Índice de reseñas
Colio, Bárbara: Pequeñas certezas. Alvear, Inmaculada: Mi vida gira alrededor de quinientos metros. Fernández, Amaia: Turno de noche. Premio “Mª Teresa León, 2004”.
Madrid: Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España, 2005. (Serie: Literatura Dramática Iberoamericana nº 43)
Ochenta y cinco fueron las obras que se presentaron en esta edición al premio Mª Teresa León. Su procedencia: España, Argentina, México, Cuba, Costa Rica, Ecuador, Uruguay, Venezuela, Perú, Francia, Suecia, Suiza y Estados Unidos. Este año el jurado estaba compuesto por: Evangelina Rodríguez Cuadros, Ana Diosdado, Eduardo Alonso, Juan Antonio Hormigón e Ignacio García May. Este último escribe bajo el título de “La ternura como revolución” el prólogo. Breve reflexión cargada de una crítica mordaz con la que sacude, en pro de la posibilidad de actuar hoy en día, a aquellas personas ancladas en la selección parcial de la memoria negativa y atrabiliaria, heredada de una parte de la modernidad filosófica.
“Si no guardas al menos una fotografía del
tránsito
de tu vida
¿Cómo podrías tener la pequeña certeza de que
no todo fue un
sueño?”
Así reza el encabezamiento con el que Bárbara Colio nos introduce en Pequeñas Certezas, obra ganadora del premio Mª Teresa León 2004. Dividida en cinco escenas, cuatro de ellas nombradas como momentos del proceso fotográfico: exposición, revelado, imagen velada, impresiones. Colio nos introduce en un viaje hacia la búsqueda de un hombre desaparecido y, a través de su recuerdo, el reencuentro con la propia identidad, la capacidad de actuar, proyectar y comprometerse con la existencia por parte de los personajes implicados en su búsqueda.
“Sofía: Lo envidio. Si yo pudiera desaparecer así, lo haría. Lo chistoso es que creo que lo entiendo. Él jamás se pudo hacer a la idea de vivir como muertos, como Juan, como yo. Mario era toda luz. Creo que siempre lo envidié. Cabrón.. Quisiera verlo una sola vez más… está vivo, lo sé. Él no es de los que se muere”
En su desarrollo, diálogos monologados y compartidos conviven creando una secuencia anacrónica donde el pasado también se materializa en el presente, generando un ritmo de desarrollo ágil e inteligentemente sostenido.
“Natalia: Yo no soy como tú, mamá. Sí. Voy a tener un “bulto, un hijo de un fantasma. Era de esperar. ¿No? Yo misma soy hija de unos fantasmas. Y las cosas no pueden ser así la gente normal no nace de fantasmas…”
Desde el comienzo nos vemos envueltos dentro de la trama argumental de forma vertiginosa, no hay tiempos muertos. Todos los personajes se encuentran inmersos de forma igualmente activa en el conflicto colectivo y personal, lo que la convierte en una obra de marcado carácter coral.
“Olga: … ¿Qué clase de cultura es esa donde la familia prefiere casarte con un perro a que seas tu misma? Esa es una señal, una alarma que todas deberíamos de escuchar.”
Alrededor de temas como el amor, la orfandad, lo clandestino, la adopción, el aborto, la lucha por la vida, etc., se nos muestra un cotidiano, que parece extraído en ocasiones del realismo fantástico, introduciéndonos imágenes tan dispares como la de una niña pobre obligada a casarse con un perro para romper el maleficio, o la mujer, madre yerma, empeñada en adoptar cadáveres huérfanos. Todo ello dentro del perímetro de un país, México, donde la desaparición se convierte en una paranoia colectiva que colorea el cotidiano...
“Juan: … Mario va a aparecer cualquier día, va a sonar el teléfono y será él, …cuando tenga hambre saldrá de su escondite a pedirnos un dulce y… ¡No! ¡Escúcheme usted a mí! Eso no es lo importante ahora, lo que importa es volver a poner las cosas en su sitio es una señal y ¡No! ¡No! (Pausa se recupera) Sí, doctor. Perdóneme. Sí, sí. Ya estoy bien…”
Plurales también son los espacios donde transcurre la trama: un aeropuerto, una sala de espera de una clínica abortista, una funeraria,… Los cinco protagonistas, cuatro mujeres y un hombre: hermanos, amante, madre y amiga parecen aceptar el juego final de la convención teatral donde un muerto ajeno se convierte en el propio por necesidad de salvarse.
“Madre: encontraron un cuerpo en la playa que al
parecer tenía meses entre las olas. La descripción coincidía
con la de Mario. Necesitaban que alguien lo identificara. Fui inmediatamente…
Madre: Tranquila, hija, tranquila. Necesitábamos un muerto y ya lo
tenemos. Este funeral nos va a sentar muy bien a todos. Muy bien”
El accésit de este año correspondió
a Mi vida gira alrededor de quinientos metros de Inmaculada Alvear. Texto
en el que el terror del maltrato consigue expresarse a través de
una prosa cuidadosamente tratada en numerosos momentos poética.
La presencia de la hija como testigo de la situación se convierte
en un fuerte aliado del texto, es a través de ella, de sus juegos,
donde en ocasiones, más descarnado se muestra el drama.
“María: (hablando a la muñeca) las
marcas rojas que hay en el barrio, las hace mi madre. Guárdame el
secreto. Por favor, no se lo digas nadie.
Las marcas las hace con la sangre que sale de su cuerpo. Yo también
tendré sangre de ésa algún día.
Hoy ha aparecido una en la entrada del colegio, y otra en ese lateral en
el que estuve hablando con papá… todas la niñas se paraban
y la miraban, yo también me paré y llamé idiota y cerda
y cochina a la persona que lo había hecho y la insulté como
hacía la profe: esas personas no merecen nuestra consideración
ni nuestro respeto.”
La estructura dividida en una treintena de escenas ordenadas espacial y temporalmente nos lanza a un desarrollo previsible, los medios de comunicación desgraciadamente dan buena cuenta, pero a pesar de ello mantiene en todo momento la tensión dramática. El texto, moviéndose en un plano realista, consigue, gracias a los juegos simbólicos, analogías que establece y al rico imaginario con que está envuelto, abrirnos los sentidos a paisajes, aunque en esencia comunes, en forma muy diferentes. A ello también contribuye la dispar combinación de recursos estilísticos donde coinciden, desde diálogos en los que pensamiento y conversación transcurren al unísono, con plegarias o análisis rotundamente inocentes de situaciones terribles
“María: (hablando con la muñeca)… Mi casa también está marcada. Dice mamá que es para salvarnos. Le dije a mi profe que yo debía ser judía. Que mi madre había puesto una marca con sangre en la puerta de entrada y en la cocina. No me creyó… tengo que decirle a mamá que hable con el profe y se lo diga ella, seguro que a mamá la cree”
Alvear consigue a través de sus analogías
poéticas convertir este texto en mucho más que la crónica
de una tragedia anunciada. Consigue entender, compartir, expiar, denunciar…
recuperar sin sacrificar un ápice la creación en ese, a veces
olvidado, compromiso de denuncia social del teatro.
Turno de noche de Amaia Fernández, mención especial del jurado,
nos introduce en el cotidiano laboral nocturno de unos grabadores de datos,
donde el anuncio de una reducción de jornada para evitar el despido
de los meses de estío, provoca el enfrentamiento entre sus cuatro
protagonistas. Rafa, perpetuo opositor, enamorado secretamente de Marta,
la joven coordinadora que se encuentra enredada en los preparativos de su
boda, y que entre tanto se permite algún escarceo con Mario, joven
veinteañero, que alcanzó su puesto gracias al enchufe de un
directivo amigo de su padre y por último Elena, de unos cincuenta
años, que trabaja para sacar adelante a sus hijos tras el abandono
de su esposo. La noticia de la reducción de jornada, abre las compuertas
de los intereses individuales y pasamos a ver como se resquebraja el equipo
cuando empiezan a aflorar los miedos y de su mano lo que cada uno está
dispuesto a hacer para salvarse.
Dividida en tres noches cronológicamente ordenadas, este juego de
intereses cruzados, nos ofrece desde un formato realista, un retrato del
cotidiano desarrollado con inteligente sencillez, que de forma sutil va
creando la atmósfera adecuada para potenciar los caracteres de sus
protagonistas, supervivientes que habitan sin desearlo el lugar que ocupan,
a la espera de un cambio que parece tarda en llegar y, para el cual parecen
tener amputados la voluntad y el deseo.
Desde aquí vaya nuestra enhorabuena a estas tres autoras, que nos
siguen alentando a mantener vivo el deseo de enfrentarnos un año
más a un teatro escrito en femenino plural.
Rosa Briones.
