Patrimonio y tejido cultural
Por Juan Antonio Hormigón
Radio Clásica de Radio Nacional de España
emite los domingos, a la una de la tarde, un programa excelente. Se titula
"Las cosas de Palacios", habida cuenta que este caballero es quien
lo diseña y realiza. Se trata de un bien articulado montaje de intervenciones
breves y analíticas de la realidad cultural, con composiciones de
las más diversas estirpes. Su objetivo es defender la denominada
música clásica, lo que no le impide incursionar en los teritorios
sonoros más diversos, a la par que establecer las pautas críticas
de la situación cultural que atravesamos.
El pasado domingo 28 de noviembre, Palacios se centró en la pérdida
de público en las salas de concierto. Las muchas y excelentes infraestructuras
musicales que se construyen, pueden hacernos pensar -aseguraba- que estamos
en el mejor de los mundos, pero los problemas siguen ahí, se agravan,
y un día comprobaremos que se ha producido la catástrofe.
Casi al concluir señaló: "España en el terreno
cultural se encuentra en el vagón de cola europeo".
Aquella lacónica consideración me produjo un cierto latigazo
espiritual. Después de tantos años de repetir alertas parecidas,
alguien venía a decir lo mismo. Al referirse a un terreno específico
como el musical, nos quitaba la venda respecto a un estado de cosas que
suponíamos desde la ingenuidad que era más estable y sólido.
Parece que no es así. En España queda casi todo por hacer
para alcanzar el nivel del continente, en el teatro muy en particular.
Es frecuente escuchar los lamentos que se propalan aquí y allá,
respecto a las dificultades de establecer relaciones fructíferas
con el público. Quizás debamos comprender de una vez por todas
que no podemos seguir confundiendo el negocio del ocio con el disfrute cultural.
Hay muchos interesados en que dicha confusión se sostenga y acreciente
y la consecuencia es la pérdida de relación positiva con los
públicos potenciales. Ese es uno de los peores síntomas de
que seguimos instaurados en el vagón de cola. La obsesión
por universalizar el ideal receptivo de la cultura según los criterios
emanados de las cotas más altas de la televisión, es una añagaza
de los más perversos enemigos de la cultura y hunde en los abismos
de la frustración a los sujetos actuantes.
Por otra parte, el problema básico de la consolidación y crecimiento
cultural pasa de forma indefectible por la cohesión y sostenimiento
del patrimonio, así como por el desarrollo del tejido productivo
y recepcion. Asentar el patrimonio no sólo supone la preservación
del legado sino la continuidad de aquellas iniciativas estables que generan
cultura. Crear tejido implica el crecimiento y distribución patrimonial
en el territorio y su interrelación positiva y estimulante. Sorprende
que los políticos que se ocupan de la cuestión, nada enuncien
en este sentido, nada sepan y en consecuencia no construyen proyectos de
gobernación coherentes. Parece que en esta cuestión vivamos
al día, tratándolo como si fuera un problema de mercadeo minorista
y no como algo inherente a la entidad y condición civil de la ciudadanía.
Quizás únicamente por esta dejación y desidia puede
entenderse que hace años hubiera planes para suprimir Radio Clásica,
que fue salvada "in extremis" por una activa campaña de
los oyentes. Que ahora haya rumores de cierre de la Orquesta de Radio Televisión
Española, tras una larga y fructífera historia. Algo que sería
impensable en cualquier país de los que viajan en los vagones de
cabeza. Que no se hayan realizado apenas esfuerzos para establecer una sucesión
de teatros públicos en toda España y se haya consolidado su
estatuto para evitar que sean teatros de Corte o proyectos de índole
diversa sostenida por dinero público. Podríamos seguir porque
ejemplos no faltan.
¿Cuándo dejaremos de pensar exclusivamente en el negocio y
creeremos seriamente en la cultura, en su consolidación patrimonial
y el desarrollo de su tejido productivo y receptor? No hacerlo es lo que
nos mantiene en el vagón de cola europeo.
Muerte de un director de escena que no fue
Por Alfonso Sastre*
[...] Hoy es otra vez un recuerdo del pasado lo que traigo
aquí, sólo que ahora lleno de melancolía. La situación
que se recuerda es aquella, sí: la de aquellos años de reconstrucción
de lo arruinado por la guerra pero ahora tal recuerdo nos llega revestido
de la noticia -leída hace unos días por un amigo en una esquela
del periódico ABC, sin más acompañamiento literario-
de la muerte en Madrid del que fue director de escena y crítico teatral
José María de Quinto, mi amigo de verdad y director que fue
de mis obras La Mordaza y Oficio de Tinieblas, y combatiente también
-¿recordaremos tales anécdotas?- por una puesta en escena
que no pudo ser de La cornada. Días también de risa, ¿verdad?,
José María de mi alma, durante aquellos años de resistencia
y lucha contra el franquismo.
José María de Quinto llegó a “Arte Nuevo”
en 1948, dos años después de su fundación, como autor
de una pieza corta, Sed, de tema bíblico, que formó parte
del programa de cuatro dramas breves que estrenamos en el Instituto Ramiro
de Maeztu aquel año, entre los cuales mi Cargamento de sueños,
y activo en el grupo desde entonces.
Desaparecido “Arte Nuevo”, él formó con José
Gordon la compañía “La Carátula”, en la
que se representó por primera vez en España La Casa de Bernarda
Alba de García Lorca; y luego participó en “Teatro de
Hoy”, del que yo mismo fui colaborador.
Pero sobre todo, para mí, él es quien suscribió conmigo
el Manifiesto para la fundación del T.A.S. (Teatro de Agitación
Social), una gran tentativa de Teatro Político, allí -la España
de Franco- donde era imposible hacerlo. Una vez publicado aquel ferviente
Manifiesto, tratamos de producir, en lo que había sido el salón
de actos de la antigua Casa del Pueblo de Madrid, Hinkeman de Ernst Toller
y La Huelga de John Galsworthy. Frustrado nuestro plan por la Censura, nos
dedicamos a la agitación cultural y a otras tentativas. Me acuerdo
de una tarde que en una cervecería de la Plaza de Santa Ana de Madrid,
y mirando desde ella el Teatro Español, soñábamos así,
con estas palabras: “Algún día haremos de él
un teatro para la Revolución”.
Sería en 1961 cuando conseguimos hacer por fin algo parecido -una
versión en pequeño- a aquel T.A.S. de nuestros sueños.
Fue el G.T.R. (Grupo de Teatro Realista), que instalamos en el mínimo
y subterráneo Teatro Recoletos de Madrid, bajo los auspicios de la
actriz María Amparo Soler Leal y del empresario Alfredo Matas, a
quienes movimos a tan alocada empresa. En él dirigió De Quinto
muy acertada y sensiblemente una versión de Vestir al desnudo de
Luigi Pirandello en el veinticinco aniversario de su muerte, con la que
cubrimos el vacío que nos pro dujo la prohibición por la Censura
de Sabor a miel de Selagh Delagney. Julio Diamante fue el director de El
tintero de Carlos Muñiz, y Juan Antonio Bardem de mi drama sobre
la tortura En la red. Desde allí promovimos con Eva Forest y otros
amigos, escritos por la Amnistía política y otras actividades,
que hicieron definir a un pequeño colega nuestro teatro como “la
cheka de Recoletos”. Yo mismo fui detenido por la Policía;
y así fue que tuvimos que clausurar aquella arriesgada y apasionante
actividad poético-política. Aquello fue lo que hoy yo he dado
en llamar un “teatro vertical’, o sea, un teatro con el que
se trate de ir a alguna parte, que entonces no era sólo derribar
la dictadura sino también investigar en una estética del realismo.
Todo esto me viene ahora a la memoria y me hace pensar en José María
de Quinto con un enorme cariño. También pienso en él
como compañero en actividades literarias, tales que la realización
de la Revista Española con nuestros compañeros de todos los
días y de no pocas tabernas Ignacio Aldecoa y Rafael Sánchez
Ferlosio. Hoy envío un afectuoso saludo a María Luisa Romero,
actriz en aquel movimiento de teatros independientes, y su compañera.
No es poco lo que nos fue dado vivir en aquellas circunstancias, y algún
interés tendrá quizás recordarlo en otro momento. Las
tentaciones del olvido y de la indiferencia por el pasado han abatido sobre
esta desdichada península sus alas de cuervo, de ignorancia y de
nunca más. Cierto es que contra este fenómeno se ha alzado
en las últimas décadas una campaña a favor de “la
memoria histórica”, y que eso está muy bien, y que quizás
se decida proceder a elaborar una historia de aquel movimiento teatral a
que ahora acabo yo de referirme.
Pero, hoy por hoy, es cierto que la muerte de José María de
Quinto no ha concitado ningún interés mayor que el de la muerte
de una mosca. Yo llamaría la atención sobre la colección
de sus artículos que apareció en las ediciones de la Universidad
de Murcia con el título “Crítica teatral de los sesenta”.
Él abandonó la crítica de teatro, de la que fue titular,
en la revista Insula ante el hecho de que la monotonía de los escenarios
españoles le parecía demasiado empobrecedora para quien se
viera obligado a ocuparse de lo que en ellos se hiciera día a día.
Para mí, en fin, José María de Quinto fue la oportunidad
que no tuve de formar un deseado tándem -autor, director- con una
persona inteligente en el mundo de la dirección teatral, como De
Quinto lo era, capaz de posibilitarme cierta regularización de mi
presencia en unos escenarios que, sin una ayuda de esa índole, me
serían siempre inasequibles, como lo siguen siendo hoy. (Mi modelo
era Giraudoux-Jouvet, o bien, Tennesse Williams-Elia Kazan, y más
adelante pudo ser Koltés-Chéreau). Este es el recuerdo de
hoy al que me he referido al principio. Esta es mi gran, incurable, melancolía
de hoy.
Nota:
* Artículo extraído de la revista Artez, nº 103. Noviembre
de 2005. pág. 7.
