Editoriales Nº 102.
EL OFICIO DE MINISTRO. Por Juan Antonio Hormigón
Yo quería escribir un editorial que llevara por título: "El día en que Indalecio Prieto salió a comprar el Vogue ". No voy a hacerlo y no por falta de ganas ni por alguna otra exigencia. Mi intención era ubicar en el salón de conferencias del Congreso de los diputados los entes ectoplásmicos del político socialista, entonces ministro de Hacienda, y de Valle-Inclán, rememorando un conciliábulo que tuvieron allí el 20 de julio de 1931. No se conocen con seguridad las cuestiones que trataron. Surgieron algunas especulaciones, como es lógico. Al día siguiente el ABC se hizo eco de los rumores señalando que la tenida "tal vez estuviera relacionada con un posible ofrecimiento por parte del Gobierno al Sr. Valle-Inclán de una alta representación diplomática en América". Nada se supo después sin embargo; o bien no lo hubo o el escritor gallego consideró que no debía aceptarlo.
Nuestros dos personajes iban pronto a visualizarse y a entablar un diálogo con una diputada, socialista se dice ella. Ni don Inda ni Valle comprenden nada de lo visto en el cuché. Sería el momento destinado a un diálogo chispeante y sarcástico. Llega después otro diputado que representa un segmento de los que convierten los problemas de la vida privada de un segmento de la población, en la preocupación central y máxima de la sociedad, todo ello para ocultar sus desmedidas ambiciones de poder.
El escritor le dedicaría a la dama el mismo comentario que le hizo a Jorge Rubio en La Granja El Henar, a la hora de la siesta, el 25 de agosto de ese mismo año: Señora, "se abren ante usted abismos de ignorancia". El político por su parte pensando en la historia de su partido, preguntaba a la madre de la patria si ante aquel despliegue de fotos que acababa de ver no había habido una interpelación del grupo parlamentario socialista, y constataba con otra su estupor: ¿"Qué significa ahora ser ministro"?
Valle y Prieto se alejaban finalmente Carrera de San Jerónimo abajo camino de nada. Más tarde, en los espacios etéreos donde reposan y chismean sin agobios los ectoplasmas, De los Ríos, Largo Caballero, Araquistáin, Zugazagoitia, Negrín, María Lejárraga y algún otro escuchaban el informe de don Inda. Todos coincidían en que si alguien no lo remediaba pronto, habría que refundar el partido. Besteiro, a lo lejos, se limitaba a sufrir y murmurar que había que rendirse, quizás a la evidencia pero visto lo visto nunca se sabe.
De todo eso y de más quería escribir y no lo hago. Mi opción como dislate ante ciertas cosas que suceden era ya la del sarcasmo, pero podría interpretarse como frivolidad o tener que sufrir como respuesta esa actitud que consiste en no comentar los hechos, sino refugiarse en los lugares comunes de lo políticamente correcto para impedir el análisis. Es evidente constato, que alguien está capacitado para el ejercicio de una función por sus conocimientos y capacidad de trabajo y organización, al margen de que sea hombre o mujer, negro o blanco, heterosexual u homosexual, etc. Cuando no es así caemos en el favoritismo o la estupidez, tan frecuentes en la historia de España. Una cosa es promocionar, apoyar, favorecer la igualdad de oportunidades de los ciudadanos al margen de su género o sus opciones privadas, otra muy distinta ofrecer un puesto público de responsabilidad a quien no esté capacitado para ello.
En consecuencia, a mí lo que ahora me inquieta es la pregunta que Indalecio Prieto se hacía en mi ficción nonata: ¿Qué significa ahora ser ministro en España? Es evidente que sólo la decantación histórica ha ido definiendo las funciones ministeriales. En el pasado, el gobernante, fuera rey o caudillo, se rodeaba de consejeros que ejercían alguna función siempre bajo la capa de su señor. El Estado poseía una organización simple y elemental, inexistente en aspectos que hoy son capitales en su configuración. Los monarcas absolutos transfirieron el gobierno a los validos, que de forma un tanto ligera consideramos con frecuencia primeros ministros. Algunas funciones, como la hacienda, comienzan a ser atribuidas a personas concretas que serían una especie de protoministros.
Lógicamente no son más que recordatorios rápidos de una cuestión bastante más compleja. Lo que pretendo es llegar a los periodos constitucionales en mayor o menor medida, que son los que proyectan pautas sobre el presente. En unos casos la jefatura del gobierno es designada por el jefe del Estado como consecuencia de la relación de fuerzas parlamentarias, aunque no siempre; en otros es directamente el parlamento quien elige a uno entre los candidatos que puedan presentarse.
Los regímenes presidencialistas funden o confunden según se mire, las funciones de jefe del Estado con las del gobierno, para conseguir una capacidad ejecutiva mayor. En el fondo limitan extraordinariamente la democracia, porque tienden a un bipartidismo absoluto que no refleja la complejidad de las sociedades. Existe sin embargo una tendencia que quiere hacer de los presidentes del gobierno elegidos por los parlamentos, una suerte de visorreyes electivos a la manera adoptada por los estadounidenses, que sacralizan y confieren poderes absolutos a sus presidentes aun a costa de perder la propia substancia democrática. Esta especie de exágesis del hombre providencial al que se entrega el porvenir de la nación, refleja de forma expresa en ocasiones la ensoñación de la dictadura, la querencia por el cónsul que ha de guiarnos en la situación de peligro o dificultad porque nosotros, como ciudadanía responsable, no somos capaces de hacerlo.
En todos los gobiernos sin embargo, sea cual sea su origen, se da esa división ministerial que expresa la organización del Estado en diferentes departamentos y desarrolla programas políticos en áreas de actividad específica. Dicha estructura define las responsabilidades del Estado y también las preferencias programáticas de los gobiernos por unas u otras. Cuando el presidente de un gobierno escoge un ministro, se supone que busca a alguien que es conocedor de su materia en cuanto a objetivos políticos, que tiene capacidad para el diseño programático, la gestión, la dinamización y la coordinación, no sólo de las propias actividades que su departamento genera sino de aquellas que emanan de la sociedad civil en cualquiera de sus expresiones, a las que debe desbrozar caminos e inducir su desarrollo y labor productiva.
Un ministro traduce un programa de gobierno que su presidente propone y que el consejo hace suyo mediante mutuo acuerdo. Un programa que expresa en el plano de la acción para un periodo concreto, el del partido o partidos que lo sustentan en el Parlamento. Su ejercicio no puede ser fruto de la improvisación; no debe considerarse el más sabio en las materias que le ocupan sino el que mejor puede servirlas; tampoco está allí para dar gusto a sus preferencias personales o caprichos claros u oscuros, ni para colocar a sus amistades o a las de otros aunque no estén capacitados para asumir el cargo que se les encomienda. Su oficio implica escuchar, dialogar, comprender, analizar y establecer a partir de ello las pautas de acción o corregirlas.
La sabiduría y preparación que un ministro precisa no es siempre de carácter académico, o al menos no sólo. Indalecio Prieto de quien hablábamos antes, fue Ministro de Obras Públicas en dos gobiernos consecutivos de la Segunda República, presididos ambos por Manuel Azaña. Su composición incluía republicanos y socialistas. Su desempeño abarcó desde mediados de diciembre de 1931 a septiembre de 1932. Prieto carecía de estudios universitarios pero poseía una gran inteligencia y una enorme astucia y capacidad política. No obstante en el gobierno provisional fue Ministro de Hacienda y al frente de las obras públicas hizo un trabajo encomiable. Posiblemente supiera poco de la materia pero conocía sus limitaciones y lo que era urgente y necesario. Era consciente del problema que padecía España con sus sequías cíclicas, una escasa capacidad de producción eléctrica, la ausencia de territorios de regadío y, en consecuencia, una agricultura extensiva de bajo rendimiento.
Prieto reunió en su entorno a los más prestigiosos y competentes ingenieros hidráulicos del momento, y les instó a que confeccionaran un plan hidrológico a medio y largo plazo que cambiara la faz de España. No pudo realizarlo ni tampoco sus sucesores, sobre todo a consecuencia de la guerra civil, pero la construcción de pantanos que el franquismo llevó a cabo y que tanta gracia amarga nos hacía a muchos, era la aplicación de aquel plan que los facciosos vencedores se encontraron en los cajones del ministerio.
La historia de España nos ha ofrecido sin embargo ejemplos bien distintos. Podemos establecer una larga lista de ministros que representan todos los vicios y ligerezas imaginables, todas las sinrazones que podamos intuir y cuya ejecutoria fue lamentable. Nuestra esperanza consiste siempre en que un gabinete en su conjunto y los ministros uno a uno, respondan a los parámetros enunciados. Son nada más que los propios de una sociedad democrática desarrollada, respetuosa con la condición de ciudadanía, que desea ser eficaz, que tiene objetivos y se toma en serio la gobernación: parece que aún nos falta mucho para llegar a eso. Bien es verdad que la cosa va por barrios. No deja de ser curioso que en los ministerios económicos no haya titulares de los mismos ni altos cargos que sean mujeres. ¿No las hay capacitadas o alguien presupone que con las cosas serias e importantes no se juega, con las otras qué más da?
Como remate diré que del mismo modo que el presidente del gobierno es responsable del nombramiento de los ministros de su gabinete, estos lo son de los altos cargos de su departamento. Sus errores y deficiencias son igualmente los suyos. Sus incompetencias y sus actitudes también. De todo ello se deriva la acción de gobierno y eso es lo que deberían percibir los ciudadanos. Nada de todo esto es cuestión de talante, sino de programas, de modos de comportamiento, de decisiones adecuadas, de gestión solvente. Algo que es exigible para cualquier gobierno, pero más aún cuando dice ser la izquierda y representar tus propias convicciones.
La España ilustrada existe, no es una quimera ni utopía, ni depende tampoco del talante. Sin embargo se percibe con dificultad tras una selva mediática que dice lo que quiere y no lo que realmente es, que miente si es necesario en aras de los intereses y objetivos de sus propietarios y del sistema que sostienen, y que oculta tras la bazofia la realidad del país. De eso hablaré otro día.
Carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite
al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero,
en la que expone algunas consideraciones sobre el arreglo de los teatros en España (III)
Iniciado el nuevo curso político, en el que nos vamos a jugar no pocas cosas debido a la tendencia compulsiva de ciertas personas de su entorno a entender la acción política como un juego mediático, llega la hora de ir concretando algunas de las ideas que podrían contribuir a mejorar la situación de los teatros en España. Para comenzar me gustaría plantear cuestiones previas que tienen particular relevancia por cuanto algunas de sus actuaciones como Presidente y las declaraciones públicas de los responsables del ámbito cultural de su gobierno, contradicen el espíritu plural y de diálogo que se le supone al gobierno y chocan frontalmente con la praxis pasada y presente de aquellas personas que tienen la responsabilidad y la obligación de potenciar el cambio en el que Usted tanto insiste.
Comenzaremos por una cuestión que le atañe particularmente, relacionada con su proclamada voluntad de diálogo con la sociedad civil y con los diferentes actores que la conforman. Una fotografía reciente daba cuenta de un encuentro en el que se rodeaba de conocidas personas del mundo de la denominada "música ligera", entre las que destacaba el semblante y los rizos de David Bisbal. El encuentro le honra por cuanto supone abrir y airear los salones de la Moncloa, pero me parece insuficiente por cuanto Usted ha elegido un sector muy determinado de ese campo cultural que es la creación musical. Determinados gestos son sintomáticos de principios y valores, y la citada fotografía podría ser leída desde diferentes perspectivas, incluida la mediática, pues no es lo mismo departir con los citados artistas para conocer la situación de la industria musical, que convocar, para lo mismo, a Loquillo, a Miguel Ríos o a Fermín Muguruza, por ejemplo. La instantánea daría una idea clara de lo que Usted entiende por sociedad civil, del rol que está dispuesto a conceder a la deliberación y de los criterios para elegir a los agentes sociales que debieran participar en la misma. Comprenderá entonces que su elección preocupe, porque son muchos, muchísimos más, los que no estaban y seguramente debieran estar. En esa dirección, su gesto incluso podría llevar a pensar que sus continuas referencias a la ciudadanía no dejan de ser un simple recurso retórico para un discurso que, por seguir a Louis Hjelmslev, se centra Usted más en la forma de la expresión que en la substancia del contenido. ¿Qué se buscaba: un encuentro con músicos o una foto de portada? De seguir los mismos parámetros y criterios en el campo de la creación teatral, la fotografía tal vez ratificase el rumbo que está tomando la política teatral de su gobierno y que provoca inquietud e incertidumbre. Alguien podría llegar a pensar que lo realmente importante es la foto, en tanto el discurso y los programas pasan a un segundo plano. Una actitud claramente contraria a los principios republicanos que Usted tanto repetía no hace tantos meses y que no debiera abandonar.
Las consultas, el diálogo y la deliberación deben convocar a los diversos actores que conforman la sociedad civil. Como Usted comprenderá, algunos de los actores y de los agentes sociales de ese vasto campo de creación cultural que son las Artes Escénicas (y de los individuos que los integran), no podemos permanecer callados ante los indicios de una catástrofe posible y que se detecta tanto en lo que se hace mal, sin razón aparente, como en lo que no se hace. En mi caso, no callé cuando la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales publicaba en 1995 el estudio de Eduardo Galán, Reflexiones en torno a una política teatral , con prólogo de José María Aznar y con la colaboración de Juan Carlos Pérez de la Fuente; tampoco callaré ahora. Otros callaron e incluso colaboraron activamente con el Partido Popular en muy diversos frentes, lo que podría indicar que puestos, favores y prebendas son más importantes que las ideas. Por mi parte, ya que no puedo reclamar ese derecho a ser oído que a otros sí concede, ejerceré mi deber cívico de señalar algunos principios básicos para desarrollar una política teatral orientada al desarrollo integral del campo y que se articularán en una serie de trabajos que verán la luz en los próximos números de esta revista, mientras otros se presentarán en formato de libro.
Queda mucho por hacer. Por eso asombra esa querencia por descubrir Mediterráneos de la que hace gala la Ministra de Cultura. A principios del mes de julio y desde São Paulo anunciaba poco menos que la demostración de la cuadratura del círculo en cuanto a políticas culturales, y proclamaba urbi et orbe el desarrollo de un nuevo paradigma de política cultural para el mundo mundial. La gravedad del asunto no radica en que la Ministra insista en esa tendencia a situarse en otra realidad y que tanto nos recuerda aquella obra de Shakespeare titulada Much a do about nothing , sino en que parece desconocer la existencia de paradigmas de acción cultural, potenciados en su día desde la UNESCO, que ya se han desarrollado en países de nuestro entorno (como la democratización cultural o la democracia cultural) y que en la práctica son todavía desconocidos en España, por no hablar de una gestión cultural desarrollada con y para la ciudadanía, como proponía Toni Puig en un trabajo de 1997 publicado en el volumen colectivo Animación Sociocultural y editado por Ariel. Esas políticas culturales que se definen como "nuevas" o incluso como "radicalmente nuevas", y que en el fondo constituyen revisiones de paradigmas conocidos, no dejan de ser papel mojado o simples juegos de artificio, sobre todo cuando se formulan por personas que en su ejecutoria pública nada han hecho por impulsarlas sino todo lo contrario y cuando no se concretan en los correspondientes presupuestos.
¿Dónde hemos de buscar la praxis que justifica las recientes formulaciones teóricas e incluso algunas propuestas programáticas del Ministerio de Cultura y de su responsable actual? Y pregunto dónde, porque Carmen Calvo viene de una Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en la que presumiblemente debiera haber desarrollado muchas de las ideas que ahora promueve desde el Ministerio o desde un marco tan importante como el Forum Cultural Mundial de São Paulo. De no ser así, su discurso no deja de ser, como diría Derrida, una "narración" más, una fabulación improbable que se nutre de principios formulados con anterioridad, como el de la diversidad o el de la excepción cultural, y que remiten a líneas de actuación que precisan de la concurrencia previa de programas aún por implantar en España. Y lo que es peor, su discurso no resulta creíble.
El Mediterráneo es uno de los primeros mares conocidos por la Historia. No hay necesidad de descubrirlo, ni de inventar otros mares pues la cartografía general del planeta se completó hace tiempo. Y otro tanto ocurre con las políticas culturales y teatrales. Existe bibliografía abundante en la que se explican, con todo lujo de detalles, modelos de acción cultural que en España, en su conjunto, todavía son novedad. Como ejemplo podríamos analizar el modelo de difusión teatral imperante y que, salvo los casos específicos de Madrid, Barcelona o Valencia, se basa en una distribución aleatoria, puntual y circunstancial, de función casi única, y por lo tanto ajena a cualquier principio de exhibición intensiva y extensiva, orientada a la creación, consolidación o fidelización de públicos. Otro tanto podríamos decir del modelo de creación teatral, pues la mayoría de las capitales de provincia y de los núcleos de más de cincuenta mil habitantes, carecen de unidades estables de producción. Se consagra así el modelo de ciudad receptora frente al modelo de ciudad creadora; y este último modelo podría condensar muchos de los principios que sustentan la idea de la diversidad cultural en tanto se trataría de potenciar por igual la idea de una ciudad para el teatro y la necesidad de promover los teatros de la ciudad.
Curiosamente, algunos de esos libros fueron editados en los años setenta por el Ministerio de Cultura. En uno de ellos ( La desmitificación de la cultura , 1979), Finn Jor proponía líneas de actuación de fácil aplicación y que contienen ideas que ahora sustentan la Carta de São Paulo suscrita en el Forum Cultural Mundial Brasil 2004. Infelizmente, muchas de las propuestas contenidas en aquellos estudios e informes, que en buena parte provenían de la UNESCO, fueron ignoradas por los sucesivos responsables del Ministerio de Cultura. El gran drama que padecemos en España (en sus autonomías, provincias, capitales, comarcas, ciudades, pueblos...), al menos en el ámbito de las Artes Escénicas, es que modelos de acción cultural básicos, como los estudiados por Emiliano Fernández Prado en su estudio La política cultural , siguen ausentes de la praxis política y basta con analizar los presupuestos de cultura de las diferentes administraciones para constatar esa triste realidad. ¿Cómo puede la "cultura" convertirse en un factor de desarrollo comunitario, de promoción sociocultural y de creación de riqueza material e inmaterial, cuando no es más que un simple adorno para programaciones específicas y muy puntuales?
En ese sentido desde el Ministerio de Cultura y desde el gobierno central, cabría desarrollar estrategias y líneas de actuación orientadas a transformar ese estado de cosas, colaborando con unos y deliberando con otros, pero siempre señalando vías para convertir las Artes Escénicas, en tanto que patrimonio cultural singular de utilidad pública, en un factor de desarrollo humano y crecimiento económico.
Para eso no necesitamos, de momento, paradigmas universales e innovadores en política cultural y teatral. Necesitamos que se formule y desarrolle un programa de normalización de las Artes Escénicas y que en su formulación, puesta en marcha y evaluación continua, participen los agentes sociales, en un proceso de diálogo y deliberación en el que el bien común se sitúe por encima de los intereses sectoriales; incluso por encima de los que, desde el propio Partido Socialista y a título individual, alientan políticas neoliberales y de privatización y destacan por la defensa del monopolio escénico, por no hablar de quienes promueven la frivolidad, el absentismo laboral, la dejación y el despilfarro, fantasmas de un pasado demasiado reciente, que tanto perjudicó la trayectoria del Partido Socialista. Visto lo visto, vuelve la "beautiful people".
Una de las funciones del Ministerio de Cultura, y en particular del INAEM, consiste en definir las líneas generales de un proyecto que tenga entre sus objetivos la creación de tejido teatral, la potenciación de las Artes Escénicas como un factor de desarrollo comunitario y un aumento substantivo de capital teatral entre la ciudadanía. Y la complejidad del problema exige una respuesta programática integral y global, que se puede articular desde la formulación de una política teatral asentada en las aportaciones de la Teoría General de Sistemas. Porque la diversidad a la que tanto alude la Ministra de Cultura no sólo se detecta entre pueblos o culturas sino que es un rasgo distintivo y diferencial de las Artes Escénicas pues hay que hablar de teatros, de públicos, de estéticas, de tendencias... (siempre en plural), lo que exige, en el territorio común que habitamos, la colaboración y la coordinación interministerial, interautonómica y entre muchas otras instituciones y organismos. Más que lanzarse a solucionar los problemas del mundo mundial, la Ministra de Cultura, con su corte de colaboradores y expertos, debiera ser capaz de proponer soluciones para recuperar un sistema teatral moribundo. Los principios teóricos, programáticos o metodológicos que sustentan la Carta de São Paulo , firmada por la Ministra de Cultura, podrían contradecir lo que ha sido su praxis al frente de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y para nada concuerdan con algunos de los nombramientos realizados en el Ministerio, también en el INAEM. Por eso no podemos dejar de hablar de una querencia preocupante por los "fuegos artificiales", pues si para algunas personas puede resultar particularmente estimulante que Madrid sea la sede en 2005 de un Congreso Mundial de Ministros y Ministras de Cultura, por el impacto universal del evento, para otras resulta especialmente grave esa búsqueda compulsiva del escaparate, en tanto síntoma de un modo de hacer política marcado por la exuberancia de la carpintería escénica, por la pobreza de la interpretación y por la ausencia de una teoría avalada por la praxis (y viceversa).
Nada tengo contra la citada Carta de São Paulo . Es más, a pesar de su naturaleza un tanto etérea y de su falta de concreción programática, que evita la asunción inmediata de compromisos y la provisión de recursos monetarios, cualquier persona de bien la subscribiría en su totalidad, sobre todo porque en algunas de sus ideas más claras y substantivas se deja sentir el peso de aquella pedagogía crítica que formulaba Paulo Freire en los años sesenta y setenta. Pero de entrada no es más que una declaración de buenas intenciones. El problema radica en que las cartas, los documentos, los manifiestos y todos esos actos de lenguaje, o narraciones, sólo son papel mojado cuando no se substancian en la praxis y no van acompañados de la correspondiente memoria económica. Y en nuestro caso la praxis, pasados los primeros cien días de gobierno, no va por buen camino. Es más, se presienten malos tiempos para las Artes Escénicas, sea por la ausencia de programa sea por la voracidad de los enemigos de lo público y de la república. Por eso es tan importante que nuestros gobernantes abandonen el limbo y dejen de flotar. Tienen que aterrizar, tomar contacto con la cruda y dura geografía de lo real, ponerse ropa de faena y empezar a trabajar. No se trata de descubrir el mundo, sino de construir la república, nuestra república, en cada aldea, en cada pueblo, barrio, ciudad... Sólo así podremos aspirar a construir un nuevo mundo mundial.
