Editoriales Nº 103.
Bush, la voladura del Maine y su amigo del alma. Por Juan Antonio Hormigón
Mucho se viene hablando y especulando tras la victoria de G. W. Bush en las elecciones de los Estados Unidos de América del Norte. Nada de todo ello empaña ninguna de las certidumbres que teníamos en torno al personaje y su gobierno. Obtener más votos que el candidato Kerry no modifica el hecho de que la invasión de Irak fuera un hecho ilegal, ejecutado al margen de las Naciones Unidas y con la manifiesta oposición de la ciudadanía mundial. Tampoco altera el que la invocación de la existencia de armas de destrucción masiva se haya demostrado falsa. Igualmente viene a negar que otros países las tienen -Israel y ellos mismos en particular- y no son bombardeados y masacrados. También otros países atropellan, niegan derechos fundamentales o asesinan a diestro y siniestro a sus vecinos -Israel en particular- y nadie los invade.
Una victoria electoral no elimina la criminalidad internacional de las actitudes y decisiones de Bush y su gobierno. Una criminalidad que no se ejercita en primera persona apretando el disparador de un arma, sino ordenando a decenas de miles que lo hagan. Sólo el cinismo atroz puede guardar silencio o ejercitar el olvido ante la existencia de los presos de Guantánamo, las torturas en las prisiones iraquíes controladas por los americanos, la repugnante altanería de un ejército cobarde como no ha habido otro en la historia, que utiliza las armas más sofisticadas contra los resistentes de Faluya -es un ejemplo-, armados con morteros ligeros y kalashnikovs, etc. y se vanagloria de heroísmo.
Son muchos los analistas que han manifestado sin rebozo en los últimos meses que Bush y sus mesnadas constituyen la extrema derecha de su país. No es algo nuevo pero nunca se había afirmado de forma tan explícita y por tanta gente. Ya es hora de que llamemos las cosas por su nombre: al pan, pan y al vino, vino.
El hecho cierto es que el número de votantes estadounidenses que apoyaron su reelección fue mayor que el de los que lo hicieron por el candidato demócrata, de cuyas caracteríticas y propuestas no voy a hablar ahora. Diré cuando menos que parecía un individuo bien educado y bastante culto, lo cual ya es mucho si lo comparamos con quienes ocupan la presidencia o los ministerios en Washington. Es decir que una mayoría de habitantes de los Estados Unidos de América del Norte se han pronunciado a favor de una opción de extrema derecha. Cuando esto se da en otros países suele ponerse el grito en el cielo por parte de los gobiernos y la ciudadanía democrática. Cabe pensar que todos aquellos que se alegran de la reelección de Bush participan de idéntica opción.
Matices y reacciones
Han sido igualmente curiosas, divertidas o patéticas, según se mire, las reacciones que se han producido. Ciertos columnistas, tertulianos y políticos en activo se ha mostrado exultantes ante un triunfo que consideran como propio. Da la impresión en algunos casos que quieren arrojarle a la cara al electorado epañol que no hicieran lo mismo en su día. Posiblemente piensen las diferentes agencias estadounidenses y el Departamento de Estado que estos comentarios podrán paliar el descrédito que padecen en el mundo. Puede que una vez más se equivoquen. Sin duda pagan bien a quienes colocan a su servicio, ¿pero de qué crédito y prestigio disfrutan en sus respectivos países quienes escriben o hablan en términos similares?
No es caso de responder con razones al fanatismo fascistoide de algunos columnistas convenientemente disfrazados de liberales a ultranza, ni de entrar al trapo en debates imposibles en que se niega lo evidente. Sí es interesante por el contrario aludir a una actitud expresada en términos bien distintos, que viene a decirnos que en realidad Bush ganó por muy poco, que Estados Unidos está menos dividido de lo que parece y que sobre todo, la ciudadanía que le ha dado su voto no apoyaba a la extrema derecha ni al fanatismo religioso que Bush representa. A este criterio responde un artículo de Emilio Lamo de Espinosa, director del Real Instituto Elcano, publicado en el diario El País el 16 de noviembre pasado. Da unas cifras que buscan fundamentar su propósito, método que no pocas veces oculta tras los guarismos entecos la verdad, siempre más compleja.
No obstante la palma se la han llevado las reacciones de algunos políticos a los que sólo les faltaba gritar a pleno pulmón: "¡Hemos ganado!". Cualquier detalle ha servido para extender entre la ciudadanía española la idea de que Bush no respondía a la llamada de pura cortesía del Presidente Rodríguez Zapatero, porque ahora nos iban a castigar por haber retirado las tropas de Irak, no incluir su bandera en el desfile de las fuerzas armadas y ejercer en fin la soberanía nacional a cuya defensa y cuidado debe empeñarse el gobierno.
Después ha irrumpido la táctica de crear y difundir el miedo. Todo vale una vez más. Los americanos son un elefante y nosotros una mosca que los hemos irritado. ¡Ya podemos atarnos los machos! Van a retirar su apoyo político respecto a Marruecos, van a dejar de comprar barcos a los astilleros españoles y zapatos y otras desgracias parecidas. La consecuencia es que pronto habrá más de un millón de trabajadores en paro. Primero lo dijeron algunos políticos, después lo airearon ciertos comentaristas. Al final un pobre taxista me lo contaba como gran novedad que acababa de oír en la COPE.
¿Cuál es el problema? La cuestión que se dilucida una vez más no es sólo de España sino de Europa, de la que nuestro país forma parte. Un sector de la derecha española más recalcitrante a cuyo frente se encuentra el señor Aznar, amigo del alma de Bush según ha dicho, ha olvidado al parecer el concepto de la dignidad nacional. En cualquier caso no deja de ser indicativo que en las conclusiones del último congreso del PP, la primera que se enuncie sea reforzar y ampliar la alianza con los Estados Unidos. ¿Debe ser esa la primera preocupación de un partido político de dimensión nacional, y en consecuencia un instrumento vertebrador de la sociedad española? En mi opinión no, desde luego.
Quizás por todo ello sea necesario subrayar que la actitud del Presidente Rodríguez Zapatero en este asunto, de la que muchos españoles nos sentimos orgullosos, nos ha devuelto la dignidad como país y como pueblo. No es comprensible que se haga cuestión de que no se invite a la bandera de un país en el desfile de nuestras fuerzas armadas, y lo haya sido la de Francia por razones de conmemoración histórica. ¿Por qué no decir lo mismo de la de China, Suecia, México o cualquier otra? Aceptar el cararácter ineludible de dicha presencia es considerar que somos unos lacayos o siervos de esa administración y de lo que hoy representa. Muchos no estamos dispuestos tampoco a aceptarlo.
Es preciso recordar un hecho que a algunos puede parecer irrelevante pero que en mi opinión no lo es: tras el triunfo de Bush más de cien mil norteamericanos han mostrado su intención de marcharse al Canadá y cambiar de nacionalidad. No desean vivir donde mande ese sujeto, aseguran. En términos cuantitivos puede pensarse que no son muchos, pero como síntoma parece un dato expresivo de la opción de una parte de la ciudadanía estadounidense respecto a lo que allí sucede. Muchos otros opinan lo mismo aunque no se vayan. Esos estadounidenses merecen todo nuestro respeto, aunque su porvenir sea por el momento sombrío.
El Maine como excusa
Quienes con tanto ardor y sumisión atacan la decisión del gobierno respecto a la invasión y destrucción de Irak, deberían repasar algunos acontecimientos que afectaron nuestras relaciones en el pasado y que tienen una palmaria similitud con el presente. La historia de España nos ofrece un ejemplo de "casus belli" inventado por parte de los Estados Unidos, para justificar la declaración de guerra contra nuestro país y su invasión de Cuba. Se trata del Maine.
Todo comenzó en octubre de 1897 cuando el republicano McKinley sustituyó al demócrata Cleveland, partidario de la neutralidad respecto a los conflictos de terceros, en la presidencia de los Estados Unidos de América del Norte. El nuevo embajador de Estados Unidos, Woodford, presentó un ultimátum a Sagasta, Presidente del gobierno español: Si no se restablecía la paz en Cuba, "ellos intervendrían".
La concesión de la Autonomía a Cuba y de una amnistía general (7-XI) no frenaron como era de suponer las operaciones de los independentistas cubanos. Las intenciones estadounidenses eran claras, aunque estos datos se han sabido más tarde. En enero de 1898 el Subsecretario de Marina de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, entregó al presidente McKinley un informe sobre la estrategia naval a seguir en caso de una intervención militar en Cuba. Su plan preveeía el bloqueo marítimo de la isla y el envío de una escuadra volante para atacar las Canarias, La Coruña, Santander, Cádiz, Barcelona y otros puertos españoles.
Respondiendo a la estrategia de provocación, el 25 de enero el acorazado "Maine" llegó al puerto de La Habana para salvaguardar, según dicen, la vida y los intereses de los estadounidenses que viven en la isla. Se trataba de una de las unidades más modernas de su flota. Hace su entrada en el puerto en zafarrancho de combate. Su presencia es considerada como "anormal" por parte del gobierno español y está plagada de "irregularidades legales".
La actitud provocadora va a completarse con una fanatizadora campaña de prensa que alcanza su paroxismo en el New York Journal , diario propiedad de Hearst, el que inspiró el personaje de la película de Orson Welles Ciudadano Kane . El 26 de enero titula en primera plana: "Por fin, la bandera de los Estados Unidos en La Habana". El periódico que tiraba en aquel momento 150.000 ejemplares, sube ese día a 300.000.
A lo largo de los días siguientes el New York Journal procede a una campaña de intoxicación y agitación, con titulares de primera plana alarmantes, para fanatizar a las multitudes del país y exaltar lo que ellos entienden por patriotismo. Se decía entre otras cosas que los soldados españoles atacaban hospitales, violaban mujeres, envenenaban los pozos de agua potable o daban de comer a los caimanes prisioneros de guerra. Sirva este titular como ejemplo: "Los soldados españoles tienen la costumbre de los toreros, les cortan las orejas a los prisioneros cubanos y las guardan como trofeos".
El 8 de febrero el embajador estadounidense Woodford propone a la Regente comprar la isla de Cuba por 300 millones de pesetas, más un millón de comisión para los intermediarios españoles que eran, al parecer, un comerciante tabaquero, Ramón García, y el marqués de Valdeiglesias, director del periódico conservador y monárquico La Epoca . El embajador le sugiere además que sería conveniente sustituir a Sagasta como presidente del Consejo de ministros para que todo fuera más fácil.
El 9, el Bucanero , un supuesto yate registrado como "barco de recreo" que es en realidad un gran buque con casco de acero y artillado con ocho cañones, propiedad de William Randolph Hearst, fondea en el puerto de La Habana junto al Maine . Permanece anclado setenta y dos horas y durante este tiempo se produce gran circulación de tripulantes entre este barco y el Maine. Por si fuera poco, el día 12 al abandonar el Bucanero el puerto de La Habana entra en el mismo el torpedero estadounidense Cushing .
El 15 de febrero, martes de Carnaval, a las 21:39, se produce la explosión del acorazado «Maine». Perecen 266 marinos. Aunque las autoridades españolas no tienen nada que ver con el incidente y parece más bien que se ha producido en el interior del buque, determinados medios periodísticos, políticos militaristas y belicistas así como los consorcios armamentísticos estadounidenses, inflaman de forma inmediata a la opinión pública estadounidense para llevarlo a la guerra. El 17, antes de que se reunan las comisiones de investigación ni haya declaración oficial, el New York Journal titula en primera página: "La destruccion del Maine fue obra del enemigo". Ofrece además una recompensa de 50 000 dólares a quien dé pistas sobre el autor de la explosión. Nadie pudo darlas y nunca se cobraron.
Al día siguiente, los titulares del New York Journal son contundentes: "Guerra... Seguro. El Maine destruido por españoles. Se descubre el agujero que demuestra la explosión de un torpedo". No existía hasta entonces ningún informe oficial, pero en el propósito agitacional había que convertir el supuesto en certidumbre. Para rematar la faena, el periódico comienza a obsequiar a sus lectores con "El juego de la guerra contra España". Consistía en una baraja de cartas y fichas de las escuadras de los dos países. Es fácil deducir que los procedimientos no han cambiado.
El gobierno español propone una investigación conjunta o un arbitrio internacional que determine las causas de la voladura del Maine . Nada que hacer, la propuesta es rechazada por el gobierno de Estados Unidos inducido por Theodore Roosevelt, belicista inflamado, Subsecretario de Marina y decidido partidario de ir a la guerra contra España. El 23 de febrero, el New York Journal que alcanza el millón de ejemplares de tirada, titula en primera página: "Así está hundido el Maine . La nación americana conmocionada por la fiebre de la guerra". Las informaciones son una pura fabulación.
Al infierno con España
Al grito de Al infierno con España, Recordad el Maine , que se utiliza en los carteles propagandísticos, Hearst y el New York Journal promueven la recluta en todo el territorio de Estados Unidos de 300 000 voluntarios para una guerra contra España en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las Islas Carolinas. Compra igualmente un carguero que proyecta conducir al canal de Suez y hundirlo, para impedir el paso de la escuadra española que acudía a las Filipinas. La acción no llegó a realizarse porque los buques españoles volvieron grupas para defender las ciudades y costas que pretendía bombardear la flota americana.
El 19 de marzo, una resolución conjunta de las dos Cámaras del Congreso estadounidense autoriza al presidente McKinley a utilizar la fuerza, y obligar a España a abandonar sus territorios de América. Así mismo impone un ultimátum: si antes del 23 de abril España no ha ofrecido una respuesta satisfactoria, los Estados Unidos utilizarán la fuerza sin posterior aviso.
Los diferentes episodios que condujeron a esta resolución responden a un diseño preciso. La ubicación del Maine en el puerto de La Habana era en sí misma y en aquellas circunstancias un acto de provocación, al que las autoridades españolas respondieron con estricta cortesía y tacto. La voladura del acorazado constituía la gran excusa, el "casus belli" para desencadenar el conflicto. La operación tiene una perfecta similitud con el falso incidente del golfo de Tonkín, que justificó para ellos los bombardeos de Vietnam del Norte, o la tenencia de armas de destrucción masiva en Irak en fechas bien próximas. Sólo los nazis para justificar las invasiones de Checoeslovaquia y Polonia se atrevieron a tanto.
De forma convergente se orquestó antes y al unísono una campaña de intoxicación informativa, demonización y odio a España de gigantescas proporciones. Esa fue la tarea de Hearst y su New York Journal . En cierto modo constituyó el gran ensayo general de todo lo que se ha venido haciendo después. Se falsearon sistemáticamente las informaciones, se inventaron atrocidades, se dieron por ciertas cuestiones sometidas a investigación reservada y se exaltó un "patriotismo" elemental, rastrero, fanático, transmutado en simple impulso irracional de venganza. Para conseguir esto todo valía, con absoluto desprecio de la ética más elemental.
No sólo fue cosa de Hearst, aunque fuera el más dedicado a esta operación. La primera película con argumento que se hizo en Estados Unidos este año llevaba el significativo título de Rasgando la bandera española . Tenía una duración de poco mas de un minuto y tres únicos planos: en el primero, una bandera española ondeaba al viento; en el segundo, unas manos blancas arrancaban la bandera; en el tercero, las mismas manos la sustituían por la bandera estadounidense. Tuvo un enorme éxito de público. Lo cuenta José Antonio Plaza en su libro "Al infierno con España". La voladura del Maine (Madrid, 1997).
Quedaban por fin los intereses de los fabricantes de armas y de la política expansiva estadounidense representada por el partido Republicano, que abandonando la neutralidad de Cleveland necesitaba una guerra y extender su control al Caribe. El mecanismo de apariencia democrática con las dos cámaras del Congreso reunidas para darle al presidente el poder de utilizar la fuerza, es también similar al de otras muchas ocasiones. Así se hizo recientemente con Bush, para que a partir de una falsedad ahora demostrada, como fue hace más de un siglo la del Maine, pudiera invadir Irak y matar, porque toda guerra implica muerte y destrucción.
El 19 de abril los Estados Unidos declararon la guerra a España. Sólo intervinieron cuando las tropas y recursos españoles en Cuba y Puerto Rico estaban al borde del colapso. Su intención real era apropiarse de ambas islas y todo lo que hicieron desde su desembarco estuvo destinado a neutralizar la presencia de las fuerzas independentistas cubanas, a reducirlas a unidades de apoyo y, finalmente, a desarmarlas una vez que izaron su bandera de las barras y las estrellas.
Las verdaderas causas de la explosión del Maine
La comisión estadounidense creada en 1898, aseguró que la explosión del Maine se había causado desde el exterior, por la acción de una mina. España no había ejecutado la voladura, pero era responsable por no haber proporcionado la adecuada seguridad. La española negó cualquier responsabilidad y aseguraba que la deflagración se había producido en el interior.
En 1911 se procedió a reflotar los restos hundidos del buque y una segunda Comisión investigadora procedió a estudiarlos. El gobierno español no quiso participar en ella alegando que "sólo serviría para enconar viejas y dolorosas heridas". Sus conclusiones ratificaban la existencia externa de una mina, unida a una acumulación de gases entre el casco y la cubierta protectora cuya expansión violenta produjo los destrozos internos.
En 1975 una tercera Comisión dirigida por el almirante Hyman Rickover, director de la División de Energía Nuclear de los Estados Unidos, llevó a cabo un estudio más completo y sistemático de fuentes, informes y restos, con la utilización de técnicas de análisis muy sofisticadas. Las conclusiones fueron sorprendentes e implacables: "la explosión del depósito de municiones A-14-M provocó todos los daños en el Maine ". La causa era por tanto de naturaleza interna y se debía a una única deflagración. Su origen: el incendio de la carbonera A-16, situada junto al pañol de municiones, cargada de carbón bituminoso que por llevar más de tres meses y medio almacenado era susceptible de una combustión espontánea, de lo que existían antecedentes en otros barcos de la Armada estadounidense.
Respecto al caso que nos ocupa, tenemos derecho a pensar que la combustión de la carbonera pudo ser "espontánea" o "provocada". Cualquier agente, gubernamental o privado, pudo inducirla. El trasiego que se produjo desde el Bucanero de Hearst, fondeado a su costado, los días anteriores a la explosión, abre más aún dicha posibilidad. Quizás algunos piensen que constituye una desmesura mantener que alguien puede asesinar a sus compatriotas para lograr sus deseos. Creo que desconocen la mentalidad psicopática de este tipo de individuos, dispuestos a cualquier cosa para conseguir sus objetivos y saciar sus intereses. Gentes así no iban a dudar ni vacilar por el hecho de que perecieran 266 de sus compatriotas, muchos de ellos marinería de color, si con ello podían forzar una guerra que les interesaba y convenía en planos diversos. También esto se ha llevado a cabo muchas otras veces, aunque no se diga.
Colofón
No se trata de recordar el pasado para amamantar rencores, pero no podemos olvidar episodios como éste que iniciaron un camino utilizado con frecuencia por las administraciones estadounidenses, que afectó directamente a nuestro país. Cuando sus gobernantes han hecho otro tanto en Irak, lo mínimo que podemos hacer es recordarlo cuando está en juego nuestra propia dignidad.
"Pensar en el futuro que podemos tener". Esa hermosa frase estaba contenida en un artículo que publicaba Pascual Maragall en El País el 2 de marzo de 2002, con el título de "Creer en nosotros mismos". Lanzado en su carrera hacia la Presidencia de la Generalitat, el líder socialista catalán proponía arriesgar, con "cautela y con ambición a un tiempo", para construir un futuro diferente. Sin embargo, algunos hechos demuestran que cuando la clase política habla de futuro los ciudadanos y ciudadanas no sabemos exactamente a qué se refieren, con lo que no sabemos si echar mano al bolsillo, tapar los ojos o taponar las orejas. O hacer todo a un tiempo porque la indignación puede tener efectos secundarios.
Si se trata de pensar y construir el futuro, para todas y todos, no entendemos como el Sr. Maragall sitúa al frente del Departamento de Cultura de su gobierno a una persona que, en muy pocos meses, se ha granjeado una considerable contestación en los sectores que justamente podrían ser ambiciosos y cautelosos a un tiempo, en las personas que llevan años trabajando por pensar y hacer posible ese futuro, esa República que ya no veremos ("parole, parole, parole..."). Al final de todo este recorrido, la conclusión es clara: el Sr. Maragall ha hecho realidad su sueño de ser Honorable President (con permiso del llavero de Carod Rovira) y ha convertido en presente su futuro (¡enhorabuena!), pero la Cultura, con el Forum incluido, sigue siendo un campo abonado a las arbitrariedades, los despropósitos y la involución. Estamos así ante hechos que muestran, por desgracia, que la cultura no deja de ser un mero apéndice en la acción política, un simple adorno, un campo abonado a la creación de museos o la celebración de efemérides, y en el que no se ha querido ni se ha sabido ir más allá de lo evidente: el impacto mediático y el efecto escaparate. Se lo decía en mi primera carta y se lo repito de nuevo: las diferencias con el partido conservador, más allá del talante (¡y no siempre!) son mínimas o inexistentes en bastantes casos.
Arbitrariedades y despropósitos. Fernando Ónega iniciaba un artículo titulado "Tacaños ante los libros"( La Voz de Galicia , 11/09/2004) con un párrafo que debiera llevarle a la reflexión: "Este gobierno nos va a volver majaras. Por improvisaciones, globos-sonda, reflexiones personales y ocurrencias diversas, suscita debates que duran 24 horas, desconciertan al gobierno y regalan discursos a la oposición". La gravedad del asunto radica en que con tanta metedura de pata asistimos al espectáculo de que significadas personalidades y simpatizantes del régimen franquista, que todavía quedan, se lanzan como tiburones contra la carnaza. El sindicato del crimen, que ahora agrupa a un número mayor de plumillas, saca pecho en defensa de la democracia y el esperpento alcanza límites insospechados. Franquistas declarados, cabeceras colaboracionistas del terror franquista o esa caterva de torquemadas reconvertidos que encontramos en la prensa amarilla salen en defensa de una democracia en la que ni creyeron antes ni creen ahora. Hay una canción de Sabino Méndez, que cantaba Loquillo, que describe bien esa situación. Se titulaba "¿Donde estabas tú en el 77?". La mayoría estaba todavía llorando al Caudillo, después de haberse pasado la primera parte de los setenta con la cabeza escondida como avestruz, y conspirando. Los había en la extrema izquierda, claro, como el portugués Durão Barroso, aquel universitario extremista y maoísta, martillo de herejes de la calaña de Álvaro Cunhal, que ahora se apresta a ocupar el cargo de Primer Ministro de la Unión Europea si bien un tanto desmejorado tras la pérdida de "Monseñor Buttiglione". En España hay ejemplos para dar y tomar.
En verdad parece que su gobierno parece decididamente empeñado en dar argumentos a la derecha para hacer oposición. Justo a la mitad de agosto, llegaban las fotografías de las señoras ministras y se desataba una polémica innecesaria. Las ministras del gobierno que Usted preside nos sorprendían con un reportaje insubstancial en una revista pija que mayormente lee la gente decididamente pija y convirtiendo Presidencia de Gobierno en una pasarela igualmente pija, mientras Berlusconi por fin se decidía a mostrar su verdadero rostro: el de un bucanero sonriente y bronceado que se ha cobrado el mejor de los botines, el mismo Estado. A cualquier ciudadano amante de la República le debe preocupar lo segundo por lo que pueda pasar o ya está pasando en el universo mundo, pero a Usted le debiera preocupar especialmente lo primero, como nos preocupa a muchas personas que, desde una posición republicana y de izquierdas, entendemos que la acción política debe ser un ejercicio de responsabilidad y compromiso ético, ajena al culto a la frivolidad que caracterizó la ejecutoria pública y privada de un número importante de personas vinculadas a los dos últimos gobiernos de Felipe González. "Desconcertante, torpe y frívolo". Así calificaba el "posado de las ministras" la periodista María Antonia Iglesias ( La Opinión de A Coruña, 22/08/2004), autora de La memoria recuperada y nada sospechosa de ser ni submarino ni paquebote del PP. "Innecesario y torpe", insistía, señalando que suponía dar "carnaza a la derecha".
Más allá de esas polémicas interesadas, que señalaba la otrora jefa de los servicios informativos de la TVE con Felipe González, y que azuzan y azuzarán los que no dejarán pasar una para debilitarle a Usted, a su gobierno y a su partido, creo que el hecho tiene una cierta transcendencia por el subtexto que las fotografías nos proponen. Estamos ante una emergencia de contenidos, deseos, expectativas, frustraciones..., todas ellas latentes y que nos dicen mucho de los por qués, los cómos o los para qués de ciertas cosas, de ciertas actitudes e incluso de ciertos nombramientos. Las imágenes no están exentas de una considerable tonalidad frívola que no casa muy bien con las tareas, compromisos y retos que tiene ante sí el gobierno de la nación (sea del color que sea), en el que las ocho ministras tendrían mucha leña que cortar. Ocho ministras en un gobierno presidido por una persona como Usted, que reconoce una deuda intelectual con las propuestas de Philip Pettit. Entenderá que quienes hemos leído su libro Republicanismo , el de Pettit claro , y algunos otros volúmenes sobre el tema, no acabemos de encontrar su conexión con esa línea de pensamiento, más allá de la retórica del discurso; entenderá que a la vista de los hechos esa conexión se torne inexplicable.
Cualquier persona puede hacerse las fotos que estime oportunas, pero cuando esa persona tiene responsabilidades políticas derivadas de una elección popular, no debe olvidar los compromisos del cargo que ocupa. Creo que a los ciudadanos y ciudadanas les debiera importar un rábano las preferencias de las ministras en el tema de los modistos y modistas (eso debiera formar parte de su vida privada, que ellas, curiosamente, insisten en hacer pública), pues lo que debiera preocuparles es el trabajo de esas mujeres en cuanto ministras. Y así llegamos al meollo de la cuestión, a la obra de William Shakespeare de la que ya hablamos en otro momento: Much ado about nothing ( Mucho ruido y pocas nueces ). Me temo que una de las características de su gobierno sea la de hacer uso indiscriminado de los fuegos de artificio, de los juegos florales y del ruido mediático, y esto último lo pudimos ver este verano en un programa realizado y emitido por TVE1 en el que la Señora Vicepresidenta del Gobierno entonaba una loa laudatoria a los logros de su gobierno que resultaba patética y en cuyas palabras no dejaba de asomar una y otra vez el sonsonete "trajimos a las tropas de Irak". Y mientras la señora vicepresidenta repicaba con lo de "las tropas de Irak", por esas mismas fechas, El País se hacía eco del manifiesto en el que once intelectuales reunidos en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo reclamaban una "cultura de calidad" y criticaban abiertamente muchas de las decisiones tomadas recientemente desde el Ministerio de Cultura, entre ellas el nombramiento de personas sin "la preparación profesional adecuada". ¿No sabe Usted, señor Presidente, que uno de los principios del republicanismo es proponer para el gobierno de la República a personas sin tacha y dedicados al bien común, renunciando además al trato de favor y escuchando los consejos y opiniones de quienes le rodean? ¿A qué se deben determinados empeños centrados en determinadas personas? Entre esos doce valientes estaban Juan Goytisolo, Vicente Verdú, Jorge Herralde, Rosa Olivares, Francisco Jarauta o Ernesto Caballero. El hecho de que a pocos meses de iniciada la actual legislatura arrecien las críticas en relación con la política cultural del Ministerio de Cultura, nombramientos incluidos, es un indicativo de que la estrategia en la acción del gobierno parece centrarse más en lo adjetivo que en lo substantivo, como si lo importante fuese el envoltorio y no la forma y el contenido. La moda, Sr. Presidente, no deja de ser un envoltorio, y eso lo saben bien las gentes de teatro que aprecian el valor de un buen actor o una buena actriz, si bien en este gremio también hay personas para las que los cortinajes, los faralaes y la azabachería lo son todo. Mientras tanto los investigadores e investigadoras, esa miríada de personas anónimas que dedican los mejores años de su vida a mejorar nuestra calidad de vida, sumidos en el más atroz desamparo y en ocasiones en no poca penuria económica, reclaman ayudas mínimas que no llegan, pese a tanta y tanta promesa. No le aburriré con la situación de la "investigación teatral", pero esa es otra de las muchas urgencias de un sistema que tal vez haya llegado ya a un punto de no retorno, situación ante la que desde el Ministerio no se ha sabido ni ha querido elaborar un informe diagnóstico para arbitrar las medidas necesarias para su mejora y su pleno desarrollo. Ese manifiesto firmado en Santander no deja de ser un grito desesperado que no ha encontrado más respuesta que algún gesto despectivo y los comentarios típicos de los que carecen de otro argumento que la negación de la realidad cuando ésta no les gusta: "ya están los de siempre quejándose". Eso mismo se hacía y decía desde las filas del Partido Popular.
La excepción y la regla
Pero el pasado verano nos dejaba otra polémica mucho más substantiva, en la que Mario Vargas Llosa criticaba con dureza el concepto y la práctica de la "excepción cultural", siguiendo los dictados de los cursos de verano celebrados por la FAES, de la que es un activo militante el intelectual posmoderno Luis Alberto de Cuenca, ahora consejero áulico y protegido de la Ministra de Cultura (¡Vivir para ver!, que no dijo Federico Trillo, pero que podría haber dicho para decir lo mismo que dijo). No debemos olvidar el hecho de que el término "excepción cultural" se integraba en alguna de las frases estrella que Vd. pronunció en su discurso de investidura y que la Ministra de Cultura también ha utilizado en alguna ocasión. Con todo, la crítica de Vargas Llosa es perfectamente comprensible e incluso asumible en tanto la "excepción cultural", formulada en abstracto, no deja de ser una medida proteccionista que puede derivar en simple endogamia, pero que además considera la cultura desde posiciones reduccionistas que ya no se justifican.Una versión actual de la "excepción cultural" la practican los agricultores franceses que vuelcan los camiones de tomates murcianos en las autopistas de toda Europa. No olvidemos que cuando Jack Lang invoca el principio de la "excepción cultural" lo hace como protección a las culturas francesas en lengua francesa, en una lucha feroz por la hegemonía frente a las culturas de expresión inglesa.
La cuestión de fondo está tanto en la "excepción", que denota un estado de ausencia de normalidad y que es un síntoma evidente de disfunciones socioculturales, cuanto en el modelo o los modelos de política cultural que se pretenden implementar y que siempre remiten a modelos sociales, económicos y políticos. La excepción cultural sólo tiene sentido en una sociedad que considera la cultura como algo "excepcional", lo que nos indica que en realidad la solución no vendría tanto por apostar por esa excepcionalidad sino por convertir lo que ahora es excepción en regular, habitual, cotidiano, lo que exige una nueva forma de entender la cultura y, por ende, la sociedad. Y en lo tocante a los aspectos fiscales, financieros o económicos de la tal "excepción", siempre resulta mejor declarar la creación cultural y sector estratégico de la economía y actuar en consecuencia y de forma consecuente. Aquí volvemos, si usted quiere, a Pettit, porque hablar de modelos culturales también implica hablar de modelos de sociedad, y está claro que la excepción cultural nace de modelos económicos liberales y ultraliberales, y en ese marco el argumentario de Vargas Llosa es inapelable. La idea de construir una república, en tanto que res publica , exige repensar y reformular muchas cosas, entre ellas la cultura, que se debiera entender como espacio de creación, comunicación y participación de modo que la ciudadanía convirtiese lo que es "excepción" en habitus y capital. No es lo mismo hablar de "excepción cultural" que declarar que la creación y la difusión cultural constituyen un sector estratégico en el proyecto sociocultural y en el proyecto económico del gobierno.
Y en esa dirección, ¿qué modelos de política cultural se contemplan desde el Ministerio? Más allá de cuatro simplezas, un par de boutades y alguna ruidosa y aparatosa salida de pista (con cristalería incluida), nada se ha dicho. Volvemos al problema del vestuario y de los pases de moda: se ha hablado de envoltorios, pero para nada se han sentado las bases de un plan de acción cultural que permita lograr unos objetivos y formular otros de forma permanente, como consecuencia de los que se van cumpliendo. Es aquí donde los ministros y ministras y los directores o directoras generales deben mostrar su valía y competencia, donde es necesario oír su voz, pues su vida privada, insisto, es lo de menos. Y es aquí justamente donde nada se dice. Veamos, con todo, alguna otra cuestión relativa a la excepción cultural y a la necesidad de superar ese modelo y apostar por otras líneas de trabajo, por otro paradigma.
Hablaba antes de que se trata de un modelo que entiende la cultura desde posiciones reduccionistas. En efecto, por una parte hay una visión muy patrimonialista de la cultura, en tanto se orienta a fomentar la creación y la difusión de aquello que se ha llamado la "alta cultura", pero ahora también apuesta por los productos derivados de lo que se denomina "industrias culturales". Es decir, se trata de potenciar los bienes y productos culturales creados por un grupo reducido de ciudadanos que tienen carisma, o ese don gratuito que las musas conceden a algunas personas para beneficio de la comunidad, con lo que la segunda característica que apunta la excepción cultural es la de las políticas carismáticas. Patrimonialismo y carisma, dos características de las políticas más conservadoras, tanto en su acepción política de tradicionalistas como en su otra acepción, la de conservar y mantener inalterable el patrimonio. Políticas que nada tienen que ver con el ideal republicano, que más que apostar por las excepciones y mantenerlas, entiende que habría que construir utopías posibles y hacer del ejercicio de la ciudadanía, en tanto participación y corresponsabilidad, el bien más preciado para los individuos y las comunidades libres.
Verá Usted, Sr. Presidente, el martes 24 de agosto de 2004, Adela Cortina publicaba en El País un artículo titulado "Democracia deliberativa" en el que presentaba, con la brillantez que la caracteriza, cuestiones de considerable interés para cualquier persona interesada en la educación social, en la acción cultural y en la construcción de una sociedad más libre, justa y solidaria. Divulgadora en España de los trabajos de los diversos autores vinculados a la Escuela de Frankfurt (aquellos que reclamaban o reclaman todavía una revisión crítica del ideario ilustrado), los trabajos de la profesora Cortina son una referencia obligada en campos como la ética, la educación o la política. Curiosamente algunas de las aportaciones más substantivas que se han hecho en los últimos años en esos campos, como la idea de deliberación o la del propio republicanismo, tienen su raíz en Grecia, la civilización donde el teatro constituía no sólo una manifestación artística sino, y antes que cualquier otra cosa, un instrumento de conocimiento, un recurso para el estudio de la alteridad y de los otros y una escuela de ciudadanía. El teatro, en tanto espacio, constituía el ágora principal de la ciudad, y de ahí su capacidad; por eso precisamente, la ciudad había previsto el acceso de los ciudadanos sin recursos. Se dice que fue Pericles el que creó esa especie de "impuesto escénico". El teatro era un sector estratégico en aquella república.
Un pacto por el teatro
En la actualidad no podemos hablar de "impuesto escénico" pero sí se pueden tomar otras medidas que permitan, como hemos repetido tantas veces, aumentar la visibilidad del teatro, situarlo en el centro de la vida comunitaria y multiplicar el "capital teatral" de la ciudadanía. Y para ello, mucho más que invocar la excepción cultural, se precisa iniciar un nuevo ciclo, con ideas nuevas para hacer frente a problemas ya viejos y se necesita definir un programa de acción de gobierno centrado en aquellos ámbitos que se consideran fundamentales para el desarrollo integral del sistema teatral. Y como ya apuntamos en otro momento se hace igualmente necesario trasladar esos programas, propuestas e ideas a los diferentes ámbitos de la administración, en ese gran Pacto por el Teatro que agrupe a las instituciones estatales, autonómicas y locales, y que necesariamente implique a otros ministerios e instituciones y a otros ámbitos de decisión como el europeo. Lo cual implica crear marcos de encuentro, deliberación y consenso.
Un Pacto por el Teatro que pudiese tener su concreción en un Plan Federal de Teatro desde el que formular una serie de objetivos mínimos y una serie de actuaciones centradas en los campos trascendentales: la formación, la creación, los públicos, la distribución y la exhibición, la gestión de los teatros públicos, la animación, la coordinación y la cooperación interautonómica e internacional, la proyección exterior... Un Plan Federal de Teatro capaz de trascender e ir mucho, muchísimo más allá, de los intereses no siempre legítimos de determinados agentes sociales, incapaces de entender el teatro desde una perspectiva global y compleja, y de superar las deficiencias diversas de la propuesta de Plan General de Teatro que se impulsó y desarrolló desde el INAEM en la pasada legislatura, con el plácet de no pocos supuestos compañeros de viaje del actual gobierno. La función del Ministerio, la responsabilidad del INAEM no reside únicamente en limitarse a gestionar su ámbito competencial (y habría que ver por qué tipo de gestión se apuesta), sino en generar discurso, crear espacios de encuentro y establecer pautas de debate que permitan desarrollar y poner en marcha una nueva política teatral, iniciar un nuevo ciclo para las artes escénicas a través de ese Plan del que todos, sin excepción, saldremos beneficiados, porque la creación de un tejido teatral sólido, rico y diverso, en todo el territorio del Estado, y partiendo de principios como la no-centralización y de conceptos como el de sistema, permitiría que las artes escénicas recuperasen un mayor protagonismo y su verdadero espacio en el centro de la esfera pública. Y en el impulso y el desarrollo de ese Plan es dónde debieran centrar sus fuerzas y sus esfuerzos los actuales responsables del Ministerio de Cultura y del INAEM.
Entienda, Señor Presidente, que nada tenemos contra las preferencias de esas personas en el terreno de la moda ni contra su pasión compulsiva por el viaje o por vestir y viajar el cargo y aprovechar así las múltiples plusvalías no dineradas que comporta. Tan sólo nos preocupa que hagan su trabajo y que lo hagan medianamente bien (¡que para eso les votamos!), pues algunos ya no aspiramos a que consideren principios básicos como la deliberación o el diálogo, que debieran ser la norma de su gobierno en todos y cada uno de los ministerios, en todos y cada uno de sus departamentos, de todas y cada una de las personas con responsabilidades en el territorio de lo público. El diálogo obligado con los agentes sociales para entre todos buscar caminos de mejora del actual estado de cosas en la república (disculpe que utilice su retórica, pero son sus palabras). Y tenga en cuenta que, en el fondo, la acción deliberada de "no recibir", de "no convocar" de no crear marcos de "deliberación y diálogo" ante una situación caótica como la que padecemos en el territorio de las artes escénicas tiene implicaciones muy diversas. En primer lugar denota un talante que contradice todo cuando Usted ha venido predicando desde su llegada al poder, en el partido y en el gobierno; supone un miedo al diálogo y al intercambio de ideas que puede ser un indicio de lo que no pocos suponemos: la falta de programa; indica falta de hábitos de organización del trabajo y en la planificación de las agendas; anuncia modos y maneras que fueron propios del período anterior y que tal vez sigan instalados en los mismos departamentos con diferentes partidos; deteriora gravemente el tejido asociativo y sus posibilidades de encuentro, debate y deliberación; se traduce en una carga de profundidad contra cualquier tentativa de análisis y de propuestas de mejora. ¿De verdad interesan las artes escénicas a esas personas?
Sé perfectamente que Usted no ha leído ninguna de estas cartas, pero tampoco era esa mi intención ni abrigué en ningún momento semejante expectativa. También sé que los responsables de las artes escénicas tampoco les han prestado atención alguna, pero tampoco esperaba que concitasen el más mínimo interés, pues soy consciente de que sus preocupaciones son otras.
Todo esto no es más que un brindis al sol, pero al menos nuestra conciencia quedará tranquila por haber dicho en su momento lo que creíamos que este país necesita: una política teatral vertebradora, capaz de crear tejido teatral y orientada a convertir el teatro en un referente sociocultural para toda la comunidad. Pues con y desde el teatro también se piensa el futuro... y se construye. Un futuro para todas y todos, y para el teatro.
Esta es, por tanto, mi última carta por ahora, pero no se librará de mí fácilmente... En breve iniciaremos en estas mismas páginas una serie de artículos sobre aspectos básicos de política teatral y para 2005 le enviaré un libro sobre política teatral que escribo en estos momentos y que llevará una dedicatoria todavía por dilucidar: " Para ZP, con afecto. (No) (Nos) defraudó ".
Amor al teatro, amor a la cultura Por Javier Alfaya
¿Realmente alguien esperaba que el afortunado cambio de mayoría parlamentaria que ha permitido que nos saquemos de encima -temporalmente al menos- la pesadilla del Aznarato, iba a suponer un cambio radical en la política cultural del Estado? Yo creo que las gentes de la cultura debemos hacernos a la idea: la educación y la cultura son como las "Marías" de la enseñanza media y superior en otros tiempos: dos asignaturas molestas y más bien innecesarias porque el Sistema -sí, el Sistema- apenas las necesita como no sea para lavarse de cuando en cuando la cara.
Creánme, cada vez soy menos radical, cada vez creo más en las reformas pactadas, negociadas hasta el agotamiento de las partes en conflicto. Pero aún así... El Sistema está ahí, monstruoso y devorador, rompiendo las barreras del desarrollo sostenible, cada vez más necesitado de esa perversión que se llama consumismo, que es imparable, devoradora, ademenciada, cuyas consecuencias, cada día que pasa, están acercando más al género humano a una catástrofe absoluta.
¿Alguien cree que en ese mundo a la vista, en ese mundo cuyas formas de poder se basan en gran medida en una concepción puramente utilitaria de la enseñanza y que cuando alguien descubra que es más beneficioso para los grandes negocios una Humanidad analfabeta, centenares de teóricos formados en sabe dios qué universidades escribirán sesudos libros sobre la necesidad de que interioricemos la idea de que pensar es un lujo que nuestras sociedades ya no pueden permitirse, va a haber gobernante que se tome en serio esto de la cultura? Y de manera especial en un país como el nuestro en donde tantos y tantos gobernantes han pensado, a veces en secreto, otras a voces, que aquello de que "cada vez que oigo la palabra cultura tiro de pistola", es una verdad incontrovertible.
Lo tremendo es que sí hay dinero para la cultura, a veces -permitidme decirlo- excesivo.
Trataré de explicarme: ¿ha habido en España alguien que se haya parado a pensar que con una racionalización del gasto público en cultura, limpiada ésta de fastos, conmemoraciones, necesidades de salir en la foto y un largo etc., utilizando con sensatez y sentido de la responsabilidad el dinero público, la cultura podría recibir una verdadera ayuda e incluso puede que hasta ahorráramos dinero colectivamente? ¡Daría tantos ejemplos...!
Daré uno, minúsculo, si se quiere, pero que me ha conmovido especialmente: en mi tierra natal, en Galicia, conocí un precioso mini-festival de música clásica en el que se combinaba una rigurosa dimensión pedagógica con una excelente programación de conciertos. Su coste era, gracias al sacrificio de quienes lo hacían, ¡de tres millones de pesetas!. Se lo cargaron las instancias oficiales porque no era rentable en términos, dígamos, políticos. Llenaría de ejemplos semejantes unas cuantas páginas de esta revista, que es una revista de reflexión y de lucha. Un día cualquiera, si me lo permiten, hasta lo hago.
Muchas gracias.
Don Pelayo en ciudad Jorge Por Fernando Doménech
Empeñados los medios de comunicación en establecer comparaciones entre el discurso de Zapatero en la ONU y una presunta conferencia de Aznar en la Universidad de Georgetown, donde, al parecer, está ya contratado como profesor, se han olvidado de un tema fundamental, ¿habría aprobado Aznar el curso de segundo de la ESO con tamaño examen de septiembre?
Porque mientras el ex-presidente se lanza a un delirio de rencores islámicos de trece siglos, resistencia numantina de España y recuperación de la identidad (¿a qué identidad se referirá este hombre, a la visigótica, a la romana o a la celtibérica?), los alumnos de segundo estudian, afortunadamente, una visión más histórica de lo que sucedió en el año 711:
"El dominio tan rápido de la Península [entre 711 y 714] se explica porque los musulmanes apenas encontraron resistencia. Muchos nobles visigodos se convirtieron al Islam para conservar sus tierras y los campesinos dominados por los visigodos no tuvieron inconveniente en someterse al poder de los nuevos conquistadores" [M. García Sebastián y otros: Limes 2. Ciencias sociales, Geografía e Historia, Vicens Vives].
Pero Aznar, impertérrito, hace gala de los mitos identitarios más casposos y saca a cabalgar a don Pelayo en el caballo blanco de Santiago para castigo de la morisma por las aulas de una universidad en donde probablemente los estudiantes se estuvieran preguntando en qué lugar de México está España. Menos mal que a este hombre no le ha dado por retrotraer el odio entre moros y españoles a la destrucción de Sagunto, que al fin y al cabo los cartagineses eran norteafricanos. (Mejor me voy a callar, no vaya a darle ideas.)
Decididamente, este chico no tiene remedio. Ya suspendió en marzo. No bastó con enviarlo a septiembre. Habrá que pasarlo a Garantía Social a ver si hace algo de provecho.
Quizás se le podría ayudar un poco por buen comportamiento, pero es difícil en un alumno tan pendenciero. Siempre anda revolucionando el patio. Y mejor ni hablamos de la asignatura de Inglés, en donde, con buena voluntad, no pasaría del 3 raspado.
Parece ser que estudió en el Colegio del Pilar. Para que luego digan que son las películas de Almodóvar las que desacreditan a los colegios religiosos.
