo nombre, Zahra, pero una es la favorita de Abderramán III y otra es una emigrante magrebí contemporánea que pretende llegar a España en una patera. La primera es una cristiana cautiva, aunque sea en la jaula de oro que supone el harén de Abderramán o la ciudad de Medina Azahara, erigida por el califa en su nombre; la segunda es una musulmana a quien pesan las restricciones que impone la tradición moral y religiosa y que constriñen sus libertades y sus posibilidades como mujer. A las dos se las induce a la sumisión y en las dos brotan los impulsos de rebeldía. Las dos se enfrentan a una maternidad problemática y a una no menos complicada relación con las mujeres y los hombres. Las dos comparten ilusiones y angustias, las dos son objeto de afecto y de traiciones.
El resultado es un texto ambicioso y complejo, dotado de una singular poesía y de un léxico brillante y elaborado. La preocupación por el lenguaje es una constante en la obra de la autora, tal como puede percibirse sobre todo en sus últimas producciones, en las que se advierte un notable esfuerzo en este terreno. Pero no se trata tan sólo de un empeño estético, sino también de un intento de participar en un debate candente en el que se entrecruzan temas como el papel de la mujer en la sociedad, en el occidente contemporáneo y en el mundo islámico, la cuestión de la emigración clandestina, etc. La información abundante que utiliza la autora no es incompatible con un tono personal, que no excluye posibles referencias autobiográficas -que quizás se proponen como guiños en esta historia-, y la combinación del rigor con la pasión.
Eduardo Perez Rasilla
