Índice de reseñas
Toni Cabré: Navegantes.
Tarragona: Arola Editors, 2005. 208 páginas.
De Toni Cabré conocíamos, como lectores,
un texto publicado por esta casa en 1999, Historias de amor, prologado por
Jaume Melendres en una introducción titulada "Una dramaturgia
pitagórica". Un texto que comentamos en su momento en estas
mismas páginas, y hablábamos entonces de la geometría
del pronombre personal, en tanto la obra se construía en torno a
las relaciones entre el yo, el tú y el/lo otro. Decíamos igualmente
que el drama humano que nos presentaba el texto era uno más de esos
dramas corrientes que asoman detrás de cualquier puerta, a la vuelta
de cualquier esquina, en la puerta de enfrente donde habita el otro, los
otros. En este nuevo volumen, que contiene dos obras, Cabré recrea
universos similares con personajes y conflictos semejantes.
En esta ocasión el prólogo es responsabilidad de Joan Cavallé,
dramaturgo nacido en Reus en 1958 y coetáneo de Cabré, con
el que parece compartir algunos trazos distintivos en su escritura, en el
campo de las temáticas y del tratamiento de la materia dramática.
La introducción de Cavallé tiene además el valor de
poner sobre la mesa y trasladarnos una cuestión sumamente candente
en el campo teatral: las travesías del desierto a que se ven abocados
una buena parte de dramaturgos y creadores teatrales ante el empuje de lo
que se tiene por nuevo, pero podría acabar por ser tremendamente
viejo. Un repaso a fondo a la historia del teatro en la primera mitad del
siglo veinte descubriría no pocas cosas que ahora, convenientemente
recicladas, se presentan como lo último de lo último. Y esa
pasión por la novedad, por estar a la última, en el filo del
atrevimiento y del escándalo, se puede dar de bruces con la mirada
sabia y formada, con todo aquello que puede percibir el espectador/a inteligente
para sonrojo del creador/a. No hace mucho, con motivo del fallecimiento
inesperado de Jordi Mesalles, Jordi Coca publicaba un artículo titulado
"Miedo en el teatro catalán" (El Periódico, 22-11-2005)
que debiera ser motivo de debate y reflexión: un debate afrontado
con educación, respeto, sosiego, rigor y coherencia. Tanto Joan Cavallé
como Jordi Coca señalan que los delicados hilos del teatro se manejan
en círculos de amigos y eso puede llegar a ser grave, por sus derivaciones
endogámicas y por suponer una negación de la pluralidad y
la heteroglosia, tan necesaria en las artes escénicas.
Los dos textos que nos presenta Toni Cabré, Navegantes y Viaje a
California poseen una misma característica que no es otra que una
textualidad muy bien definida y construida. Se ha dicho y repetido que una
imagen vale más que mil palabras, y ante el aluvión de intranscendencia
que nos ataca por todos lados, no está de más detenerse a
considerar cómo el verbo se hace arte, cómo el verbo puede
llegar a provocar las más diversas imágenes, a suscitar las
más variadas historias e hilos de vida. Cómo el verbo se hace
vida, pues es con el verbo, y no con imágenes, como designamos y
construimos la realidad.
Tanto en Navegantes como en Viaje a California, encontramos seres humanos
con una identidad indefinida y en ese juego de identidades, que se afirman
y se niegan de forma permanente, se muestra un reflejo fiel de la vida misma,
sobre todo cuando las relaciones humanas se convierten en simulacros, como
los que favorece Internet en sus usos patógenos, pero también
una vida de pareja asentada en la conversión del "tú"
en "lo otro". Estamos ante la fuerza de la palabra, de una palabra
recuperada y sin otro aditamento que el ser que la emite, un ser que se
manifiesta fundamentalmente, casi en exclusiva, a través de una palabra
desnuda pero llena de significados, capaz de generar múltiples significantes,
con todo lo que ello comporta en la teoría y la práctica de
la interpretación, en la teoría y la práctica de la
escenificación, en la teoría y la práctica de la significación.
Cuando Artaud reclamaba la reteatralización del teatro, y el fin
del imperio de la palabra, tal vez no fuese plenamente consciente que en
realidad el imperio de la palabra, que con tanto ahínco denunciaba,
era en el fondo el imperio de una palabra traicionada, silenciada, cosificada,
negada. Aquello nada tenía que ver con el verbo, en tanto principio
creador y generador, pues el mundo se dice y se construye con palabras.
Por eso, resulta tan difícil hacer buenos espectáculos a partir
de los textos de Harold Pinter, porque las palabras son palabras, con todo
su potencial generador.
Los hombres y las mujeres de Cabré se manifiestan con la palabra,
pero siempre desde la borrosidad, la incertidumbre, la indeterminación
y la vaguedad, lo que nos llevaría al territorio de la lógica
borrosa o difusa, algo que parece posible si pensamos que el autor muestra
en su haber un título de ingeniero, y la ingeniería, como
la filología o la endocrinología no dejan de tener sus propias
ventanas para ver la vida, para construir el mundo. Se suele decir que la
lógica borrosa nos muestra una forma más verdadera de ver
el mundo, en tanto nuestra visión es siempre incompleta, en tanto
no resulta fácil aprehender la complejidad, la inconmensurabilidad
del universo, de la realidad social, del otro, de lo otro, de nosotros mismos.
En el fondo es una forma más realista de considerar las cosas, una
forma de reivindicar la escala de grises, porque en ese juego de roles que
inventan y reinventan, que arman y desarman, "Él" y "Ella",
en Navegantes, es difícil dirimir quién sea uno u otro, como
es difícil llegar a conocer realmente quién es esa persona
que duerme a nuestro lado en la cama, o saber quién es de verdad
esa persona que nos mira desde el otro lado del espejo.
Manuel F. Vieites
