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Las cosas como fueron. Memorias.
Nieva, Francisco.
Madrid: Espasa-Calpe, 2002. 664 pags.
Comentario:
Abre Francisco Nieva este voluminoso libro con un poema cuyo primer verso reza "El teatro es vida alucinada e intensa". Y es cierto que en tales términos, que engloban significativamente los senderos de su existencia, se dirimen también los que componen estas Memorias, aparecidas el pasado año. Vida, teatro, alucinación e intensidad habitan sus páginas y el resultado es, como no podía ser menos tratándose de creador tan singular, una amalgama de géneros que, partiendo de la autobiografía, pasan por el ensayo literario, la poética personal, el anecdotario escénico, los elementos novelescos... Nieva no se ha puesto límites a sí mismo para contar -contarse- su vida, y lo hace profusamente, diseminando recuerdos y reflexiones, claves personales y artísticas, con una franqueza descarnada que llega a sorprender al lector.
Retomando el verso inicial, podría decirse que la vida de Nieva es una de las más "teatrales" que ha dado la creación teatral española en el último medio siglo. Escritor, escenógrafo, director de escena, pintor..., las facetas artísticas de Francisco Nieva adquieren, en primera persona, dimensiones y ángulos a veces insospechados. Pero por encima de todas ellas, se descubre a un creador inquieto, rebelde y astuto, que ha conquistado respeto y admiración por su trabajo, aunque también estupor o recelos y que, a la luz de estas Memorias, ha hecho de su vida una aventura artística comparable a pocas.
Existe en ellas un pensamiento subyacente que parte del propio título: "Las cosas fueron «como yo las vi» y, si me obligo a ser sincero, solo habré de contar «las cosas como fueron»", dice Nieva. Y este ansia de sinceridad se identifica inmediatamente con un impulso interno de descubrirse incluso más allá de lo socialmente admitido: "«Nadie declara en contra suya», se puede argumentar. No siempre es así. Existe una necesidad de confesión. ¿Podíamos suponer que toda confesión ha de ser necesariamente mentira?"(pag. 14) En lógica imbricación con la esencia de la teatralidad, el tema de la verdad y la mentira es pues uno de los leit-motivs que recorren las páginas de su libro.
Convendría no obstante advertir al lector curioso de que tal vez sea necesario buscar una perspectiva adecuada a la hora de situarse ante la personalidad que Francisco Nieva dibuja en sus memorias. Porque, desde cierto punto de vista, el escritor realiza aquí un gran metadiscurso de sí mismo, en el que, impregnado por esa voluntad de franqueza, abunda sin paliativos en un autorretrato oscuro y negativo, que podría identificarse con el gusto por el malditismo: "... Mi neta capacidad de hacer el mal es superior -por sobrecarga inicial en el duro y beligerante medio en que se me educó- a lo que yo mismo hube de «necesitar», simplemente para sobrevivir. Esto me hizo en el fondo peor, bastante peor y más temible de lo que hubiera debido ser (....) La pena, la angustia, el despecho, el orgullo y la humillación, se convirtieron en autoagresividad, y me «suicidé» genéticamente, he sido Saturno de mí mismo. (...) Mi mejor propósito no ha sido otro que la voluntad de convertir en incruenta diversión y en arte mis sinuosas y complejas dotes para el mal, como aventajado discípulo del egoísmo, la ambición y el miedo" (pag. 16).
Nieva estructura sus Memorias en tres libros y desarrolla implícitamente un discurso de enorme coherencia interna. Aunque domine una ordenación temporal, no siempre acude a una progresión estrictamente cronológica: en ocasiones establece saltos temporales y temáticos, pero guiado en todo momento por el objetivo de trazar una semblanza que se proyecta sobre su creación artística, especialmente literario-dramática.
El primero de ellos, Funeral y pasacalle, se sitúa en los años de niñez y adolescencia, en los que el entorno familiar toma enorme importancia. Nieva retrata el ambiente y los caracteres de quienes formaron su familia, relatando episodios diversos, no exentos en ocasiones de crueldad. La figura materna, (acompañada de las varias y llamativas mujeres de la saga), la admiración por su padre, los años de la guerra y la posguerra, el cine, el instinto de protección hacia su hermano, la música, los contactos con el postismo, el amor por su amigo Francesco, la bisexualidad... Son elementos que configuran poderosamente la personalidad del joven Nieva, cuya aspiración artística se centra en esos momentos en la pintura, y al que atormenta desde muy pronto -según él mismo señala- un sentimiento "tanático", en el que bulle la autodestrucción pero también un poderoso instinto de superación.
Un instinto acentuado en el segundo libro del volumen, que lleva por título Fragor y Juventud. Dividido a su vez en tres partes, recoge los recuerdos de los años vividos en París y Venecia, y su regreso intermitente a España. Se trata ciertamente de los años clave en la forja del personaje. En París, dedicado a su actividad pictórica, es donde conoce a su mujer, con la que se casaría por interés para entrar en contacto con la intelectualidad influyente del país. Allí es también donde, tras saber de la muerte de Francesco, comenzará a apuntarse en su personalidad "el Otro", el Nieva literario y teatral que inaugurará su escritura algo más tarde con Pelo de Tormenta. En Venecia, las aventuras sexuales, las fiestas excesivas, la sociedad selecta y decadente, los escándalos y el abismo personal reducirían finalmente a cenizas su matrimonio e iniciarían -ya en la tercera parte titulada «La resurreción entre llamas»- su vinculación con el universo dramático: escenografías en la Komische Oper, primeros trabajos en Madrid, lecturas literarias de sus obras con Aleixandre y Bousoño...
Pero sin duda, desde un punto de vista artístico, es el tercer libro el que contiene el núcleo fundamental de su reconocida labor escénica. Afanes y estrenos, éxitos y sinsabores se desgranan en la Residencia en «El Otro» que da título al último tercio del volumen, y en el que el autor deja constancia de sus ideas teatrales y estéticas, de su concepto dramático. Títulos como Sombra y Quimera de Larra, Los baños de Argel, La señora Tártara, Coronada y el toro o El baile de los ardientes forman parte de la mejor historia del reciente teatro español y Nieva desvela las circunstancias que los hicieron llegar a la escena. Quedan en estas páginas también sus interesantes reflexiones sobre las características de su producción literario-dramática: "Yo deseaba un teatro de personajes fijos, que pasaran por toda clase de aventuras o desventuras, pero siempre los mismos. Todos ellos arrancados de mis experiencias de vida. Pudo influirme, sin duda, la «comedia del arte» con sus personajes prototípicos, pero el propósito de crear un teatro con personajes fijos es casi una insensatez, que entraña el cumplimiento de un trabajo material de escritura por encima de lo normal. Esto no se pudo fraguar en un instante, era necesario escribir mucho para sistematizarlo de algún modo. Pero escribí mucho y muy deprisa y «el sistema» se fue abriendo camino con relativa prontitud" (pag. 388).
De esa idea y esa capacidad de trabajo nacerán los nueve personajes -según él mismo establece- que son la constante de sus obras: la madre "presentadora y oficiante de la ceremonia, violenta, destructiva, creadora, sabia y obcecada"(p. 388); el joven héroe, "conjunción afectiva e íntima del muchacho que más me interesó en la vida y yo mismo" (p. 389); la mujer, el niño, «la pareja unánime» (femenina, masculina o mixta), el coro y su correspondiente corifeo, y el dios monstruoso o el personaje desmesurado. Y de esta forma, el recorrido existencial de Francisco Nieva proyecta su devenir en el terreno de la creación, en consonancia con su pensamiento: "Casi todo lo que se escribe se ha tenido que vivir de un modo u otro. Surge siempre de una experiencia de vida" (pag. 512).
La aventura vital concluye en el presente, cuando su voz interior se interroga por todo lo realizado, por su perdurabilidad en el tiempo; y surge de nuevo una declaración de "culpabilidad", que cierra su "confesión". Francisco Nieva, el artista y el hombre, se manifiestan entonces como indisolublemente fundidos en su obra, sin posibilidad de deslindar al uno de la otra. "«Llega a ser lo que eres». Y, si no puedes, «fíngelo». Y si lo finges, «créetelo». En todo caso, trata siempre de llegar a ser lo que eres porque, de lo contrario, pierdes el alma" escribe hacia la mitad del libro. Es seguro que una buena parte del alma de Nieva habita en estas Memorias.
Carlos Rodríguez
