Índice de reseñas
Teoría del Teatro.
Trancón, Santiago
Madrid: Editorial Fundamentos, 2006. 478 páginas.:
Comentario
No es del todo raro que se publiquen ensayos o reflexiones
teóricas sobre el teatro. Sí lo es, en cambio, que en ellos
se proponga y desarrolle una aproximación al teatro entendido como
objeto propio del análisis científico. Esta situación
tampoco es estrictamente "española". También fuera
ocurre otro tanto: leemos o tenemos noticia de estudios semióticos,
históricos, literarios, estéticos, etc., sobre conceptos o
aspectos determinados del teatro y, sobre todo, de la práctica teatral,
emitidos en otras latitudes. Pero que rara vez son ejemplo de eso que alguno
ha llegado denominar "la ciencia del teatro".
El mismo autor de este libro, Santiago Trancón, menciona acertadamente
en sus primeras páginas algunas de las razones que explican esta
"anomalía sintomática". Recuerda que el teatro se
presenta ante todo como una práctica "refractaria a la teoría",
sin que haya un suficiente consenso intelectual acerca de su definición
como "objeto de estudio"; la propia naturaleza del teatro como
arte efímero y fugaz parece eludir cualquier pretensión de
objetivación; y la mayor parte de la profesión teatral, víctima
de una especie de "prejuicio antiteórico", no reclama ningún
género de investigación en tal sentido.
A partir de ahí, su extenso trabajo va encaminado precisamente a
argumentos y probar que sí es posible (y útil a todos los
efectos) lo que en palabras de Althusser podríamos denominar como
una reflexión teórica sobre el teatro "en sentido fuerte",
es decir, partiendo de la consideración de que es posible definir
el teatro como objeto propio del análisis científico.
No obstante, el valor del trabajo de Santiago Trancón no reside en
que su reflexión intelectual sea ambiciosa o inusual, sino que el
resultado es excelente, en el sentido estricto que la economía moderna
da a este término.
Inicia su discurso de manera original, con un análisis crítico
de seis parejas de conceptos (arte/ciencia, teoría/práctica,
objetivo/subjetivo, verdad/libertad, teatro/vida, belleza/fealdad) destinado
a delimitar el campo teórico de la reflexión, es decir, "lo
que está en juego". El arranque es arriesgado, porque, de puro
abstracto, podría desalentar a más de un esforzado lector.
Sin embargo, es rápidamente comprobable que el autor no lo elige
para dar un interminable y gratuito rodeo teórico, sino para fijar
las seis dicotomías que, a su juicio, dan sentido al teatro.
La estrecha relación entre esas seis parejas y la práctica
teatral es claramente explicitada a lo largo de esta parte del libro. Así,
cuando argumenta que el teatro, como todo arte, puede proporcionar una determinada
forma de conocimiento, diferente de la que es propia de la ciencia, pero
no por ello menos operativa y eficaz. O cuando discute "si es posible
o no establecer criterios de validez, coherencia y verosimilitud basados
en la objetividad del texto o la representación o, por el contrario,
cada receptor es libre de construir o deconstruir la congruencia o incongruencia
que él desee". O cuando señala que el teatro "es
un lugar especialmente privilegiado para cuestionar la verdad y la libertad,
para 'ponerlas en juego'". O cuando explica cómo "la relación
entre lo bello y lo feo da lugar a tensiones que recorren o atraviesan todo
el arte actual, incluido el teatro".
El segundo bloque del libro está dedicado a reflexionar sobre la
especificidad del teatro como objeto específico de estudio. Santiago
Trancón elude en estos capítulos una vía que es habitual
en este tipo de textos y que frecuentemente resulta tan legítima
como poco productiva: la de la mera descripción de los diferentes
puntos de vista elaborados por los diversos teóricos que se han ocupado
de una u otra forma de la cuestión. Se separa así de manera
radical de ese estilo propio del manual al uso que lanza una mirada exterior
y casi indiferente a las propuestas formuladas por los diferentes autores,
como sugiriéndole al lector que con su pan se lo coma. Por el contrario,
realiza de manera sistemática una reflexión crítica,
contraponiendo unas y otras, y añadiendo sus propios puntos de vista,
con el objetivo de llegar a conclusiones efectivas. Sigue aquí el
consejo de Karl Popper, que él mismo cita, de aplicar en su reflexión
un "pluralismo crítico" en la "búsqueda de
la verdad".
Esta parte del libro está orientada a establecer la posibilidad de
una teoría específica y autónoma de esa actividad llamada
teatro a la que consideramos asimismo específica. Para ello, expone
cuáles son los rasgos distintivos del teatro, es decir, los que no
comparte con ninguna otra actividad; y sus características, es decir,
los rasgos que, sin ser específicos, sólo se dan en él
en semejante grado de coincidencia, intensidad y funcionalidad, hasta el
punto de ser constitutivos de su identidad.
Su propuesta sobre lo que constituye la especificidad del teatro está
directamente emparentada con algunas proposiciones que son muy queridas
a esta revista. El teatro es "un fenómeno esencial dual, 'una
actividad en la que la ficción se hace realidad y la realidad se
transforma en ficción'". Precisamente, por ser al mismo tiempo
"realidad ficticia" y "ficción real", constituye
él mismo una "realidad aparte" capaz de cuestionar el propio
orden social.
Una vez debatida extensamente esta proposición, sus aristas y sus
implicaciones, Santiago Trancón analiza una decena de características
del teatro que contribuyen a dotarle de una identidad propia: inmediatez
espacio-temporal, separación entre el espacio de la representación
el espacio de la recepción, imposibilidad de transformar la representación
en objeto, actuación del cuerpo como totalidad, comunicación
directa entre escenario y sala, carácter lineal e irrepetible de
la representación, etc.
Cierra este bloque un amplio repaso a los componentes básicos del
teatro, que incluye, entre otras cuestiones, unas sugerentes y quizá
polémicas reflexiones sobre texto y representación (una pista:
"el teatro está formado por dos componentes básicos:
el texto y la representación"), otras no menos interesantes
sobre teatro, literatura y géneros, y una francamente ingeniosa sobre
teatro y oralidad, muy oportuna, por cuanto que en el teatro "ni se
habla como en la vida, ni se habla como en la 'literatura'". Forma
parte también de este bloque un detallado apartado sobre realidad
y realismo en el teatro, expuesto como descripción y despliegue de
un complejo diagrama de conceptos, que constituye el único pasaje
de lectura algo más trabajosa, pues el autor tiene la loable virtud
de abordar en el libro temas de obvia profundidad intelectual con un estilo
sencillo, claro y hasta ameno.
La tercera parte del libro está centrada en el estudio de los aspectos
fundamentales de la obra teatral, entendida como "la totalidad de la
representación escénica". Se inicia, casi de manera obligada,
con un análisis de los signos y códigos teatrales, partiendo
de las tesis, también ampliamente compartidas desde estas páginas,
de que "no existen signos teatrales específicos y, en este sentido,
no existe un lenguaje o código teatral propiamente dicho" y
de que "cualquier signo puede convertirse en signo teatral". Continúa
con la estructura de la obra teatral, rechazando la vía de los modelos
actanciales de manera argumentada, pero más apresurada de lo que
nos gustaría a quienes nos siguen convenciendo los estudios de Anne
Ubersfeld. Y prosigue con elementos tales como forma, espacio, ritmo, personaje,
conflicto, espacio, tiempo, etc. incluido un conciso, pero muy convincente
apartado sobre recepción e interpretación de la obra teatral.
Por último, Santiago Trancón abrocha este largo viaje "de
lo abstracto a lo concreto", como gustándose, con un apéndice
en el que aplica algunos de los conceptos desarrollados en el libro a siete
fragmentos de textos teatrales que van de Shakespeare a Müller, pasando
por Valle-Inclán y Jardiel Poncela. Un atractivo final para un libro
francamente completo, riguroso y estimulante.
Alberto Fernández Torres
