Asociación de Directores de Escena de España

Editoriales Nº 110.

La convergencia teatral con Europa

Por Juan Antonio Hormigón

En numerosas ocasiones he manifestado que la transición democrática que con mayor fortuna se hizo en el terreno político, en la economía, en la gestión de las instituciones representativas, etc., nunca tuvo lugar en el teatro. Hubo áreas de la cultura española que recibieron benéficos impulsos e incluso transformaron positivamente sus infraestructuras y sistemas organizativos. Unas pocas, es cierto, pero en el teatro, salvo algún intento tímido e incompleto de crear algunas instituciones y de aumentar los recursos ínfimos que antes había, lo demás fue maquillaje costoso, ostentación y supervivencia de los atávicos sistemas heredados.
Hasta ahora y durante años, hemos escrito, perorado y debatido; hemos realizado reuniones, encuentros, seminarios y congresos sobre la cuestión pero todo ha sido inútil. Parece que nadie de los que tienen la capacidad de legislar o tomar decisiones escuche, proyecte o quiera cuando menos enterarse de la situación Parece que desde las formaciones políticas la cultura sea una cuestión molesta y espinosa con la que no se sabe que hacer, menos aún del teatro en particular; por eso lo más cómodo es que todo siga como está, con los mismos vicios, argucias e inconsistencia de siempre y a vivir, que son dos días. Sólo les sirve como lugar común al que referirse o como una colección de rostros «conocidos» que enseñar cuando les conviene.
No todo es así, por supuesto. A lo largo de los treinta años de vida democrática, he encontrado a unos pocos políticos y cargos públicos, quizás puedo contarlos con los dedos de una mano, que consideran de verdad que la cultura no es una mercancía. Su voluntad ha logrado alguna acción parcial, incluso algún logro, pero no ha hecho granero. Hay demasiadas gentes interesadas en que todo siga igual. También debo constatar que hay sectores de la cultura en que se han dado algunos pasos importantes, no en el teatro desde luego, en donde el inmovilismo es desolador.

El desarrollo musical
Hace unas semanas escuché una entrevista que hicieron en Radio Clásica a José Luis Turina, director de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE). Esta institución fue creada en el primer mandato del PSOE, si mi memoria no me falla, y se ha ido consolidando a lo largo de los años disponiendo de un apoyo creciente de los sucesivos gobiernos. No aparece en las páginas de los periódicos en demasía ni promueve escándalos a fin de dejarse ver, sino que realiza un trabajo tenaz, metódico y centrado en unos objetivos que se van cumpliendo de forma paulatina. Tan bien se hicieron las cosas en su día, que ni tan siquiera la actual ministra del ramo tan fascinada por el heavy metal, ha podido acabar con ella.
Turina habló de la orquesta como un proyecto maduro y con evidente y legítimo orgullo. No sólo hizo referencia a sus actividades sino que centró sus comentarios en algunas cuestiones intrínsecas a su propia constitución. Señaló por ejemplo el número creciente de solicitudes de jóvenes músicos para integrarse en la orquesta que se han multiplicado por diez. Igualmente aludió a cómo se han modificado los planes de formación, aumentando las horas lectivas en cuanto al estudio del intérprete orquestal. Hasta hace no muchos años, los alumnos de los conservatorios recibían una formación en la que predominaban los aspectos solistas, aunque la mayoría se integrara después en orquestas o conjuntos camerísticos. Ahora las cosas han cambiado y lo han hecho desde el plano estrictamente formativo.
Estas reflexiones le condujeron a señalar algunos de los objetivos alcanzados. Uno, el aumento de público en las manifestaciones musicales denominadas clásicas. Otro, de gran calado, se refiere a los instrumentistas. Durante años las secciones de cuerda se nutrieron de intérpretes provenientes de países del este de Europa, checos, polacos, rusos, etc. En este momento son mayoría ya los españoles, porque en este campo el desarrollo ha sido notable. En definitiva todo ello ha desembocado en la creación de numerosas instituciones orquestales en nuestro país, además de las existentes en Madrid y Barcelona de larga trayectoria. Algunas como las de Galicia, Extremadura, o Castilla y León dependen de las Comunidades; otras como las de Granada, Bilbao, Córdoba, Málaga, Valencia, etc., de los municipios. En general el nivel alcanzado por todas ellas es muy notable. Por último planteó la apertura de la orquesta hacia jóvenes directores, para incremetar igualmente su formación y desarrollo profesional.
Escuchando a Turina se me vino a la memoria un cometario difícil de olvidar. Cuando en 1985 se intentó crear el Centro Dramático de Aragón, el señor Labordeta escribió un comentario en la revista Andalán en el que decía que si una Comunidad autónoma no quería una tener una orquesta sinfónica no tenía por qué crearla. Más allá de que una cuestión como ésta no debe ser motivo de referéndum sino de la convicción ilustrada de los gobernantes que la impulsan para generar y difundir la cultura musical, lo cierto es que Aragón sigue siendo una de las que no tienen una institución de ese tipo. Quizás así se encuentren mejor y puedan dilapidar recursos en macroconciertos muy «visibles», que vienen, se van y nada dejan, en lugar de crear tejido cultural para su propia región y para su país.

Una comparación desoladora
Pero pensé igualmente en nuestro mundo teatral, tan distante en su situación de lo que nos refería el director de la JONDE. Cuando se creó la orquesta, recuerdo que se suscitaba igualmente la creación de un Joven Teatro Nacional de España, aunque este nombre fuera tan sólo tentativo, a la manera del Young Vic Theatre británico. No prosperó. Cuando se habla de teatro parece que todo es demasiado costoso a la par que innecesario. Mucha responsabilidad recae no obstante sobre el propio mundo escénico, que ha carecido de la capacidad y la convicción para presionar en una dirección adecuada.
Del mismo modo que se han creado orquestas sinfónicas podrían haberlo sido instituciones teatrales: ¿Dónde reside el problema? A mi modo de ver hay un aspecto inicial que pasa por la óptica que se tiene sobre el concepto profesional de músicos y gente de teatro. Los conocimientos y la técnica que exige la utilización solvente de un instrumento confiere a los ejecutantes una especificidad incuestionable. Todos observamos con admiración, incluso los políticos, la maestría con que el violinista, el trombonista o el percusionista extrae de su instrumento con maestría sonidos extraordinarios capaces de transmitir profundidad y lirismo a un tiempo. Esta labor no es susceptible de engaños simplistas. Alguien puede ser «amiguito/a», «loquito/a» o de la cofradía de la coca, pero si su ejecución instrumental es deficiente o desconoce las pautas de trabajar en una orquesta, no será contratado. El rigor profesional no es susceptible de estas manipulaciones deleznables.
En el teatro son justamente el «amiguito/a», el «loquito/a», el de la cofradía o cualquier otro supuesto al margen de la preparación adecuada, los que pudieran primar a la hora de hacer una elección. Seguimos moviéndonos en este terreno por impulsos que se mantienen al margen de cualquier criterio de objetivación. Domina la creencia de que el arte interpretativo, la dirección de escena, la escenografía o cualquier otra de las tareas y profesiones escénicas no pueden tratarse con el mismo criterio objetivo y disuasorio a la par que empleamos con los músicos. Es una falacia que ha hecho fortuna y ha permitido que personas carentes de formación efectiva, no supuesta, se enseñoreen del quehacer escénico y dictaminen a su antojo sin ningún tipo de responsabilidad. Cualquiera puede ser considerado actor porque nadie quiere aplicar esos criterios objetivos que pueden establecerse, si se desea adoptar una actitud similar a la que tenemos con el intérprete musical.

La clave de la formación
El origen de este despropósito se inicia en lo que entendemos como periodo formativo. Poco tiene que ver éste con lo que hemos visto en relación a la música. En líneas generales lo que prima en la mayoría de los modelos educativos es el culto al individualismo y la ignorancia del trabajo en conjunto y la disciplina que ello supone. Es desolador que en el complejo mecanismo de construcción de un ente ficcional como es el personaje escénico, por parte del actor, sigan empleándose fundamentaciones y técnicas propias del idealismo del siglo XIX. No es ni mucho menos lo que sucede en otros países.
Todo indica que en España la interpretación pueda permanecer al margen de los grandes avances que se han dado en cuanto al conocimiento de cómo funciona el cerebro, las formas de percepción, los sistemas sensoriales, las interconexiones asociativas, la configuración de la memoria, el sentido emanado de las distancias que explora la proxémica, las codificaciones quinésicas, etc. Estas y otras aportaciones que tanto nos descubren en cuanto a la utilización del cuerpo y la voz por parte del actor, y la estructuración de todo ello a través de procesos cerebrales que incluyen desde las percepciones sensoriales hasta las áreas de producción de las emociones, son completamente ignoradas. Todo se reduce a un primario mecanismo de introspección, de autosugestión obsesiva, que poco tiene que ver con el dominio actoral de sus instrumentos de trabajo para construir un personaje verosímil para el espectador, según el código que se instaure.
Otro tanto podríamos decir de la dirección de escena o la escenografía. La falta de nitidez en los objetivos que configuran estas profesiones, las carencias formativas a la hora de transmitir metodologías que permitan enfrentarse con solvencia a la consecución de los mismos, hace que todo se reduzca a una serie de recursos elementales o a un abandonismo que nada tiene que ver con un capacitado ejercicio profesional. Todo ello explica que se siga considerando que alguien «es o no es actor o director», lo que equivale a convertirlo en un don de nacimiento fruto de la gracia divina. Debe ser la única actividad humana según ellos que no precisa aprendizaje, ni estudio, ni maduración, ni acumulación de experiencia... Se da o no se da porque sí: eso es todo.
No es posible que a estas alturas, cuando tanto se ha escrito en torno a la formación, en el terreno teatral tengamos casi todo por hacer y cualquiera se sienta capacitado para opinar aunque a veces no sepan ni tan siquiera en qué consiste el perfil de la profesión a que aluden. Tratándose de enseñanzas tan específicas y complejas, de profesiones que exigen tanto conocimiento y depuración, parece mentira que cualquiera pueda crear una escuela de teatro, dar cursos de esto y aquello, sin normativa alguna que regule su funcionamiento aunque entrañen en muchos casos un peligro para la salud mental de quienes los padecen. No es un eufemismo pero no tengo espacio para la casuística.

Converger con Europa
La convergencia con Europa la formulamos como el deseo de esclarecer el territorio y articularlo de un modo productivo y fructífero para el desarrollo de las artes escénicas. Que se establezca una nítida diferenciación entre el teatro que se produce como bien de cultura del que acepta su condición de mercancía y busca la obtención de beneficios económicos. Esta separación es ostensible en los países europeos y con frecuencia está contemplada en las leyes o normativas. Si un empresario español dice que hace teatro como podría «fabricar zapatos» -la frase es textual y pública- está en su derecho, pero también en el nuestro reclamar un espacio específico para quienes no pensamos así. Todo ello conduce a la constatación del prestigio de las artes escénicas en Europa, bien distinta de la que tienen en España. Hablo de prestigio real, como parte intrínseca de la cultura de un pueblo, no como algo postizo y simplemente de apariencia. Pero no olvidemos que cuando hablamos del teatro de los países de nuestro entorno sólo vemos, aunque mal, el que se define como bien de cultura y no el de los fabricantes de zapatos u otros productos tan útiles como lejanos de los procesos escénicos. Quizás por eso el teatro español en Europa no existe.
La segunda cuestión urgente es la de reinstaurar niveles estrictos de profesionalidad, ostensibles y objetivables, como los que se dan en Europa, combatiendo el delirante intrusismo de la incompetencia y falta de preparación que nos invade. Hay individuos que nunca podrían subirse a un escenario en países como Francia, Alemania o Gran Bretaña, porque los espectadores los sacarían a patadas y le pegarían fuego al teatro ante tamaña burla, aunque aquí son considerados como «figuras» excelsas por los componentes de su clan. Lo mismo podríamos decir de directores de escena de nula formación técnica, carentes de experiencia, de metodología, del imprescindible rigor en sus planteamientos, a los que se encargan escenificaciones a costa del erario público, porque «la peña dice que es lo que mola». También de escenógrafos o figurinistas que no saben ni tan siquiera hacer un boceto o una maqueta, alguno viene incluso del escaparatismo, otros se ponen casa, e ignoran los más elementales planteamientos propios de su profesión.
Cuando esto se hace con recursos privados, es un problema de quienes sufragan el fraude y nada más; cuando sucede en el área de lo público la cuestión afecta a la sociedad y recae en los políticos que sostienen y propician estos desmanes, aunque sean jaleados por unos cuantos informadores obedientes que obran a su servicio. Nuestra inquietud deriva en estas circunstancias hacia la elaboración de unas pautas para establecer un control de calidad del teatro a partir de criterios objetivos y constatables.
Quedan como es lógico múltiples cuestiones que deben conducirnos hacia esa convergencia teatral con Europa, unas ligadas a las formas de organización y estructuración de los teatros públicos y las obligaciones que deben cumplir respecto a la comunidad, otras relativas a la formación, el acceso profesional, el escalonamiento pausado en el desarrollo, el respeto y consideración de todo el cuerpo profesional de las artes escénicas, la investigación, las ediciones, la información, la distribución, etc. Quizás todo ello pudiera resumirse en la existencia de garantías que eliminen la arbitrariedad y obliguen al reconocimiento del saber y la preparación como fundamento de la actividad escénica y manden al infierno tanta basura de apariencias vanas, de ambiciones sin mesura, de grupos cerrados de autoprotección, en definitiva de incompetentes que pasan por lo que no son.
La ADE elabora un documento cuya pretensión es suscitar el debate en torno a propuestas de ley para una configuración de las actividades escénicas, acorde con lo que nuestro país practica en otros campos como la ciencia, la sanidad, la tecnología e incluso la cultura, en el que se contemplen las aspiraciones genéricas que hemos enunciado. Nuestra pretensión es que sea sancionado en nuestro próximo Congreso y que podamos presentarlo a las formaciones políticas e instancias sociales como marco de reflexión que propicie la adopción de soluciones legislativas. Nunca es tarde para abandonar la reivindicación más o menos locuaz, y proponer acciones específicas que contribuyan a llenar el vacío gubernativo en que nos encontramos en este terreno. Pensamos que este es nuestro deber aquí y ahora y en ello estamos.

La cultura como moneda de cambio

Por Antonio Urzainqui

Es frecuente que algunas cuestiones relativas a la cultura se desnaturalicen, convirtiéndolas en coartada para grandes fastos con mucha pirotecnia y poca substancia, pero lo es igualmente que se la convierta en moneda de cambio salaz para maniobras politiqueras. Esto es lo que ha sucedido con algunos de los capítulos relativos a la inversión en cultura de los Presupuestos Generales del Estado correspondientes a 2006.
La minoría mayoritaria que posee el PSOE en ambas cámaras legislativas, le exigió desde el inicio de la legislatura lograr acuerdos para la aprobación tanto de la investidura como de cada ley que se enviara a las Cortes. El PSOE buscó los socios que le parecían más adecuados: Izquierda Unida, lo que era lógico; y ERC, por el pacto existente en Cataluña: No sabían con quién se jugaban los cuartos, nunca mejor dicho.
En el momento de votar los Presupuestos en el Senado, ERC puso definitivamente sobre la mesa sus condiciones en forma de enmiendas. Eran muchas. Quedaron para la negociación final unas cuantas relativas a cultura y ¡como algo había de darles!, ERC amenazó con que si no les concedían aquello votarían en contra, y el PSOE cedió, sin pensar tan siquiera en el alcance de lo que hacía. Aquello no era negociación sino chantaje. La cultura se convirtió en la moneda de cambio de la politiquería, no de la política que es justamente cultura, proyecto, confrontación, pacto y responsabilidad en la gobernación.
El resultado de todo aquello ha quedado como un baldón en los Presupuestos de 2006 con cargo al Ministerio de Cultura, y constituye un agravio para otros segmentos de la vida cultural española. Las cantidades y conceptos son de sobra expresivos: 600.000 euros para la realización de un Congreso de la lengua catalana; 250.000 para empresas editoras de revistas de cultura en lenguas cooficiales; 1,5 millones destinados al fomento de la edición de libros en catalán, gallego y euskera; un millón de euros para la adquisición de fondos bibliográficos en lenguas cooficiales con destino a las bibliotecas provinciales de toda España y 600.000 más para el fomento de la lectura del catalán mediante la promoción de la obra Tirant lo Blanc. Quizás haya más pero lo enumerado es suficiente.
De todos estos apartados, el más sorprendente a la par que lacerante es el que afecta al sector de las revistas culturales. Uno de los programas más impecables que mantiene la Dirección General del Libro del Ministerio de Cultura, es el programa de compra de suscripciones de unas ciento cincuenta revistas de cultura, destinadas a nutrir los fondos de las bibliotecas públicas, las de los Institutos Cervantes y los centros culturales españoles en Latinoamérica. Nació este procedimiento a mediados de los ochenta del pasado siglo, gracias al apoyo que desde la vicepresidencia del gobierno prestó Alfonso Guerra, ubicándose posteriormente en la dirección general del ramo. Su peculiaridad ha residido siempre en el hecho de que no se trata de una subvención a fondo perdido, sino de la adquisición de materiales terminados para ponerlos a disposición de la ciudadanía.
Los criterios que han regido el programa han sido cada vez más objetivos. La valoración contempla los contenidos y su interés sociocultural, el formato, número de páginas, periodicidad, precio de venta, etc., pero también que su distribución se realice en al menos dos autonomías además de la propia e igualmente a escala internacional. Según estas pautas, han entrado en el programa revistas escritas en castellano, catalán, gallego o euskera que cumplían los requisitos. No ha surgido ningún problema por esta cuestión.
¿Cómo ha podido romperse un programa como éste, de impecable constitucionalidad y de resultados positivos? ¿Cuáles fueron las verdaderas pretensiones de los diputados de ERC para que se abriera una línea diferenciada a las revistas redactadas en lenguas cooficiales? Básicamente, a mi entender, aumentar sus recursos a costa de los Presupuestos Generales del Estado más allá de lo que ya poseen en el plano autonómico. Pero su interés no era tanto llevar esos recursos a Cataluña, sino administrarlos para provecho de sus publicaciones locales, las que se conocen allá como «els conills», lo más próximo al clientelismo más burdo en definitiva.
La nueva norma, que admite que las revistas de este tipo basta con que se distribuyan en la comunidad en que se publican, es por otra parte de dudosa constitucionalidad. No puede emanar una norma del gobierno central con carácter discriminatorio a causa del idioma y ésta que ha impuesto ERC, lo es. Su ámbito de resolución es el de las comunidades autónomas respectivas, no el del Ministerio de Cultura.
ERC debía de desconocer estos aspectos porque entre sus pretensiones estaba la de ser ellos los distribuidores de los fondos. Eso ya era demasiado. El programa se gestionará a través de la Dirección General del Libro y con la misma normativa que la existente hasta la fecha. Es plausible que las mismas revistas que hasta ahora eran recipendiarias de la compra de suscripciones, sean las únicas que lo sigan siendo. El diputado de Esquerra se enfureció al saberlo, porque aplicar un principio de igualdad administrativa arruinaba sus planes. Amenazó de nuevo pero fue en vano, porque esta vez se discutía sobre gestión de un programa no sobre la presión chantajista.
Desgraciadamente la cultura se ha convertido una vez más en moneda de cambio porque así lo forzó el momento. Hubiera bastado con que hubiera transcurrido un mes, que el Presidente del Gobierno y el dirigente de Convergencia mantuvieran su larga conversación con sosiego y cigarrillos, para que el chantaje de ERC no se hubiera producido. Pero entre tanto así estamos. Quizás la más triste constatación sea la de que gobernar y pactar son otra cosa.

Comparecencia en la Asamblea de Madrid.

Por Florencia Idiaquez

A solicitud del grupo parlamentario de Izquierda Unida en la Asamblea de Madrid, el Secretario General de la ADE, Juan Antonio Hormigón, acudió el pasado día 13 de febrero a una comparecencia en la Comisión de Cultura de dicha Cámara legislativa. Los portavoces de los diferentes grupos parlamentarios remitieron previamente una serie de preguntas al compareciente, a fin de que integrara las posibles respuestas que considerara oportunas en su intervención inicial.
El Secretario General de la ADE inició sus palabras señalando que no iba a adoptar ninguna actitud gremial, sectorial ni reivindicativa en su sentido primario, sino que como representante de una entidad integrada por su constitución en la sociedad civil cultural, su objetivo era exponer una serie de datos constatables a la par que analíticos respecto a la situación del teatro en la Comunidad de Madrid, así como anunciar la elaboración de un importante documento para el otoño. Añadió que su mirada estaba puesta en los intereses culturales de la ciudadanía y del conjunto de las profesiones escénicas. Ello no le impidió manifestar el descenso ostensible de la cooperación de la Comunidad de Madrid con la ADE en referencia al área de teatro, aunque sí se ha producido de forma excelente con la Direccción General de Archivos y Bibliotecas.
Definió las tres grandes franjas de la acción teatral que coexisten en la actualidad: en primer lugar la procedente de la iniciativa privada, si bien ésta funciona con frecuencia en un régimen mixto, con finalidad mercantil, voluntaria o forzada, de quienes la llevan a cabo; en segundo, la del teatro como bien de cultura, que es la que emana de las producciones sin ataduras de mercado y cuyo objetivo es la rentabilidad social; y aquella por último que nace del ámbito de las denominadas salas alternativas, que proponen unos objetivos dispares a la par que unas formas de producción de características a su vez diversas.
De las tres, la primera y la tercera en su opinión tienen mayor grado de atención y sus planteamientos son admitidos con más claridad, al margen de los desniveles que puedan darse, mientras que la segunda, que debiera ser prioritaria desde una gobernación ilustrada, carece de voluntad política para desarrollarla más allá del mantenimiento de unos pocos teatros públicos y un par más de aparente estructura mixta.
Citó seguidamente los datos económicos establecidos por Alberto Fernández Torres: Entre el 33 y el 40 por ciento de la recaudación de los teatros madrileños proviene de una quincena de espectáculos musicales. Los espectáculos del área entendida como teatro de prosa o verso, suponen algo menos de la mitad; sin embargo este género suele ser real o potencialmente la puerta de entrada para el acceso a otros como la ópera, la danza o los propios musicales. Como datos inquietantes se puede constatar que cuando las recaudaciones aumentan, los espectadores lo hacen en menor medida y cuando descienden, estos decrecen de forma más acusada. Por último constató que en el terreno teatral precitado los espectadores se concentran en el cinco por ciento de los espectáculos programados. Aunque se estrena mucho el número de asistentes es muy escaso.
El Secretario General se refirió a la Ley de fatalidad de costos del teatro enunciada por el economista estadounidense William Baumol, que permite comprender las variantes de la economía teatral y le confiere unas características acusadamente particulares en relación a lo que comúnmente se entiende como leyes de mercado, e igualmente sus nefastas consecuencias para su desarrollo y configuración como hecho cultural.
Seguidamente enunció una serie de cuestiones problemáticas que siguen sin resolverse para equiparar a España con la situación existente en Europa: la organización y sentido del teatro público en particular, pronunciándose por la necesaria gestión pública del Teatro del Canal. Pero también que la cultura no debe convertirse en moneda de cambio de los enfrentamientos políticos y solicitó acuerdos a largo plazo entre las diferentes formaciones que superaran incluso el plazo de una legislatura, tal y como se ha hecho en el Plan de Fomento de la Lectura de la Comunidad de Madrid.
Por último declaró que la ADE prepara un documento que busca ser un anteproyecto de Ley de teatro que será debatido y aprobado en el próximo congreso de otoño. Así mismo se refirió a la puesta en marcha de pautas objetivables que conduzcan al control de calidad, descubran el intrusismo imperante y refuercen la exigencia de profesionalidad en el terreno teatral. Para llevar a cabo todos estos propósitos, dijo, es necesaria la voluntad política de los gobernantes tanto del gobierno de la nación española como de los de las Comunidades Autónomas.
Los portavoces de cultura de las diferentes formaciones, Fernando Marín de Izquierda Unida, José Antonio Díez del PSOE y Colomán Trabado del PP, dieron amplias respuestas a la exposición efectuada. Los tres coincidieron en su apoyo a los planteamientos del Secretario General de la ADE. El portavoz socialista en particular ofreció explícitamente el apoyo de su grupo al documento que la ADE proyectaba. Lo mismo había manifestado implícitamente el señor Marín, y Colomán Trabado se sumó a dicha iniciativa aunque indicó que consideraba que debía partir del gobierno central.
El Secretario General comentó al respecto con cierto humor, que podían hacer la primera reunión al concluir, dado el acuerdo existente entre los tres grupos. Explicó brevemente las formas de financiación del teatro en diferentes países europeos, señaló la relación negativa entre el precio de las localidades y la asistencia a los teatros, la creación de nuevos públicos, los límites del concepto de «industria teatral» que tan sólo pueden referirse a la distribución y nunca a la creación, etc. Finalizó señalando que ante las próximas elecciones, la ADE va a pedir a los diferentes candidatos que indiquen con claridad quién será, caso de que triunfen, el ministro de cultura de su gabinete, a fin de no llevarse desagradables sorpresas y decidir en consecuencia a quién se entrega el voto.
La comparecencia concluyó con expresiones corteses y en un clima de franca amistad.

O Plan, o Ley o lo que sea, pero que sea.

Por Alberto Fernández Torres

Siente uno como una especie de sensación de vergüenza, no sé si propia o ajena, al volver a escribir sobre el nonato o fenecido Plan General del Teatro.
Durante tres años, una veintena larga de profesionales del sector, representando a sus respectivas asociaciones, estuvieron trabajando en él. Lo hicieron de manera inevitablemente arrítmica, pero con innegable entusiasmo y dedicación. Celebraron un considerable número de reuniones; debatieron libre y ampliamente sobre todos los problemas del sector, en ocasiones hasta con aspereza; mantuvieron un elevado número de contactos institucionales y políticos; elaboraron diversos borradores... Incluso llegaron -llegamos- a disponer al final de un extenso texto de referencia -145 páginas- que, según consenso generalizado, podía servir de base para la redacción del documento final.
Además, no diré yo que la profesión no hiciera otra cosa en esa época que preguntar por el Plan, pero sí que se logró generar en ella una apreciable expectativa que condujo a que los miembros de la Comisión de Estudio, pese a la discreción que consideramos necesario imponernos desde el principio, fuéramos invitados a intervenir sobre el mismo en diversos foros públicos.
Y en esto, llegaron las elecciones de 2004. Y se acabó el Plan. Así, sin más. Sin funeral, esquela o epitafio.

Pues quién sabe
Quizá sea éste un juicio muy personal y precipitado, fruto de que mi pertenencia a la Comisión de Estudio del Plan era de carácter técnico y no en calidad de representante de ninguna asociación sectorial (sólo soy miembro de una, la ADE, pero ésta decidió desvincularse del proceso de elaboración de este Plan apenas se inició el proceso).
Es posible que, por ello, desconozca el resultado de los contactos que las diversas asociaciones profesionales hayan mantenido en los dos últimos años con el INAEM para tratar, si no del Plan, sí al menos de algunas las diferentes y muy variadas reformas legales y regulatorias que se proponían en él. Me consta que representantes de esas asociaciones han hablado de los problemas del sector en el Ministerio de Cultura. Me consta también que algunos de ellos han hablado específicamente del Plan con los responsables del INAEM. Incluso me consta que, por dos ocasiones, los miembros de la Comisión de Estudio fuimos amagados en 2005 con sendas convocatorias para celebrar reuniones sobre el Plan en sede ministerial que finalmente jamás se produjeron...
De modo que, a lo mejor, el proceso marcha bien por otros derroteros de los cuales no estamos suficientemente bien informados y las asociaciones están consiguiendo que el INAEM vaya avanzando por alguno de los posibles senderos que se bifurcaban en el borrador del Plan. Pero se aceptará también que el hecho de no estar debidamente informados al respecto autoriza a temer que no haya ni proceso, ni derroteros, ni avances, ni senderos.
Lo que sí hay, lo único que públicamente hay, es una entrevista al director general del INAEM en esta misma revista en la que daba un manotazo al Plan con disgusto poco disimulado. Más que nada, porque le objetaba dos defectos que, mira por dónde, no le pueden ser en ningún caso de aplicación: ser una propuesta de Ley y constituir un "o todo o nada".
Pues ni una cosa ni la otra. Mira tú que el Plan General del Teatro tenía defectos. Pero ésos, vaya por Dios, no.
En primer lugar, el Plan nunca quiso ser una Ley del Teatro, y así se explicó en frecuentes ocasiones. Y, en segundo lugar, siempre se propuso que, siendo como era una propuesta multifacética, resultaba perfectamente razonable ir aplicando las medidas contenidas en él que fueran contando con suficiente apoyo por parte del Administración (o de las Administraciones), sin esperar al cierre final del texto y sin considerar que éste tenía forzosamente que ser aplicado en su integridad. Entre otras cosas, por eso era un Plan y no una Ley.

Una necesidad incontestable
Pero, insisto, al recordar todos estos avatares se pone uno un poco rojo. Porque, una de dos: o bien las asociaciones del sector estuvieron perdiendo lastimosamente el tiempo durante tres años y su trabajo resultó ser mediocre y poco ajustado a las necesidades del sector; o bien estamos en una profesión frente a la cual la Administración puede pasarse por el Arco del Triunfo una propuesta suficientemente consensuada a escala sectorial sin que a nadie le tiemble el pulso. En efecto, cualquiera de las dos hipótesis conduce al sonrojo.
Sin embargo, hay algo que no permite hipótesis alternativas. El proyecto de Plan General del Teatro nació de una incontestable necesidad: es indispensable y urgente una reforma profunda, integral y coherente del marco legal, económico y regulatorio del sistema teatral español para que éste pueda desarrollar todas sus potencialidades y cumplir eficientemente la función social que le es exigible. De esta convicción, ampliamente arraigada en el sector, surgieron las primeras reuniones de sus asociaciones en el año 2001 para la elaboración de una propuesta. La redacción de un Plan fue simplemente la opción que entonces se consideró más viable y realista para dar respuesta a esa necesidad.
Esta necesidad persiste, si es que no se ha acentuado desde entonces hasta extremos cada vez más graves y acuciantes. De modo que puede ser que el Plan o, al menos, ese Plan que tanto nos ocupó en el período 2001-2004 no sea ya la respuesta adecuada. Pero la respuesta -alguna respuesta a esa necesidad- sigue siendo exigible y no admite hipótesis alternativas.
Y, puesto que seguramente habrá que partir, en cuanto al proceso de elaboración, poco menos que de "cero", quizá no sea del todo impertinente revisar la cuestión desde el principio. Por ejemplo, volviendo a reflexionar sobre si lo que conviene es un Plan o una Ley.

Plan vs. Ley (o lo contrario)
Que el lector y la propia revista disculpen la larga cita que sigue a continuación, pero creo que viene al caso. Procede de un texto elaborado para una reunión sobre el Plan General del Teatro con representantes de las Comunidades Autónomas que tuvo lugar en febrero de 2003 a instancias del Ministerio de Cultura. En un momento dado, se abordaba en él la cuestión de si Plan o si Ley. Y se decía lo siguiente:
«En alguna ocasión, quienes se han referido a él [al Plan General del Teatro] lo han hecho calificándolo de "futura Ley del Teatro", cuando lo cierto es que, desde sus inicios, la Comisión decidió elaborar una propuesta de Plan y no de Ley.
Dado que, en algún momento, compañeros de la profesión se han dirigido a miembros de la Comisión para interesarse del por qué de esta elección, cuando una Ley parece algo más serio y más ejecutivo que un Plan, merece la pena dedicar algunas breves reflexiones a la cuestión.
Aun cuando una Ley pueda elaborarse respondiendo a las demandas de un determinado sector, o incluso con una cierta participación de éste, su desarrollo es siempre labor de una formación política con representación parlamentaria.
En este caso, por el contrario -y es una de las mayores virtudes del proyecto-, estamos ante una iniciativa puesta en marcha y elaborada directamente por la propia profesión teatral, con el objetivo, obviamente, de contar con el apoyo de las instituciones u organismos responsables de la política teatral de las diferentes Administraciones.
Prácticamente todas las leyes, especialmente las de mayor repercusión social, se convierten en el centro de un debate partidista, salvo cuando son resultado de una necesidad de indiscutible alcance nacional. Y lo último que necesita en estos momentos el medio teatral, a juicio de la Comisión, es convertirse en el centro de una polémica partidista.
Por ello mismo, las leyes se encuentran fuertemente sometidas a los avatares de los cambios políticos, con lo que su aparente garantía no lo es tanto: un nuevo Gobierno puede promover una Ley diferente o aplicarle un desarrollo normativo, mediante decretos, órdenes o resoluciones ministeriales, que invalide o desvirtúe su redacción inicial.
La oportunidad de una Ley sobre el teatro, promovida unilateralmente por la Administración Central, sería más que discutible si se recuerda que las competencias en materia de cultura, excepto algunas que son específicamente de interés estatal, están transferidas a las CC.AA. Hoy, la política teatral pasa más por las instituciones autonómicas y municipales que por las de la Administración Central, por lo que cualquier acción global que se desee elaborar ha de contar con la participación y consenso explícitos de las tres Administraciones.
Aunque, como antes se ha señalado, una Ley puede ser derogada o modificada en el Parlamento en caso de necesidad, o corregida en su aplicación mediante decretos u órdenes, la tramitación de estos cambios es lenta, rígida y contraria, por lo tanto, a las necesidades constantes de flexibilidad y adaptación de un sector que se encuentra en estos momentos -o en todos los momentos- en fase de cambio.
Por último, y no es lo menos importante, una Ley y sus desarrollos reglamentarios no incluyen objetivos cuantificables ni plazos de ejecución, mientras que un Plan sí. La primera establece normas, medidas, etc., pero no suele decir mucho acerca de su calendario de implementación ni de cuáles hayan de ser sus resultados precisos. Por el contrario, un Plan ha de incluir un calendario de aplicación y unos objetivos definidos, hasta el punto de que puede y debe ser modificado a medida que se acerca o aleja de su cumplimiento.
Por todo ello, el Plan aparece como un instrumento más flexible, modificable a medida que sus objetivos se cumplen o van cambiando, asumible por cada Administración implicada hasta donde cada una de ellas lo considere oportuno, sin obligar a ninguna de ellas a una aceptación de "todo o nada", ajustable a procesos de acuerdo, consenso y participación múltiple de todos los agentes afectados…
Además, al ser explícitamente el fruto de un amplio y flexible consenso político y sectorial, buena parte de las medidas contenidas en él pueden ir siendo aplicadas de manera voluntaria y progresiva por los agentes implicados, sin esperar a la aprobación final o completa del Plan por parte de todos ellos.
En cuanto a su fuerza legal y política, el Plan, en su máxima expresión, puede ser refrendado por el poder legislativo, y es conveniente que así sea, está abierto, por tanto, a una mayor contribución de las diferentes formaciones políticas, con lo cual es factible, sobre todo si cuenta con el apoyo previo del conjunto del sector, que nazca con una amplia base de acuerdo político que garantice su permanencia a largo plazo.
Por éstas y otras razones, la opción de elaborar un Plan viable y flexible ha parecido siempre como más ajustada y conveniente que la de una Ley más ejecutiva, pero mucho más rígida y sujeta a mayor riesgo y controversia política.
No se trata de que no sea posible una Ley, sino de que es mejor un Plan.»

La táctica y la oportunidad
Creo, sinceramente, que los argumentos expuestos siguen siendo pertinentes y razonables. Pero ya no estoy tan seguro de su oportunidad en el momento actual.
Si se me permite exprimir la larga cita anterior, y extractar lo que se quería sugerir entre líneas, creo que se puede deducir de ella que eran fundamentalmente dos los criterios tácticos que aconsejaban optar por un Plan.
En primer lugar, el hecho de que la inexistencia de una instancia o formación política que quisiera apostar decididamente por un proyecto de Ley y con fuerza suficiente para hacer viable su completa y compleja tramitación pública, se veía relativamente compensada por el compromiso formal del INAEM de dar apoyo a un proyecto de Plan y por la actitud sincera, calurosa y generosa al respecto de la Subdirectora del mismo, Cristina Santolaria.
Bien es verdad que ni el más ingenuo de los miembros de la Comisión hubiera dado un duro por el apoyo que el proyecto tenía garantizado aguas arriba de ese nivel institucional, pero algo era algo y, además, el tiempo permitió ir sumando algún género de favorable y prometedor interés por parte de otras instancias ministeriales.
En segundo lugar, la convicción de que la existencia o la posibilidad de conseguir un suficiente consenso sectorial acerca de los problemas fundamentales del sistema teatral y de sus posibles soluciones garantizaba, gracias al empuje de las asociaciones y del respaldo de la profesión, que el proyecto resultante no pudiera ser echado en saco roto por las Administraciones.
Si estos criterios tácticos tienen alguna relevancia, y creo que sí, convendrá reflexionar sobre su pertinencia actual. Por lo que se refiere al primero, resulta ocioso decir que el INAEM actual no ha mostrado hasta ahora interés alguno, por decirlo con educado eufemismo, por resucitar el Plan o por poner en marcha otro proceso de la misma o parecida naturaleza. De modo que, desde el punto de vista del posible apoyo institucional, cero patatero.
Con respecto al segundo, y aunque resulte doloroso confesarlo, da la impresión de que o bien el consenso sectorial obtenido no era excesivamente firme, o bien este factor no constituye de momento garantía suficiente, pues se puede pasar por encima de él sin excesivos problemas. Por lo tanto, lo mucho que el proyecto de Plan perdía en coherencia interna por mor del consenso parece que no estaba suficientemente compensado por la supuesta, pero no demostrada fuerza que ese consenso le tenía que proporcionar.
"Sensu contrario", no resulta del todo ilusorio pensar que, si esas consideraciones tácticas no son ya de aplicación, quizá sea llegado el momento de optar por otro sendero y asumir la necesidad de recorrer el camino inverso, es decir, elaborar un proyecto de reforma del sector coherente y riguroso, que pueda ser sometido posteriormente al consenso del sector y cuya naturaleza final -Ley, Plan, Libro Blanco- no se formule "a priori", sino en función del apoyo político e institucional que pueda finalmente recabar.
Puede sonar a utópico, pero también lo era que las asociaciones del sector lograran consensuar un borrador de Plan y obtener un cierto apoyo institucional. Y eso sí se consiguió.
En cualquier caso, no menospreciemos lo que se ganaría en coherencia por lo que se perdería inicialmente en consenso. Este último es un valor importante y, a veces, casi decisivo. Pero sujeto siempre a una peligrosa inestabilidad.
Sin ánimo de dar lanzada a moro muerto, quizá sea bueno admitir, con el necesario tono autocrítico, que algo extraño hubo en la incapacidad final de la Comisión de Estudio para dar el salto desde las 145 páginas del borrador final de referencia, hasta la redacción del texto definitivo del Plan que tenía que ser sometido a examen público. Más allá de la indudable complejidad técnica y de los efectos devastadores del brusco cambio que se produjo en el contexto político, pudo también ocurrir que el consenso fuera suficiente para llegar hasta ahí..., pero no para ir más allá. Y que el posterior golpe de gracia del INAEM se produjera, en realidad, sobre un cadáver que aún ignoraba serlo.
Sea como fuere, los hechos son tozudos. Podemos colocarnos las manos sobre los ojos, la boca y las orejas como los tres simios de la conocida figura. Pero la necesidad de una reforma integral del sector sigue siendo una necesidad acuciante. Puede que ninguna de las vías malamente esbozadas en estas líneas para elaborar una propuesta al respecto sea viable o eficaz. Pero es imperativo encontrar alguna.

La LOE y las enseñanzas teatrales. Volver a empezar...

Por Manuel F. Vieites

Seguramente cuando este número de la revista ADE-Teatro llegue a las manos de sus lectores y lectoras, el Boletín Oficial del Estado habrá publicado ya la Ley Orgánica de Educación, que viene a sustituir a la Ley de Calidad. Una vez más, las noticias no son buenas para el campo de las enseñanzas teatrales. Una vez más, hemos de lamentar la atención escasa que se presta a las enseñanzas teatrales. La LOE reitera, de nuevo, la vieja discriminación negativa que han padecido las enseñanzas teatrales a lo largo de la historia educativa de este país. Y frente a las voces que seguramente dejarán sentir su malestar por las críticas que podamos formular a la acción de gobierno (como si fuese una deslealtad), hemos de señalar que diversos números de esta revista testifican que, con independencia de quien gobernase, siempre hemos mantenido la misma posición y el mismo discurso, porque entendemos que hay algunas cuestiones que, por su trascendencia educativa y sociocultural, deberían estar por encima de los credos políticos, y una de esas cuestiones es la regulación de las enseñanzas teatrales.
Lo dijimos en diversas ocasiones con el Partido Popular en Moncloa, cuando, por cierto, tantos y tantas callaban, o miraban para otro lado. Lo decimos de nuevo ahora, y con enorme pesar, con el PSOE en el poder. En líneas generales, seguimos como siempre (o peor). Pues, en efecto, no hay nada nuevo en torno a la necesidad de potenciar una mayor presencia en el currículo de Infantil y Primaria del área que denominamos Expresión dramática y que tantas potencialidades presenta en el desarrollo de competencias sociales, comunicativas o expresivas del alumnado, en el fomento de la creatividad, del pensamiento divergente o de la resolución de problemas. Pero tampoco hay nada nuevo en torno a la necesidad de potenciar una mayor presencia del área que denominamos Expresión teatral en Secundaria y Bachillerato, sobre todo considerando que se trata de una materia fundamental para garantizar la igualdad de oportunidades del alumnado que quiere cursar estudios superiores de Arte dramático. ¿Se han preguntado en el MEC dónde prepara las pruebas de acceso a esos estudios el alumnado de nuestros institutos? ¿Tiene ese alumnado las mismas facilidades que el alumnado que se examina de Selectividad? ¿Y si no tiene las mismas facilidades y oportunidades de preparación en los centros en que cursan Bachillerato, cómo se puede justificar esa discriminación negativa, esa conculcación del principio constitucional de igualdad de oportunidades?
Tampoco parece serio que, hasta el momento, no se hayan dado pasos para establecer estudios específicos de Formación profesional, a pesar de todo lo que se ha hecho desde el Institut del Teatre de Barcelona. Y no sólo no parece serio, sino que es sumamente preocupante que no se pongan en marcha titulaciones que sí existen en otros países europeos, lo que supone una clara discriminación de nuestro alumnado y de los trabajadores de los teatros, que se ven privados de optar a una titulación oficial, un hecho que no sólo impide su libre circulación por Europa sino que se puede convertir en un verdadero problema en su propio país. Más discriminaciones, y siempre negativas.
¿Cómo es posible que en materia de enseñanzas teatrales siempre estemos, no ya en el furgón de cola, sino inmovilizados en una estación por la que los trenes han dejado de pasar hace tanto tiempo? ¿Cómo es posible que los que gobiernan sigan empeñados en mantener, en el campo de la educación, aquellos cincuenta años de retraso que, desde hace tanto tiempo, nos separan de Europa? ¿Saben que los titulados superiores en Arte dramático son los únicos que no tienen posibilidades de ejercer la docencia, porque más allá de las propias escuelas superiores, las enseñanzas teatrales no existen en España? ¿Saben que en otros países sí existen, desde mucho atrás?
La LOE no nos deja como estábamos. Nos deja peor. Mucho peor, porque con ella se van nuestras esperanzas de cambio, esa ilusión tanto tiempo mantenida de que las cosas podrían cambiar algún día, mejorar algo, iniciar una ruta diferente. Nos deja con los mismos argumentos de siempre, pero un poco abatidos por el desaliento, convencidos de que, finalmente, ya no podremos ver cumplido aquel anhelo de regularización de unas enseñanzas que tanto podrían aportar en la consecución de aquel viejo ideal de una educación integral y transformadora, de una educación verdaderamente regeneradora. Nos deja sin esperanza, y profundamente defraudados. Y habrá quien piense que mejor estamos así, a ver si nos callamos de una vez y dejamos de dar la lata. Incluso, lo comentarán en privado. Pero no, no callaremos.
Las enseñanzas artísticas superiores siguen como estaban, en tierra de nadie. La LOE, en ese sentido, nada aporta a lo ya dicho en la LOGSE. Y la verdad es que en el MEC lo tenían fácil. Aquel soberbio informe del profesor Embid Irujo contenía argumentos suficientes para hacer las cosas de otro modo. Pero, o no se ha querido o no se ha sabido ir más allá. En esa dirección, en la LOE hay mucho papel mojado, y es que ni hay espíritu ni hay letra (en la LOGSE al menos había espíritu, aunque luego la acción de gobierno fue la que fue). En la LOE sólo hay vagas declaraciones de las que puede salir cualquier cosa, y la experiencia acumulada en todos estos años nos dice que es muy difícil esperar algo bueno. Y ese algo bueno sería lo razonable, incluso lo exigible, pero ya sabemos que lo razonable, en educación, como en tantas otras cosas, llega a España, insistimos, con cincuenta años de retraso. La verdad es que resulta sumamente difícil hacer tan poco. Las asignaturas pendientes en lo relativo a las enseñanzas teatrales se acumulan legislatura tras legislatura en demasiados ámbitos. En teatro, y en materia de enseñanzas teatrales, la convergencia con Europa sigue siendo una utopía.
Con todo, y pese a todo, seguiremos en la lucha, porque nuestras convicciones son fuertes y están asentadas en bases muy sólidas. Seguiremos insistiendo en lo tantas veces dicho, e incluso nos permitiremos añadir nuevas propuestas, porque creemos en lo que hacemos y tenemos la firme voluntad de trabajar por alcanzar los objetivos que nos hemos propuesto: lograr la plena regularización de las enseñanzas teatrales en toda su diversidad y heterogeneidad y en todos los niveles y etapas, en consonancia con lo que ocurre en los países más avanzados de nuestro entorno sociocultural. Y aún sabiendo que todo cuanto podamos publicar en estas páginas también es papel mojado no dejaremos de escribir y proponer, porque, en efecto, al menos, nos queda la palabra, algo a lo que jamás renunciaremos.
Sabemos que muchas de las cuestiones que comentamos o reclamamos en estas páginas causan malestar en el entorno del Ciudadano Presidente, el Sr. Rodríguez Zapatero, pero desde estas páginas siempre nos hemos pronunciado con respeto y educación, algunas veces con contundencia pero siempre con rigor, con tolerancia y manteniendo las formas y las normas básicas de convivencia. Y desde esas mismas premisas entendemos que nuestra función, como parte de la sociedad civil, consiste en opinar, en comentar y en proponer, y a nadie debe ofender el que lo hagamos así. Es una obligación y una responsabilidad a la que no vamos a renunciar. ¡Ya quisiéramos poder deliberar, en el ejercicio de los principios republicanos otrora vindicados y hoy tan olvidados!
Decíamos que la LOE, pese a tantos aspectos negativos posee algunas virtualidades, que habrá que aprovechar y desarrollar para seguir trabajando por la plena normalización de las enseñanzas teatrales, en toda su diversidad, que queremos imbricadas en todos los niveles y etapas del actual sistema educativo, desde la Educación Infantil a la Universidad. Por ahí tendremos que comenzar.
La LOE, en efecto, en el ámbito de las enseñanzas teatrales, nos deja mucho peor de lo que estábamos, pero la falta de iniciativa del gobierno en algunas cuestiones ha impedido que el desastre sea mayor (¡y podría llegar a serlo!). Las enseñanzas artísticas superiores siguen en tierra de nadie, afortunadamente, y, si hacemos caso a la letra de la LOE, al menos se podría llegar a crear un Consejo Superior de Enseñanzas Artísticas, un ente que tal vez pudiese crear un nuevo marco, superior, en el que ubicar esas enseñanzas, superiores, siguiendo aquellas interesantes propuestas de Embid Irujo. Tal vez, entonces, fuese posible imaginar la puesta en marcha de los Institutos Superiores de Enseñanzas Artísticas, con todo lo que ello supondría en la legitimación definitiva de esas enseñanzas y de los centros que las imparten. Tal vez..., porque las referencias veladas a la Universidad que se dejan sentir aquí y allá, en el articulado de la LOE, hacen temer lo peor.
Esperaremos pues, mientras velamos argumentos y razones, a que la LOE se promulgue y para entonces volveremos de nuevo sobre el asunto, con propuestas concretas.

 

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