Índice de reseñas
Premio "María Teresa León, 2005"
La casa de todos, de Neher Jacqueline Briceño. No matarás, de Claudia Barrionuevo. Notas que saben a olvido, de Araceli Mariel Arreche.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2006
Comentario:
Decir que fueron ciento veintisiete obras las que este
año se presentaron a la convocatoria, nos habla de un espacio ya
consolidado y reconocido por y para la dramaturgia hecha por mujeres. Otro
año más podemos celebrar con el Instituto de la Mujer del
Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y la ADE esta publicación
que aporta tres nombres femeninos a la hazaña de publicar literatura
dramática.
Carmen Márquez Montes, doctora en filología hispánica
por la Universidad de Sevilla, en esta edición miembro del jurado
-junto a Pedro Álvarez Ossorio, Juan Antonio Hormigón, Carlos
Rodríguez- y encargada de la presentación de este volumen
al referirse a las tres obras apunta que:
«...puede afirmarse, que éste es un tipo de teatro de guerrilla
que continua luchando desde los conceptos y las ideas generadoras del pensamiento
contemporáneo en el sentido de que reflexionan y nos hacen reflexionar.»
La casa de todos, de la venezolana Neher Jacqueline Briceño (1962),
ganadora de esta edición, deja traslucir a través de la obra
su experiencia como actriz y directora, en la acotación inicial nos
lanza su idea originaria de cómo concibió la puesta en escena,
no pensada para un teatro convencional, sino para una casa antigua o colonial,
donde fuera posible para los espectadores hacer el recorrido por las diferentes
dependencias en las que transcurren las escenas.
Desde el comienzo existen elementos que generan un extrañamiento,
situándonos de lleno en una especie de realismo fantástico
que arranca con una situación onírica entre sones de carnaval,
disfraz y apariciones, creando un sugerente y enigmático pasillo
de transición hacia la pensión de Dolores Cifuentes, espacio
corroído por el tiempo, y el olvido.
Siete son los personajes que la habitan. Rocío, una prostituta madura,
que se ve sorprendida por Francisquito -joven obsesionado por la idea de
escapar de la miseria en busca del sueño americano- al recibir la
noticia de que sus máscaras han ganado el concurso y podrán
venderse en la fiesta del pueblo. Dolores Cifuentes, la dueña de
la pensión, y sus dos hijas, Beba, privada de la capacidad del habla,
que muestra una marcada discapacidad psíquica, y Dolorita, joven
de 15 años, torturada por el remordimiento de haber traicionado y
ser causante de la muerte de su hermano, que sufre el acoso sexual de Chucho,
extraño personaje, cuya presencia y prepotencia incomoda a la totalidad
de los habitantes, y por último, Tata, madre soltera, a punto de
dar a luz un hijo de Estrada, figura ausente, que simboliza la tiranía,
la destrucción y el miedo. Todos se preparan para vivir las fiestas
de Quebrada Honda. Sin embargo nada es lo que parece, a lo largo de los
ocho cuadros, descubrimos como el presente que transitan forma parte de
los recuerdos y como todas las acciones que realizan pertenecen a un extraño
ya vivido cotidiano.
Los personajes parecen ser víctimas, desde diferentes estadios de
conciencia, de una situación de opresión externa que condiciona
su expresión, cargada de veladuras y subtextos que cobran transparencia
según evoluciona la trama y que nos hacen reinterpretar la situación
según la autora va desentrañando el conflicto. El personaje
de Dolores Cifuentes es el que con más claridad encierra la clave
de lo que allí ocurre, al incorporar en el mismo plano sus diálogos
de relación con los presentes y ausentes.
Briceño juega con inteligencia a lo largo de toda la obra al construir
atmósferas un tanto enigmáticas y opresivas, encontrando un
interesante equilibrio al contraponerlas a situaciones de júbilo
y fiesta.
Los diálogos son breves, todos ellos surgen alrededor de las acciones
que se proponen, lo que confiere a la obra un ritmo ágil, como si
el tiempo también se viera contaminado de ese efecto irreal. Un parto,
una fiesta de cumpleaños, la preparación de un carnaval, un
viaje... van componiendo el puzzle, que nos desvelará la ficción
que envuelve a los personajes.
La creación del imaginario que diseña la autora a través
de las situaciones oníricas, sobre todo apoyada por el personaje
de Beba, o del carnaval, en el que participan la totalidad de los personajes,
le confieren a la pieza un fuerte carácter de teatralidad, jugado
desde la convención, lo cual contrasta con la austeridad con que
pinta su cotidiano.
No matarás de la costarricense Claudia Barrionuevo, accésit
de esta edición, nos introduce en el género policiaco, donde
el cadáver se sirve desde la primera escena.
Durante 52 escenas, la obra mezcla constantemente dos planos temporales.
El presente, marcado por el interrogatorio al que son sometidos los cuatro
sospechosos de homicidio, y el pasado, que se torna presente según
van materializando la confesión de lo ocurrido. Esta estructura se
modifica en la coda final, donde se desarrollan diálogos paralelos
en diferentes espacios.
Daysi, actualmente viuda, ex esposa de Alfredo y madrastra de Hortensia,
su actual mujer, muere en casa de éstos rodeada de extrañas
circunstancias, cuando se disponía a tramitar temas de herencia.
Junto a ellos Bruno, el hermano homosexual de Hortensia, que acaba de contraer
matrimonio con Irupe, la hija consentida de Alfredo.
Desde el comienzo se manifiesta el gusto de la autora por generar estados
de desconcierto e incertidumbre, tanto de personajes como de situaciones
llevados al límite. En una especie de juego de combinatoria de posibles
coincidentes, a favor de un destino irónico. A partir de la escena
novena aparece el personaje de Ricardo, joven detective encargado del interrogatorio,
que se convierte en el eje a través del cual vamos descubriendo lo
que el resto de personajes quiere que entendamos de lo sucedido, argumentos
que según se van esgrimiendo se vuelven más absurdos, pero
paradójicamente van articulando una coartada más sólida.
Existe una constante estructura de reiteraciones, utilizada como forma de
acceso de la situación pasada al presente o viceversa, éstas,
en muchas ocasiones, aparecen como voz procedente de la grabación
de las confesiones. Entre medias discusiones sobre el arte contemporáneo
o defensas de la libertad de elección sexual... sitúan la
obra de lleno en la sociedad actual, en muchas ocasiones dominada por los
intereses y una doble moral.
Resulta curioso el disfrute con el que al final los cuatro sospechosos victoriosos,
revisan su interpretación, como si se tratara de actores entrenados
en mantener una buena escucha escénica, para defender a toda costa
el cumplimiento de su objetivo, incluso cuando los otros improvisan situaciones
inesperadas, en contraposición al personaje del detective, empeñado
en comprender y descubrir la verdad.
Notas que saben a olvido, mención especial del jurado, escrita por
la argentina Araceli Mariel Arreche presenta así su trabajo.
«El presente cuerpo de escritura se organiza en tres piezas breves,
Anita y Saverio, Su nombre es Anita y Feliz cumpleaños Anita. Cada
una de ellas indaga la compleja realidad de aquellos que conviven con el
síndrome de Alzheimer. Convencidos del alto grado de "comunicabilidad"
del teatro en tanto discurso, y asumiendo la necesidad de conocer un poco
más acerca de este trastorno cognitivo, se propone como un espacio
de reflexión que ayude a comprender y mejorar los vínculos
entre el paciente de Alzheimer y su entorno.»
A través del deterioro, que la evolución de la enfermedad
va originando en Anita, personaje protagonista, vamos introduciéndonos
en un viaje con final conocido.
Ocho es el número de personajes que articulan esta historia, en la
que la tensión viene marcada desde el exterior, por el desconcierto,
no aceptación y dificultad de ser testigo del olvido involuntario
al que somete la enfermedad.
La frustración, miedo, desconfianza se convierten en acompañantes
de Martina, hija de Anita, durante las dos primeras escenas, en contraposición
a la aceptación, comprensión y ternura, con que Juan, esposo
de Anita, se desenvuelve en la última.
Las reiteraciones, se convierten en figuras necesarias para dibujar el laberinto,
que poco a poco va horadando sus mentes, despojados de la memoria y referentes
inmediatos, los protagonistas, van amarrándose a sus recuerdos más
ancestrales, como últimos rescoldos de pertenencia a un mundo del
que poco a poco parecen desprenderse.
Como colofón, la autora nos introduce en la última escena,
a Raquel, personaje recién diagnosticado, cuya evidente fractura
y deseo de escapar de lo inevitable, marca el sin fin de la cadena.
«Raquel .-… Además, me parece tan caprichoso el diagnóstico.
Le diría más, hasta "discriminatorio". (Pausa) ¿Y
si uno fue despistado toda la vida, eh?¿Y si uno olvida para dejarse
vivir?»
Desde aquí, nuestra felicitación a las tres autoras.Decir
que fueron ciento veintisiete obras las que este año se presentaron
a la convocatoria, nos habla de un espacio ya consolidado y reconocido por
y para la dramaturgia hecha por mujeres. Otro año más podemos
celebrar con el Instituto de la Mujer del Ministerio de Trabajo y Asuntos
Sociales y la ADE esta publicación que aporta tres nombres femeninos
a la hazaña de publicar literatura dramática.
Carmen Márquez Montes, doctora en filología hispánica
por la Universidad de Sevilla, en esta edición miembro del jurado
-junto a Pedro Álvarez Ossorio, Juan Antonio Hormigón, Carlos
Rodríguez- y encargada de la presentación de este volumen
al referirse a las tres obras apunta que:
«...puede afirmarse, que éste es un tipo de teatro de guerrilla
que continua luchando desde los conceptos y las ideas generadoras del pensamiento
contemporáneo en el sentido de que reflexionan y nos hacen reflexionar.»
La casa de todos, de la venezolana Neher Jacqueline Briceño (1962),
ganadora de esta edición, deja traslucir a través de la obra
su experiencia como actriz y directora, en la acotación inicial nos
lanza su idea originaria de cómo concibió la puesta en escena,
no pensada para un teatro convencional, sino para una casa antigua o colonial,
donde fuera posible para los espectadores hacer el recorrido por las diferentes
dependencias en las que transcurren las escenas.
Desde el comienzo existen elementos que generan un extrañamiento,
situándonos de lleno en una especie de realismo fantástico
que arranca con una situación onírica entre sones de carnaval,
disfraz y apariciones, creando un sugerente y enigmático pasillo
de transición hacia la pensión de Dolores Cifuentes, espacio
corroído por el tiempo, y el olvido.
Siete son los personajes que la habitan. Rocío, una prostituta madura,
que se ve sorprendida por Francisquito -joven obsesionado por la idea de
escapar de la miseria en busca del sueño americano- al recibir la
noticia de que sus máscaras han ganado el concurso y podrán
venderse en la fiesta del pueblo. Dolores Cifuentes, la dueña de
la pensión, y sus dos hijas, Beba, privada de la capacidad del habla,
que muestra una marcada discapacidad psíquica, y Dolorita, joven
de 15 años, torturada por el remordimiento de haber traicionado y
ser causante de la muerte de su hermano, que sufre el acoso sexual de Chucho,
extraño personaje, cuya presencia y prepotencia incomoda a la totalidad
de los habitantes, y por último, Tata, madre soltera, a punto de
dar a luz un hijo de Estrada, figura ausente, que simboliza la tiranía,
la destrucción y el miedo. Todos se preparan para vivir las fiestas
de Quebrada Honda. Sin embargo nada es lo que parece, a lo largo de los
ocho cuadros, descubrimos como el presente que transitan forma parte de
los recuerdos y como todas las acciones que realizan pertenecen a un extraño
ya vivido cotidiano.
Los personajes parecen ser víctimas, desde diferentes estadios de
conciencia, de una situación de opresión externa que condiciona
su expresión, cargada de veladuras y subtextos que cobran transparencia
según evoluciona la trama y que nos hacen reinterpretar la situación
según la autora va desentrañando el conflicto. El personaje
de Dolores Cifuentes es el que con más claridad encierra la clave
de lo que allí ocurre, al incorporar en el mismo plano sus diálogos
de relación con los presentes y ausentes.
Briceño juega con inteligencia a lo largo de toda la obra al construir
atmósferas un tanto enigmáticas y opresivas, encontrando un
interesante equilibrio al contraponerlas a situaciones de júbilo
y fiesta.
Los diálogos son breves, todos ellos surgen alrededor de las acciones
que se proponen, lo que confiere a la obra un ritmo ágil, como si
el tiempo también se viera contaminado de ese efecto irreal. Un parto,
una fiesta de cumpleaños, la preparación de un carnaval, un
viaje... van componiendo el puzzle, que nos desvelará la ficción
que envuelve a los personajes.
La creación del imaginario que diseña la autora a través
de las situaciones oníricas, sobre todo apoyada por el personaje
de Beba, o del carnaval, en el que participan la totalidad de los personajes,
le confieren a la pieza un fuerte carácter de teatralidad, jugado
desde la convención, lo cual contrasta con la austeridad con que
pinta su cotidiano.
No matarás de la costarricense Claudia Barrionuevo, accésit
de esta edición, nos introduce en el género policiaco, donde
el cadáver se sirve desde la primera escena.
Durante 52 escenas, la obra mezcla constantemente dos planos temporales.
El presente, marcado por el interrogatorio al que son sometidos los cuatro
sospechosos de homicidio, y el pasado, que se torna presente según
van materializando la confesión de lo ocurrido. Esta estructura se
modifica en la coda final, donde se desarrollan diálogos paralelos
en diferentes espacios.
Daysi, actualmente viuda, ex esposa de Alfredo y madrastra de Hortensia,
su actual mujer, muere en casa de éstos rodeada de extrañas
circunstancias, cuando se disponía a tramitar temas de herencia.
Junto a ellos Bruno, el hermano homosexual de Hortensia, que acaba de contraer
matrimonio con Irupe, la hija consentida de Alfredo.
Desde el comienzo se manifiesta el gusto de la autora por generar estados
de desconcierto e incertidumbre, tanto de personajes como de situaciones
llevados al límite. En una especie de juego de combinatoria de posibles
coincidentes, a favor de un destino irónico. A partir de la escena
novena aparece el personaje de Ricardo, joven detective encargado del interrogatorio,
que se convierte en el eje a través del cual vamos descubriendo lo
que el resto de personajes quiere que entendamos de lo sucedido, argumentos
que según se van esgrimiendo se vuelven más absurdos, pero
paradójicamente van articulando una coartada más sólida.
Existe una constante estructura de reiteraciones, utilizada como forma de
acceso de la situación pasada al presente o viceversa, éstas,
en muchas ocasiones, aparecen como voz procedente de la grabación
de las confesiones. Entre medias discusiones sobre el arte contemporáneo
o defensas de la libertad de elección sexual... sitúan la
obra de lleno en la sociedad actual, en muchas ocasiones dominada por los
intereses y una doble moral.
Resulta curioso el disfrute con el que al final los cuatro sospechosos victoriosos,
revisan su interpretación, como si se tratara de actores entrenados
en mantener una buena escucha escénica, para defender a toda costa
el cumplimiento de su objetivo, incluso cuando los otros improvisan situaciones
inesperadas, en contraposición al personaje del detective, empeñado
en comprender y descubrir la verdad.
Notas que saben a olvido, mención especial del jurado, escrita por
la argentina Araceli Mariel Arreche presenta así su trabajo.
«El presente cuerpo de escritura se organiza en tres piezas breves,
Anita y Saverio, Su nombre es Anita y Feliz cumpleaños Anita. Cada
una de ellas indaga la compleja realidad de aquellos que conviven con el
síndrome de Alzheimer. Convencidos del alto grado de "comunicabilidad"
del teatro en tanto discurso, y asumiendo la necesidad de conocer un poco
más acerca de este trastorno cognitivo, se propone como un espacio
de reflexión que ayude a comprender y mejorar los vínculos
entre el paciente de Alzheimer y su entorno.»
A través del deterioro, que la evolución de la enfermedad
va originando en Anita, personaje protagonista, vamos introduciéndonos
en un viaje con final conocido.
Ocho es el número de personajes que articulan esta historia, en la
que la tensión viene marcada desde el exterior, por el desconcierto,
no aceptación y dificultad de ser testigo del olvido involuntario
al que somete la enfermedad.
La frustración, miedo, desconfianza se convierten en acompañantes
de Martina, hija de Anita, durante las dos primeras escenas, en contraposición
a la aceptación, comprensión y ternura, con que Juan, esposo
de Anita, se desenvuelve en la última.
Las reiteraciones, se convierten en figuras necesarias para dibujar el laberinto,
que poco a poco va horadando sus mentes, despojados de la memoria y referentes
inmediatos, los protagonistas, van amarrándose a sus recuerdos más
ancestrales, como últimos rescoldos de pertenencia a un mundo del
que poco a poco parecen desprenderse.
Como colofón, la autora nos introduce en la última escena,
a Raquel, personaje recién diagnosticado, cuya evidente fractura
y deseo de escapar de lo inevitable, marca el sin fin de la cadena.
«Raquel .-… Además, me parece tan caprichoso el diagnóstico.
Le diría más, hasta "discriminatorio". (Pausa) ¿Y
si uno fue despistado toda la vida, eh?¿Y si uno olvida para dejarse
vivir?»
Desde aquí, nuestra felicitación a las tres autoras.
Rosa Briones
