Índice de reseñas
Canel, Eva: La mulata. El indiano.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2005. (Serie: Literatura Damática, nº 68). 256 páginas.
Con esta edición realizada minuciosa e inteligentemente
por Pedro Ojeda Escudero, volvemos a recuperar la voz de otra mujer. En
la introducción, Ojeda nos diseña un puente por el que transitar
el acercamiento a esta autora, agazapada en el proceso histórico
español de finales del siglo XIX y comienzos del XX, lanzándonos
claves sociopolíticas y culturales del momento en que vivió,
para poder comprender en esencia los valores que subyacen en sus textos
y su forma de plantear la literatura dramática.
La mulata es la primera de las nueve obras que se tiene constancia que escribió.
Fue estrenada en 1893 en La Habana.
Durante un prólogo y tres actos, Canel (1857-1932) manifiesta un
conocimiento de la carpintería teatral dentro del marco realista
que envuelve estos dos textos publicados.
Sus personajes se convierten en marionetas a través de los cuales
ejemplificar conductas ético-morales, esto en ocasiones actúa
como rémora, impidiendo la evolución de la trama y el desarrollo
de los personajes en pro de la defensa a ultranza del ideal.
Todo se tiñe un poco de maniqueísmo y, si es cierto que contamos
con la previsión de lo que está por suceder, el llegar hasta
ese desenlace se realiza de una forma cuidadosa, no exenta en ocasiones
de golpes de efectos. La autora crea una estructura en la que entrelaza
y apoya correctamente el devenir de la trama argumental, a través
de momentos de tensión en los que todo esta a punto de desmoronarse,
o haciendo cómplice al lector, espectador, desde el comienzo de lo
que allí está sucediendo para de esa forma convertirle en
juez y parte de lo que está por venir, implicarle como elemento de
fuerza en el pulso de la justicia o de la honradez que con tanto empeño
defiende.
Un total de doce personajes componen este drama que comienza allende los
mares, con la presentación de Jaumet, joven huérfano abandonado
a su suerte en la isla mientras busca la forma de regresar a su tierra natal,
Barcelona. Se convertirá primero en cómplice involuntario
y testigo de la traición que el capitán Montagut y el Marqués
de Trinidad infringen a Patria -joven mulata esposa de este último,
que tras robarle el hijo y estafar al padre abandonan en el continente americano-
y segundo, en defensor a ultranza del esclarecimiento de la verdad.
Han pasado 20 años cuando da comienzo el segundo acto, en el cual
asistimos al desembarco en Barcelona de las dos víctimas y vemos
como el tiempo ha ceñido su propia tela de araña sobre el
resto de protagonistas, que viven en una aparente y falsa armonía,
cargada de traición, infidelidad, deslealtad, hipocresía,
mientras se ultiman los preparativos del enlace de sus respectivos hijos.
Como apuntábamos al comienzo los valores de honradez y justicia prevalecerán
sobre todo y en el tercer acto, la madre recuperará al hijo con el
cual regresará a su tierra natal, donde todavía cabe la oportunidad
de encontrar la forma de redimir todo el mal causado y un lugar para crecer
en honradez y justicia.
"LUIS.- ¡Volver a mi patria! ¡A la patria de mi madre!
Adonde me hablen de usted con horror y de ella con admiración. Trabajaré
seré un hijo modelo, un ciudadano intachable, y el pan con que mi
madre se alimente estará bendecido por los hombres y sacrificado
por la rectitud de mi conciencia."
La segunda obra que aparece publicada en este texto, también fue
estrenada en La Habana, un año después, en 1894.
El Indiano toma como lugar de referencia para su desarrollo argumental,
Tonga, pequeña aldea asturiana, en la que nació y a la que
regresa enriquecido, tras 30 años de trabajar en "las Américas".
Su llegada genera todo tipo de expectativas, ya nada será igual para
él, en sus diálogos vemos reflejados como el cambio de estatus
le lleva a sentirse extraño en su propia casa y aldea
"ANTONIO.- …Los viejos que me daban moquetes cuando era chicuelo,
o no se atreven a saludarme o me llaman DON ANTONIO llenándose la
boca… las mozas que no me conocen más que por el "Indiano
de casa de Ramona" bajan los ojos al verme y retuercen la punta del
delantal, y los chiquillos que encuentro por los caminos huyen de mí
como de alma que lleva el diablo… Si venía con la ilusión
de que alguien me llamase Antonín como mi madre me llamaba y, si
me descuido, mi hermana, mi propia hermana me hubiera soltado un DON ANTONIO,
más grande que una casa. Nada, nada, crean ustedes que no debo quedarme…
que debo marchar."
En contraposición a su deseo todos intentan remarcar la diferencia,
apoyándose en su nueva situación de hombre rico. Ramona, su
hermana, intenta casar a su hija Colasa con él, lo cual desencadena
uno de los conflictos secundarios de la pieza, que son los celos que Pachín,
joven aldeano pretendiente de la sobrina, sufre por ello (a través
de este personaje, la autora juega a poner el único contrapunto cómico
de la obra). Don Lucas, el letrado, pretende igualmente enlazar a su hija
con la nueva fortuna, basa sus especulaciones en la necesidad de que iguales
se junten con iguales y aunque Antonio es de clase humilde, su riqueza le
distingue y le equipara a la clase alta. Incluso la Marquesa se acerca en
un principio para poder salvar del embargo la casa en la que habita, aunque
después la generosidad, lealtad y virtudes que simboliza Antonio,
acaben por enamorarla de él.
De otro lado personajes como el General de Villatorey, su joven esposa Luisa,
hija de un fabricante de chocolate, y Gonzalo, joven noble que frecuenta
la casa señorial para gozar de los favores de la joven generala,
se convierten en un perfecto contrapunto para la autora, a través
de ellos ejemplifica lo que son las conductas más reprochables para
la defensa y encumbramiento de sus valores.
Un foco interesante de tensión es el que consigue generar con el
personaje de Luisa, que engatusando a su esposo -sexagenario general más
dedicado a presumir de joven esposa y gozar de su belleza, que a defender
su honra-, se convierte en el personaje antagónico perfecto para
Antonio. El desprecio con el que Luisa trata a los de clase menos favorecida,
su infidelidad, la falta de principios y la presunción que incluso
hace de ello delante del resto de los personajes, dan lugar a los diálogos
de mayor tensión dramática.
Al final todo se resuelve satisfactoriamente y la autora vuelve a declarar
parte de sus intenciones en los últimos parlamentos.
"ANTONIO.- Sí, la querrás a ella…, me elevarás
a mí…, nos engrandecerás a todos…¡Si las
mujeres de tu clase pensasen como piensas y sintiesen como sientes, arrancarían
de cuajo las falsas democracias y aplastarían de una vez las aristocracias
de pega!
MARQUESA.- ¡Bienhaya sea el dinero que sirve para honrar al hombre!
ANTONIO.- bendito sea el amor cuando puede enorgullecer al dinero."
Rosa Briones
