Como en tiempo pasado
Por Juan Antonio Hormigón
En el curso de mis investigaciones en torno a Valle-Inclán
me he topado de forma accidental con el artículo de fondo del número
9 de la Revista Gallega (12 de mayo de 1895), que se publicaba en La Coruña
en los amenes del siglo XIX. Su lectura me ha dejado perplejo. Las razones
que allí se exponen me han producido cierta zozobra, porque son idénticas
en gran parte a las que podemos aducir ahora. Ha pasado más de un
siglo.
Ciertamente la situación general es muy distinta. Aquella España
consumida por las guerras coloniales en el exterior y la atonía y
la carencia de horizonte en el interior por lo que toca a sus estratos dirigentes,
sucumbía asfixiada por el caciquismo y los fraudes electorales. No
creo que exista ahora lo segundo, aunque padezcamos una ley electoral urgentemente
mejorable, y lo primero, el caciquismo, no merece el nombre de tal dado
que adopta formas y métodos más subterráneos.
Por lo que respecta sin embargo a la cuestión de fondo, las capacidades
y condiciones de las gente que optan a los puestos destinados a la gobernación
de la comunidad, diputados nacionales y provinciales, concejales, altos
cargos de ministerios, diputaciones, ayuntamientos o entidades públicas,
el análisis es pertinente en relación a muchos de los que
hoy están investidos de tamaña «potestas» aunque
estén horros de la más elemental «autoritas».
A lo largo de los últimos meses, desolado por la profunda decepción
-seamos corteses-, que nos ha producido la gobierno presidido por el señor
Rodríguez Zapatero en materia cultural, he pensado largamente sobre
estas cuestiones. Es relativamente sencillo enunciarlas y constatarlas,
ni tan siquiera existe ya el mínimo decoro por hacerlas menos visibles,
pero encoge el ánimo sopesar su dificultosa corrección en
los tiempos que corren.
Transcribimos casi en su totalidad el artículo y concluiré
con un segundo comentario.
«[...] En España el sufragio universal solo
existe en el nombre, y una presión superior a toda voluntad es la
que induce a los pocos que todavía se acercan a las mesas electorales.
En esto de representantes del pueblo hemos ido retrocediendo hasta el punto
de que un derecho, tal vez el más serio que en la vida ejercen los
hombres, ha llegado a ser una especie de farsa incompatible con la dignidad.
Un tiempo hubo en que, según frase feliz de un célebre político,
hacían falta hombres para los destinos, hoy se precisan destinos
para los hombres, tantos son los que se consideran aptos para desempeñar
el más elevado cargo que la suficiencia puede apetecer.
Y vemos que por semejante causa, en vez de tener en las casas del pueblo
personas que sepan velar por los intereses que a su custodia les son confiados,
acuden a los ayuntamientos a hacer política, a obtener favores para
sí y para sus paniaguados, a acrecentar su influencia por medio de
humillaciones y apostasías que reprueba toda conciencia honrada.
Ha pasado ya la época en que los electores rogaban con encarecimiento
a los que querían encumbrar que aceptasen la representación
que se les ofrecía, y costaba titánicos esfuerzos el decidir
a los elegidos a que se sacrificasen por sus conciudadanos distrayendo,
en bien de éstos, parte de las horas que necesitaban dedicar a sus
trabajos. Ha pasado aquella época y ahora, por el contrario, vénse
los electores asaltados noche y día por los que ambicionan el sentarse
en las poltrocurules, rogándoles con toda clase de ruegos sus votos
para vencer a sus rivales políticos, que a tanto ha llegado la inmoralidad
y a tanto y tan bajo descendió el barómetro del decoro en
esto de elecciones de todas clases.
De aquí el que al presente echemos muy de menos aquellos ministros
de la Corona que al finalizar sus funciones de tales, se retiraban a sus
casas rodeados de una aureola de probidad que hoy ha llegado a ser un mito.
De aquí el que al presente veamos desempeñando las direcciones
generales y otros empleos de confianza y de categoría, a personas
cuyo mérito no se basa en sus aptitudes sino en el servilismo del
que han sabido hacer escala y por ella ascender hasta alcanzar el logro
de sus codicias. [...]
Y de aquí, finalmente, el que el más negado de los ciudadanos
presuma tener sabiduría suficiente para regir los destinos de la
nación y de una comarca con el cargo de diputados a Cortes o provinciales,
o el de concejales en el municipio que más problemas tenga que resolver
y para los cuales se necesitan un tacto especial y una superior inteligencia.
Y todos se sacrifican.
Y ninguno puede con el peso de su trabajo.
Y todos reniegan de la labor que les abruma.
Y ninguno, en beneficio del pueblo, tiene tiempo ni aun para respirar.
¡Oh, amor patrio!
¡Oh abnegación sublime que así obliga a los hombres
a abdicar sus intereses a favor de los que sienten verdadera necesidad de
paz, de justicia, de moralidad!...
Y no es esto lo peor de lo que les sucede a aquellos mártires.
¡El pueblo ingrato no agradece su sacrificio!
¿Habráse visto cosa igual? Pues a pesar de todo, no bien se
inicia el periodo electoral, ved a los candidatos no darse punto de reposo
para reunir votos; vedlos ir de casa en casa solicitando la aquiescencia
de amigos y conocidos, y admiradlos ansiosos de continuar sacrificándose
repetimos, en beneficio de sus conciudadanos.
[...]
La relajación política que todo lo corrompe y contamina, que
todo lo desnaturaliza y prostituye, retrae a los hombres que tienen algo
que perder, de ejercitar sus derechos, esos derechos inherentes en todo
individuo nacido en un país que se rige por las leyes calcadas en
la democracia.
Ante tal retraimiento únicamente toman parte activa en las contiendas
electorales los agitadores de oficio por aquello de que: a río revuelto,
etcétera; y hacen hincapié para la satisfacción de
sus ardientes y egoístas anhelos, en la bonhomie y en la pasividad
de los que sienten repulsión de entrar en luchas en las que los que
acuden de buena fe llevan la peor parte; la parte que corresponde al que
le toca pagar los vidrios rotos.
Necesítase por lo tanto, una saludable reacción, y que los
hombres de bien se impongan a los que no lo son, e importa que el reinado
de la razón recupere los prestigios que ha ido perdiendo paso a paso;
que si dejamos seguir entronizados a los revoltosos de todos los matices
políticos, día llegará en el que no habrá ni
un solo ciudadano honrado que esté conforme con su tranquilidad,
que se acerque a las urnas a depositar en ellas los nombres de las personas
que deban asumir en sí la representación popular.
[...]
Venga, pues, la reacción para que la confianza adquiera su justo
predominio, pero venga por medio de la persuasión y el convencimiento
de que todos estamos obligados, a medida de nuestras fuerzas, a contribuir
al buen gobierno de nuestro país que pierde su crédito debido
a la malicia de los unos y a la pasividad de los otros.
Para conseguir este objeto es necesario que el pueblo responda a la capción
y al soborno rechazándolos con inquebrantable energía; es
necesario que se compenetre de su autonomía, es necesario que haga
práctico un sufragio que si le fue concedido con determinadas restricciones
mentales, debe tomarlo como real y efectivo [...]»
Coda
Quisiera resumir a modo de coda algunas de las cuestiones que considero
nos asuelan en nuestro presente cultural.
La primera es la falta de correlación entre las siglas de los partidos
y los personajes que las representan en un lugar concreto. Con frecuencia
observamos que muchos de quienes aparecen en puestos de responsabilidad
en nombre del PSOE, tienen criterios de actuación propios de la derecha
más obtusa y del neoliberalismo más estricto. Por el contrario
algunos de los situados en la órbita del PP, mantienen posiciones
mucho más abiertas y constructivas, con mayor consideración
por el sentido de la cultura como patrimonio y bien público, con
actitudes más respetuosas hacia los sujetos culturales. Esta contradicción
se da con mayor frecuencia de lo que sería deseable, hasta el punto
de que las más veces las siglas ya no reprensentan nada y debemos
atender a lo que cada persona que ocupa un cargo formula, propone y desarrolla.
Sería injusto no reconocer que hay socialistas que se comportan como
tales en este terreno y otros del PP que exprimen a su vez sus mejores esencias
conservadoras, cuando no abiertamente reaccionarias en la materia. Sin embargo,
aun en estos casos, los comportamientos de unos y otros entre los que se
agrupan en la misma formación, pueden ser francamente dispares. Por
ejemplo, no es raro observar como tras unas elecciones en que triunfan las
mismas siglas que gobernaban, el nuevo equipo de cultura se afana por hacer
lo contrario que el anterior e incluso por destruir sañudamente lo
que pudo llevar a cabo.
Obviamente estas actitudes erráticas responden ante todo a una falta
de coherencia ideológica entre los integrantes de una formación.
Para ellos, un partido político es simplemente un club clientelar
para la ocupación de cargos públicos. A la vez puede constatarse
igualmente la inexistencia de un programa de acción común.
Los ciudadanos se sentirían más confortables si pudieran vislumbrar
que las convicciones de los políticos y la fidelidad programática
generan comportamientos coherentes, en lugar de ese habitual repertorio
de caprichos arbitrarios que se ocultan tras un rostro siempre sonriente,
dispuesto a rasgarse las vestiduras en loor del club pero por ninguna convicción.
La segunda de las cuestiones se refiere a la competencia que demuestran
los ocupantes de cargos públicos, electos o por designación,
en el ejercicio de sus funciones. El análisis de todo ello nos llevaría
muchas páginas y la casuística es amplia, quizás inacabable.
Por ello me limitaré a decir que la sustitución de la política
por la publicidad en las ofertas electorales, nos ha conducido a una situación
extrema. Ya no importa la condición, los conocimientos, la capacidad
del candidato para el desempeño de sus funciones, lo que cuenta es
su apariencia. Como no va a tener que aplicar un programa fundamentado en
planteamientos ideológicos sino crear imagen, hacer que escucha y
ver si alguna idea de las que se lanzan conviene a sus intereses, cualquiera
que no tenga demasiados principios puede aprovechar la coyuntura que el
amigo/a le propone.
Por supuesto y concluyo por el momento, poco de todo esto se observa en
aquellos ministerios, funciones o tareas que el sistema entiende como serios:
economía, interior, justicia, hacienda, industria, asuntos exteriores,
etc. ¿Pero qué es la cultura para ellos sino un adorno? Un
banderín de enganche para gentes dispuestas a movilizarse con cierta
rapidez, que pueden servir en ocasiones los intereses de unos u otros, sin
propuestas programáticas tampoco y con demasiada propensión
a ir a beber a las fuentes de quienes ocupan accidentalmente los cargos
de responsabilidad gubernativa. Una cosa es llegar a acuerdos programáticos
y otra aceptar la beneficencia.
¿No es desolador que haya transcurrido más de un siglo desde
aquel editorial de la Revista Gallega, y tengamos que hablar de estas cosas
en términos casi idénticos?
Por Manuel F. Vieites
«De pensarlo me estremezco,
de imaginarlo me turbo,
de repetirlo me asombro,
de acordarlo me consumo.»
Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo.
Hubiera deseado cambiar el título de esta breve
reflexión y pedir disculpas por no haber tenido fe en su momento,
en aquel momento mágico en que se abrían tantas esperanzas
y en el que, como en el 82, pensábamos que se iniciaba, de verdad,
un nuevo ciclo. Aquel momento en que alguien clamaba en nombre de tantas
y tantas personas: "¡No nos defraudes, José Luis!"
¡¡¡Qué no diría, de haberme equivocado!!!
En los territorios de la cultura, la realidad, que es terca, ha demostrado
que los cantos de sirena eran eso, y sólo eso, y que seguimos como
estábamos, más allá de los cambios protocolarios de
nombres y despachos, que están muy bien en los primeros días
por su impacto mediático pero que carecen de mayor valor si no van
acompañados de los correspondientes cambios en programas, en actitudes
y en los hechos. Y de eso justamente no andamos sobrados, más bien
estamos en la más absoluta indigencia. Seguimos pues como estábamos,
o peor, porque día a día comprobamos que no sólo no
hemos tocado fondo sino que todavía queda mucho para llegar al fondo,
con lo que las perspectivas empeoran considerablemente, día a día.
En mi intervención en el Congreso de la ADE, celebrado en Pamplona,
mostraba mi desazón, profunda y sincera, por tener que presentar
una ponencia que, en un estado democrático, debiera ser presentada,
motu propio, por las personas que tienen la responsabilidad de imaginar,
diseñar, proponer y consensuar planes de desarrollo de las artes
escénicas, y que además cobran, y no poco, por ello. Concluía
aquella intervención reclamando la elaboración de una Ley
del Teatro, porque creo que ha llegado la hora de someter el funcionamiento
del teatro, y de los teatros, al imperio de la Ley, para acabar con tanta
arbitrariedad, con tanta discrecionalidad y con ese caminar sin rumbo y
a trompicones que se ha convertido en la pauta dominante desde hace bastantes
años. Una Ley que sirva para regular, estructurar y vertebrar, y
que se convierta en un instrumento para potenciar nuestro sistema teatral
que en estos momentos presenta una situación sumamente preocupante,
casi terminal.
Hablo de una Ley nacida de la deliberación y del consenso entre las
instituciones implicadas, sobre todo la administración central, la
autonómica y la local, que establezca funciones, responsabilidades,
marcos de colaboración y vaya acompañada de una memoria económica
que permita que el espíritu y la letra se transformen en hechos.
Hablo de una Ley que permita regular todos y cada uno de los aspectos del
campo teatral y que determine con precisión y claridad los rumbos
a tomar en cada caso particular, desde las finalidades de los teatros públicos
y sus pautas de funcionamiento, hasta los medios para potenciar y consolidar
las prácticas teatrales no profesionales, tan importantes en la creación
y consolidación de tejido teatral. Una Ley para crecer y mejorar
y que lejos de convertirse en corsé se transforme en ese motor que
precisamos, como aquellas dinamos, poderosas y llenas de fuerza creativa,
con las que soñaban los futuristas. Y sabiendo que desde el gobierno
no se van a tomar iniciativas en esa dirección, y mucho menos desde
el INAEM, debieran ser los partidos políticos y la sociedad civil
quienes asuman ese reto. Mejor estar sometidos a la Ley que vivir al albur
de la improvisación y el desatino.
Inquieta y preocupa mucho la inanición del INAEM, porque, al final,
el curso de los acontecimientos ha demostrado que en la actualidad los habitantes
de la Plaza del Rey se limitan a administrar las pocas paredes que les ha
dejado el traspaso de competencias y, por lo que sabemos y no se nos comunica,
no hay otras iniciativas, más allá del supuesto diseño
de una "agencia", que, de haber sido acometido y estar en proceso,
debiera haber generado desde hace tiempo contactos y encuentros con los
agentes sociales propios de la sociedad civil teatral. Hablamos, claro está,
de debate y deliberación, principios sobre los que José Luis
Rodríguez Zapatero nos prometió construir su gobierno y la
acción diaria de su gobierno, y por eso algunos le votamos y le hicimos
campaña, con entusiasmo incluso.
Nos preocupa, y mucho, el miedo, el pánico al debate y a la confrontación
de ideas que percibimos, porque ese miedo, en el fondo, supone una defensa
cerrada de la democracia formal, aquella que practican los sectores más
liberales y conservadores del cuerpo social, todos aquellos que, obtenido
el crédito electoral, reniegan de cualquier posibilidad de disentir,
y nos niegan nuestra capacidad y nuestro derecho de ciudadanos y ciudadanas
a no estar de acuerdo y a poder decirlo. Votar y callar. Esa parece ser
la máxima en la que se ha instalado este gobierno, o al menos algunos
sectores del mismo, particularmente en el Ministerio de Cultura. Y eso es
preocupante, porque al final no sabremos ver las diferencias existentes
entre Pilar del Castillo y Carmen Calvo, más allá de que la
actual titular del MC afirme ser devota del "heavy metal", lo
cual se puede entender como una gracia o un despropósito, según
el contexto. Seguramente mañana nos saldrá con que le gustaría
tener una banda de Rock&Roll como cantaban Loquillo y Los Trogloditas.
Pues bueno...
Comprendo que en Moncloa y aledaños, en el Grupo Parlamentario y
en otras instancias del partido actualmente en el gobierno, no sienten bien
estas y otras críticas, pero quisiera recordarles que esa fue la
actitud que también tomamos cuando José María Aznar
prologaba, desde la FAES, aquel volumen que Eduardo Galán titulaba
Una nueva política teatral, un libro que se convertía en el
programa teatral del Partido Popular. No callamos entonces, ante la indiferencia
de muchos, y tampoco callaremos ahora, sobre todo porque entendemos que
las cosas que en este momento nos ocupan y preocupan, el gobierno de los
teatros, se pueden hacer mucho, muchísimo mejor. Y hay personas muy
preparadas para hacerlo, conocedoras del campo, comprometidas con el cambio
que esta sociedad precisa en el ámbito de las artes escénicas.
Algunas de las personas que votamos al actual gobierno, y que además
nos situamos en la órbita del partido que lo sostiene y con el que
colaboramos lealmente, entendemos que es necesario y urgente un cambio de
rumbo. Y aclaramos que pedimos un cambio radical, de 180 grados, porque
en cualquier momento nos sale la señora ministra anunciando un cambio
de 360º, tan ufana y simpática ella misma, en su mismísima
y prístina mismidad. Y si para que ese cambio se pueda producir es
necesario proceder al cambio de personas, pues cámbiense las personas,
y lo decimos en plural además. Se puede pedir más alto, pero
no más claro...
Una nota sobre el Estatut
Por Antonio Gala*
*Artículo extraído del el periódico El Mundo, 14 de diciembre de 2005
Nota al pie de la página de Mesalles.
Por Jaume Melendres
Jordi Mesalles se nos ha muerto sin avisar, por accidente, a los cincuenta y dos años, en plena adolescencia. Fue lo peor que puede ser un director de escena: un tipo blando que mantenía posiciones duras; un radical de base y a la vez un ácido. Sus montajes tal vez no pasen a la historia (lo suyo no eran las relaciones públicas), pero algunos de ellos han quedado inscritos para siempre en la memoria de quienes los vimos. Por ejemplo, el primero -El despertar de la primavera-, creado a la edad que suelen tener los poetas malditos, pero también otros -El mal de la juventud, Anatol- y sobre todo el penúltimo, Después del ensayo, una pieza de Bergman sobre las entrañas del teatro. Sí, Jordi Mesalles fue lo peor que puede ser un director de escena: alguien que no pasa por el mundo sin más, alguien a quien el mundo le pasa por dentro y le desborda por fuera. Y aunque ahora le deseemos que descanse en paz, lo más probable es que resista.
